Akutagawa Rin — Libro I ¿Por qué el amor y el odio suenan iguales para mí?

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Summary

Para Akutagawa Rin, la memoria colectiva puede ser tan selectiva como cruel. Para él, ser una figura pública no deja espacio para el error ni para mostrarse vulnerable, mucho menos para ser diferente. Le exigen excelencia y perfección. Pero cuando su homosexualidad se hace pública, la imagen impoluta que construyó durante años se quiebra como la porcelana: una vez rota, ya no se repara, y nadie vuelve a mirarlo igual. En medio del juicio mediático y la presión constante, Rin se aferra al voleibol como único refugio, intentando mantener en pie su carrera y su identidad. Sin embargo, el amor se convierte en su mayor encrucijada: ¿protegerlo sin importar el precio o sacrificarlo por el bien de su reputación y de los sueños que ha perseguido toda su vida? Entre la lealtad, el miedo y el deseo de libertad, Rin descubrirá que, a veces, el amor y la ambición no se oponen, sino que se destruyen mutuamente. Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, eventos y diálogos han sido creados con finas narrativas. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, es mera coincidencia.

Status
Complete
Chapters
24
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Octubre de 2027 Tokio, Japón

Partido clasificatorio a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028

Japón vs Italia – quinto set.

Me cuesta respirar, siento que el aire me quema cuando entra en mis pulmones. El pecho me arde con cada inhalación. Tengo las manos empapadas de sudor, los hombros tensos y la mirada fija en el marcador: 14 -13.

Solo un punto. Uno más y ganamos.

Las gradas del Ariake Arena están a punto de estallar por la euforia del público. Los gritos son ensordecedores y el Taraflex tiembla bajo mis pies.

Me llamo Akutagawa Rin, soy el líbero del equipo nacional de Japón desde hace tres años. Pero ahora, en este momento, me siento como si fuera el mismísimo corazón de todo un país. Y mi corazón late tan rápido que parece que va a romperme el pecho.

El balón está en manos de Hayama Kouji, nuestro capitán, quien da tres rebotes, inhala profundo, se prepara, salta y lanza el saque con fuerza.

El balón gira y va rápido hacia el fondo izquierdo de la cancha italiana.

Lucca Bianchi, el líbero de Italia, lo recibe bien, pero el pase queda ligeramente desviado.

El colocador, Tommaso Riva, corre hacia el balón y hace una colocación apresurada hacia la derecha.

¡Remate cruzado de Matteo Zannetti!

Yo estoy en el centro. Lo veo venir, sé que es mi momento. Si fallo, todo el trabajo en equipo se pierde. Nuestro sueño de los olímpicos se nos esfumará como arena entre los dedos.

Me adelanto, bajó los brazos. ¡Y defiendo! El balón me golpea los brazos con una fuerza descomunal, pero sale limpio y alto.

—¡Rin, buena! —grita Nakahara Ritsu, nuestro colocador, corriendo hacia el balón.

Ritsu no duda y decide jugar rápido. Lo coloca al centro, justo detrás de su cabeza.

Mori Daiki, nuestro central, ya está en el aire.

¡BOOM!

Remate brutal.

El balón toca el bloqueo de Italia, roza los dedos de Alessandro Venturi y cae en su lado derecho.

Riccardo Giannotti se lanza al Taraflex y salva el punto con mucho esfuerzo.

El balón regresa débil, flotando.

Corro, me lanzo y logro levantarlo con un toque hacia Ritsu.

Todo parece ir más lento, es como si el tiempo se detuviera un momento.

Ritsu recibe el balón en el aire.

—¡Takumi! —grita.

Ishida Takumi, nuestro punta, llega corriendo. Salta, pero no remata, hace una finta suave. El balón apenas pasa por encima del bloqueo.

¡La salvan otra vez!

El balón vuelve a nuestra cancha en un globo lento y sin fuerza.

Esta vez no podemos fallar. Este puede ser nuestro momento de gloria y, sin duda, ninguno está dispuesto a perderlo.

Ritsu observa todo en una fracción de segundo.

Yo me preparo atrás, por si hace falta cubrir.

—¡A zona dos, ahora! —le grito, con la voz casi ronca.

Senda Haruki, nuestro opuesto zurdo, ya está listo para rematar.

Ritsu salta con toda la energía que le queda y lanza el balón al lado derecho.

