Hombre muerto

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Summary

Durante mucho tiempo en mi natal M… la principal atracción del pueblo fue el hombre muerto. No es, como pudiera llegarse a interpretar, algún juego mecánico de feria, un club nocturno o un restaurante, un videojuego o algo parecido; no, el hombre muerto era precisamente eso, un hombre muerto, y durante mucho tiempo fue la atracción principal de mi pueblo". Este es un relato inquietante sobre la verdad, la memoria y los límites de la realidad. ¿Qué sucede cuando lo macabro se convierte en cotidiano y lo extraordinario en industria? En un pequeño pueblo, el descubrimiento de un cadáver en una casa abandonada desata una fascinación colectiva que transformará para siempre la vida de sus habitantes. A través de los ojos de un joven que nunca se atrevió a enfrentar aquello que todos los demás veneraban, esta historia explora las consecuencias de vivir al margen de la obsesión común. Pero cuando finalmente decide confrontar sus miedos, la realidad misma comenzará a desmoronarse a su alrededor. ¿Es posible que nuestros recuerdos sean más frágiles de lo que creemos? ¿Qué pasa cuando la identidad se construye sobre cimientos que pueden desaparecer de un momento a otro? ¿Y si todo aquello que consideramos real fuera tan efímero como un sueño? Un relato que cuestiona la naturaleza de la memoria, la identidad y la realidad misma, donde lo fantástico y lo cotidiano se entrelazan en una narrativa que no dejará indiferente al lector. Para quienes disfrutan de historias que desafían la percepción y exploran los rincones más oscuros de la psique humana.

Genre
Horror
Author
NimrodCF
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cuento corto

Durante mucho tiempo en mi natal M… la principal atracción del pueblo fue el hombre muerto. No es, como pudiera llegarse a interpretar, algún juego mecánico de feria, un club nocturno o un restaurante, un videojuego o algo parecido; no, el hombre muerto era precisamente eso, un hombre muerto, y durante mucho tiempo fue la atracción principal de mi pueblo.

Lo encontraron cuando yo tenía 9 años, no supe mucho cómo, solo que unos jóvenes, buscando un lugar privado donde pasar la noche, entraron en la casa abandonada y en una de las habitaciones encontraron un hombre muerto; cuando las autoridades locales se apersonaron al lugar, las cosas no se sucedieron según los protocolos, algo provocó que no se retirara el cadáver del recinto, sino que ocasionó tal revuelo que al poco tiempo se abrieron las puertas de la casa y dejaron entrar a todo aquel que quisiera verlo.

La primera vez que entré fue acompañando a mi padre, poco después de cumplir 10 años; era tal mi miedo a lo que sea que fuese el hombre muerto que no me animé a traspasar más allá de la primera planta, quedándome siempre en la sala o el comedor mientras mi padre recorría la habitación del segundo piso. Al bajar, yo le preguntaba qué había sentido, prestaba atención a sus palabras y a las de otras personas, por ello, cuando todos mis compañeros de clase expresaban qué habían sentido mirando al hombre muerto y la impresión que les provocó, me limitaba a repetir lo mismo que escuchaba de cada visitante. Ante el juicio de mis compañeros, describía las mismas sensaciones que ellos habían experimentado.

Al año de su descubrimiento, las autoridades retiraron las mesas y sillas del comedor para instalar bancas, como la sala de espera de una clínica. Además, para evitar tumultos, se estableció un horario laboral y se pronunció un “reglamento de visita” que parecía redactado por un burócrata: “cada persona no puede permanecer más de 10 minutos en la habitación del hombre muerto”; “los menores de edad deberán entrar acompañados de un adulto en todo momento”, etc. Asignaron guardias en la entrada de la casa y junto a la habitación del hombre muerto. Sin embargo, la imposición de reglas provocó que algunos procuraran entrar en la casa durante la noche, por lo que las autoridades tuvieron que asignar vigilantes nocturnos luego de un grave incidente del que jamás supe los detalles; se decía que no era lo mismo ver al hombre muerto de día que de noche.

