Más allá del perímetro

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Summary

Una historia intensa y directa, donde nada se suaviza. Los Thillenstone y los Andray arrastran secretos, traumas y un destino marcado por la maldición de sus familias. Con mucha acción y momentos duros, el libro te mete de lleno en la piel de los protagonistas, haciéndote sentir cada emoción, cada miedo y cada golpe del camino. Un relato crudo, profundo y lleno de giros, ideal para quienes buscan una lectura que atrape y sacuda de principio a fin.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

Introducción: La maldición de los Thillenstone

⚠️ Aviso de contenido:

El siguiente texto contiene descripciones explícitas de violencia física y maltrato psicológico, tanto infantil como hacia adultos. Estos contenidos pueden resultar perturbadores o sensibles para algunos lectores.

Se recomienda discreción y cuidado personal antes de continuar la lectura.

Introducción.La maldición de los ThillenstoneGradnley Thillenstone, Sirendlan.

Regresé a casa con las ideas claras.En una semana cumpliría 16 años y me sentía lo bastante hombre como para tomar las riendas de mi vida. La paliza del último día había sido tan brutal que había terminado ingresado en el hospital. Por eso, hoy, sin falta, se lo diré a mamá: le pediré que elija entre aquel psicópata al que llama marido —que, desgraciadamente, también es mi padre— y yo.


Llegué a casa decidido. Llevaba una semana dándole vueltas a cómo darle la noticia, a cómo se lo tomaría y a las consecuencias que podría traer.

Terry, mi hermano pequeño, jugaba con una pelota de plástico en el jardín delantero. Era tan alto que no parecía tener sólo ocho años. Se movía como un profesional, dominando el balón mientras hacía toques y los contaba en voz alta. Cada vez que el balón tocaba el suelo, comenzaba de nuevo.“¿Qué le pasará a Terry si yo me marcho?” No podía dejar que esa pregunta me hiciera dudar.

Le despeiné la melena para saludarlo y luego me puse en cuclillas para mirarlo de frente. Terry me empujó, visiblemente enfadado por haberle desordenado el cabello.

—¡Gradn, no! ¡Sabes que odio desenredarme el pelo! —protestó mientras su larga melena se movía al girarse.

Me eché a reír tumbado sobre la hierba, porque el empujón me había hecho caer. Me quedé con él un rato, jugando con la pelota, aunque mi mente no podía dejar de pensar en la conversación que debía tener con mamá.

Pasó una hora, pero “Él” todavía no había regresado del trabajo, y ya eran las siete. Tenía que entrar para ayudar a mamá con la cena antes de que volviera, o me ganaría otra paliza.

—Voy entrando ya. Juega un ratito más y ve a la ducha. No te retrases.

El renacuajo asintió con la cabeza y continuó dándole golpes al balón.“Era agradable verlo así, con su inocencia intacta, sin imaginar siquiera lo que pasaba en casa.”


Entré en casa y vi a mamá de espaldas, con el delantal puesto, concentrada en la cena. El vapor que salía de la sartén se escapaba por la ventana abierta, mezclándose con el aire fresco del anochecer.

Las risas de Lesli y Neis, mis hermanas pequeñas, resonaban desde la planta de arriba. Sin duda, estarían tramando alguna de las suyas.

Me quité los zapatos en la entrada y los guardé en el armario bajo la escalera que llevaba al segundo piso. Respiré hondo, consciente de que lo que tenía que decirle a mamá no le iba a gustar, pero yo necesitaba hacerlo.

—Mamá, perdón por llegar tarde, es que... ——No te preocupes, te he visto jugar en el jardín con tu hermano —respondió, cortándome antes de terminar.

Me lavé las manos y tomé un cuchillo para cortar en rodajas las zanahorias que había dejado en remojo y mamá esbozó una sonrisa al verme; sabía que estaba orgullosa de mí, de que siempre hiciera las cosas antes de que me las pidiera.

Mientras realizaba la tarea, intentaba armarme de valor para soltar aquella “bomba”.

—En una semana cumples 16 años. ¿Qué quieres que te regale? —preguntó de repente.

Me sorprendió que mencionara el tema, pero lo tomé como la oportunidad perfecta para decir lo que tenía en mente.

—La libertad —respondí con firmeza.

—¿La libertad? —repitió, divertida, seguramente pensando que estaba bromeando.