Haruki entra con fuerza: salta como si flotara en el aire, y remata fuerte hacia la línea.

El balón apenas toca los dedos de Daniele Lazzari y cae justo en la línea lateral.

La bandera del juez no sube.

¡ES PUNTO!

¡PUNTO PARA JAPÓN!

15-13.

Ganamos el partido.

¡Estamos clasificados a los Juegos Olímpicos!

Por un instante, el mundo se detiene… no escucho nada. Las voces de todos los asistentes en la arena se apagan como si alguien bajara el volumen, pasando de cien a cero en menos de un segundo. Las personas saltan, gritan, aplauden, pero yo solo escucho los latidos irregulares de mi corazón, que retumban dentro de mi pecho como un tambor de guerra. La opresión que siento en mi interior es tan fuerte que me corta el aliento. Es una mezcla que me revienta el pecho: alivio que corta el aire, alegría que quema, agotamiento que pesa como plomo. Las rodillas me fallan y caigo al suelo, sin poder evitarlo. Y entonces, como una ola golpeándome contra las rocas, todo vuelve: el estruendo, los gritos, las luces parpadeantes, el eco de miles de personas celebrando.

Ritsu aparece corriendo, se lanza sobre mí, me envuelve con sus brazos temblorosos, sin decir una sola palabra y no necesita hacerlo. Siento su emoción clavarse en mi espalda. Su pecho sube y baja. Está llorando… y yo también.

Haruki cae de rodillas a pocos metros, y luego se pone de pie de un salto, con los brazos extendidos hacia el techo, como si pudiera abrazarlo todo. Grita tan fuerte que su voz se pierde entre todas las voces que se mezclan en las gradas. Sus ojos brillan, rojos por las lágrimas y la emoción.

Takumi se deja caer de espaldas sobre el suelo, como si su cuerpo ya no pudiera más. Respira agitado, con una sonrisa cansada en el rostro, mirando las luces del techo como si fueran estrellas reales.

Daiki da un paso al frente. Sus puños tiemblan. Tiene los ojos llenos de lágrimas y grita, señalando la bandera de Japón que aparece en lo alto de la pantalla. Es un grito de victoria, de orgullo, de todo lo que dejamos en la cancha. Y entonces, llega Kouji, nuestro capitán. Quien, con las manos temblorosas, nos llama.

Nos vamos acercando uno a uno, sudados y jadeando, con los rostros empapados y las rodillas temblando. Nos abrazamos en silencio. Solo apretamos nuestros cuerpos unos contra otros, como si quisiéramos fundirnos, como si quisiéramos quedarnos así para siempre.

Kouji me rodea con un brazo. No habla, pero su abrazo lo dice todo. Como capitán, siempre está ahí para darnos seguridad y, en este momento, nos sostiene como si no quisiera dejarnos caer.

Haruki se ríe entre lágrimas mientras nos abraza. Se le nota la felicidad en cada gesto. Su risa suena a emoción pura.

Takumi está muy cerca, tiene el rostro empapado y apoya la frente en mi hombro mientras llora. No le importa que lo veamos así de emocionado. Está dejando salir todo lo que siente, y se nota que esta victoria significa mucho para él.

Daiki suelta una carcajada fuerte. Está feliz y lleno de orgullo y, aunque trata de parecer tranquilo, se le nota en la mirada que está emocionado de verdad.

Ritsu me abraza de costado. Su mano tiembla ligeramente en mi nuca, y aunque no dice nada, siento todo lo que quiere expresar con ese solo gesto. Está tan emocionado como yo.

Me paso mi camiseta empapada por el rostro, y el sudor salado se mezcla con mis lágrimas. Me quito las cintas de los dedos, una a una, y luego me saco los protectores de los codos.

—¡Rin! —escucho su voz entre las de la multitud.

Me doy la vuelta y ahí está. El número nueve de Italia, con el cabello mojado, pegado a la frente, caminando hacia mí. Es Tommaso Riva, mi colocador en la liga y mi amigo, el cual me mira con una sonrisa en el rostro.

—Qué defensa te mandaste —dice, con una sonrisa en el rostro—. Me hiciste sufrir todo el set. De verdad pensé que te iban a salir alas con tantas salvadas.

—Tú tampoco me la pusiste fácil —respondo.

Tommaso se encoge de hombros y sigue sonriendo.

