Detrás de la niebla

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Summary

En los límites oscuros de Valdris, Kiraz—conocido como «Guasimodo» por sus cicatrices, héroe olvidado y rechazado—se enfrenta a las alquirios, criaturas sedientas de corazón, cargando su espada con soledad y dolor. Mientras tanto, en el resplandeciente palacio, el príncipe Enzo, sanador de luz a la sombra de su hermano guerrero famoso, y Dalia, hija del consejero real con ojos curiosos, desconocen los peligros que acechan. Este inicio entrelaza dos mundos opuestos: la desolación del forastero y la seguridad del palacio, anunciando un cruce de caminos que promete misterio y destino.

Genre
Fantasy
Author
tali
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

La sombra del forastero y la luz del reino

En los bordes del reino de Valdris, donde los bosques se vuelven impenetrables, un hombre de capa negra enfrentaba a una horda de alquirios—criaturas semi humanas con ojos de ámbar, cuyas manos afiladas buscaban el latido de su corazón. Era Kiraz, espadachín experto, cuyo rostro deformado, cicatrizado por la batalla que salvó Valdris años atrás, le valía el apodo de Guasimodo. Cada golpe de su espada era cargado de tristeza: su prometida lo abandonó, su familia lo rechazó, y solo la soledad le acompañaba en estas cacerías. Con un último movimiento preciso, derribó el último alquirio, pero la sangre de las criaturas manchó su capa, recordándole que su existencia era siempre entre la vida y el olvido.


Mientras tanto, en el palacio real, la familia del rey reunía a sus hijos. El mayor, un guerrero admirado y respetado, mostraba sus medallas con orgullo. El menor, Enzo, se mantenía en silencio, sus manos brillando con la luz del sacerdocio—era el sanador del reino, amado por su bondad, aunque siempre a la sombra de su hermano. A su lado, Dalia, hija del consejero real, observaba con atención, sus ojos curiosos sobre los misterios del palacio y los peligros que acechaban fuera de sus muros. En ese mismo instante, Kiraz se alejaba del campo de batalla, sin sospechar que su camino pronto cruzaría con el del príncipe.

Después de la reunión, Enzo se retiró al balcón del este, sus ojos perdidos en el horizonte donde el sol comenzaba a ocultarse entre las montañas. Su pecho latía con nervios—había sentido la sombra de su hermano Leo, el héroe admirado, y la presión de las miradas reales. De repente, una mano firme y cálida reposó en su hombro. «Estuviste genial, Enzo. No te pongas nervioso», dijo Dalia con esa confianza que siempre le había acompañado. Él sonrió: eran amigos de infancia, lazos forjados en juegos y secretos, y en ella encontraba refugio. Juntos decidieron salir a pasear por los jardines reales, riendo y jugando como cuando eran niños, olvidando por un momento los deberes de la corte.


Mientras tanto, en un balcón muy lejano, el rey y Leo observaban a los dos jóvenes desde la distancia. «Ya es hora de que Enzo conozca el campo de batalla, ejerciendo como sanador», comentó Leo, su voz cargada de preocupación. «Su timidez y poca fuerza me preocupan, pero debe aprender a protegerse a sí mismo y a los demás». El rey asintió, y entre ellos comenzaron a trazar los planes de la próxima misión, donde el joven príncipe de luz debería enfrentarse a la crueldad de la guerra.

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