Nocturna Patagonia

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Summary

Misterio, drama y acción se entrelazan en Nocturna Patagonia, una novela de Fantasía Urbana, que capítulo a capítulo hace chocar antiguas deidades de la cosmogonia Selk'nam, con personas comunes de la Patagonia actual.

Genre
Fantasy
Author
Eduardo
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo I. Horror Ancestral.

Entre el hastío de lo real y el horror de lo fantástico.

✦ ✦ ✦

La pequeña ciudad, por irse a descansar, se dejaba abrazar por las cobijas que la defendían de la noche. Sin embargo, bajo el concreto algo respiraba, algo furioso estaba a punto de despertar.

✦ ✦ ✦

La entidad antigua avanzaba en un frenesí. Aunque sus emociones no podían equipararse a las humanas, no era inexacto describir su estado como un éxtasis salvaje, el éxtasis de la liberación tras un largo encarcelamiento. Su conexión con el reino humano era imperfecta, debido en gran parte a la torpeza de su ‘huésped’, pero la sensación de estar finalmente de vuelta, sembrando pánico y desesperanza entre los corruptos nuevos habitantes de lo que una vez fueron los dominios de sus antiguos carceleros, superaba cualquier frustración. Para el oscuro espíritu antiguo, saborear el caos y deleitarse con el sufrimiento de los mortales era una delicia. Sentir el aire denso y cargado de miedo, cada grito de desesperación resonando como una sinfonía en sus oídos, era una experiencia revitalizadora. Los destellos de luces en pánico, las sombras danzando en el caos, eran un espectáculo visual que hacía palpitar su esencia oscura con un vigor renovado. En resumen, desatar su naturaleza perversa con aún más libertad que en su época de gloria no solo era extremadamente satisfactorio, sino que también reafirmaba la razón de su existencia.

—¡Eso es! ¡Más! ¡Más, triste humano! —exclamaba la oscura entidad en lo que en realidad no eran sino rugidos ininteligibles, mientras el cuerpo del hombre se despedazaba producto del sobreesfuerzo. Nunca había sido un tipo especialmente pacífico; sin embargo, la necesidad de violencia que sentía en estos momentos era totalmente nueva y sobrenatural. No podía descansar hasta que ella descansara; su destino estaba sellado desde que ella apareció. Aunque ni él ni ella sabían del abrupto giro del destino que los esperaba a la vuelta de la esquina.

✦ ✦ ✦

Cuando comenzó a trabajar en la librería, Alex pensó que por fin había encontrado una labor donde ganar dinero haciendo algo medianamente entretenido. Los libros de ficción eran, en definitiva, una inagotable fuente de realidades, cada una con sus reglas distintivas. Había, en la fantasía, la ficción, y en general en aquello proveniente de la infinita imaginación humana, una capacidad, obligatoria para Alex, de romper con las reglas del mundo real.

—¿Cómo es que de entre tantas opciones y combinaciones de realidades, la realmente real es algo como esto? —Cuando le invadía esta frustrante cuestión, Alex no pensaba en las reglas humanas, como las leyes y convenciones sociales, que poco le importaban a estas alturas. La configuración de este mundo era irremediablemente aburrida. No era cuestión entonces de viajar o emprender una aventura. A diferencia de los libros o series, Alex jamás podría volar, ser invisible o presenciar una batalla épica entre dos poderosos hechiceros, independientemente del lugar del mundo donde se encontrase o la aventura que emprendiese.

—Es lo más virgen e inmaduro que escucho en años, Alex. Búscate una chica, en serio, estás sonando tan pero tan Psycho...

—¿Así respondes a los sentimientos de un compañero, mujer falta de piedad? —preguntó Alex con triste humor.

—Te lo digo como un consejo real. Búscate una chica y libera... Endorfinas. O dopamina... Una de esas.

Pilar era la compañera de Alex en el trabajo. De corta estatura y piel morena, la chica llevaba con admirable ánimo la rutina laboral. Y, si bien ella y Alex no eran amigos, su relación como compañeros había sido siempre diplomática. Por lo demás, la chica no tenía filtros a la hora de preguntar o contestar en medio de una charla. Así, ante las constantes preguntas y comentarios sobre la extraña vida de Alex, este decidió responder sinceramente. “Supongo que no pierdo nada”, había pensado el joven vendedor. Y, en efecto, no había perdido nada más que aire y saliva. ¿Ganar algo? Eso ya era mucho pedir.

El joven no encontró una pizca de comprensión, como le había sucedido desde hacía ya algunos años. Alexander podía considerarse un ermitaño moderno. Hacía por lo menos un lustro que no tenía una pareja, y de sus antiguos amigos sabía algo tarde, mal y nunca. A estas alturas no sabía qué había sido primero, si su apatía por la vida o lo aburrido de esta en sí, pero este dilema poco importaba. Seguro renunciaría en poco tiempo y, si sus lánguidos pasos carentes de rumbo lo llevaban a encontrar otra forma —no demasiado desagradable— de subsistir, seguro la tomaría.

