Chapter 1
Texas, Estados Unidos.
Agosto de 1992
La calidez de Texas resultaba agobiante incluso durante la noche, sin embargo, no fue el calor en sí lo que iluminó el cielo. Fue un fuego mágico, de color verde y retorcido, que atravesó la ventana justo antes de que toda la casa temblara por una maldición que impacto contra ella.
Anna despertó sobresaltada con el pecho ardiendo por colgante de runas que llevaba colgado en el cuello que empezó a brillar de un azul intenso. Una advertencia o un presagio no lo sabía, otro temblor sacudió la casa, gritos y maldiciones se escuchaban en el piso de abajo.
— ¡Mamá! —gritó, mientras salía corriendo de su habitación, hacia el piso de abajo, con la varita temblando en la mano, pero dispuesta a enfrentar lo que fuera.
El pasillo crujía bajo sus pies, cuadros torcidos. El retrato del abuelo que -siempre se quejaba-ahora enmudecido por el terror. Anna bajó corriendo las escaleras, esquivando pedazos del techo. En la sala, Lilian Williams - su madre, su guía, su todo- estaba plantada frente a lo que quedaba de la puerta, con la varita empuñada como una espada.
Al menos tres encapuchados cruzaban el jardín, envueltos en humo y sombras.
— Nos encontraron — susurró Lilian entre dientes, limpiando con la manga de su túnica la sangre que escurría por sus cienes —. Aun no era tiempo. Maldita sea...
— ¿Quiénes son? — preguntó Anna, aunque la respuesta ya quemaba en su mente.
— Gente que quiere matarnos
Lilian se giró un segundo, y Anna vio algo que nunca había visto en ella: miedo. No del tipo que paraliza, si no del tipo que obliga a tomar decisiones imposibles.
— Hay un plan. Uno que juré no usar hasta que fuera necesario — murmuró con apuro, aunque su tono firme persistía.
— ¿Qué estás diciendo?
Lilian alzó su varita. Un rayo azul cruzó el umbral, un hechizo enemigo que intentaba forzar la entrada.
— ¡Estoy diciendo que te vas a Inglaterra esta noche!
— ¿Qué? ¡Pero si ni siquiera conozco a nadie haya!, ¡¿A dónde se supone que llegue?¡, ¡Por favor no digas tonterías! — suplico con lagrimas ya corriendo en sus mejillas negándose por primera vez a una orden de su madre.
— Snape te estará esperando. Él lo arreglará todo, es un favor que me debía, y Dumbledore... bueno, él tiene sus razones — Lilian sentencio ignorando por completo las suplicas de Anna, no había tiempo, el hechizo de protección improvisado estaba cayendo poco a poco por la magia oscura.
Anna negó con la cabeza, dando un paso atrás.
— No puedes hacer esto. No puedes mandarme sola. ¡No me dejes!
Lilian no respondió de inmediato. Solo se acercó, le tomó el rostro entre las manos y la miró con una intensidad que Anna no olvidaría jamás.
— Tú eres más que lo que te han dicho. No dejes que nadie te haga sentir lo contrario.
Y escucha con atención: sobrevive primero, pregunta después. ¿Entendido?
Anna asintió con los ojos llenos de rabia contenida. Su madre sonrió apenas.
— Buena chica — le dio una pequeña palmada en la cabeza como diciendo buen trabajo.
En ese momento, un hechizo explotó contra la pared exterior, la casa entera vibró. Lilian giró para enfrentar a los intrusos. Y entonces, él apareció en el umbral, como si lo hubiese conjurado el mismo fuego: alto, envuelto en una túnica oscura, con los ojos como charcos helados.
— Snape. —Lilian apenas susurró con alivio, empuñando la varita con firmeza, ahora podría pelear enserio sin la preocupación de Anna en medio de la batalla.
Él no la miró a ella, solo a Anna.
— Ven. Ya.
Un grito de Lilian cortó el aire antes que el hechizo lanzado por uno de los encapuchados, habían logrado entrar a la casa.
—¡ANNA, ABAJO!
Anna apenas tuvo tiempo de agacharse. Un rayo carmesí rompió el estante tras ella, los libros regándose por donde quiera. La casa entera crujía, las paredes quebrándose su hogar se destrozaba poco a poco
—¡No me iré, me quedare contigo! —Anna gritó, aferrándose a su varita con fuerza. Sus dedos blancos de tanto apretar.
Lilian no discutió. Disparó un "Protego" sobre ellas mientras otro hechizo impactaba en la cocina, incendiando la mesa del desayuno.
—No es una petición —rugió, arrastrándola por el brazo—. ¡Snape! ¡Ya, maldito seas!
Un estallido resonó en el umbral. Snape apareció a su lado como una sombra larga, su varita ya en posición de ataque. Sus ojos negros encontraron a Anna con un desprecio glacial.
—No hay tiempo para berrinches —escupió con furia, lanzando hechizos para repeler a los intrusos, pero nada parecía funcionar.
—¡No voy! —Anna forcejeó, su varita apuntando ahora a Snape—. ¡Mamá, por favor!
Lilian abrió la boca para responder. Pero enseguida la ventana de la cocina estalló.
Un encapuchado irrumpió entre los escombros, su máscara de plata brillando bajo la luna.
—¡La niña primero! —vociferó el intruso.
El mundo se volvió lento.
Anna sintió el ardor del Crucio impactando de lleno en su hombro. Un dolor intenso e insoportable le recorrió el brazo y después todo el cuerpo, intento no gritar pero al final cedió, lanzando un grito que le desgarro la garganta, mientras el culpable reía a carcajadas.
