Parte 1
El mundo de Jungkook siempre había estado marcado por el eco cruel de las palabras de su familia. Cada comida en la mesa era un campo de batalla donde su madre le decía que comía demasiado, su padre lo miraba con decepción y sus hermanos lo llamaban “gordo” con la ligereza con la que otros dicen un saludo. Creció creyendo que su cuerpo era una vergüenza, que su reflejo en el espejo era una especie de castigo, y que su valor nunca sería suficiente.
Pero había un lugar donde podía respirar sin sentir el peso de esos juicios: el bosque. Sus pasos lo habían llevado allí desde pequeño, cuando aprendió que entre árboles altos y hojas que crujían bajo sus zapatillas, podía desaparecer del mundo. En el bosque no había insultos ni miradas de desprecio; solo viento, pájaros y la sensación de que la naturaleza lo abrazaba incluso cuando nadie más lo hacía.
Ese día, después de otra discusión en casa, Jungkook salió sin rumbo fijo. Tenía el estómago revuelto y la garganta seca de tanto contener las lágrimas. Se adentró más de lo habitual en el bosque, buscando un rincón nuevo donde esconderse. No imaginaba que el destino ya lo estaba esperando.
El claro apareció de repente. La luz del sol se filtraba entre las ramas, pintando el suelo de destellos dorados. Y allí, sentado en una roca como si fuera parte de un sueño, estaba él. Jimin.
Era hermoso de una forma que dolía a los ojos. Su cabello rubio atrapaba la luz como si cada hebra estuviera hecha de oro, y su piel parecía suave, casi irreal. Vestía ropa sencilla, pero en él todo se veía perfecto. Lo primero que Jungkook pensó fue que alguien como ese chico jamás debería mirarlo a él. No a un chico torpe, de hombros anchos y mejillas marcadas por la inseguridad.
Jimin levantó la vista y sonrió. No fue una sonrisa educada ni falsa, sino una que iluminó el claro entero. Jungkook sintió cómo las piernas le temblaban. Su primera reacción fue dar un paso atrás, como si hubiera invadido un espacio prohibido.
—Hola —dijo Jimin con voz cálida, clara, como si estuviera saludando a un viejo amigo.
Jungkook tragó saliva, inseguro. —Yo… lo siento, no sabía que había alguien aquí.
—No pasa nada. Es un buen lugar para perderse —respondió Jimin, ladeando la cabeza con curiosidad—. ¿Vienes seguido?
La pregunta lo descolocó. ¿Cómo podía hablarle con tanta naturalidad? Jungkook se encogió de hombros, evitando su mirada.
—Sí… vengo cuando necesito… escapar.
Jimin se levantó de la roca y caminó hacia él. Había algo en su forma de moverse, suave pero firme, que hacía que cada paso resonara más fuerte en el pecho de Jungkook que en el suelo.
—Entonces tal vez tenemos algo en común —dijo Jimin, ahora de pie frente a él. Era un poco más bajo, pero su presencia llenaba el espacio entero—. Yo también vengo aquí a escapar… y a soñar.
Jungkook arrugó el ceño. —¿Soñar?
—Sí —respondió Jimin sin vacilar—. Sueño con casarme aquí.
El corazón de Jungkook casi se detuvo. Lo miró incrédulo, pensando que era una broma. Pero Jimin parecía serio, sus ojos brillaban con sinceridad.
—¿Casarte… aquí? —repitió Jungkook, apenas un susurro.
—Sí. —Jimin giró un poco sobre sí mismo, señalando el claro con las manos—. Mira, ¿no es perfecto? La luz, los árboles, el silencio. Aquí quiero prometerle a alguien mi vida. Aquí quiero criar cachorros, formar un hogar.
La voz de Jimin era tan firme, tan llena de convicción, que Jungkook no pudo evitar sonrojarse. Nadie había hablado jamás de un futuro con él. Nadie lo había mirado como si pudiera ser parte de un sueño tan hermoso.
—Debe ser alguien muy afortunado —murmuró Jungkook, intentando ocultar la inseguridad que le carcomía el pecho.
Jimin lo miró fijamente, como si pudiera ver más allá de cada capa de miedo y duda.
—Aún no lo sé —respondió, y la intensidad en sus ojos hizo que Jungkook se estremeciera—. Tal vez ya lo encontré.
La tensión quedó suspendida en el aire, espesa y electrizante. Jungkook no sabía qué decir. Sus labios temblaban con palabras que no lograban salir. Jimin sonrió de nuevo, pero esta vez había algo más en ella, algo que rozaba la ternura y la promesa.
El resto de la tarde lo pasaron hablando. Al principio Jungkook fue torpe, inseguro, pero Jimin parecía tener un don para escuchar. Cada vez que Jungkook se detenía, pensando que lo que decía era estúpido o aburrido, Jimin lo animaba a seguir. Compartieron anécdotas, sueños pequeños, risas tímidas. El bosque se volvió un refugio compartido.
Cuando el sol empezó a esconderse, Jungkook se dio cuenta de que no quería regresar a casa. Por primera vez, el mundo fuera del bosque le parecía insoportable, y lo único que quería era quedarse allí, al lado de Jimin.
—Tengo que volver —dijo con pesar, levantándose de la hierba.
—Yo también. —Jimin se puso de pie, pero no se movió. Sus ojos seguían fijos en Jungkook, como si quisiera grabar cada detalle.
Hubo un silencio que pesó más que cualquier palabra. Entonces, de manera impulsiva, Jimin extendió la mano y rozó los dedos de Jungkook.
Fue un toque breve, apenas un segundo, pero suficiente para encender una chispa que recorrió todo su cuerpo. Jungkook contuvo la respiración, incapaz de moverse.
—Nos vemos pronto, ¿sí? —preguntó Jimin, como si no fuera una opción.
Jungkook asintió, con el corazón latiendo a un ritmo frenético.
Esa noche, en su cama, mientras los insultos de su familia aún resonaban en su memoria, Jungkook cerró los ojos y recordó la sonrisa de Jimin. Por primera vez en mucho tiempo, se durmió con la esperanza de que tal vez, solo tal vez, alguien pudiera verlo de una manera diferente.
Y en algún rincón del bosque, bajo las estrellas, Jimin también cerraba los ojos, convencido de que había encontrado al chico con el que quería casarse allí mismo, donde la naturaleza había decidido unirlos.