Alex, de cuerpo delgado, altura promedio y cabello desordenado, se despidió, con ojos cansados, y emprendió rumbo a casa. La suerte de tener un lugar donde caer muerto la debía a su familia, y la de poder movilizarse a pie a lo pequeña de la ciudad de Punta Arenas, al menos cuando el clima patagónico así lo permitía. El joven compró un café de máquina, encendió un cigarrillo y caminó en línea recta. Ese momento era, salvo en muy contadas excepciones, el mejor de sus días.

La caminata, aunque fría, había sido normal y satisfactoria, como solía serlo. A un par de cuadras de llegar a su casa, Alex tenía por costumbre interrumpir la línea recta, doblando hacia uno de los lados, para así terminar su café, observar el paisaje, reproducir quizá alguna canción más desde sus viejos audífonos, y en definitiva, no llegar tan temprano a casa, donde comenzaba la cuenta regresiva para el nuevo comienzo de la rutina. Fue justamente en uno de estos clásicos desvíos que Alex sintió el invisible peso del entorno oprimir hasta la última célula de su cuerpo. Era como si, de un momento a otro, hubiese atravesado una barrera hacia otra realidad, imperceptible para sus sentidos. El vaso de café rebotó en el suelo, dejándose llevar lentamente por la brisa. Alex sintió sus vellos erizarse y sus músculos contraerse; su cuerpo parecía exigirle que corriera en dirección opuesta, a riesgo de paralizarse de lo contrario. El joven se sintió como probablemente se sentirían los conejos ante la presencia de un puma, o al menos ese pensamiento pasó fugazmente por su cabeza. En fracción de segundos, su mente evaluó la posibilidad de estar sufriendo una crisis de pánico, e incluso algún efecto adverso de la cafeína, sin embargo, el viento frío, proveniente de la avenida caló en su cuerpo y espíritu, de alguna forma obligándolo a desobedecer a su cuerpo y avanzar hacia esta. Tembloroso, se acercó hacia la esquina, donde presentía encontraría algo que sería horrible de presenciar, pero que paradójicamente debía.

Lo peligroso de la escena se confirmó rápidamente cuando vio las luces de los carros policiales, a dos policías portando chaleco antibalas cubriendo el territorio cerrado con cintas. El perímetro policial bloqueaba el tránsito en todas las direcciones alrededor de la calle bordeada por bandejones cubiertos de pasto. Sin embargo, Alex pronto descubrió que el cerco policial no era lo más impactante de la escena. Tras los funcionarios policiales, un escenario dantesco compuesto de sangre y personas desmembradas aparecía como una pequeña muestra de infierno en la tierra. Alex, que jamás imaginó encontrarse frente a tal imagen, observó por un par de segundos e inmediatamente sintió su vientre revolverse. Llevó su mano a la boca, temiendo que el mareo le hiciese perder el equilibrio, y bajó la mirada. “¿Qué mierda es eso…? ¿Estoy soñando?“, pensó, esforzándose por volver a levantar la cabeza.

Y de hecho, el incidente rompía de forma abrupta no solamente con la rutina del joven vendedor, sino que parecía romper con “lo real”. Alex, sintiéndose injustificadamente culpable –pues repetidamente calificaba “lo real” como aburrido–, no tuvo la oportunidad de volver a observar la escena cuando sintió el fuerte brazo de un policía tomarlo de la chaqueta y empujarlo hacia atrás, botándolo en el proceso.

—¡No hay nada que ver acá! ¡Vuelva por donde vino, mirón de mierda!

—Pero… —Alex intentó responder desde el suelo, lo que le significó una patada a la altura del estómago por parte del otro policía.

—¡Qué te vayas, pendejo!

—Ah… la amabilidad de nuestros protectores… —respondió, con una mano sobando la zona donde había impactado la bota del policía, y una sonrisa que le sorprendió a él mismo. Por alguna razón se sentía mucho más relajado de un momento a otro. Solo pudo asociar esto a su reacción frente a los golpes—. Me van a decir qué pasó, par de simios con uniforme —dijo al borde de la carcajada, casi motivado más por el deseo de molestar al par de agresores que por la curiosidad del comienzo.

—¡Ahora sí que te la ganaste! —dijo soberbio uno de los policías. Ambos tomaron su bastón y se dispusieron a castigar a Alex, que aún no se incorporaba.

—¡Ahem! ¡Pasó que… hubo un pequeño pero casi solucionado accidente de tráfico! ¡Ah, sin víctimas fatales, por supuesto! —se oyó una voz femenina proveniente de la zona cercada, tras los policías, que se detuvieron antes de golpear al joven, con ojos confundidos—. ¿O no, mis queridos cabos? —continuó la mujer, dirigiéndose a los funcionarios de la ley. Era joven, de cabello largo teñido de rubio. Lo atlético de su cuerpo era notorio tras sus ropas, que de cálido solo tenían el color; la chica estaba curiosamente desabrigada.