Pocos meses después, se instaló una casilla de cobro fuera de la casa. Aunque muchos objetaron, me atrevo a decir que era considerablemente barata, pagando una vez podías entrar y salir a la hora que fuera, el precio se mantenía porque el lugar era rentable. Nadie se cansaba de esa casa, incluso yo, que nunca me atreví a pasar más allá del primer piso, estaba gustoso de entrar y sentarme en la sala de espera para ver la expresión de la gente al bajar las escaleras. Acostumbraba a ir temprano antes de clases y de regreso al salir, cuando mi padre pasaba por mí. Esto cambió cuando el espacio dentro de la casa fue insuficiente, no sé si había más personas cada día o simplemente los lugareños querían verlo una y otra vez, el caso es que fue necesario modificar ciertas reglas; por ejemplo: se asignó un “guía de corredor”, que recitaba un número que se te daba al pagar, y él mismo te escoltaba a la habitación, luego te obligaba a salir pasados 5 minutos; si querías volver a entrar era necesario formarte para pagar de nuevo el costo de entrada. Desde entonces no volví a la casa, pues el acceso solo era posible con el número en mano. En lugar de eso, pasé mi tiempo libre cerca de la fila de los que esperaban pagar. Para aminorar el tiempo, muchos comenzaban a platicar y discutir los “por qué” del hombre muerto, entre tantas conversaciones surgían variados y buenos narradores que exponían, cada quien a su manera, cómo el hombre muerto murió.

Esto continuó durante cuatro meses hasta que se reconoció una historia como “oficial”. Con el fin de disminuir la larga fila, se acondicionó una antesala bajo un toldo afuera de la casa del hombre muerto, para lo que también se cerró la calle. Así, mientras esperabas tu turno para pagar el costo de entrada, un hombre te relataba la historia de Miguel, el hombre muerto. Por supuesto que no todos quedaron conformes con esta versión, principalmente quienes iniciaron la tendencia o quienes tenían su propia visión del personaje.

El rumor de la existencia de tal ser se había extendido tanto que muchas personas de todo el país comenzaron a venir durante los periodos vacacionales, y otros más se mudaron a nuestro pueblo. El precio, aprovechando el interés foráneo, como era de esperarse, subió. Ya no me fue posible estar cerca ni siquiera de la calle de la casa, los únicos que costeaban el precio de entrada eran los turistas y con el paso de los años, mi natal M… se llenó de extranjeros. Nuestra calidad de vida mejoró con el tiempo, la fiebre dio la oportunidad a muchas personas de levantar negocios que no me hubiera imaginado en un pueblo tan pequeño: restaurantes, hoteles de lujo y ese tipo de cosas. Incluso mi padre, con su voz profunda y clara, consiguió trabajo como guía dentro de la casa.

Para muchos, el hombre muerto resultó ser una fuente de inspiración. Al cumplir mis 15 años, ya se habían hecho variadas pinturas del cadáver y su morada; mismas que, según contó mi padre, adornaban las paredes de la casa y se utilizaban para embellecer la historia, como si las pinturas ya estuvieran desde antes de la muerte del hombre muerto. Se habían escrito tantos libros que, en el pueblo, se fundó una editorial. Sus publicaciones eran ensayos académicos y afines, narrativa y cuentos, en su mayoría sobre el hombre muerto. Además, el Centro Universitario fundó una revista trimestral llamada Lúdica Fatalidad que nunca leí, salvo un artículo que consiguió llamar mi atención: una convocatoria a la realización de un documental con motivo de la conmemoración del Día del Hombre Muerto —fecha por lo demás arbitraria―, avisaron que vendrían representantes de medios de comunicación nacionales y extranjeros, se invitaba a los pobladores a conocer bien la historia de Miguel, el hombre muerto para las entrevistas y el documental; muchos de los que me entrevistaron tuvieron que hacer uso de un traductor, graduados en nuestra propia universidad. En el quinto aniversario, a los pocos días de mi vigésimo cumpleaños, un compositor presentó su ópera prima inspirada en el hombre muerto y la tragedia que lo mató: una sinfonía de 20 minutos dividida en cuatro movimientos; el último fue mi preferido, más tenebroso y menos apoyado en la melancolía que despertaba la situación, en contraste con los tres anteriores. Lo recuerdo muy bien porque fui uno de los violinistas. Un año después al estreno sinfónico, se estrenó un ballet y una ópera, aunque en esta ocasión no se me permitió participar. Alcancé a ver el documental cuando estaba terminado y descubrí que por alguna razón omitieron mi entrevista; sin embargo, un reportero alemán me envió, en un gesto amable por su parte, una copia del artículo que le publicó un periódico de su país junto con la traducción. Mi madre lo enmarcó en la cafetería donde yo le ayudaba saliendo de la escuela, como si fuese un logro personal.