—Para eso estoy, ¿no? Para darte dolores de cabeza.

Sonrío, con la respiración aún agitada. Entonces Tommaso da un paso más y me abraza fuerte, apoyando su frente en la mía, como hacemos en la liga después de cada partido.

Llegué al club de voleibol Stella Nera di Roma hace cuatro años. Desde entonces, Tommaso se convirtió en mi amigo y es quien me ha enseñado todo lo que necesito saber: el idioma, la ciudad y cómo entender la cultura italiana. Sin él, estos cuatro años habrían sido un infierno. Me habría sentido solo y perdido. Pero no fue así porque él estuvo ahí, desde el primer día.

—Lo lograste —me susurra—. Vas a los Juegos.

—Y tú también —le digo, con alegría y alivio.

Porque no sería lo mismo si no estuviera él también. Ambos nos lo merecemos.

Él se aparta un poco y me toma por los hombros.

—Espero que nos enfrentemos en los juegos. Escucha bien, en nuestro próximo partido no pienso perder.

—Yo tampoco pienso perder —respondo sin dudar—. Así que prepárate para otra maratón. De cinco sets.

—Eso espero —dice con sarcasmo—. Porque si voy a perder, quiero que sea dándolo todo. Pero te advierto que voy a estudiar todos tus movimientos desde ahora.

—Entonces yo haré lo mismo.

Tommaso se ríe y me da un ligero golpe en el pecho, ya que es su forma de decirme “te respeto”.

—Cuídate, Rin.

—Nos vemos pronto —respondo.

Cuando regreso con mi equipo, los italianos ya están formados. Nosotros también nos ponemos en fila y caminamos hacia el centro de la cancha. Nos damos la mano con ellos, que están al otro lado de la red. Estamos sudados y exhaustos, pero hay algo reconfortante en mirarlos a los ojos: los hemos vencido por primera vez desde que fuimos convocados al equipo nacional.

Sin duda, fue un partido que vale la pena recordar.

Después, nos alineamos frente al público, y los aplausos no se hacen esperar. Hacemos una reverencia: primero al público, luego a los árbitros, y al final, entre nosotros.

Pongo mi mano sobre el lado izquierdo de mi camiseta, donde está la bandera de Japón. Amo este país, amo representar estos colores, amo el número once en mi espalda. Soy el líbero, el guardián del equipo. Las lágrimas empiezan a caer de mis ojos. No hago el menor esfuerzo por esconderlas, lloro sin contenerme, sin vergüenza. Lloro por el amor que siento por este deporte y por mis compañeros. Lloro por todo lo que hemos recorrido para llegar aquí, por el sueño que hoy se hace realidad.

Escucho mi nombre. Primero en un susurro, luego más fuerte. Toda la arena grita al unísono:

¡Rin! ¡Rin! ¡Rin!

Esa ovación me conmueve, pero no logra retenerme del todo, porque mi atención está puesta en mis compañeros.

—Kouji —dice el entrenador Kanzaki—. Ya pueden ir a los vestidores. El resto del equipo y yo nos encargamos de recoger todo.

Kouji asiente.

—Entendido, entrenador —responde, girándose hacia nosotros con una sonrisa—. Chicos, es hora. ¡Salgamos de aquí!

Ritsu, entre jadeos, se pasa por el cuello la toalla empapada de sudor. Haruki choca los puños con Daiki, sonriendo con orgullo. Takumi le lanza una mirada a Kouji, como diciendo “por fin”, y yo los sigo en silencio.

Caminamos por el pasillo que lleva a los vestidores, las luces del techo iluminan el camino y el sonido de nuestros pasos resuenan sobre el suelo pulido de madera.

—Buen trabajo, equipo —susurra Kouji, que camina a mi lado, aún con la respiración agitada.

Nadie responde, pues es obvio que nadie sabe qué decir. Seguimos caminando en silencio, uno al lado del otro. El sudor me gotea por la nuca y siento el pulso latiéndome en los dedos… no tengo idea de cómo calmarme.

—¿Vieron la expresión del opuesto italiano cuando Daiki lo bloqueó? —pregunta Takumi entre risas.

—Parecía que se iba a pelear con la red —añade Haruki, soltando una carcajada.

—Increíble bloqueo, la verdad —dice Daiki, orgulloso.

—Y la última recepción de Rin fue perfecta —agrega Kouji, dándome una palmada en el hombro.