—Es… es cierto, joven. Un accidente de tránsito ya solucionado.

—¡Así es!

Ambos policías se retiraron caminando a paso uniforme y a una velocidad tal que parecían títeres coordinados, lo que volvió a hacer saltar las alertas en el cerebro de Alex.

—¡Hey! Pero… ¡Qué pequeño accidente sin víctimas fatales! Hey, les estoy hablando, monigotes de...! —Alex se detuvo cuando la chica del largo cabello se agachó a su lado y le apoyó una mano en el hombro.

—Justamente. Un pequeño accidente, sin víctimas fatales —dijo la chica, con voz hipnótica, indicando a Alex la zona cercada... La misma zona que hace nada había visto repleta de sangre y muerte, y que ahora, en efecto, estaba casi absolutamente limpia, con el tráfico retomándose.

—Pero qué…

—Pero nada, ¿verdad, joven? —insistió la muchacha. Alex asintió con la cabeza; de un momento a otro sintió una pesada bruma mental y deseos de apagar su cerebro—. Ve a tu casa a ponerle hielo a esos golpes —finalizó la chica, poniéndose de pie y caminando hacia una enorme camioneta luego de observar su teléfono móvil.

“...Y una mierda. No sé qué están cubriendo, ni cómo, pero ‘¿Nada?’ Aquí murieron personas de forma horrible”, pensó finalmente el joven, poniéndose de pie, intentando sacar la niebla de su mente.

✦ ✦ ✦

—El trabajo con el último humano estuvo lejos de ser suficiente.

—¿Lo estuvo?

—Mila. No le estás tomando el peso a tu trabajo. ¿Cuándo vas a darle la seriedad que merece a—?

—¿Mi trabajo? ¡Ah! ¡Mi labor comunitaria! ¡La que hago porque soy buena persona sin pedir nada a cambio! Te informo que mi horario termina a las 21, por contrato —Mila respondió despreocupada, observando su teléfono móvil mientras caminaba con rapidez—. ¡Justo llega! —continuó la chica, terminando de pintar sus labios, usando un diminuto espejo de bolsillo como ayuda—. Ya sabes, no me hables hasta nuevo aviso —finalizó, sonriendo cínica al aire antes de correr hacia la lujosa camioneta.

—Camila, has prometido que—

—¡Que no me hables!

La poderosa y resonante voz masculina guardó lo que tuviese que decir frente a las palabras de la joven mujer de largo cabello rubio en una curiosa escena. La lujosa camioneta abandonó el lugar rápidamente.

✦ ✦ ✦

Alex llegó a casa adolorido, y con la sensación de estar soñando. El temblor de sus manos le dificultó la rutinaria tarea de insertar la llave correctamente en la cerradura para abrir la puerta de la vivienda. Cuando logró entrar, se dejó caer en el sillón, casi aplastando a Cojín —su único compañero en el hogar, un gato rubio y peludo— al cual pasó completamente por alto.

“El noticiario”, pensó, prendiendo el televisor, mientras acariciaba por inercia al ofendido felino. “¡Algo ha de haber en el noticiario! No… internet… ¡Seré idiota! Alguien ha de haber tomado una foto… Dime que alguien grabó algo…”. Aún con su mente confundida, Alex estaba seguro de que algo no cuadraba. Era cierto que la espantosa escena que había presenciado no podía haber desaparecido así como así, lo que le daba un punto a la idea de que solo lo hubiese imaginado y los policías junto con la extraña chica rubia hablasen con la verdad, sin embargo… “¡Ja! Ya me volví completamente loco… No… ¡Estoy seguro de lo que vi!”

Sus esperanzas se derrumbaron cuando escuchó la monótona voz de la presentadora:Pequeño accidente sin víctimas fatales en conocida avenida de la ciudad…

—Me tienes que estar jodiendo…

...Un leve error del chofer habría provocado un insignificante momento de…

La presentadora continuó, acto seguido el despacho presentó las declaraciones de testigos que mantenían la misma versión. Alex apagó el televisor y decidió abandonar la búsqueda en redes sociales. Había pensado en consultar en un antiguo grupo de amigos en WhatsApp, sin embargo, tomando en consideración su nula participación en este hace un par de años y que el noticiero ya había dado su versión, la cual incluía a testigos, concluyó que solo le haría quedar como un loco. Así, con el estómago vacío y una sensación que mezclaba el surrealismo con escalofríos y el cuerpo descompuesto, decidió lavarse los dientes, alimentar al abandonado Cojín y echarse a dormir. De seguro era eso lo que le faltaba…

“Espera… Pequeño accidente sin víctimas fatales… Leve error… Insignificante… ¿Tan insignificante que tienes que hacer una nota sobre eso? ¿Y repitiendo exactamente lo que el par de polis rancios y la rubia desagradable desabrigada dijeron? No…”, pensó el joven justo antes de comenzar a roncar.

Alex y Punta Arenas dormían, pero no todo lo que duerme descansa, ni mucho menos.