TODO LO QUE ALGUNA VEZ SIGNIFICÓ NUESTRO AMOR

All Rights Reserved ©

Summary

Sinopsis: Jonathan es un estudiante de medicina que, por coincidencia, ve su vida reencontrarse con su primer amor después de cinco años sin verse. Esto ocurre cuando ella se muda al edificio donde él vive. Esta pequeña novela narra, desde la perspectiva de ambos, la dura realidad que existe tras una ruptura, explorando temas como la depresión, la ansiedad y otros problemas emocionales. Su exnovia, Emely, quien ahora quiere arreglar las cosas con Jonathan, mientras enfrenta problemas en muchos aspectos de su vida, y Jonathan no puede negar lo que siente por ella. Entonces ¿Terminarán juntos? ¿Qué sucederá en ese edificio a partir de ahora? ¿Por qué terminaron? La respuesta está en esta pequeña novela.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo: Pasado y presente

Hace cinco años…

Solía pensar que olvidaría la secundaria tan rápido como cruzara el escenario en mi graduación, que todo quedaría atrás, como una página que se cierra para siempre. Pero la vida tiene formas extrañas de enseñarte lecciones que nadie te advierte. A veces, aquello que más temes y de lo que más huyes es lo primero con lo que te tropiezas.

El sol se despedía con un brillo dorado que pintaba las paredes del auditorio cuando la ceremonia terminó. Padres orgullosos salían tomados de la mano de sus hijos, con sonrisas que mezclaban lágrimas y risas nerviosas, mientras flashes de cámaras explotaban como pequeños fuegos artificiales. Habíamos terminado. Por fin.

Al recibir mi certificado, sentí un pinchazo en el pecho, un vacío extraño que no sabía cómo explicar. Mi madre sonreía radiante, y mis abuelos aplaudían como si mi felicidad fuera la de ellos. Sonreí, aunque dentro de mí algo parecía temblar, algo que no podía controlar. Era esa sensación que sientes al subir a una montaña rusa y tu estómago se vacía de golpe: mezcla de emoción, miedo y anticipación.

Pero aún no veía a Emely. La había esperado tanto. Le había comprado flores, intentando preparar una sorpresa. Todos sabían que éramos amigos cercanos. Ella, la típica chica popular, siempre con una sonrisa que iluminaba cualquier lugar. Para los demás éramos solo amigos. Pero para mí, ella era mucho más.

Durante la secundaria habíamos salido varias veces, siempre a escondidas. Ella nunca quiso que lo nuestro fuera público y yo acepté, porque la amaba demasiado como para pedir algo distinto. Así, las flores que llevaba tenían un doble significado: para el mundo, un regalo de amigo; para mí, un símbolo de amor secreto, un puente entre lo que todos veían y lo que realmente sentía.

Esperé. Uno a uno, los demás se fueron marchando, y ella no aparecía.

—Iré a buscar a Emely. Vuelvo enseguida —dije, intentando que mi voz sonara firme, aunque el nerviosismo me traicionaba.

Mi madre asintió distraída, con los ojos pegados a su teléfono mientras subía las fotos del evento. Mis abuelos reían, revisando las imágenes y comentando con orgullo cada gesto, cada sonrisa.

Caminé sin rumbo durante media hora. No sabía si ella estaba celebrando con las chicas del equipo de voleibol o si simplemente se había adelantado. La ansiedad me apretaba el pecho mientras la noche comenzaba a caer. Volví corriendo; mi madre ya me esperaba. Anochecía rápido. Bajé las escaleras con prisas, esquivando flores y decoraciones, haciendo saltos rápidos que aumentaban mi nerviosismo.

Y entonces lo vi…


Cinco años después…

Università degli Studi di Milano

10:10 a. m., giovedì

—Jonathan… Jonathan… ¡Jonn! —La voz me arrancó del sueño de golpe.

Abrí los ojos aturdido, con la sensación de que el mundo aún giraba demasiado rápido para mí.

—Joder, la medicina sí que te va a matar, amigo —dijo una voz que, al principio, no pude asociar a un rostro.

Parpadeé varias veces hasta que la realidad comenzó a encajar frente a mí. Estaba en la biblioteca. El olor a papel viejo y a tinta reseca me golpeó con suavidad, recordándome dónde estaba. Había caído rendido sobre mis apuntes. Frente a mí, con sus pequeños ojos entrecerrados y la expresión molesta marcada en su rostro, estaba Leonor.

—Leo… —murmuré, arrastrando la voz aún dormida.

—Vamos arriba, idiota —dijo, sacudiéndome los hombros con ambas manos.

—Ya, ya… entendí —respondí mientras me enderezaba, soltando un bostezo contenido.

Ella suspiró, recogió sus cosas con la misma prisa que su mal humor y se levantó.

—Me voy, tengo clases… y creo que tú también, ¿no?

Miré mi teléfono: las 10:10 a. m. El corazón se me detuvo un segundo. ¡Diez minutos tarde!

—Y creo que te toca ese maestro… —añadió con una sonrisa maliciosa antes de marcharse.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No, no… otra vez no. Anatomía. Corrí.

Correr se había convertido en un hábito; o más bien, en mi condena. Siempre hacía todo al último momento, como si mi cuerpo se hubiera acostumbrado a la urgencia y al filo del desastre. Sentía que la carrera me consumía, que me había arrebatado la vida poco a poco. Me faltaba un año para terminar medicina, y cada día parecía más duro que el anterior.

Correr se había vuelto mi estilo de vida: correr de las responsabilidades, de mis miedos, de todos… y de todo. Exactamente como cinco años atrás, en Roma.