Conozco a Kouji desde los cinco años, es mi mejor amigo y también una figura de autoridad para mí. Que él apruebe mi trabajo como líbero me emociona más de lo que quiero admitir. Siempre ha creído en mí, hasta cuando yo mismo dudaba. Y ahora, verlo emocionado por lo que logré, por lo que logramos, me hace muy feliz. Él fue convocado al equipo nacional a los dieciséis, convirtiéndose en el jugador más joven en lograrlo. Desde entonces, no ha dejado de crecer como deportista. Es nuestro capitán, el que nos mantiene firmes, incluso en los peores momentos.

—Gracias, solo hago lo que me toca —susurro, bajando la mirada algo avergonzado.

Miro hacia adelante y veo a Ritsu caminando en silencio, como siempre. Tiene los hombros ligeramente encorvados, y su cabello oscuro le cae sobre la nuca. Puedo notar cómo la camiseta empapada se le adhiere a la espalda. Y entonces me acerco despacio hacia él.

—Escucha... lo hiciste increíble —le digo en voz baja.

Y lo digo en serio. No solo fue increíble, fue brillante. Se cargó al equipo cuando más lo necesitábamos. Nunca deja de sorprenderme.

Ritsu se detiene. Me mira fijamente... sus ojos están aún enrojecidos. Sin decir una palabra, se inclina y me besa. Su mano se posa un segundo en mi nuca. Es tan natural que olvido dónde estamos, y yo solo puedo cerrar los ojos.

—¡Hey! ¡Paren, que esto es un pasillo, no un anime de Akutagawa Animation! —dice Haruki entre risas.

—¡Nos van a suspender por exceso de ternura! —añade Takumi.

—¡Al menos esperen a llegar al vestidor para hacer esas cosas! —dice Daiki, fingiendo indignación.

Río, algo nervioso. Ritsu se separa de mí, levemente sonrojado.

—Lo siento... me dejé llevar —dice, pasándose la mano por su cabello mojado.

Ojalá pudiera decirle que no se disculpe. Que me gusta cuando se deja llevar.

Kouji suspira, sonríe y cruza los brazos.

—No les voy a decir que no pueden besarse, pero recuerden que hay cámaras por todos lados. A este paso vamos a salir en el noticiero matutino.

—Sí, entendido, capitán —responde Ritsu, lanzándome una mirada fugaz.

“Fue una tarde cualquiera. O al menos, eso creíamos. El entrenamiento había terminado y los demás ya estaban en los vestidores. Ritsu me tomó de la muñeca con una suavidad casi imperceptible y susurró.

—Ven... quiero hablar contigo.

Me llevó a la bodega del gimnasio, esa pequeña habitación con olor a madera y resina, llena de balones desinflados, conos naranjas apilados y cajas viejas con camisetas olvidadas. Cerró la puerta con cuidado, y ahí, entre el polvo suspendido por la luz que se colaba entre la rendija, me besó. No hubo palabras, solo su mano temblorosa en mi nuca y nuestras respiraciones agitadas, intensas y contenidas.

El corazón me latía tan fuerte que juraba que todos podían oírlo. Y justo cuando creía que nada podía romper ese momento, la puerta se abrió de golpe. Daiki se quedó congelado, con una botella de agua medio vacía en la mano y los ojos tan abiertos que pensé que se le iban a salir. Solo se escuchó el golpe seco de la puerta al cerrarse otra vez. “Había olvidado sus protectores”.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que podía pasar: las miradas, los rumores, lo que significaría para el equipo, pero a la mañana siguiente, Ritsu le puso fin a todo eso. Antes del entrenamiento, frente a todos, sin titubear, se plantó en el centro de la cancha… con las manos ligeramente temblorosas, pero con la voz más firme que nunca les dijo:

—Estoy enamorado de Rin y no tengo dudas de mis sentimientos. Lo que siento por él no se parece a nada que haya experimentado antes. Estar a su lado es un privilegio que nunca pensé que tendría.

»De verdad estoy enamorado de él y quiero poder llegar a amarlo, pero eso solo será posible si ustedes nos ayudan a mantener nuestra relación en secreto. Sé que esto puede parecer repentino, pero también sé que Rin está bastante angustiado por la situación, y por eso quiero ser yo quien lo diga primero. Aunque es bastante vergonzoso para mí.

—¿Por qué esta confesión tan repentina? —pregunta Kouji.