—Hablo en serio, me voy a marchar. Me iré lejos de aquí y me llevaré a Terry conmigo —dije, mirándola fijamente.

Mamá dejó de prestar atención a la cocina. Apagó los fogones y se giró para mirarme directamente.

—No puedes estar hablando en serio. Si haces eso, nos matará. Luego os buscará a ti y a tu hermano, y os matará también. No debes, no puedes. No, no lo harás —dijo con firmeza, pero en un tono confidencial, casi en un susurro.

—Me marcharé si no le denuncias. Ya no puedo más —dije, dejando el cuchillo y las zanahorias a un lado. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, y tuve que secarlas rápidamente. «Él» regresaría pronto, y no le gustaba vernos llorar.

—Lo siento mucho, pero eso no va a pasar porque no ha matado a nadie. Si lo denunciamos, lo condenarían un año por malos tratos, saldrá en seis meses por buena conducta... ¿y luego qué? —respondió ella, manteniendo la compostura. Se cruzó de brazos y continuó—: Te diré lo que pasaría después: nos quedamos aquí, vuelve y nos mata. O bien huimos con mi hermana a Andrehlen, nos encuentra y nos asesina a todos. Así que quítate esa absurda idea de la cabeza.

Su voz seguía siendo baja, pero su tono era tajante.

—Eres menor, no tienes ahorros ni un lugar donde ir. Ningún sitio es seguro. Déjalo ya, porque está a punto de llegar, y si nos escucha, ya sabes lo que va a pasar.

No respondí. Sabía que, si seguía hablando, no podría contener las lágrimas. Así que volví a centrarme en preparar la cena.

Fin de la conversación. Me quedaré aquí y seguiré haciendo de escudo humano para evitar que la matara a ella o que «Él» descargue su furia contra Terry, Les o Neis.

“¿Cuánto tiempo más podré soportar esta situación?”Hace cuatro años que comenzaron las palizas, y cada vez son por razones más absurdas. La última vez me rompió una costilla. ¿Qué será lo siguiente? ¿Me tirará por las escaleras? ¿Me abriré la cabeza y moriré desangrado porque nadie llamará a la policía?

No podía dejar de pensar en ello.

La puerta de la entrada se abrió de golpe, y «Él» entró con Terry, que aún no se había duchado y llevaba el balón bajo el brazo.

Tragué saliva, nervioso al darme cuenta.

«Él» se agachó y besó a Terry en la mejilla, como si fuera un padre cariñoso, como si nada malo ocurriera en aquella casa.

—Campeón, ¿a que eres lo suficientemente mayor para darte una ducha solo? —dijo afectuoso.

Asustaba pensar en el tremendo parecido entre Terry y su padre. ¿Sería cierta la maldición de los Thillenstone? Ambos tenían la nariz fina y perfecta, los ojos grandes de un azul oscuro, eran altos, con el cabello largo, liso y de un tono café negro. Tenía que sacar a Terry de allí. Me marcharía, aunque Cala me lo negase.

—¡Sí, papá! —respondió Terry con la energía propia de un niño.

—Bien. Ve, yo tengo que hablar con tu hermano un momento —dijo.

El renacuajo salió corriendo hacia el piso de arriba y en cuando se escuchó el sonido del agua de la ducha, «Él» se levantó y, como hacía el resto de la familia, se quitó los zapatos y los dejó en la entrada. Luego caminó hacia mí, mientras mamá seguía a mi lado con la mirada clavada en el suelo.

—¿No habíamos quedado en que te encargarías de tu hermano al salir de clase? —preguntó, mirándome fijamente.

Conocía muy bien esa mirada: «Él» sentía la necesidad de pegarme. Por un momento, pensé que no se atrevería delante de mamá, pero alzó el brazo y me asestó una bofetada con el dorso de la mano.

Nunca me había golpeado frente a nadie. La situación seguía empeorando.

Durante la cena, nadie mencionó lo sucedido. Comí lentamente, intentando que no se notara que lo único que quería era terminar rápidamente para encerrarme en mi habitación y terminar el día. Quizá, si no hablaba, aquella madrugada me dejaría en paz.

Cuando terminamos de cenar, me levanté y recogí la mesa. Después me di una ducha rápida deseando que aún estuviesen despiertos, para poder dormirme antes que los demás. Quizá así, si me dormía antes que el resto no vendría a por mi. Pero al salir del baño, la casa estaba sumida en el silencio, aquel silencio inquietante que marcaba el fin del día y el comienzo de la hora del lobo.

