Ecos de un susurro helado.

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Summary

-Iris... Iris... déjame entrar... La voz atravesó la niebla como un cuchillo silencioso. No había prisa, pero la amenaza estaba allí, constante, imposible de ignorar. Ella corrió, sin mirar atrás, con la niña dormida en brazos. Apenas semanas de vida, frágil y ajena a todo. El bosque parecía vivo, con sombras que se enredaban entre los árboles y viento que golpeaba su rostro como recordatorio de lo imposible de escapar. Cada paso la acercaba al límite de sus fuerzas, cada respiración era un riesgo. Sabía que, al llegar al pueblo, no solo pondría a salvo a su hija: también la entregaría al hombre que podía salvarlas... o condenarlas. El tiempo no era su aliado. Cada sombra detrás de ella, cada susurro que no debía escuchar, era una advertencia. Porque aquel día, nada volvería a ser igual.

Genre
Romance
Author
A.
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

—Iris… Iris… déjame entrar…

La voz atravesaba la niebla como un susurro prohibido. Ella corrió por el bosque, donde las sombras parecían cerrar el paso. El cabello negro se le enredaba en el viento, pero no disminuyó la velocidad. Los pasos detrás de ella no eran apresurados… y eso la inquietaba más. No corría por su vida, sino por la de lo que llevaba en brazos: una niña de apenas semanas, que dormía ajena a la amenaza que la seguía.

Llegó a las afueras de un pueblo que juró no pisar jamás. Allí vivía él. Allí podía protegerla… pero protegerla significaba también entregarla.

Su corazón latía con fuerza: perdería a su hija y, con ella, lo único que la mantenía lejos de él… del hombre que podía salvarlas o condenarlas a ambas.

11 años después.

El día estaba gris, pero Iris lo veía aún más apagado que de costumbre. Había aprendido a distinguirlos: las figuras que se movían entre la gente del mercado pero que no dejaban huellas, las que hablaban sin que sus labios se movieran. Un parpadeo en la multitud hizo que sintiera que alguien la observaba, pero al girar no había nadie.

Ese mediodía, mientras cruzaba la plaza, un hombre alto, con traje oscuro y sombrero ladeado, se detuvo en seco al verla. No parpadeaba.

—Te encontré… —susurró.

Iris se tensó. No porque no estuviera acostumbrada a que la miraran, sino porque había algo distinto en esa mirada. Los otros la ignoraban o la miraban con curiosidad… pero este parecía reconocerla.

—¿Me… conoce? —preguntó, bajando la voz.

Él sonrió, y fue como si el frío se metiera bajo su piel.

—Todos te conocemos, Iris. Tú… no perteneces aquí.

Un ruido fuerte la hizo girar: un carro que pasó cerca, una mujer que la llamó desde un tienda. Cuando volvió a mirar, el hombre ya no estaba. Solo quedaba el olor a tierra húmeda y un latido sordo en sus oídos.

Desde lejos, su madre la observaba, pálida como la niebla, los dedos apretando el bolso que llevaba, aunque no servía de nada ante lo que venía. Sus ojos, cargados de miedo y decisión, seguían cada movimiento de Iris. Era la única que sabía lo que realmente pasaba, la única que entendía que ese día podría cambiarlo todo.

Iris lo percibió, aunque no podía moverse hacia ella. Un calor extraño le subió al pecho al ver a su madre allí, un recordatorio silencioso de que había alguien que siempre la protegería… incluso si ese alguien tenía que mantenerla lejos para salvarla.

Y entonces lo sintió. Una sombra fugaz que no pertenecía al mercado, un estremecimiento en el aire como si alguien hubiera pasado rozándola, pero sin tocarla. Iris frunció el ceño, un escalofrío recorriéndole la espalda. Nadie más parecía notar nada. Nadie… excepto ella.

Un recuerdo fugaz la golpeó entonces, tan real que casi podía sentir la mano de su madre sobre la suya, suave y firme al mismo tiempo. Tenía cinco años, y había visto algo parecido: un hombre en el umbral de la casa que nadie más podía ver. Su madre la había abrazado y susurrado: —Nunca temas lo que otros no pueden ver, Iris. Solo recuerda que siempre estaré contigo.

Ese recuerdo la dejó temblando y extrañamente reconfortada. No entendía aún lo que significaba, pero el aviso de su madre parecía resonar dentro de ella.