𝑬𝒍 𝒄𝒐𝒎𝒊𝒆𝒏𝒛𝒐
AMELIA
Dicen que el comienzo siempre es lo más difícil, pero nadie te advierte lo sola que puedes sentirte. A las seis de la mañana, con el sonido insistente del despertador, supe que otro día más en esa escuela estaba por empezar… una semana ahí y yo seguía sin encontrar mi lugar.
Me levanté despacio, desayuné y preparé mis cosas en silencio. Antes de salir, me despedí de mi madre con una sonrisa que no sentía del todo y caminé hasta la parada del bus. Mientras esperaba, vi pasar el auto de Ava Jones. Era imposible no reconocer ese auto de último modelo.
Ava parecía sacada de una revista perfecta, elegante, siempre impecable. No seguía la moda, la imponía. Todo en ella gritaba lujo, incluso sus zapatillas, que llevaban sus iniciales grabadas en la suela. Sabía que si me veía, ella y sus amigas no dudarían en molestarme, así que me escondí detrás de una cabina telefónica en la esquina, conteniendo la respiración hasta que se fue.
Minutos después llegó el bus. Subí y traté de tranquilizarme, pero al llegar al instituto sentí un nudo en el estómago. Sabía que Ava aparecería en cualquier momento. Subí las enormes escaleras juraría que subí lo más rápido que pude, convencida de que esta vez lograría entrar sin ser notada pero no fue así.
Escuché murmullos detrás de mí. Al principio los ignoré, hasta que el ruido aumentó y se mezcló con halagos exagerados. Me detuve y volteé, sabiendo exactamente lo que encontraría. Ava acababa de llegar en su auto último modelo. Bajó de él con un saco y un vestido color vino, estilo vintage, que resaltaba su cabello largo y sedoso y sus ojos color miel. Me quedé mirándola por unos segundos, hasta que sentí su mirada clavarse en mí. En ese instante supe que debía moverme, desaparecer de su vista… porque si no lo hacía, lo siguiente sería la humillación. Y esa escuela ya se estaba convirtiendo en mi peor pesadilla.
Faltaban diez minutos para que comenzara la clase, así que decidí ir a mi casillero para dejar las cosas que no necesitaría. En cuanto llegué, lo abrí y guardé mis libros con cuidado. Por un momento, todo parecía tranquilo… demasiado tranquilo. Sabía que esa calma no duraría. Algo siempre terminaba arruinándolo todo, y el hecho de que aún no hubiera pasado nada me resultaba extraño. Tal vez subestimé la situación.
No pasó mucho tiempo antes de que apareciera ese grupito al que tanto odiaba los chicos de fútbol americano y hockey. Caminaban por los pasillos como si fueran intocables, como políticos importantes a los que nadie podía mirar ni rozar. Todos debían abrirles paso, apartarse de su camino y obedecer cualquier cosa que pidieran. Eran alrededor de veinte chicos: doce de americano y ocho de hockey.
Por alguna razón ingenua, pensé que esta vez pasarían de largo. Me equivoqué.
Se detuvieron a pocos pasos de donde yo estaba. Solo deseaba que los diez minutos pasaran rápido, que se fueran de una vez, aunque en el fondo sabía que no lo harían. Dos de ellos estaban en mi salón y los demás en el de enfrente. Era su rutina pararse ahí, entrar al último momento y molestar a cualquiera que pasara justo cuando ellos decidían entrar. Especialmente a los nerds… aunque hoy no había ninguno cerca. Las únicas personas ahí éramos dos chicas de último año y yo.
Sentí sus miradas sobre mí. Algunos comenzaron a murmurar cosas, y supe que nada bueno podía salir de eso. Los había visto demasiadas veces junto a las porristas, especialmente con Olivia Hall, la mejor amiga de Ava. Ella era la que más me molestaba, aunque ni yo misma sabía exactamente por qué. Tal vez porque tenía la nota más alta de la clase o porque conseguí un lugar en el gimnasio donde entrenan los chicos de americano y ella no. Esa pregunta me la hacía cada vez que me miraba con odio y desprecio, como si yo tuviera que pagarle algo desde el día en que entré a este instituto.
Estaba tan perdida en mis pensamientos que no me di cuenta de que el silencio se había vuelto pesado… hasta que uno de ellos lo rompió, observándome de arriba abajo sin apartar la mirada.