Capítulo 1
Latidos encadenados
Capítulo 1
Style volvió a alzar la vista hacia la última planta del edificio donde, en pocos minutos, tendría su primera entrevista de trabajo. Por un instante, la tentación de dar media vuelta y desaparecer fue casi insoportable. Pero la figura de Kant acercándose por la calle cortó cualquier posibilidad de escape.
Ya no tenía forma de huir: su amigo ya lo había visto. Style alzó una mano en un saludo tímido, que Kant respondió con un abrazo firme.
—¿Estás listo? —preguntó Kant, con la sonrisa más encantadora que pudo darle.
—Más que eso —mintió Style, devolviendo el gesto como pudo.
Quiso decirle que no se sentía preparado. Que estaba aterrado. Especialmente porque había sido Kant quien lo había recomendado para la entrevista. Style sabía que tenía talento. Lo que detestaba era la idea de ser visto como un omega que necesitaba conexiones para llegar a algún lado. Y aunque Kant le había jurado una y mil veces que no había movido hilos para que lo eligieran entre cientos de candidatos, Style no podía evitar dudar. Después de todo, Kant siempre se había encargado de protegerlo desde que había empezado la carrera de diseño gráfico.
—Entonces vamos.
Entraron juntos al edificio y a Style se le olvidó el nerviosismo de golpe al ver el gran mural de bienvenida. Siempre se había sentido cómodo entre colores y figuras y en ese lugar eso era lo que sobraba. Se aclaró la garganta para saludar al guardia que les abrió la puerta y sin pensarlo demasiado, siguió a su amigo hacia el elevador.
Cuando Style terminó de hablar, sintió que podía volver a respirar.
La exposición había durado poco más de veinte minutos, pero para él había sido como enfrentar un jurado universitario: mostrar su portafolio, explicar sus decisiones creativas, defender sus ideas bajo la mirada crítica de cuatro evaluadores sentados frente a él.
Entre todas esas miradas, sin embargo, había una que lo había obligado a bajar la vista más de una vez.
Desde el extremo derecho de la mesa, un hombre de cabello oscuro y traje impecable lo observaba con una intensidad que le revolvía el estómago. No hojeaba documentos, no escribía, no asentía ni negaba. Sólo miraba. Y había algo en su postura tensa, en sus ojos duros, que hacía que Style sintiera cada palabra como si pesara el doble.
No era solo la mirada. Era el aire, cargado de algo invisible pero palpable: Feromonas. Style las reconoció de inmediato, ese ligero temblor en el pecho, esa incomodidad aguda que parecía atraparle la garganta. Sabía que venían de él, del alfa de traje oscuro que no hacía el menor esfuerzo por disimular su presencia.
En algún momento, uno de los otros evaluadores, un beta de cabello platinado y rostro severo, le lanzó una mirada rápida, pero el alfa no reaccionó. Simplemente siguió ahí, imperturbable, juzgándolo sin una palabra.
Style se obligó a mantener la compostura. No iba a permitir que alguien lo redujera a un montón de nervios sólo por su biología. Sujetó su portafolio con más fuerza y continuó su exposición hasta el final, aunque cada vez que sus ojos se cruzaban con los del alfa, sentía una presión desconocida que le rozaba la piel como un filo invisible.
Cuando finalmente cerró su carpeta, inclinó la cabeza en una reverencia breve y caminó hacia la salida, cuidando cada paso como si de eso dependiera su dignidad. Sabía, sin necesidad de volverse, que el alfa lo seguía con la mirada hasta el último segundo.
Y, por puro orgullo, no le dio el gusto de verlo flaquear.
Una vez fuera, soltó el aire que había estado conteniendo y apoyó la frente contra la pared más cercana.
—Maldita sea —murmuró, intentando calmar los latidos de su corazón.
No sabía si había hecho un buen trabajo, pero sí sabía una cosa: ese hombre, quienquiera que fuera, no había terminado con él todavía. Sacó el teléfono celular y enseguida llamó a Kant. Necesitaba apoyo de alguna parte, pues aún sentía que las piernas le temblaban, y no tanto por la entrevista, y es que la mirada de ese alfa, se le había quedado impregnada en la memoria, ni hablar del potente olor a pimienta negra de sus feromonas.
Definitivamente, ese alfa sería un gran problema para él, claro, si es que lograba entrar.
*/*/*
Durante años, Fadel había trabajado duro para escalar dentro de la editorial. Lo había hecho demasiado bien, tanto, hasta alcanzar un puesto relativamente importante. Por eso no entendía por qué debía estar presente en la entrevista del nuevo diseñador.