Pasaron tantas cosas alrededor del hombre muerto que no me alcanza el tiempo a describir todo aquello que vi y que escuché; si no le importa, quisiera abordar lo que he venido a contarle:

Hace un año arribaron al pueblo unos doctores, de no-sé-dónde, pidiendo licencia para estudiar al hombre muerto, y permanecieron encerrados un par de semanas en aquella casa. Al salir, convocaron una rueda de prensa y prohibieron a todo el pueblo volver a entrar o acercarse a la casa. Yo estaba mirando la transmisión desde mi alcoba junto con un amigo de la universidad y su novia, y por accidente me escucharon decir que nunca había visto al hombre muerto; me cuestionaron y les expliqué que, aunque había ingresado muchas veces a la casa, incluso a llevar café a los guardias, jamás me había animado a entrar y verle. Entonces acordaron que, a la primera oportunidad, me llevarían.

Pasamos un par de días caminando cerca de la casa cuando nos dimos cuenta de que nadie custodiaba los alrededores. Esperamos el anochecer para brincar la cerca, forzamos la puerta y mis colegas de exploración me guiaron hasta el recinto del hombre muerto.

Mi padre me había contado muchas veces, a sabiendas de que yo no entraba, en qué consistía la fascinación por el hombre muerto: la primera reacción era al verlo, sentado de espaldas a su ventana, sobre su escritorio, redactando una última carta a su amada; toda su piel blanca despedía un aroma pestilente, decía mi padre, cual condenado. Parecía imposible que alguien llevara tanto tiempo muerto y aún tuviera carne sobre los huesos.

Antes de abrir la puerta, mi amigo me recomendó que aguantara la respiración; aun así, logré percibir un olor parecido al de un hospital, mezcla de enfermedad y desinfectante. Al entrar, miré asombrado la silueta de un hombre al fondo de la habitación, tirado en la alfombra.

Es extraño, dijo mi amigo, se supone que esté sentado en el escritorio.

Era probable que los médicos lo hubieran movido. Despacio, mi compañero se acercó hasta donde estaba la criatura y retrocedió dando un salto.

¡Respiró!, soltó alarmado, su novia le acusó de jugar una mala broma, pero él juró que era verdad y me instó a acercarme, ella me tomó del brazo y caminó conmigo. Incrédulos, vimos como el pecho del hombre muerto, cobijado por un rugoso y antiguo traje, se levantaba y suavemente descendía… en efecto, estaba respirando. Nos miramos a la expectativa de que se nos ocurriera algo que hacer, pero no fue posible; de súbito, un aire frío recorrió mis huesos y pude ver a mi compañero tiritando. Me encontraba casi hipnotizado por el siseo que escapaba de la boca del hombre muerto, ninguno de nosotros pudo contener el miedo al darnos cuenta de que los ojos de aquel ser tirado en la alfombra también se estaban moviendo.

La criatura miró a mi compañero y soltó una extraña risotada.

Me giré para pedir que abandonáramos el lugar y, con una milagrosa rapidez e inesperada fuerza, el hombre muerto prensó a mi amigo por los hombros, abrió las fauces y entre bramidos, gritó algo que me niego a recordar; al mismo tiempo, mi amigo comenzó a gritar sin hacer el menor esfuerzo para que lo soltara aquel monstruo.

No lo culpo, yo tampoco reaccioné de ninguna forma, pero instintivamente cubrí mis oídos. Ella tampoco reaccionó, sentí cómo apretaba mi brazo cada vez con más fuerza; conseguí liberarme cuando el calor de la sangre se deslizó al penetrar mi piel con sus uñas; entonces, sujeté a mi amigo de un brazo y lo jalé hacia mí. La bestia, al soltarlo, azotó contra el suelo estirando sus extremidades hacia nosotros. Llevé a mi amigo hasta la puerta, recordé que ella seguía ahí, parada e inmóvil, viendo cómo el demonio se arrastraba; el monstruo aulló mientras mi amigo seguía gritando con la respiración entrecortada. No podía dejar de pensar en ella, ver que no hacía nada para protegerse del ser que lentamente se acercaba. Entré en pánico. El temor me hizo considerar salir corriendo, pero un sentimiento de culpa me reprimía; pensaba entonces en quedarme con ellos y aceptar cualquier destino que se presentara como propio.

