Capítulo 1. Distancia.
“Qué iluso, tenía las ganas de escribir, de cumplir un sueño, y al final el sueño acabó conmigo. Quería conquistar el mundo y no terminé conquistando nada". Me gustaba mucho una chica de mi clase; la espiaba a veces mientras hacía los deberes en la biblioteca. Me sentía un poco mal, pero luego ella me veía, me sonreía y me pedía que me uniera a estudiar con ella. Entonces recordaba que éramos amigos desde que tengo memoria.
Nuestras madres eran mejores amigas y siempre se prometieron que, si tenían hijos, serían también mejores amigos, y así lo hicieron, creo. Sí es cierto que me gustaba de una manera que no era solo de amigos. Yo quería algo más, pero era tan despreocupada por las cosas y tan única, que a su lado me congelaba y no podía mirarla a la cara. Yo era bastante atractivo para las chicas; se me habían declarado varias veces antes. Intenté salir con alguna para quitármela de la cabeza, pero ninguna me hacía sentir lo que Paula lograba con una simple mirada. Así es como se llamaba. En ese entonces, podría hasta tatuarme su nombre si lo hicieran gratis; uno hace locuras por amor, ¿no?
Yo tenía 17 años y ella 16. Ambos habíamos tenido parejas antes, pero nunca llegó a nada serio y terminábamos prácticamente a la vez con la otra persona. Nos contábamos qué hacíamos con ellas y todo tipo de detalles. Al final, la conclusión de cada uno era que esa pareja no era para nosotros. No sé si lo hacíamos para evitar que cada uno se enamorara y dejara de lado al otro, o simplemente nos ayudábamos como buenos amigos.
Por cierto, mi nombre es David. Nací el 1 de mayo del 2000, un lunes en la madrugada. Paula nació el 2 de junio de 2001, un sábado por la tarde. Éramos muy parecidos, siempre estuvimos juntos y adaptamos las costumbres uno del otro. A veces nos decían que parecíamos hermanos. Para mí todo marchaba bien y nunca tuve miedo de relacionarme con ella, hasta que a mis amigos les empezó a gustar. No los culpo, era una chica muy distinta a las demás por su manera de ser y, aparte, era bastante linda. Era muy difícil no fijarse en ella, teniendo una luz tan resplandeciente al lado.
Eso me dejó pensativo. Me lo comentaron mis amigos al empezar las vacaciones de verano y le estuve dando vueltas más de lo que quería. Eso me hizo fijarme más detalladamente en ella: cómo trataba a las demás personas, los gestos que hacía con las manos, la cara que ponía cuando comía y, sobre todo, la cara de felicidad que ponía cuando me veía. Desde que me di cuenta de eso, no pude mirarla a la cara. Cada vez que estábamos en grupo o a solas, notaba cómo el corazón se me ponía a mil por hora, me empezaban a sudar las manos, tartamudeaba e incluso decía más tonterías de lo normal. Cada vez que lo recuerdo me da vergüenza. Desde entonces mantuve las distancias con ella. Me alejé de una manera poco correcta y, si pudiera volver atrás, cambiaría algunas cosas. Es normal que te enfades si tu mejor amigo no te habla de la noche a la mañana, no quiere saber nada de ti, te ignora y prefiere estar con otras personas antes que contigo.
Ese fue mi primer gran error: no ser claro con mis sentimientos y negarlos profundamente, encerrarlos en lo más profundo de mi corazón esperando no volver a verlos. Pero cada vez eran más fuertes e imposibles de controlar. Eso hizo crecer un muro entre ella y yo por un tiempo. Pasamos un verano muy raro, para lo que estábamos acostumbrados.
Terminaron las vacaciones y tuvimos que volver a clase. Pensaba sincerarme con ella y contarle lo que me pasaba. No quería arruinar nuestra amistad, pero si no hacía nada, sentía que el muro que había entre ella y yo se iba a hacer tan grande y fuerte que podría separarnos para siempre.
Llevaba dos semanas sin saber nada de ella. Ese día no fuimos juntos al centro y tampoco sabía si estaríamos en la misma clase. Antes de empezar la ceremonia del nuevo año, decidí preguntar a alguna amiga suya: —Hola, Nicole, ¿sabes si ha venido Paula? —Mmm, yo no la he visto desde el principio del verano. Me fui de viaje con mi familia y no he estado en contacto prácticamente con nadie de aquí. —Está bien, gracias. Por cierto, lindo tatuaje.
Se rio y me fui sin darle importancia. Mi cabeza solo pensaba en una cosa: encontrarme con Paula y decirle lo que siento. Llegaron los maestros y empezaron a dividir a los alumnos por clase. Estaba nervioso, veía cómo poco a poco se iba yendo la gente y no la había visto todavía. ¿Será que se había cambiado de centro? Entonces ocurrió: “Paula, clase 1ºA”, la llamaron. No puedo describir lo que sentí en ese momento. Una paz en mi corazón y, a la vez, un vacío muy grande, como si la persona que estaba viendo no fuera la misma de hace tiempo.
Se había cambiado el cabello; normalmente se lo cortaba hasta los hombros y lo llevaba recogido porque no le gustaba tenerlo muy largo, pero esta vez se lo había dejado tan largo que le cubría toda la espalda. Tenía la cara diferente, no era la de siempre. Estaba maquillada. Me tomó por sorpresa porque nunca la había visto así y no sabía que le gustara ese tipo de cosas. Es normal, todas sus amigas estaban empezando a usar y probar nuevas cosas. Me preguntaba qué pudo haber pasado con Paula en el verano para hacer esos cambios tan radicales. Me quedé congelado hasta que un compañero al lado mío me dijo: —Oye, te están llamando.
Resulta que estábamos en la misma clase. No sé qué hice, simplemente me puse en automático, fui con los demás y, sin darme cuenta, ya estaba en el aula con mis compañeros. Todavía seguía en shock, ya no sabía qué hacer… quizás ya no importaba. Entonces llegaron las presentaciones a toda la clase por parte de los profesores y alumnos, ya que no todos se conocían y era un protocolo que hacían siempre. Todo iba bien y estaba bastante tranquilo hasta que tocaron a la puerta y se escuchó una voz decir: —Perdón, ¿esta es la clase de 1ºA? Soy nuevo y me había perdido.
La atmósfera cambió. Se hizo el silencio y todo el mundo prestó atención al chico nuevo, en particular las chicas de la clase. Se notaba que les atraía lo desconocido; tenían curiosidad por saber quién era esa persona que acababa de llegar. Era un chico alto, de ojos verdes, pelo corto y moreno, con un pendiente en cada oreja y una sonrisa amigable.
La maestra reaccionó con una sonrisa en la cara, dándole la bienvenida e invitándolo a sentarse. Ella sabía perfectamente lo que había causado ese muchacho y se rio, recordando su juventud. Decidió sentarse al lado de Paula, ya que no había más sitios libres, y en mi pecho nació un mal presentimiento. ¿Quién era ese que se sentó a su lado? Este fue mi segundo error: fingir que no me importaba que alguien más fuese tan cercano con ella.
Fin del capítulo uno.