Prólogo: La Cámara de los Espejos
Había una habitación, a medio camino entre el sueño y la vigilia, cuyas paredes estaban cubiertas de espejos que no reflejaban nada. Un hombre entró allí un día, o quizás una noche, pues el tiempo, en ese espacio, era una noción tan vana como la moral. Llevaba una maleta de cuero desgastada, llena de preguntas sin respuesta.
—¿Quién soy? —preguntó a su reflejo.
El espejo permaneció en silencio. El hombre abrió la maleta y sacó varios objetos: un reloj parado un minuto antes de la medianoche; una llave oxidada que no encajaba en ninguna cerradura conocida; un libro cuyas páginas estaban todas en blanco excepto una, donde estaba escrito: «Busca, y te perderás. Deja de buscar, y serás perdido».
Una risa seca resonó por la habitación.
—Aquí no encontrarás lo que buscas —dijo una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna.
El hombre se giró, mirando los espejos vacíos.
—¿Adónde debo ir entonces?
—Donde las preguntas ya no necesitan respuestas.
—¿Y dónde es eso?
Un silencio. Entonces, un espejo comenzó a brillar tenuemente, revelando una imagen: un desierto infinito, bajo un cielo plomizo.
—Sigue el viento —murmuró la voz—. Y cuando te encuentres con aquél que cava, pregúntale por qué persiste.
El hombre dudó, luego guardó sus cosas en la maleta.
—¿Y si no quiero ir?
La risa regresó, más cruel esta vez.
—Entonces quédate aquí, mirándote en estos espejos que no te muestran nada. Esperando a que pase el tiempo, que no existe.
El hombre cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, estaba de pie en la arena, maleta en mano, frente a un horizonte vacío. Tras él, la Cámara de los Espejos se había cerrado.
El viaje podía comenzar.