Saint temples

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Summary

Un trovador estaba sentado en la Plaza Mayor del Reino Trébol, entonando un cántico informativo con su arpa. Su voz, grave y acusadora, resonaba entre los transeúntes: «Rumores de guerra, rumores de guerra… estamos perdidos en la inconsciencia. ¡Abrid los ojos, abrid vuestros ojos incultos! Dejaos educar por las líricas de esta arpa anunciante. Tenemos mil años de incertidumbre, ¡oh pobres almas! Los reyes esconden secretos, disfrazan su corrupción ante la vista de los ignorantes. Ciegos que perciben con los oídos y saborean con hambre los impuestos. El rey se deleita con la miseria que arroja a los pobres… y no menciona que el fin se acerca. Desde el sur, el este y el oeste llegan rumores de guerra por el dominio de Hemiland… ¡Pero ellos no se inmutan ni por decoro!». La voz del trovador se fue apagando entre murmullos y risas nerviosas. Algunos le arrojaron monedas, otros miraron con recelo, temerosos de que alguien del castillo escuchara demasiado. Mientras tanto, muy lejos de aquella plaza polvorienta, en la sala del trono del Reino Trébol, otro tipo de conversación tenía lugar…

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1. entre tinieblas y madera

(Prologo)

Cuatro ruedas marcan al unísono su cansada travesía...El camino está empedrado y el sol quema intensamente. Los baches hacen saltar las ruedas, y los vientos azotan sin contemplación la lona que cubre el carruaje deteriorado. En él se desplazan dos personas, con ropajes roídos y andrajosos.«La ruta de la plebe», el camino menos comercial del Reino Plutón, solo lo conocen pocas personas. Fue nombrado así por el reyVictorio Aldous III, un tirano sin escrúpulos.

—Este sol está mil veces peor que el año pasado —comenta el hombre que lleva las riendas del carruaje.

—¡Me estás diciendo un hecho obvio, Jonás! Pásame la cantimplora, por favor —responde bruscamente la mujer a su lado.

—Solo digo que todo el año hace un calor infernal... este desierto es como un horno vivo. He meditado... creo que nos merecemos unas pequeñas vacaciones, Martha.

—Claro, como si vendiéramos lo suficiente para darnos esos lujos. Apenas una docena de sillas... sin contar que los impuestos son un castigo.

—¡Amor mío! ¿Por qué eres tan pesimista? Te casaste con un hombre que no se rinde. Seguiré haciendo sillas hasta que se me caigan las manos. Algún día obtendremos el dinero suficiente para irnos lejos, a otro reino si lo prefieres. Pero tienes que confiar en...

—¡Demonios! ¿Qué es eso?! ¡Para, Artion!

El caballo se detuvo, molesto por el brusco tirón. Ambos pasajeros casi salen despedidos del carruaje, pero la escena que siguió fue aún más aterradora. En el aire levitaba una figura espectral con una túnica, y entre sus brazos tenía a un bebé. ¡El ser abrió su boca para devorarlo!

Jonás saltó del carruaje con una espada oxidada:

—¡Aléjate de ese bebé! ¡Déjalo en el suelo ahora mismo! Si no, me veré obligado a usar esta espada. He matado a hombres más horribles que tú, aunque no sé qué eres realmente. ¡¿Oye?! ¿¡Me estás oyendo!?

La figura los miró fijamente y comenzó a hablar en otro idioma:

Monje ti oid human larjo di aui o ti matar.

—No sé de qué hoyo saliste, demonio, ¡pero suelta al niño ahora!

Martha gritó, alterada:

—¡Jonás, por favor, haz algo! ¡No pierdas el tiempo!

El hombre no dudó más y se lanzó al ataque. En el instante en que alzó su espada para dar un tajo, el ser lanzó una bola de fuego desde su palma, que impactó en la espada. Jonás, ignorando el dolor de las quemaduras en sus manos, blandió su arma y logró cortar el brazo derecho del demonio. La criatura empezó a chorrear una sangre negra, y entre gritos soltó al bebé antes de desaparecer, dejando un olor fétido.

—Jonás, ¿qué pasó? No entendí nada, el miedo no me dejó ver... ¡Oh Dios, tus manos! —dijo Martha, alterada al ver las heridas de su marido.

—¿El bebé? Preocúpate por el bebé, yo estoy bien. ¿Cómo está él?

Martha fue al encuentro del bebé. Este sollozaba, pero al ser mecido se calmó y comenzó a chuparse el dedo.

