Capítulo 1
El primer día
El sol de la mañana se filtraba entre las cortinas polvorientas de la habitación de Taylor Fenning, un joven de diecisiete años, de contextura similar a la promedio, con un tono de piel color avellana, cabello rizado oscuro y un poco alto para su edad. La claridad dorada lo obligó a entrecerrar los ojos y, durante unos segundos, permaneció inmóvil, intentando descifrar la extraña sensación que le oprimía el pecho. Nervios, ansiedad… y luego, como un golpe repentino, lo recordó: era su primer día en la escuela de Boorny.
Se incorporó de golpe, lanzó una mirada al reloj de la mesa de noche y su corazón dio un vuelco.
—¡No sonó mi alarma! —bufó, llevándose una mano al rostro.
Se vistió a toda prisa, tropezó con la alfombra y salió disparado de la habitación con la mochila a medio cerrar.
La casa de los Fenning, en el número seis de la avenida Carl Johnson, nunca había sido un hogar tranquilo. Los muebles desgastados, las paredes con grietas y el pasillo que crujía con cada paso parecían reflejar las tensiones que habitaban dentro. Y, como cada mañana, el murmullo de una discusión flotaba en el aire. El señor Jason Fenning, un hombre de contextura gruesa, alto y con una mirada penetrante, se despertó a la primera hora de la mañana.
La voz de su padre tronaba desde la cocina:—¡Ya es el colmo! —bramaba, golpeando la mesa con el puño—. Si seguimos atrayendo miradas, ¡nos van a descubrir y tendremos que largarnos otra vez!
Clara Fenning, la madre, una mujer delgada, de piel pálida, con cabello corto y de un color castaño opaco, intentaba mantener la calma desde el fregadero.—Jason, por favor. Recién llegamos. Nadie sospechará de nosotros todavía —respondió con voz suave, aunque cansada.
—¡Pero cómo es posible! Que nuestro estúpido hijo causara una pelea en ese bar, cuando le dijimos que tuviera discreción —gritó alto el señor Fenning, haciendo que su voz se escuchara por toda la casa.
—¡Cuando se despierte, me va a conocer de verdad! —dijo aún furioso el señor Fenning.
Taylor entró justo a tiempo para ver cómo su madre lo miraba, como pidiendo ayuda sin palabras.
—¿Sabes que cuando gritas nadie te escucha, verdad, papá? —ironizó el chico, inclinándose para darle un beso rápido a Clara en la mejilla.
Jason lo fulminó con la mirada.
—¿No vas tarde a tu primer día? Hoy inicia tu tercer año —gruñó.
Taylor levantó la mochila con una media sonrisa.
—Por eso mismo, ya me voy.
—¡Tu almuerzo! —le recordó Clara, tendiéndole una bolsa de papel.
Él la tomó al vuelo y salió, dejando atrás el eco de la tensión. Desde afuera, la casa parecía normal, como la de cualquier familia de clase media. Pero esa apariencia era solo una máscara. Los Fenning no eran como los demás. Eran conocidos por la comunidad como ladrones: aquellos que le quitaban a los ricos lo que les sobraba… y a los pobres lo que les faltaba. Una reputación que había convertido su apellido en sinónimo de desconfianza.
Taylor estaba cansado de aquello. Cansado de mudarse de ciudad en ciudad, huyendo de problemas que no había provocado. Esta vez, en Boorny, había tomado una decisión: buscaría un rumbo distinto, aunque eso lo enfrentara a su propia familia.
El camino hacia la escuela atravesaba un bosque inmenso. Los árboles se alzaban tan altos que sus copas se mecían como un mar verde en el cielo. La brisa fresca, cargada de olor a tierra húmeda, le acariciaba el rostro, y el suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus pasos.
Por un instante, se olvidó de la prisa. Inspiró hondo. El silencio del bosque, roto solo por el canto de los pájaros, le resultaba tranquilizador. Sentía como si aquel lugar lo observara tanto como él lo recorriera.
De pronto, escuchó pisadas detrás de él. Se detuvo y se giró.
Un muchacho caminaba a unos metros, con la cabeza gacha y una sudadera demasiado grande para su cuerpo. Taylor lo observó con curiosidad, sorprendido de que pareciera de su misma estatura.
—¡Disculpa! Dejaste caer algo, parece importante —le gritó el desconocido.
Taylor parpadeó y miró sus manos. El chico se acercó, extendiéndole un manojo de llaves.
—Creo que son las de tu casa. Sería un problema perderlas —dijo con una sonrisa ligera.
Taylor las tomó, agradecido.
—No me di cuenta de que se me habían caído. Gracias.
—Soy Jim. Jim Morrison.
—Taylor. Taylor Fenning —respondió, devolviéndole la sonrisa.
Caminaron juntos. La conversación fluyó con facilidad, y Taylor sintió algo extraño: confianza. Jim tenía un aire sencillo, casi familiar. Hablaron de trivialidades y, entre risas, Jim le contó una anécdota sobre un niño que había molestado a un mapache y terminó siendo perseguido por él.
Al llegar a la mitad del bosque, se toparon con un lago oscuro, rodeado de pinos que se reflejaban en su superficie como sombras alargadas.