—Daiki nos vio besándonos en la bodega.

El silencio fue absoluto. Pasaron segundos eternos sin que nadie dijera nada. Haruki entonces soltó una carcajada y levantó las manos.

—¡Lo sabía!, ¡sabía que esos “entrenamientos extras” eran pura excusa!

—¡Y yo que creía que iban a buscar conos! —añade Takumi, llevándose la mano al pecho dramáticamente.

Daiki, solo se rascó la nuca, entre incómodo y avergonzado.

—Yo solo entré por mis protectores...

Desde entonces, las bromas no han parado. Haruki nos deja chocolates “para el amor de pareja”. Takumi nos lanza pétalos imaginarios cuando cruzamos miradas. Daiki nos cubre los ojos como “protección” cada vez que uno se acerca al otro. Así fue como el equipo nos ayudó a mantener la mentira”.

—¿Creen que tengamos entrevista después? —pregunta Daiki, aflojándose la cinta de los dedos.

—Seguro. Le ganamos a Italia, eso no pasa todos los días —responde Takumi—. Y tú hiciste ese

bloqueo que ya debe estar viral en redes sociales.

—Genial —dice Haruki, fingiendo fastidio—. Justo lo que necesito: una cámara en el rostro.

—Te encanta quejarte —responde Kouji con una sonrisa—. Pero, siempre sales bien en televisión, y ni hablar de las revistas.

Se escucha el sonido de una puerta automática. El letrero “VESTUARIOS – EQUIPO JAPÓN” brilla con luces blancas. Entramos uno tras otro. El ambiente en los vestidores es más fresco, más privado. Los casilleros están ordenados, hay toallas dobladas y botellas de agua sobre los bancos. Se escucha un silbido suave que proviene de los secadores que están en la esquina.

Me dejo caer en el banco frente a mi casillero, soltando un suspiro largo. Siento cómo mi cuerpo empieza a relajarse. Ritsu se sienta a mi lado. Me mira de reojo y me pasa una toalla seca.

—Gracias —le susurro, y él asiente.

Kouji se pone de pie frente a todos y da un par de palmadas para llamar la atención.

—Solo quiero que sepan que estoy orgulloso de cada uno de ustedes. Hoy lo dimos todo. No fue solo talento, fue corazón. Y el de ustedes no les cabe en el pecho.

El silencio es persistente y Kouji sonríe, más relajado.

—El entrenador llegará en cualquier momento con los demás, y seguro nos dará un sermón. Así que compórtense, al menos cinco minutos.

—¡Como ordene, capitán! —dice Haruki entre carcajadas.

Miro a Ritsu. Él sonríe. Y yo me acerco un poco más.

—Te ves tan atractivo con esa camiseta empapada y pegada al cuerpo —le susurro.

Ritsu me mira, no dice nada, y solo me besa.

—¡Eh! ¡Otra vez no! —protesta Haruki, riendo.

—¡Ni los vestuarios están a salvo! —añade Daiki.

Kouji se lleva la mano a la frente y se ríe.

El entrenador Kanzaki entra, seguido por los suplentes. Nos ponemos de pie y hacemos una reverencia. Detrás del entrenador viene Kaito, nuestro central. Luego Ryohei, el receptor punta. Después Yuma, el opuesto; Souta, el segundo colocador; Naoki, nuestro segundo líbero y, por último, Junpei, el receptor y opuesto pelirrojo.

—Quiero que escuchen con atención —dice el entrenador—. Lo que hicieron allá afuera hoy fue más que ganar un partido. Fue entrega, fue unión, fue Japón.

Hace una pausa, y clava su mirada en nosotros, mientras se frota las manos.

—Le mostraron al mundo quiénes somos. Cada saque, cada defensa, cada pase, cada punto... lo construyeron con esfuerzo. Esta victoria es de ustedes, pero también de todo el país. Porque Japón los está mirando. Y ahora, está orgulloso de ustedes.

El silencio es total. Solo se escucha el zumbido del aire acondicionado y algunas respiraciones entrecortadas.

—¡Vamos a los Juegos Olímpicos! —añade—. Y cuando estemos ahí, quiero ver esa misma pasión. Quiero que recuerden lo que son capaces de hacer juntos. No hay nada más poderoso que un equipo que cree en sí mismo. Y yo creo en ustedes. En cada uno.