LA NOCHE DEL CRIMEN
La ciudad de Madrid se encontraba sumida en la oscuridad de una lluviosa noche otoñal. La lluvia caía persistentemente sobre el asfalto, formando charcos que reflejaban los faroles como ojos vigilantes. Las luces de los semáforos tintineaban sobre los charcos, bañando las calles vacías en rojo, ámbar y verde, como señales que nadie obedecía. La ciudad parecía contener la respiración.
En el distrito de Chamberí, el inspector Gonzalo García cerró la puerta de comisaría con un suspiro. La llamada que acababa de recibir aún resonaba en su mente.
- Un cadáver, inspector. Un hombre joven, sin signos de forcejeo ni robo. Solo una nota.
El lugar: un apartamento en la calle Fuencarral. El tono del agente no ocultaba el escalofrío de lo que había visto. A Gonzalo, hombre de 42 años con rostro endurecido por los años en homicidios, le bastó esa breve descripción para sentir que algo andaba mal. Muy mal.
Encendió el motor del coche patrulla y se adentró en la noche, con el parabrisas golpeado por gotas que parecían susurrar secretos antiguos.
Cuando llegó al edificio, los técnicos de criminalística ya trabajaban en la escena. El silencio dentro del apartamento contrastaba con la tensión del aire. Gonzalo caminó con pasó firme hasta el cuerpo: un joven tendido en el suelo, sin signos de violencia evidente.
Junto a su mano, una hoja blanca. En tinta negra, con una caligrafía perfecta, se leía:
“TE DIJE QUE REGRESARIA”
Gonzalo sintió un escalofrío recorrer le la espalda. La frase no era nueva. La había escuchado antes.
Su mente lo arrastró dos años atrás, al caso que lo había marcado de por vida: el asesinato de su mentor, el comisario José Luis Torrente.
Torrente no solo había sido su superior, había sido un padre adoptivo. Un faro moral en un mundo lleno de sombras. Su muerte, brutal y sin sentido, había dejado cicatrices que Gonzalo jamás había podido cerrar.
El asesino: Alejandro Pérez, un psicópata con una inteligencia fuera de lo común y un odio visceral hacia las fuerzas del orden. Pérez había dejado un rastro de sangre en varios distritos, matando a tres policías antes de que Gonzalo lograra capturarlo tras una persecución que terminó en disparos y fuego.
Pero Pérez había sido encarcelado. Y, según los informes, seguía allí.
Entonces… ¿Quién había dejado esa nota?
¿Un imitador? ¿Un mensaje deliberado? ¿Un juego?
Gonzalo se frotó las sienes, con una mezcla de rabia y desconocimiento. Se juró en silencio.
- Voy a encontrar al responsable. Y está vez, no habrá segundas oportunidades.
Fuera del apartamento, bajo la lluvia, Gonzalo marcó un número en su móvil. Uno que no había utilizado en años.
- ¿Si? – respondió una voz cautelosa
- Osvaldo. Soy yo. Gonzalo.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Una pausa cargada de recuerdos.
- Gonzalo… ¿Qué ocurre?
- Tengo un caso. Uno que.. me recuerda a Torrente.
El silencio se hizo más profundo.
- ¿Alejandro Pérez?
- No lo sé. Pero en la escena, dejaron una nota. “te dije que regresaría”.
Osvaldo no dudo.
- ¿Dónde estas?
- Calle Fuencarral. Ven lo antes posible.
- Ya voy.
Gonzalo colgó. Sabía que acababa de desatar fuerzas que dormían en el pasado. Y que volver a reunir al equipo sería inevitable.
Mientras espera a Osvaldo, se quedó solo bajo la lluvia, con la mirada fija en la cinta policial que delimitaba la escena. De pronto, una voz -inconfundible, cruel- retumbó dentro de su cabeza:
“¿De verdad crees que puedes con esto, Gonzalito?”
Gonzalo se tensó. Era la voz de Alejandro. No en la calle. Dentro de su mente.
“Yo soy el único capaz de resolver esto. Lo sabes.”
- ¡Cállate! – grito de pronto Gonzalo, apretando los puños.
Algunos agentes se volvieron a mirarlo, desconcertados.
- ¿Está bien, inspector? – pregunto uno.
Gonzalo asintió, forzando una sonrisa.
- Si. Estoy bien. Solo… cansado.
Pero no lo estaba. Sabía que algo se había quebrado dentro de él. Y que la voz no se iría tan fácilmente.
Cuando Osvaldo llegó, Gonzalo apenas pudo ocultar el temblor en sus manos.
- ¿La voz? – preguntó Osvaldo en voz baja.
- Si. Ha vuelto – respondió Gonzalo.
Ambos se miraron en silencio. El pasado no había terminado con ellos.
Y lo peor estaba por venir.
La lluvia había cesado cuando Osvaldo decidió llevar a Gonzalo a un pequeño café abierto toda la noche, en una esquina discreta de la calle Luchana. El lugar era cálido y acogedor, con luces tenues y el aroma a café recién hecho flotando en el aire.
Se sentaron junto a la ventana, observando cómo el agua resbalaba por el cristal, como si el Cielo aún llorara en silencio.
- Necesitabas salir de esa escena – dijo Osvaldo, mientras pedía dos cafés solos sin azúcar – No estás bien, y lo sabes.
Gonzalo no respondió. Se limito a mirar la taza humeante frente a él, con los ojos perdidos en el pasado.
- ¿Desde cuándo escuchas la voz? – pregunto Osvaldo finalmente.
- Desde hace un tiempo – respondió Gonzalo, casi en un susurro – A veces… cuando estoy solo. Otras, incluso rodeado de gente. Y está noche fue más fuerte que nunca.
Osvaldo asintió con seriedad.
- Tal vez debas hablar con alguien, Gonzalo. Un psicólogo. Esto no es un caso cualquiera.
Entonces algo en el rostro de Gonzalo cambio. Una sombra de reproche se dibujó en su mirada. Su voz, cuando hablo, fue más áspera.
- ¿Y tú qué sabes de esto, Osvaldo? – pregunto, con un tono más seco de lo habitual – ¿Cuánto hace que te fuiste? ¿Dos años? ¿Tres?
Osvaldo lo miró, confundido.
- ¿De qué hablas?
- De que te largaste. Te ofrecieron un puesto en el FBI y ni siquiera lo dudaste. Nos dejaste justo después de lo de Torrente, cuando más falta hacías. Cuando más te necesitaba yo.
Osvaldo se quedó en silencio unos segundos. Luego bajo la vista.
- No me fui por ambición, Gonzalo. Me fui porque no podía con el dolor. Me sentía inútil. Vacío. Y si me quedaba, solo iba a hundirme más.
- ¿Y crees que yo no? – replicó Gonzalo, con la voz quebrada – ¿Crees que no me destruí también?
El silencio entre ambos fue largo. Solo se oía la cafetera zumbando en la barra, y el murmullo apagado de la radio del local.
- Lo sé – dijo Osvaldo, por fin – Por eso estoy aquí ahora. Porque no voy a dejarte está vez.
Gonzalo apretó los dientes, tratando de contener una emoción que lo desbordaba.
- Entonces no me falles otra vez – dijo al fin.
- No lo haré – aseguró Osvaldo – Te lo prometo.
Gonzalo bajó la visita hacia su taza. El vapor seguía escapando, como si el café también quisiera desaparecer en el aire.
Fuera, la noche seguía oscura, y la ciudad, peligrosa. Pero por primera vez en mucho tiempo, Gonzalo no se sentía completamente solo.