Su tiempo valía más que eso.
Los supervisores junior y los coordinadores de área podían encargarse perfectamente de filtrar a los novatos. Él no estaba para perder media mañana escuchando promesas vacías o revisando portafolios de diseñadores que creían que el talento por sí solo bastaba. Resignado, hojeó la carpeta que le habían entregado minutos antes. No esperaba encontrar nada sorprendente. Había visto docenas de currículums y presentaciones iguales. Las mismas palabras vacías disfrazadas de innovación.
Pasó la vista por los datos básicos sin interés real, hasta que una palabra en la sección médica lo obligó a detenerse:
Omega.
Fadel presionó la lengua contra el paladar, conteniendo la molestia automática que le subió a la garganta.
Sabía, por experiencia, lo difícil que era integrar a un omega en un ambiente competitivo y exigente como el de la editorial. No por incapacidad, sino por los riesgos que suponía: ciclos descontrolados, feromonas alterando el clima laboral, la atención desviándose hacia asuntos personales en lugar de resultados… Los omegas debían quedarse en casa cuidando de sus hijos y parejas.
Suspiró, cerrando la carpeta con un chasquido suave justo cuando la puerta de la sala se abrió.
Decidió no levantar la vista de inmediato.
No quería conocer aún al candidato que probablemente iba a hacerle perder el tiempo, sin embargo, ese omega había llegado para proponer ideas frescas y nuevas, algo que a él le estaba costando muchísimo hacer. Se irritó enseguida al ver a Christ, su superior, sonreír complacido ante el portafolio del omega que, a su pesar, era demasiado bueno. De hecho, tenía ideas innovadoras que no caían en lo rimbombante pero que eran capaces de causar impacto.
Tan molesto se hallaba que no notó el momento en el que sus feromonas salieron disparadas hasta que se encontró con la mirada molesta de Christ, pero contrario a relajarse, decidió presionar. Sabía que muchos omegas no podían evitar sentirse mareados ante el aroma natural de los alfas y, presintiendo que toda la junta decidiría que ese omega se quedara con el puesto, decidió ponerlo a prueba. Aumentó un poco más la expulsión de sus feromonas haciendo que el aroma en la sala de juntas se hiciera más fuerte, sin embargo, el muchacho se veía imperturbable, como si fuera inmune a las feromonas. Ni siquiera las mejillas se le habían sonrosado. Impaciente decidió presionar un poco más y se dedicó a mirarlo profundamente, como si quisiera devorarlo y por fin pudo notar un pequeño temblor en las manos del omega. Hubiera podido presionar más, pero la entrevista ya había terminado.
Al cabo de un par de días, los resultados de todas las entrevistas hechas en el transcurso de dos semanas, llegaron y, tal como había predicho, ese omega había sido contratado.
No habían pasado más de tres días desde la entrevista cuando Fadel volvió a verlo.
Llegó a la oficina temprano, como siempre, dispuesto a ponerse a trabajar en la nueva propuesta que sus superiores le habían pedido, pero por más que trataba de encontrar un nuevo lineamiento para una de sus revistas más importantes, simplemente no lograba encontrar algo que pudiera encajar por completo. Bajó del elevador con todas las intenciones de ir hacia la oficina del grupo creativo, pero en cuanto giró hacia el pasillo, lo vio.
Allí estaba ese omega. Vestía de manera sencilla, pero había algo en la forma en que caminaba, con la cabeza alta y los hombros relajados, que llamaba la atención de inmediato. Fadel se obligó a desviar la mirada, molesto consigo mismo por haber olvidado al chico de nuevo ingreso y sintió que no solamente tenía un problema por resolver, sino que eran dos.
Se instaló en su escritorio, fingiendo concentración en los informes que lo esperaban. No tardó en escuchar las primeras conversaciones: presentaciones informales, risas apagadas. El chico, Style, recordó con desgano, no parecía tener dificultades para encajar.
—Style —dijo, estirando la mano con naturalidad—. Es un gusto estar aquí. Espero aprender rápido y no estorbar demasiado.
Fadel solamente lo miró sin querer disimular la mueca de desagrado que se le dibujó en el rostro. No correspondió el saludo, en vez de eso le extendió un sobre manila lleno de documentos.
—Resuélvelo —dijo, mientras en la mente empezaba a formular un plan.