Asustado, me apresure en ir a mi habitación silenciosamente, deseando que se hubiese dormido.

—Vaya, qué prisa te has dado.

Me giré y lo vi sentado en mi cama, sosteniendo una copa en la mano. Me quedé paralizado; mi cuerpo aún recordaba el dolor de la última paliza, y el miedo me ataba al suelo.

—Gradnley, ven a charlar un rato con tu padre.

El olor a alcohol me golpeó de inmediato, y comencé a temblar. Sabía que desobedecer sería peor, pero no me atrevía a acercarme.

Me miraba con los ojos entrecerrados por el efecto del alcohol. Negó con la cabeza y, levantándose, dejó la copa sobre el escritorio. Luego, se aproximó y me agarró del cabello. De un tirón, me arrastró hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared.

Apreté los dientes, sabiendo lo que venía a continuación.

—Mírame.

Levanté la cabeza para mirarlo; era mucho más alto que yo. Entonces, el primer golpe me dio en el estómago. Todo mi cuerpo se resintió; no hacía tanto desde la última vez. Me doblé hacia adelante por el dolor, pero él sostuvo mi cabeza contra la pared para evitar que me moviera y asi poder seguir golpeándome una y otra vez.

Se detuvo al ver que comenzaba a tener arcadas y vomité lo poco que había cenado. Sabía que odiaba la suciedad y que aquello lo enfurecería, pero en lugar de partirme otra costilla, como yo esperaba que pasara, simplemente dijo:

—Limpia esto antes de irte a la cama.

Salió de la habitación, dejándome dolorido y en silencio.

Pasó una semana sin que volviera a tocarme.

Llegó el día de mi cumpleaños y por un momento pensé que sería un día genial. Era primavera, los pájaros cantaban y la temperatura era perfecta. Todo estaba bien hasta que llegué a casa y vi su coche deportivo aparcado frente al garaje. Era demasiado temprano para que «Él» hubiera regresado del trabajo.

Solo tenía que ducharme, cambiarme y salir hacia el centro comercial, donde me esperaban mis amigos, mi novia, mi madre y mis hermanos, pero me quedé a medio entrar, temeroso: La casa estaba a oscuras, aunque aún era de día. «Él» había bajado todas las persianas y corrido las cortinas, imitando la oscuridad de la noche.

Todas las palizas habían ocurrido después de la puesta de sol, lo que me hizo sentir un pequeño alivio al mirar hacia el cielo, donde el sol aún brillaba. Dudé por un momento, sin saber si debía subir a mi habitación o salir directamente hacia el centro comercial. Entonces recordé que tenía que devolver una camiseta en una tienda, así que subí a buscarla con la intención de marcharme de inmediato.

Subí las escaleras en silencio y entré en mi habitación. La persiana estaba abierta, y me reconfortó ver la luz del sol inundando el espacio.

Aunque la casa estaba a oscuras, afuera aún era de día. Si gritaba, algún vecino podría escucharme, lo que me hizo pensar que no corría ningún riesgo.

Un poco más calmado me dirigí con la camiseta hacia la salida y me encontré con una sombra que bloqueaba la puerta de salida. ¿cómo podía haber sido tan estupido y arriesgarme de aquella manera sabiendo lo que podía pasar?

—Felicidades, hijo —dijo «Él».

—Gracias —respondí de inmediato, tratando de sonar calmado, aunque temblaba por dentro.

Me pregunté con qué me sorprendería esta vez mientras buscaba una manera de escapar, aunque no había salida. Era la primera vez, desde que comenzaron las palizas, que estaba solo en casa con él; lo había evitado durante años.

Miré el reloj que Seli, mi novia, me había regalado el día anterior. Aún faltaba una hora para reunirme con todos, y como ellos sabían que yo llegaba tarde a todas partes, llegué a la conclusión de que él tenía tiempo suficiente para matarme, despedazarme y enterrar mi cuerpo en algún lugar sin que nadie nos interrumpiera.

Nadie sabía lo que pasaba en casa al caer la noche. Solo Kev, mi mejor amigo, sabía que planeaba marcharme y no hacía mucho le pedí que no me buscaran si desaparecía.

“Si me mata, interrogarán a Kev, y él contará que no quería ser encontrado. Me he cavado mi propia tumba.”

