Capítulo 1: Fase Uno

La noche había caído sobre Musutafu. La Clase 1-A celebraba en un restaurante el éxito de su festival musical. Risas, canciones improvisadas y bromas llenaban el ambiente. Por una vez, todos estaban unidos como una auténtica banda.
Pero a unas calles de allí, una figura femenina se adentró en un callejón estrecho y sin salida. La oscuridad lo cubría todo, apenas un murmullo de la ciudad alcanzaba a filtrarse. La chica se sentó en el centro, posó ambas manos en el suelo frío y dejó que la sombra le respondiera.
Una línea negra, pegada al pavimento, comenzó a serpentear hacia afuera. Se movía con fluidez, esquivando peatones, rozando paredes y mesas, hasta llegar al restaurante. Allí, en medio de la multitud, no pudo poseer a todos directamente. Necesitaba un vínculo.
El hilo de sombra se conectó a un mesero. Sus ojos se tiñeron de rojo, pero su expresión no cambió; siguió trabajando como si nada. Caminar, tomar pedidos, sonreír. Todo parecía normal. Hasta que llevó una bebida a la mesa de los estudiantes.
En lugar de dejarla sobre la mesa, extendió la copa directamente hacia Mina Ashido. Ella la tomó sin sospechar. Un segundo después, sus ojos se encendieron en rojo. Mina se quedó inmóvil. Y como piezas de dominó, uno tras otro, sus compañeros fueron cayendo bajo el mismo control.

En menos de un minuto, toda la Clase 1-A estaba bajo dominio. Sin pronunciar palabra, se levantaron al unísono. Lo que vino después fue un estallido de violencia.
Sillas volaban contra paredes. Mesas partidas en dos. Cristales rotos. Comensales golpeados, meseros arrojados al suelo. El restaurante se convirtió en un campo de batalla improvisado.
Un mesero, desesperado, gritó que llamaría a la policía. Bakugo lo agarró del cuello, la furia pintada en sus ojos rojos.
—¡MUEREEE! —rugió, arrojándolo contra la única ventana intacta, que estalló en mil pedazos.
Los estudiantes salieron del local como una jauría de pandilleros. Se separaron por las calles, sembrando terror en negocios y transeúntes. Los primeros héroes profesionales que acudieron —poco conocidos, miembros de pequeñas agencias— fueron superados sin esfuerzo. No hubo estrategia, solo golpes combinados, pura fuerza bruta adolescente.
Cuando las patrullas policiales llegaron, lanzaron gas pimienta para dispersarlos. Nada funcionó. Shoto, Denki, Uraraka, Momo, Mineta y Sero se abalanzaron sobre ellos sin sentir dolor alguno. Las balas de goma tampoco los detenían; caían, se levantaban, volvían al ataque.

Finalmente, la fuerza y el número hicieron la diferencia. Uno a uno fueron reducidos, esposados y subidos a un autobús reforzado. Solo entonces, cuando el último estudiante fue asegurado, los ojos volvieron a su color normal.
Los estudiantes de la Clase 1-A abrieron los ojos lentamente dentro del autobús reforzado. Las muñecas les ardían bajo las esposas, los pulmones les quemaban por el gas pimienta y sus cuerpos estaban llenos de moretones.
—¿Q-qué demonios…? —Denki tosió, los ojos aún llorosos por el gas—. ¿Por qué nos tienen arrestados?
Mina, con la piel irritada por los impactos, miró a su alrededor aterrada. —Yo… recuerdo que estábamos en el restaurante, y luego… luego todo se volvió negro.
Kirishima intentó moverse, pero gruñó por el dolor de las balas de goma. —Esto no tiene sentido… ¿por qué me duele tanto el pecho? Como si me hubieran disparado.
—¡Porque sí nos dispararon, idiota! —escupió Bakugo con rabia, aunque su voz sonaba más confundida que furiosa—. Pero no recuerdo pelear… no recuerdo nada.
Shoto, con el rostro serio y una ligera herida en la frente, alzó la vista. —Yo sí… recuerdo algo. Voces, gritos… pero eran como ecos. Como si no pudiera controlarme.
—No puede ser… —Momo se sujetó los brazos temblando—. ¿Acaso… hicimos todo eso nosotros?
Las miradas se cruzaron, todos aterrados. Afuera, por las ventanas, alcanzaban a ver el caos en las calles: vidrios rotos, humo, patrullas, ambulancias atendiendo heridos.
Uraraka tragó saliva. Apenas podía hablar, la garganta aún irritada. —N-no lo sé… pero… siento que mis manos… —miró sus palmas con horror— están manchadas.
El silencio se apoderó del autobús por un instante. Solo se escuchaba el sonido del motor y el eco lejano de sirenas.
Iida intentó recomponerse, levantando la voz con su tono siempre formal, aunque temblaba: —¡Debe haber una explicación lógica! ¡Nosotros no… no haríamos esto por voluntad propia!
—Eso espero —murmuró Deku, con los ojos abiertos como platos, el miedo reflejado en ellos—, porque si fuimos capaces de todo esto… ¿qué significa para nosotros como héroes?
Las palabras se clavaron como cuchillos en cada uno de ellos. El aire dentro del autobús se volvió pesado.
Y entonces, mientras todos quedaban atrapados en su propio remolino de dudas, dolor y miedo, el vehículo avanzó en silencio hacia el cuartel policial.
Mientras tanto, en el callejón vacío, la villana emergió de la sombra. Su capucha cubría su rostro; caminaba despacio, fingiendo ser una víctima más. Cuando se alejó lo suficiente, murmuró para sí misma:
—Fase uno completa… lista para regresar.
Un portal oscuro se abrió detrás de ella. Lo atravesó sin mirar atrás.
En la base de All For One, el aire era pesado. El villano, conectado a su respirador, la esperaba en un asiento que parecía un trono. Ella se arrodilló ante él.
—Mi amo… la fase uno de su plan terminó con éxito. Quedo en espera de sus órdenes.
Los labios de All For One se curvaron en una sonrisa.
—Buen trabajo, pequeña. Mi mascota ha complacido mis deseos con éxito. Te has ganado descansar esta noche.
Antes de que ella se retirara, su voz retumbó una vez más, profunda y siniestra:
—Y esto apenas fue un juego. Cuando el mundo comprenda que incluso los héroes más prometedores pueden ser convertidos en monstruos… entonces las sombras bailarán al compás de mi voluntad.

El eco de su risa se mezcló con el sonido mecánico del respirador. La guerra en las sombras apenas comenzaba.