—En seguida, jefe —respondió mientras sonreía de manera un tanto altanera. Agarró el sobre con ambas manos y, aplicando un poco de fuerza se lo arrebató de las manos.
“¿Crees que estás listo para enfrentarte a un mundo de alfas? Te daré lo que quieres”. Pensó mientras trataba de ocultar su sonrisa maliciosa y el olor de sus feromonas que estaban a casi nada de salir disparadas. Vio al omega alejarse y estuvo a punto de dejarlo pasar cuando saludó con demasiada confianza a Kant.
A Fadel no le gustó para nada la cercanía que parecían tener, y estuvo a punto de ir hacia ellos para quitarse de una vez todas las dudas que en ese momento surgieron, pero logró contenerse. Sin embargo, cuando Kant pasó junto a su escritorio unos minutos después, lo detuvo con una pregunta seca:
—¿Lo conoces?
Kant asintió brevemente.
—Style —respondió, encogiéndose de hombros—. Nos conocimos en la universidad. Yo estaba en último año cuando él cursaba segundo. Nos llevábamos bien.
Fadel soltó un leve gruñido de aprobación. Bajó la vista a los papeles que tenía delante, pero su voz, grave y controlada, lo alcanzó igual:
—Sabes que los omegas no deberían estar en lugares como este. De otra manera, no te hubiera confiado a...
—Tengo trabajo que terminar. —Lo interrumpió Kant enseguida, sin levantar la voz pero con una firmeza cortante —. Y tú también tienes demasiadas cosas ¿No me digas que olvidaste la reunión con este nuevo autor? Debemos darnos prisa.
Fadel levantó la mirada, desconcertado por la interrupción, pero Kant ya se había girado hacia el salón de juntas. El alfa lo siguió olvidando por completo el asunto y sintió que iba a volverse loco de un momento a otro por la carga de trabajo que tenía sobre sus hombros.
*/*/*
Style despertó sobresaltado, con el cuerpo cubierto de una fina capa de sudor frío. Durante unos segundos, no supo distinguir si era el calor atrapado en las sábanas o algo más. Se removió incómodo, con el pulso acelerado. Una presión conocida palpitando bajo la piel, demasiado urgente para ignorarla. Maldijo en silencio al darse cuenta de lo que pasaba: su celo se había adelantado.
No era mucho, apenas un par de días antes de lo previsto, pero el simple hecho de que su cuerpo lo traicionara justo en ese momento, en medio de la tensión del nuevo trabajo, le revolvía el estómago. Se obligó a sentarse en la cama, frotándose el rostro con las manos, intentando ordenar sus pensamientos. La única explicación lógica era el estrés: el exceso de trabajo, la presión a la que Fadel lo tenía expuesto, el clima hostil que se respiraba en cada pasillo de la oficina. Todo eso había terminado por pasarle factura.
Se levantó tambaleándose un poco, abrió el pequeño botiquín del baño y preparó la inyección de supresores. La aguja se deslizó bajo su piel con la familiar punzada de frío, y Style contuvo la respiración hasta sentir el líquido extenderse en su sistema. Bajó la mirada hacia el frasco vacío entre sus dedos y comprobó, con resignación, que no le quedaban más supresores y que debía comprar algunas dosis si quería sobrevivir a la semana.
El líquido tardaría en hacer efecto, y aún así, sabía que no sería perfecto. Los supresores nunca lo eran. Se fabricaban para durar apenas un par de meses, caducaban rápido, y nadie parecía muy interesado en mejorarlos. Para el mundo, era suficiente que los omegas existieran en los márgenes: trabajando, sí… pero siempre bajo la sombra de un cuerpo que, tarde o temprano, terminaría traicionándolos.
—No hoy —murmuró para sí, con un destello de terquedad ardiéndole en el pecho. No pensaba darle la satisfacción a su jefe, quien había estado acosándolo con demasiadas tareas.
Style se había podido dar cuenta que Fadel era uno de esos alfas tradicionalistas y, aunque Kant le había asegurado que estaría a salvo, sentía que Fadel estaba buscando una manera de hacerlo renunciar.
Cuando el supresor empezó a hacer efecto, Style decidió que era hora de salir rumbo a la oficina. Podía pasar por una farmacia en el camino y reponer su dosis, sin embargo, en cada lugar que preguntaba, sólo encontraba los supresores de más baja calidad, esos que apenas disminuían los síntomas durante unas horas.
