Capítulo 1: El café de la esquina
Siempre he pensado que la lluvia tiene una manera extraña de acercar a las personas. Ese día, mientras corría para no empaparme, terminé entrando al café de la esquina. No era nada especial, solo un lugar pequeño, con mesas de madera gastada y ese olor a pan recién horneado que te hacía sentir como en casa.
Busqué una mesa libre y ahí lo vi, sentado junto a la ventana. El cabello un poco desordenado, audífonos colgando del cuello, y una taza a medio terminar frente a él. Me miró por un instante, sonrió como si me conociera de toda la vida, y luego volvió a hundirse en su cuaderno.
—¿Está libre? —pregunté, señalando la mesa frente a él.
—Sí, claro —respondió sin levantar la vista—, aunque… —se detuvo un segundo y sonrió de nuevo, como si ese “aunque” lo dijera todo.
Ese día no hablamos más, pero algo se quedó flotando en el aire, una especie de conexión silenciosa. Al día siguiente, lo encontré en el mismo lugar. Esta vez fue él quien rompió el silencio:
—Siempre pides capuchino, ¿no?
—¿Y tú siempre escribes sin parar? —le respondí, señalando su cuaderno.
Rió y encogió los hombros.
—Es mi excusa para quedarme más tiempo —dijo con una sonrisa tímida.
Desde entonces, coincidíamos casi todos los días. No planeábamos nada, simplemente pasaba. Hablábamos de todo y de nada: de música, de películas malas, de lo insoportable que es madrugar. A veces discutíamos por tonterías, pero siempre terminábamos riendo.
Nunca pregunté mucho sobre su vida. Parecía de esos que están de paso, como si el café fuera un aeropuerto y no un lugar fijo. Yo solo disfrutaba de esos momentos, sin pensar en lo que vendría después.
Y lo que no sabía era que ese “después” iba a llegar antes de lo que imaginaba.