El olor a podredumbre que invadió la habitación, debido al surco viscoso que la criatura dejaba tras de sí, me ayudó a escapar de mi letargo, respiré hondo y corrí hacia ella; la llevé a la puerta y salí corriendo jalando a ambos de los brazos; cuando traté de bajar las escaleras con ellos a cuestas caímos rodando, me puse en pie y traté de hacer que reaccionaran, pero ninguno de los dos parecía tener ánimos de seguirme, él no dejaba de gritar y ella no tenía ningún gesto en el rostro, miraba al vacío. Creí escuchar al monstruo en las escaleras y empujé a mis amigos por la puerta, salimos al patio y tiré el cancel de latón a patadas. Mi amigo seguía gritando, aquello hizo que mi adrenalina se mantuviera a tope. Traté de arrastrar a ambos por la calle, pero tropecé por causa de ella, que parecía catatónica; la cargué entonces sobre mi hombro y, jalando a mi amigo del brazo, corrí calle abajo. Conforme avancé por las calles y la noche, se fueron despertando los vecinos, alarmados por los gritos de mi amigo. Yo me encontraba cada vez más fatigado, a punto de sucumbir al cansancio. No recuerdo en qué momento nos subieron a un vehículo.

Cuando llegamos al hospital, mi amigo se había callado, su grito se convirtió en un murmurar ronco; me pareció extraño, pues seguía abriendo la boca y respirando de la misma forma, era como si sus gritos fueran mudos, pues su gesto de terror persistía. Antes de partir, supe que había desgarrado sus cuerdas vocales. De ella no supe nada, seguía en cama, inmóvil y sin expresión.

Soy incapaz de dar razones, no puedo decir qué me hizo actuar de esta manera, pero lo hice; al día siguiente, vacié mi cuenta, fui a la central de autobús y compré un boleto a cualquier lado. Y aquí estoy.

No fue difícil establecerme. Alquilé una pequeña casa y conseguí un buen trabajo. Pasado un mes, traté de comunicarme con mis padres. Sería poco decir que marqué cien veces a sus teléfonos y celulares, a mis amigos y profesores, a mis compañeros de carrera y a toda la gente con la que me llegué a relacionar, marqué hasta al maldito hospital dónde se quedó mi amigo, y siempre que marco una voz fría y mecánica repite una y otra vez que esos números no existen. Cuando me cansé del teléfono fui a la estación a comprar un boleto para M… y me dijeron que no existe ningún pueblo con ese nombre, busqué por internet información sobre los festejos del Día del Hombre muerto y es como si nunca hubiera existido. Todos los libros publicados sobre el hombre muerto han desaparecido, los he buscado en bibliotecas y librerías, hasta las entrevistas y artículos de periódico. Conseguí ponerme en contacto con el investigador alemán que me entrevistó y no me recuerda, a ningún hombre muerto, ni haber visitado un pueblo llamado M…

Quise olvidarme del asunto regresando a mis estudios, pero la Red Universitaria no tenía ningún registro sobre mi universidad. Recordé entonces que al empacar, un poco apresurado, guardé mi credencial de estudiante. Serviría para demostrar la existencia de mi plantel universitario y mi carrera, pero cuando llegué a mi casa, esta y las casas vecinas se incendiaron por un problema en la calefacción, dos personas murieron en el fuego.

Paranoico y cerca de la locura tuve otra idea: fui a las oficinas del Registro Civil para pedir una copia certificada de mi acta de nacimiento. Confiaba en que ahí aparecería el nombre de mi padre, de mi madre y, sobre todo, de mi natal M…; cuando me entregaron los documentos no aparecía nombre conocido de padre o madre, no había registros médicos ni nada útil. Según el acta que me entregaron, yo nací aquí.

Hace dos meses nadie me conocía. Desde hace un mes todo el mundo me conoce, como si jamás me hubiera mudado por el incendio de mi anterior casa. Ahora vivo en un departamento. Dentro de los cajones de muebles que yo no tenía han comenzado a aparecer “mis documentos”, como certificados de estudios —de escuelas de aquí en las que nunca estudié—, eso ayudó a que me permitieran continuar mi carrera.

Ayer, al salir de la universidad, me esperaba en casa una joven, afirmando ser mi novia e invitándome a cenar. Recordándome que en ocho días cumplimos dos meses de estar juntos y que quiere un bonito regalo.

No sé qué creer, doctor. Por poco me desmayo cuando se presentó. Dijo que me veía muy mal y después de conversar un rato me pidió que viniera, que usted es un excelente psicólogo. Pero dígame, ¿cree que estoy loco?

—En lo absoluto, Miguel.