Quizás cerca de la oficina tendría más suerte. Pero debido al retraso de la mañana, ya iba justo de tiempo. Se juró que, como fuera, compraría la medicina a la hora del almuerzo, pero le fue imposible salir. Fadel, en su intento de joderle la existencia, empezó a delegarle tarea tras tarea. Al final, tuvo que resignarse a colocarse un supresor de emergencia en el centro médico de la oficina. Le parecía inaudito que en una empresa tan grande no tuvieran los insumos necesarios para los omegas que trabajaban en el lugar.
El mundo seguía siendo tan Alfacentrista…
Volvió a su oficina y calculó las horas que el supresor le duraría. Si salía a tiempo, podría llegar a casa, comprar algo momentáneo para luego ir a buscar su medicina. El problema era que salir a tiempo parecía un lujo imposible de alcanzar.
Apenas se sentó, Fadel apareció junto a su escritorio, con una carpeta en la mano y esa expresión severa que ya empezaba a reconocer de memoria. Sin darle opción a protestar, le dejó caer otro montón de tareas encima.
—Antes de que termine el día —fue todo lo que dijo, seco, antes de marcharse.
Style apretó los dientes. Era claro lo que intentaba hacer: sobrecargarlo, desgastarlo, presionarlo hasta hacerlo fallar. El clásico juego de los alfas que querían que un omega “entendiera su lugar” en el mundo laboral.
Pero él no pensaba dárselo tan fácil.
Se obligó a trabajar con rapidez, aunque cada minuto que pasaba sentía su cuerpo más incómodo, más caliente, como si la piel le ardiera desde dentro. El supresor de emergencia, sabía, no era más que un pañito de agua tibia. Y su tiempo se estaba agotando.
Cuando por fin terminó el último informe y miró la hora, sintió un nudo apretarse en su estómago.
Ya no llegaría a casa.
Su cuerpo empezaba a reaccionar: el corazón acelerado, la respiración irregular, el calor subiéndole por la espalda. Y la peor señal de todas: el aroma dulce que empezaba a filtrarse fuera de su piel. Se puso de pie de golpe y caminó con prisa entre los salones vacíos. Cruzó el pasillo tambaleándose ligeramente, rezando para alcanzar el centro médico, pero la puerta estaba cerrada. Las luces apagadas. El doctor se había ido.
Un escalofrío de terror lo recorrió de arriba abajo.
Sin pensarlo demasiado, se giró y corrió hacia el baño más cercano. Tropezó con sus propios pies al entrar, cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra el lavabo, respirando como si acabara de correr una maratón. El líquido frío del grifo apenas lo ayudó. Se mojó el rostro, el cuello, los brazos, pero el calor seguía creciendo bajo su piel, imposible de controlar. El olor a mandarina verde, su propio aroma, se hizo más y más denso en el aire.
—No. No aquí. No así —suplicó mientras se dejaba caer al suelo. Se abrazó a sí mismo, temblando, buscando en vano algún ancla en medio de la tormenta de feromonas que escapaba de su cuerpo. En su mente, un único pensamiento se repetía como un mantra desesperado: no pueden encontrarme así.
Su mano bajó casi por instinto, desesperada, buscando una liberación burda que le permitiera recuperar el control. Apenas logró rozarse cuando un gemido crudo se le escapó, sofocado contra su muñeca. Con torpeza, luchando contra sus propios temblores, soltó el cinturón de su pantalón. La mente, ya completamente nublada, dejó que el instinto tomara el mando.
Empezó a tocarse con urgencia, sintiendo cómo sus propios fluidos empapaban sus dedos. El calor, el olor, la necesidad, todo se mezclaba en un espiral caótico. Sin siquiera pensarlo, sus dedos encontraron su entrada, y un nuevo gemido, quebrado y suplicante, le rasgó la garganta.
Sabía que no era suficiente. Que no alcanzaría. Pero si seguía así, si lograba calmar apenas un poco esa marea salvaje, tal vez podría recomponerse lo suficiente como para escapar. Para salir de allí sin ser visto.
Por favor. Solo un poco más...
*/*/*
—¿En dónde carajos se metió este mocoso? — gruñó Fadel mientras cargaba consigo una nueva pila de documentos.
Sabía que estaba siendo injusto. Lo sabía, pero no pensaba detenerse. Desde el primer momento en que Style había pisado la editorial, algo en él lo había puesto en guardia. Era demasiado confiado, demasiado seguro de sí mismo para ser un omega. Caminaba con la cabeza en alto, desafiando todas las normativas que, según él, seguían rigiendo al mundo.