La tenue luz me permitió distinguir su sonrisa; parecía feliz. Normalmente, cuando estaba de buen humor, no me hacía daño... pero esta vez iba borracho. El fuerte olor a alcohol que emanaba de su boca no dejaba lugar a dudas.

El miedo se apoderó de mí y mi cuerpo se quedó rígido, como si se anticipara a la paliza. Cada detalle que percibía me llenaba de dudas, y aunque quería moverme, no podía.

—Hoy me he tomado el día libre para poder estar contigo. No todos los días se cumplen 16 años, es un día especial —dijo, de pie frente a mí, con las piernas separadas y la cabeza ladeada—. Así que pensé en comprarte algo e ir al centro comercial con la familia —prosiguió—. Salí del trabajo diciéndome una y otra vez que hasta mañana no podía tocarte. ¡Era mi regalo de cumpleaños para ti! El mejor que podía darte.

Hizo una breve pausa y rió, como si su monólogo le divirtiera.

—¿Pero sabes qué pasó entonces? Al llegar a casa, adivina a quién me encontré: El padre de Kev estaba aquí preguntando por ti. Me dijo que tu amigo está preocupado, que cree que puedes desaparecer en cualquier momento, y me pidió que hablara contigo para evitar que hagas alguna estupidez.—

Mamá me había advertido que aquello podía pasar, que no debía compartir mis sentimientos más oscuros con nadie. Porque si «Él» se enteraba, la situación empeoraría, y mucho.

—¿No vas a decir nada? ¿Acaso pensabas suicidarte? ¿O es que eres tan cobarde que querías huir?

Intenté hablar, responderle. Sabía que si no lo hacía, su enfado aumentaría, pero las palabras no salían. Estaba aterrorizado.

—Sabes que me obligas a hacerte esto, ¿verdad? Me obligas, por no hacer nunca nada bien, por ser un irresponsable y por irte de la lengua —dijo, dejando de sonreír.

La luz que pasaba por el cristal ahumado de la puerta de entrada me permitió ver que sostenía algo metálico en la mano: una llave inglesa. Se la habría traído del trabajo; él era mecánico y aún llevaba puesto su mono azul.

“Me va a matar.”, pensé. Cada vez lo tenia más claro. “Me matará, y todo dejará de importar.”

Dejó caer la herramienta al suelo, y alzando los brazos me abrazó con fuerza confundiéndome por completo. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había hecho? Su larga melena me cubrió toda la cara, y apoyé la cabeza sobre su hombro rindiendome ante mi destino.

—No quiero hacerte daño —dijo con la voz rota, llorando.

—Está bien, papá. Mátame y termina ya con esto —dije con un hilo de voz.

—¿Matarte? No, hijo, no voy a matarte. Pero, a partir de ahora, vas a desear estar muerto. Muerto como ellos —supuse que se refería a sus familiares fallecidos.

Alzó el puño y me golpeó en el estómago con todas sus fuerzas. Comenzó a reírse a carcajadas, aunque las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas. Caí de rodillas al suelo, incapaz de respirar, pero eso no lo detuvo. Continuó golpeándome una y otra vez, ahora en la cara. Nunca antes se había excedido tanto en zonas que no pudiera cubrir con ropa.

Cogiéndome del pelo con una mano, me obligó a levantarme.

—Ya eres un hombre. Tienes que ser más resistente a partir de ahora; lo necesito —dijo, sujetándome la cabeza con ambas manos para evitar que me desplomara de nuevo.

—Eres un psicópata. Estás enfermo —murmuré entre dientes, con una mezcla de pánico y rabia, seguro de que me quedaba poco tiempo.


Me ayudó a apoyarme en el mueble de la entrada para no volver a caer. Luego se apartó un momento y, al agacharse, recogió la llave inglesa del suelo.

Escupí la sangre que se había acumulado en mi boca mientras trataba de mantenerme en pie. Entonces me golpeó con la herramienta en el costado, haciéndome perder el equilibrio. Al caer, me golpeé la sien contra la esquina del mueble y quedé tendido en el suelo.

«Él» intentó levantarme, pero mis piernas ya no podían sostenerme. Mareado, sentía la sangre caliente correr por la herida en mi cabeza.

Escuché cómo salía de la casa y se marchaba en coche. Con las últimas fuerzas que me quedaban, saqué el teléfono del bolsillo y llamé a emergencias antes de que todo se volviera borroso.

