Prólogo
•¡¡Corre niño, correee!!
Hay sucesos que cambian la vida cotidiana de formas tan insospechadas que ni en mil años imaginarías lo que realmente sucederá.
•¡¡¿Eh...?!!
•¡¡Corran, llamen una ambulancia rápido!!
Sentí un dolor abrasante recorrer cada centímetro de mi cuerpo. Mi visión se nublaba y los murmullos de las personas se transformaban en un eco lejano, tan distante como un susurro. La ambulancia ya estaba en camino, pero... ya no estaba seguro de qué me quedaba de este mundo. ¿Realmente estaba muriendo?
La imagen de una anciana se desplazaba ante mí, hablándome con una voz temblorosa, aunque no le entendía nada. Las palabras se desvanecían como ecos. Todo lo que sentía era un peso extraño sobre mi pecho, como si la vida misma me estuviera abandonando lentamente.
•Ah... realmente estoy muriendo.
Muchas cosas pasaron por mi mente: mi vida, mi familia, los momentos que nunca viví. Si tuviera que describir mi existencia, diría que fue normal, quizá demasiado normal. Me habría gustado tener una historia de amor, pero no tengo quejas al respecto. Mi familia... mi familia era perfecta. Mi madre, mi padre y mi hermana menor siempre fueron mi refugio. Siempre me apoyaron, incluso en los momentos más difíciles en la escuela. Nunca me rendí, nunca dejé de luchar, y al final, logré graduarme.
•Lo siento mamá, papá, hermanita... Creo que no podré asistir a esa fiesta.
Una tristeza profunda me invadió al pensar en ellos, en todo lo que quedaba por vivir. Fueron una excelente familia...
Hoy iba a celebrar mi graduación. Qué pena... qué gran pena. Ya no sentía mi cuerpo, las luces se apagaron, y el silencio comenzó a envolverlo todo. Sólo quedaba la oscuridad, esa oscuridad aterradora que me sumía en su abrazo.
Hasta que una pequeña sacudida me hizo replantear si aún seguía vivo. Con esfuerzo, abrí los ojos. Lo primero que vi fue el suelo. El aire estaba frío, áspero, y algo me apretaba el pecho. Mi cuerpo me dolía como si se hubiera roto en mil pedazos, pero me levanté, temblando.
Frente a mí, una cueva oscura se extendía acompañada con la luz tenue de algunas pequeñas antorchas que ya casi se extinguían, y en medio de la penumbra, algo se movía. Cuando logré ponerme en pie, mis ojos se fijaron en lo que había frente a mí: un goblin.
•¿Dónde... estoy?
El goblin me miraba fijamente, su rostro surcado por una sonrisa torcida y cruel, que no tenía nada de amable. No había ni un atisbo de simpatía en él, sólo un brillo malicioso en sus ojos.
•¡Kie Kie Kie...!
Su risa resonaba en la cueva como un sonido sibilante y venenoso, y me helaba la sangre.
•¡¡¡Ayuda!!!
El terror me atravesó de golpe. No sabía qué hacer, no sabía si esto era un sueño o la pesadilla de mi vida, pero la criatura avanzaba, sus pasos lentos pero seguros, acercándose con cada segundo.
Me sentí atrapado, perdido. La cueva era vastísima y la oscuridad parecía querer tragárselo todo. La sensación de desesperación me invadió mientras la criatura continuaba su aproximación, su risa resonando como una amenaza que no podía ignorar.