Prólogo
Años atrás…
El verano era más brillante cuando ella estaba cerca. Leonardo, con apenas ocho años, solía correr descalzo por los jardines de la villa en la costa italiana, con las mejillas enrojecidas por el sol y una sonrisa que solo se dibujaba cuando ella aparecía.
—¡Leo! —gritaba la niña, riendo, con su cabello rojo ondeando como fuego bajo el viento marino.
Él giraba al oír su voz, y sus ojos se encontraban con los de ella. Azules, inmensos, como el cielo después de una tormenta. Isabella. La niña de las trenzas desordenadas, el vestido blanco manchado de tierra y una seguridad que lo dejaba sin palabras. Nadie se atrevía a hablarle como ella lo hacía. Ni siquiera sus padres.
Pasaban horas juntos, escondidos en su pequeño mundo, compartiendo secretos, dulces robados y promesas infantiles.
—Cuando sea grande, voy a casarme contigo —le había dicho Leonardo un día, con voz firme y el corazón latiendo a mil.
Ella lo miró, alzando una ceja con esa actitud desafiante que ya tenía desde entonces, pero luego sonrió.—Solo si me dejas elegir el hotel donde viviremos.
Ambos rieron. Era un juego, uno que parecía eterno… hasta que un día Isabella no volvió.
La villa quedó en silencio. Nadie explicó nada. Solo dijeron que su familia se había marchado.
Y con ella, Leonardo sintió que también se había llevado una parte de él.
Años después, convertido en un hombre poderoso, aún la recordaba. A veces creía ver sus ojos en otras personas, pero ninguno era como ella.
No sabía que el destino volvería a cruzarlos.
No sabía que esa niña —la del cabello rojo y los ojos imposibles de olvidar— regresaría para poner su mundo de cabeza.