—¡ANNA!
Lilian se interpuso, su varita dibujando un círculo dorado en el aire. Un "Bombarda" tan potente que hizo retroceder al encapuchado. Pero otro ya entraba por la puerta.
Snape actuó antes que nadie.
—¡Somnium! —silbó, el hechizo azul golpeando a Anna en el pecho.
Sus piernas cedieron.
Lo último que vio fue a Lilian lanzándose al ataque, su cabello rubio ondeando bajo la luz de los hechizos. Y a Snape, agarrándola del cuello de la camisa mientras el mundo se desvanecía en un remolino de oscuridad.
Inglaterra, horas después.
El dolor la despertó. Anna jadeó; su cuerpo aún punzaba, por el hechizo.
Lo primero que vio fueron las paredes de la habitación —frías, desnudas, sin un solo cuadro— le recordaron que no estaba en casa.
Y él estaba allí.
Snape, apoyado contra la repisa de la chimenea, la observaba como si fuera un experimento fallido.
—¿Eres idiota o simplemente te gusta complicar lo inevitable? —preguntó, su voz más afilada que una daga. Su mirada no se despegaba de Anna juzgándola, analizando su comportamiento.
Anna se incorporó demasiado rápido, y el mundo giró. No le importó, tenía que buscar respuestas.
—¡Me noqueaste! —escupió, su voz ronca por la rabia, obligándose a aguantar el dolor de sus músculos al moverse.
—Y lo haría otra vez —respondió él, sin pestañear—. Tu terquedad casi nos mata a los tres.
—¡Debiste dejarme con ella!
—Tu madre prefirió que vivieras —Snape arrojó un frasco de poción a la cama—. Bebe. Es para el dolor.
Anna lo miró con desconfianza, pero el ardor en su cuerpo era insoportable. Tragó el líquido amargo de un golpe.
—¿Quiénes eran? —preguntó, apretando los dientes.
Snape no respondió de inmediato. Se acercó, su sombra envolviéndola.
—Gente que matará por encontrarte. Por eso estarás en Hogwarts bajo la protección de Dumbledore
—No tengo miedo— Replico de inmediato intentando pararse de la cama, fallando miserablemente.
—Deberías —murmuró él, agarrándole la muñeca con una frialdad que heló su sangre—. Porque si descubren quién eres…
Anna contuvo el aliento expectante.
—...no seré yo quien te salve.
La soltó bruscamente y salió de la habitación, dejando atrás el peso de una amenaza y un secreto que Anna aún no entendía.
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Tres días después
Anna aún estaba en casa de Snape, y nadie le había dado explicaciones. El “señor cabello grasiento”, como lo había bautizado, no le dirigía la palabra, ni ella a él. Solo le dejaba comida y agua antes de marcharse.
Anna quería salir de esa casa de inmediato, pero sabía que no debía hacerlo, su madre regresaría por ella en cualquier momento, de eso estaba segura solo habría que esperar … ¿o no?, salió de sus pensamientos al escuchar la puerta abrirse señal de que Snape acababa de llegar.
Anna se sentó derecha, las manos cruzadas en el regazo como si eso pudiera evitar que temblaran. La tetera flotaba en silencio sobre la mesa, sin servirle. Snape no hablaba, solo escribía en un pergamino con movimientos secos, como si cada palabra le costara una migraña.
Ella no había dicho nada desde que despertó allí hacía tres noches.
— No puedo quedarme aquí para siempre —murmuró de pronto, cansada del silencio incomodo que siempre estaba presente cuando convivía con Snape
Snape no la miró, pero dejo salir una risa burlona.
— Afortunadamente, nadie te lo está sugiriendo.
Anna lo observó. El cabello lacio y oscuro le caía como telaraña sobre el rostro, su túnica olía a polvo y pociones viejas, pero todo en él transmitía una tensión constante. Como si existiera para resistirse a sí mismo.
— ¿Dónde está Lilian? —insistió con terquedad esta vez no planeaba quedarse sin respuestas.
— A salvo. En algún lugar donde tú no puedas seguirla.
— ¿Por qué me mandó contigo?
— Porque no soy estúpido. Y ella tampoco. Sabía que Dumbledore me escucharía si decía las palabras adecuadas.
— ¿Cuáles fueron? — pregunto con curiosidad latente, ansiaba respuestas y tal vez Snape podría dárselas
Snape levantó por fin la vista. Su mirada era como un espejo opaco: devolvía todo lo que uno no quería ver.
— “Ella es su hija.” — Pausa— Además yo le debía un favor
Anna tragó saliva. No preguntó a quién se refería. No necesitaba saberlo. Aún.
Snape se levantó, su capa arrastrando un susurro por la madera.
— Hoy irás al Callejón Diagon, por tus materiales escolares, túnica, pergaminos y todo lo necesario. Y mantendrás la boca cerrada, nadie debe saber porque estas aquí, no por ahora ¿Entendido? — murmuro Snape con tono aburrido como siempre, pero dejando una advertencia latente
— ¿Y si me preguntan?
— Entonces miente bien.
Anna solo asintió sin decir ninguna palabra más, sin duda alguna hablar con Snape no estaba entre sus cosas favoritas.
Hola, hola, espero que les haya gustado este primer capítulo.
Está historia la escribi en pandemia cuando el auge de Harry Potter volvió 🫰🏻.
La volví a encontrar ahora que estoy de floja por mis vacaciones de la Fac, revisando una memoria que creí perdida.
Dejen sus comentarios o sugerencias, se los agradecería mucho ♥️