No podía permitirse que alguien como él, llegara a desestabilizar su espacio. Los omegas como Style eran un problema esperando a ocurrir. Eran una distracción. Una amenaza. Por eso, desde el primer día, había tomado una decisión silenciosa: haría que renunciara antes de que pudiera hacer cualquier cosa.
Se lo había impuesto como una meta personal: una semana. No más. Solo siete días de presión constante, de tareas interminables, de expectativas imposibles de cumplir. Solo así lograría quebrarlo. Era una guerra silenciosa, una que todos en la oficina preferían ignorar mientras recogían sus cosas a la hora de salida, dejando a Style solo frente a pilas de trabajo que habrían hecho temblar a cualquier novato.
Y aún así, el mocoso seguía ahí.
Apretó más los dedos alrededor de los documentos, irritado. Lo peor no era que aguantara; lo peor era que aguantara sin rendirse, cumpliendo a cabalidad cualquier exigencia por más estúpida que fuera.
Esa noche, el piso estaba en silencio. Solo quedaban las luces frías de los pasillos encendidas y el murmullo lejano de la ciudad vibrando contra las ventanas. Era tarde, demasiado tarde para que alguien siguiera en la oficina, pero Fadel sabía que su víctima seguía en el edificio. El lector de huellas no había registrado su salida, así que se dispuso a buscarlo.
No fue difícil dar con el paradero del omega.
Apenas cruzó el pasillo, el aroma lo golpeó. Un olor asfixiante, dulce y cítrico que perturbó su mente de inmediato. ¿Mandarina verde?
Fadel alzó la mano para cubrirse la nariz por reflejo, pero era inútil. La fragancia ya se había instalado en su pecho, bombeando directo a su cerebro, desatando un calor que no podía apagar. Su cuerpo entero se tensó, moviéndose por instinto hacia los baños del área administrativa. La lógica había dejado de existir.
Sin pensar, empujó la puerta, sin seguro, para su desgracia, y la abrió de golpe.
Lo que vio dentro lo congeló.
Allí estaba Style, tendido en el suelo, con las caderas desnudas y el pecho recargado contra el frío azulejo, gimiendo bajo su propio toque, vulnerable y al borde del éxtasis.
El corazón de Fadel dio un salto brutal dentro de sus costillas. El peso caliente y apremiante que creció en sus pantalones fue inmediato, traidor. Por un segundo, se quedó paralizado, pero después, la bestia dentro de él rugió. Se acercó rápido, casi con una ansia animal y se arrodilló junto a Style. No le importó el dolor que el choque de los huesos contra el piso le provocó. El aroma del omega le invadió los sentidos, borrando cualquier último rastro de cordura.
Tomó a Style por la nuca, no con violencia, pero sí con una necesidad imposible de disfrazar. Lo forzó a girarse, quería verlo, necesitaba verlo, y cuando Style alzó los ojos, nublados y brillantes de deseo, Fadel no resistió más.
Lo besó. Y ese beso fue su perdición. La boca caliente y húmeda de Style le dio la bienvenida, casi ansiosa por las atenciones que Fadel claramente estaba dispuesto a brindarle. El omega gimió mientras la lengua de su jefe hacía maravillas entre sus labios, entrando y saliendo, arrancándole suspiros intensos.
Style arqueó la espalda ante las descargas eléctricas que poseían todo su sistema nervioso y, llevado por el instinto, levantó las nalgas para ofrecérselas a Fadel, quien solamente pudo admirar con golosa desesperación, los glúteos bien formados del muchacho.
Sus manos, sin freno ni permiso, encontraron la piel expuesta, caliente, empapada. Rozó el núcleo húmedo entre las piernas de Style y sintió cómo el omega se arqueaba contra su toque, jadeando su nombre en un susurro roto.
—Por favor... —murmuró Style, perdido, entregado.
El cuerpo de Fadel respondió antes que su mente. Bajó la cremallera de su pantalón, liberándose a medias. Su erección, totalmente dura, rozó la piel suave del omega, arrancándoles un jadeo ahogado a ambos. Se posicionó mejor, sosteniéndolo por las caderas y tragó saliva. Hasta ese momento no fue consciente del deseo brutal que Style encendía en él.
Fadel tomó su propio miembro y lo sintió latir en su palma cerrada.
—¡Hazlo ya! —suplicó Style.
Era el momento. Solo un roce más. Solo un movimiento más, y estaría dentro.
Continuará
No se preocupen. Ya tengo la estructura del fic, así que estaré actualizando más pronto de lo que creen. Nos vemos en el siguiente capítulo.