—¡Mira! Es una belleza, ¿no te parece? —dijo la mujer con ojos brillosos.

El niño tenía el cabello negro, ojos azules, y una piel tan blanca como el papel.

—Me estoy muriendo, mujer. Vámonos de aquí. Después buscaremos a sus padres.

De repente, Martha notó un detalle en su muñeca:

—¡Mira! Tiene una pulsera. Dice: R.A.U.D.A.S.

—¿Qué podría significar eso? —preguntó Jonás, jadeando.

—Es su nombre, ¿no ves? Es más que obvio.

—Como sea... vámonos de este lugar. El sol está fuerte. Mañana resolveremos qué hacer con el bebé.

Durante días esperaron. Nadie vino. Nadie preguntó.Y así, aquel niño sin pasado y con un nombre extraño fue aceptado en el humilde hogar de Jonás y Martha.

Raudas creció rodeado de madera, clavos y palabras sencillas. El bosque se volvió su refugio, y el silencio de los adultos, su cuna.

Lo criaron como pudieron. Con más amor que certezas.Y aunque Jonás nunca lo dijo en voz alta, cada día lo miraba como si fuera suyo desde siempre.

El tiempo pasó. y el niño se fortalecia.

I.Infancia bajo los árboles

La niñez de raudas fue llena de inocencia pese a crecer sin muchos recursos. solía utilizar ropa vieja y remendada a diferencia de sus amigos. A pesar de todo, a la edad de 8 años raudas conocía el bosque como la palma de su mano, en el solía jugar junto a sus 3 mejores amigos: Shamuel, Margaret y Davies. aunque este último era más un enemigo que un amigo.

Shamuel había alzado a raudas hasta un árbol, para que arrancará unos cuantos gajos para utilizarlos como espadas —ya está, ¡bájame ¡—le dice raudas. él siempre había estado impresionado de la fuerza de Shamuel. quizás parecía un poco torpe por sus manazas, pero era muy noble y fiel

—esas ramas no son las ideales, debemos buscar algunas que estén más derechas —dice Davies— a mi parecer perdieron el tiempo, ¡miren estas de aquí ¡son mejores. —señala Davies mientras su cabello dorado se mueve desordenado al unísono del viento.

—Pero esas causan alergias —le dice raudas— créeme, conozco el bosque ¿qué opinas Margaret?

—Bueno... igual yo no sé qué vamos a jugar, a fin de cuentas... pero lo que diga raudas está bien—dijo Margaret, mientras se pierde en los ojos verdes de raudas.

ella era de piel delicada y alérgica, y raudas lo sabía. muchas veces, jugando, había resultado con picazón por culpa de Davies, por meterse por sitios que el sugería. Aunque raudas era tan pequeño como Margaret, tenía unos reflejos casi inhumanos, tenía una memoria perfecta y recordaba cada árbol y cada sendero. Gracias a las salidas de caza con su padre, había aprendido las técnicas más básicas del rastreo y la supervivencia. Sin embargo, las luchas de celos de Davies con raudas eran intensas, tanto que Shamuel tuvo que intervenir en un par de ocasiones.

—Juguemos a rescatar a Margaret de un terrible dragón. tu eres el dragón raudas; yo un caballero y tu un gurrero Shamuel —dice Davies.

—¿Por qué yo debo se ser el dragón? —le grita raudas a Davies. ¿Por qué no eres un duende maligno y yo un caballero para degollarte?

—¿Crees que por tener una pulsera extraña te hace especial o qué? eres un pordiosero —comento Davies, déspota—. Además, eres pobre, y mi padre fue un caballero. así que ese sería tu rol en este juego, amigo mío.

—Y eso ¿qué tiene que ver? —intervino Margaret— raudas es tan capaz de ser un caballero, así su padre no haya sido uno. Además, el conoce el bosque como tú nunca lo conocerás en tu vida, idiota.

—¡Ay Margaret ¡tú no lo entenderías, eres una niña —responde irónicamente Davies.

—¡Ya ¡en fin... —interrumpe Shamuel— aquí nadie será un dragón Davies, utilizaremos ese tronco de allí, ese será el dragón! toma Margaret ¡simula que es un arco también puedes luchar ¡vamos¡ Las luces del sol se ocultaron bajo las montañas cuando el grupo se dividió a sus respectivos hogares aunque esta era la parte que raudas más odiaba apartarse de sus amigos si fuera por el jugaría hasta el amanecer sin descanso.