Cuando abrí los ojos, reconocí el techo de la habitación del hospital. El plástico del fluorescente estaba partido, igual que la última vez que estuve allí. Recordé que tenia que ir al centro comercial y imaginé a mi familia y amigos preocupados al ver que no llegaba a la celebración.

Me dolía la cabeza y me estremecí al recordar la paliza que me había traído al hospital. Llevé la mano al lugar donde me había golpeado con el mueble de la entrada y noté que me habían cosido la herida. Debí desmayarme porque no recordaba cómo había llegado hasta allí.

Vi a mamá. Me tomó la cara con las manos y comenzó a besarme la frente y las mejillas, como solía hacer cuando era niño.

—Mamá, para, que duele —le pedí con voz ronca.

Me percate de que estaba llorando.

—Mamá, no llores —intenté consolarla—. No ha sido culpa tuya.

—Sí, sí ha sido culpa mía. Esta vez ha faltado muy poco, podríamos haberte perdido —dijo, rompiendo a llorar desconsoladamente mientras se tapaba la cara con las manos—. Si te hubiera dejado marchar como me pediste...

Me quedé callado, sin saber qué responder, porque no sentía que hubiese estado a punto de morir. De repente Kev entró en la habitación interrumpiendo el momento, y yo quise alegrarme de verlo, pero aun recordaba como reaccionó la ultima vez que me ingresaron: no se creyó mis mentiras entonces. ¿Qué le diría esta vez?

Seli entró tras él y se acercó apresurada a la cama, pero se detuvo en seco antes de tocarme. Por su expresión, entendí que mi aspecto debía ser lo suficientemente horrible como para que no se atreviera a abrazarme.

—¿Venimos en mal momento? —preguntó Kev.

—No, yo ya me iba. Volveré después del trabajo —respondió mamá, enjugándose las lágrimas.

—¿Quién recogerá a los enanos de clase? —le pregunté antes de que se marchara. Ellos eran mi responsabilidad.

—Lesli ya tiene 14 años, puede ir a buscarlos. Tú preocúpate ahora por ponerte bien —dijo ella, mientras se dirigía hacia la puerta y salía de la habitación.

Seli se había sentado al borde de la cama y me acariciaba la herida de la cabeza con tanto cuidado que lo único que sentía era un leve cosquilleo.

Kev se sentó al otro extremo y no me quitaba el ojo de encima. Era mi mejor amigo y sabía que quería preguntarme algo.

Acaricié la mejilla de Seli y le besé la mano. Luego miré a Kev.

—Suéltalo —dije.

—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás aquí? ¿Te lo ha hecho «Él»? —preguntó Kev.

—«Él»... —respondí, inquieto.

Seli miró a Kev con los ojos muy abiertos y negó casi imperceptiblemente con la cabeza. Su reacción dejó claro que, aunque yo pensara que aquello era un problema de puertas adentro, estaba equivocado. Ellos lo sabían.

—Cuando decís «Él», ¿a quién os referís? —pregunté, haciéndome el tonto.

—Tu padre —susurró Seli.

—Tu padre —repitió Kev, en un tono más alto—. Eres hijo de John Thillenstone. Su padre era Terraez Thillenstone, y el padre de su padre, John Thillenstone otra vez, y podría seguir así todo el día.

—No soy hijo de esos Thillenstone —respondí rápidamente, alarmado.

No dijeron nada más, el secreto había dejado de serlo. Lo sabían. ¿Cómo lo habrían averiguado? No quería seguir con aquella conversación. ¿Qué me haría «Él» si se enteraba?

—Marchaos y que no se os ocurra volver a mencionar el tema —les pedí.

Pude notar cómo se sorprendían ante mi reacción, pero aquel era un asunto del que no se podía hablar.

Los días en el hospital pasaban lentos, como si todo estuviera en pausa.

Me dijeron que el alta sería en dos días. Nadie vendría a buscarme porque los enanos estaban en clase, Lesli en el instituto y mamá trabajando. Mientras pensaba en cómo volver a casa, entró el médico. Sin decir una palabra, me tomó la barbilla y me obligó a alzar la cabeza. Luego levantó un dedo y dijo:

—Sigue con la mirada el movimiento de mi mano.

Movió el dedo pausadamente de un lado a otro y luego de arriba abajo.