El agua era tan quieta que parecía un espejo roto únicamente por el viento. Taylor se detuvo unos segundos. Algo en esa superficie oscura lo incomodaba, como si guardara secretos en lo profundo. Y, sin embargo, también lo atraía, como si lo retara a descubrir qué se escondía allí.
—¿Ese lago tiene algún nombre? —preguntó con voz más baja de lo normal.
—No lo sé —contestó Jim, encogiéndose de hombros—, pero la gente lo evita. Dicen que su agua oscura trae mala suerte.
Taylor apartó la vista con inquietud, intentando no darle más importancia. Aun así, el lago permaneció en un rincón de su mente.
La escuela de Boorny se alzaba imponente frente a ellos. Para una ciudad pequeña, el edificio era enorme, con pasillos amplios y ventanas altas que dejaban entrar la luz de la mañana. Taylor la miró con asombro.
Después de orientarse con un mapa, encontraron su primera clase: ciencias. Al entrar al salón, Taylor buscó un asiento junto a la ventana. Desde allí se veía el bosque, con sus copas moviéndose al compás del viento.
El profesor entró poco después. Era un hombre de rostro severo, con arrugas marcadas alrededor de los ojos y un ceño fruncido que parecía permanente. Su voz, sin embargo, trataba de sonar cordial.
—Soy Carlos Miller, su profesor de ciencias. Espero que tengamos un buen trimestre.
Diez minutos después, la puerta se abrió de golpe. Una chica entró apresurada, con el rostro encendido. Taylor la miró y de inmediato notó su belleza.
Tenía la piel clara, los ojos azules y un cabello rubio que caía en suaves ondas. Era imposible no fijarse en ella, pero, más allá de un pensamiento fugaz de “qué linda es”, no se permitió fantasear demasiado.
El profesor Miller no compartía su fascinación.
—Puede que tus padres sean reconocidos en el pueblo, señorita Williams, pero eso no te da derecho a llegar tarde el primer día —espetó con severidad.
La muchacha bajó la cabeza y se disculpó antes de tomar asiento… justo detrás de Taylor.
Él tragó saliva. No era amor a primera vista, pero sí notaba la tensión de tener a alguien tan llamativo tan cerca. Sentía la presión de su presencia y, aunque intentó enfocarse en la clase, no podía ignorar del todo los movimientos detrás de él: cómo dejaba los libros sobre el escritorio, cómo acomodaba la silla.
La clase de ciencias había comenzado hacía apenas unos minutos, pero para Taylor ya se sentía eterna. El profesor Miller, que tenía voz seca y modales estrictos, no tardó en dejar claro que el curso no sería un camino fácil. Caminaba de un lado a otro con las manos tras la espalda, observando a los alumnos como si buscara a quién incomodar primero.
—Señor… Fenning —dijo de pronto, alargando el apellido con un matiz de sarcasmo.
Taylor levantó la vista, sorprendido.
—Nuestro nuevo estudiante. ¿Por qué no se presenta?
El muchacho se quedó helado unos segundos. No esperaba ser llamado tan pronto. Buscó la mirada de Jim, pero su vecino de asiento estaba igual de perdido, con los ojos abiertos y un gesto de confusión que no ofrecía ninguna ayuda. Con un suspiro resignado, Taylor se aclaró la garganta.
—Mi nombre es Taylor Fenning —dijo con voz algo tensa—. Me acabo de mudar a esta ciudad, vivo en la avenida Carl Johnson… Un placer.
La reacción fue mínima. Apenas un par de cabezas se giraron hacia él y, al instante, volvieron a sus cuadernos. Parecía que a nadie le importaba demasiado su llegada. Nadie… salvo Jim, que lo miraba con una sonrisa cómplice y un gesto de aprobación. Ese pequeño detalle bastó para aliviar, aunque fuese un poco, los nervios que le recorrían el cuerpo.
—Muy bien —dijo Miller sin inmutarse, como si hubiera cumplido con un trámite molesto. Acto seguido, tomó una tiza y escribió en el tablero con trazos firmes:
“Ensayo en parejas: El impacto de la biología en la vida cotidiana.Extensión: 2 páginas.Fecha de entrega: próximo lunes.”
Un murmullo inmediato recorrió el salón. Algunos alumnos bufaron, otros rodaron los ojos. Era el primer día de clases y ya tenían tarea. Taylor se hundió en su asiento, molesto. Lo había sospechado desde el primer minuto: el profesor Miller era de esos maestros que parecían disfrutar viendo sufrir a sus estudiantes.
—Las parejas las elijo yo —añadió el profesor, pasando lista con el dedo. Su mirada se detuvo pronto en la hoja—. Fenning y Morrison.
Taylor levantó el rostro con un respingo. Giró apenas, y allí estaba Jim, sonriéndole con naturalidad, como si aquello no fuera gran cosa. Pero para Taylor era diferente: apenas habían cruzado un par de palabras y ahora tendrían que compartir un trabajo entero. Sintió un ardor interno, mezcla de fastidio y resignación. Apenas comenzaba el día y ya tendría que lidiar con tareas, responsabilidades y un ensayo sorpresa.