—Me gustaría poder retenerte un poco más, pero las políticas del hospital no me lo permiten. Temo que la próxima vez que vuelvas ya no podamos hacer nada por ti.

Su explicación me dejó estupefacto. No solo Seli y Kev lo sabían; parecía que todo el mundo estaba al tanto de que éramos “aquellos Thillenstone”. O quizá era yo que me estaba volviendo paranoico.

—Estaré bien —dije.

—¿De verdad no quieres contarnos qué te ha pasado? —insistió el doctor.

—Ya os lo he dicho todo. Me tropecé al entrar y me di con el canto del mueble en la cabeza —mentí.

—¿Y las heridas de tu cara y los cardenales de tu cuerpo? —preguntó de nuevo.

—¡Ya os he dicho que me peleé al salir de clase! —exclamé, cada vez más molesto. Solo quería irme a casa.

El médico desistió y me dejó marchar.

De camino a casa no podía dejar de pensar en el error que había cometido al decirle al doctor que me había peleado con un compañero de clase. Me conocía desde siempre; era el padre de un amigo, y sabía que no se lo creería. Siempre me había llevado bien con todo el mundo.

Cuando entré en casa, fui directo al salón y me encontré a los enanos en el sofá desayunando. Al verme, dejaron todo para correr a abrazarme. Sentí un pinchazo de dolor en el costado, justo donde «Él» me había golpeado con la llave inglesa, pero me aguanté. Tenía que mantenerme firme; era su hermano mayor, y ellos no debían notarlo.

—¿Cómo es que no habéis ido a clase? —les pregunté.

—Mamá ha dicho que nos quedáramos para despedirnos de ti —respondió Lesli desde la cocina.

—¿Despediros? —repetí, incrédulo.

Por fin, mamá había entrado en razón: iba a marcharme de allí. Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, esta vez de emoción. Abracé fuerte a los enanos y luego a Lesli. Solo nos llevábamos dos años, y aunque éramos hermanos, siempre la había considerado mi mejor amiga. Pero entonces mi mente se desvió hacia Terry, y un torrente de amargura y preocupación me invadió. “¿Qué será de él si me voy?” la idea inicial era marcharme y llevarmelo conmigo. Que él niño se quedara ahí no entraba en mis planes. De pronto, la libertad por la que tanto había luchado se volvió una pesadilla. No podía marcharme. Tenía que quedarme para protegerlos.

—¡Gradn! —exclamó mamá bajando del piso de arriba con una enorme maleta y mi guitarra—. Pequeños, id arriba. Tengo que hablar con vuestro hermano.

Los enanos obedecieron de inmediato.

—No, mamá. No puedo. No debo —dije, intentando contener las lágrimas.

—Mi niño, ahora saldrás por esa puerta, te subirás al taxi, que ya te está esperando, y te irás con tu tía sin mirar atrás —dijo mientras doblaba un billete de avión y me lo metía en el bolsillo.

—No, no puedo irme —insistí.

—Sí que puedes, y lo harás. Porque si no te vas, terminará matándote y, después, acabará con el resto.

—¡Que no! —repliqué—. No puedo dejaros. No puedo dejar a Terry.

—No le pasará nada a tu hermano. A él no le tocaría. Es su viva imagen, ¿recuerdas? —Sabía que decía aquello solo para convencerme.

—¿Qué te hará a ti si me voy? —pregunté, incapaz de evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas.

—A la mínima que me haga algo, pienso llamar a la policía. Pero si tú te quedas, esta misma noche te matará. Me lo ha dicho él mismo —explicó emocionada.

Nos quedamos mirándonos en silencio, entendiendo que la solución más factible para mantenerlos a salvo era alejarme.

—Así que ahora tienes que marcharte. Y, sobre todo, no contactes con nosotros.

Mamá me cogió del brazo y me acompañó a la puerta. Vi el taxi parado con el motor en marcha.

—Te he dejado dinero suficiente para llegar a casa de tu tía, para comida y para un par de meses de alquiler, por si algo saliera mal. Y ahora no lo pienses más. Sube al taxi o perderás el vuelo.

Al salir, el taxista me ayudó a guardar la maleta en el maletero. Mamá abrió la puerta del coche y me empujó. Entré a regañadientes.

El coche se puso en marcha, y miré a mamá.

—No contactes con nosotros y sé feliz, hijo.