Capitulo 1: El encuentro
La calle estaba llena de turistas, las luces de las tiendas brillaban en los escaparates y el aroma a café recién hecho flotaba en el aire. Yo caminaba por las calles de Italia, haciendo mis compras como cualquier otro día. Trataba de olvidar el hueco vacío que me había dejado una vieja relación. Habían pasado ya tres meses y pensé que estaba lista para dejar atrás a Fabio… pero mientras más lo intento, más vuelven esos recuerdos tan vívidos.
El 15 de agosto, en Italia, se festeja el Ferragosto, una fecha en la que todos en la ciudad van a la playa. Aquel día, Fabio me dijo que tenía que trabajar porque estaba a punto de ascender en su empleo. Como nunca me ha gustado ir a la playa, le respondí que no se preocupara, que yo estaría bien.
Fabio era el tipo de hombre que cualquier chica soñaría tener: atento, caballeroso, siempre dispuesto a cumplir mis caprichos. Sin embargo, ese 15 de agosto todo cambió.
Recuerdo que estaba en casa cuando mi amiga Aby me llamó para invitarme a la playa; quería darme la noticia de que le habían propuesto matrimonio. Al principio dudé, pues ella sabía que no me gustaba ir a la playa, pero siendo mi mejor amiga, terminé accediendo.
Llegamos y el lugar estaba repleto de gente disfrutando del sol y la arena. Por un momento me dejé llevar: sentí cómo los rayos del sol se apoderaban de mi piel y la arena acariciaba mis pies. Estaba bien, tranquila, disfrutando el instante… hasta que lo vi.
A lo lejos, entre la multitud, apareció Fabio. Mi corazón se aceleró al reconocerlo, la emoción me invadió… pero entonces lo noté. No estaba solo. A su lado iba ella: su secretaria.
Un ardor recorrió todo mi cuerpo. Sentí un hueco en el estómago, como si el mundo se me viniera abajo.
Fueron dos meses de pura tortura, donde la pobre de Aby hizo todo lo posible por consolarme. No era una relación de un año, sino de tres… tres años tirados a la basura porque él lo decidió. Dentro de mí ya no quedaba nada, estaba rota. No podía creer que aquel hombre, el mismo que estuvo conmigo en las buenas y en las malas, me traicionara de esa manera.
Los recuerdos venían a mi mente sin permiso: las risas, los viajes, las promesas en medio de la noche. Y, por un instante, pensé en perdonarlo. En buscar alguna excusa, en creer que todo podía ser diferente.
Pero enseguida me repetí lo que tantas veces le había dicho a mis amigas: “No sean tontas, no se dejen humillar, no permitan que las pisoteen.” Y ahí estaba yo, Bet, viviendo justo eso. Me sentía atrapada en mis propias palabras, enfrentando la contradicción de aconsejar fuerza cuando en ese momento yo era la más débil.
Era como si mi corazón se partiera en mil pedazos y cada uno de ellos pesara tanto que apenas me dejaba respirar.
Sacudí la cabeza, obligándome a despertar de ese torbellino de recuerdos.
De pronto, volví a estar en el presente, en esas calles hermosas de Italia, rodeada de turistas, escaparates llenos de luces y el aroma a café recién hecho que impregnaba el aire.
Ahí estaba yo, con las bolsas de mis compras en las manos, recordando todo aquello que había intentado enterrar. Como si la ciudad me trajera de golpe lo que tanto había querido olvidar.
Pero jamás imaginé que aquella mañana, mientras caminaba por las calles hermosas de Italia, me encontraría con mi talón de Aquiles.
Durante los tres meses de odio hacia Fabio, me había jurado no volver a enamorarme, no volver a caer en la trampa de los hombres. Y, sin embargo, en ese momento, a lo lejos, lo vi.
Un hombre de altura cercana al 1.80, de cabello castaño que brillaba con la luz del sol. Sus ojos… oh, sus ojos eran de un verde azulado, profundos como el mar en calma, y llevaba una barba discreta en forma de perilla que le daba un aire elegante.
No podía creerlo. Sentí cómo mi corazón, después de tanto tiempo roto, comenzaba a acelerarse, como si quisiera recordarme que todavía estaba vivo.
Vi cómo nuestras miradas se cruzaron, y en ese instante lo vi cruzar la calle hacia mí. Quedé atónita, sin saber qué hacer. Se acercó y me preguntó:
—Hola, disculpa, ¿dónde queda la calle Vicolo Ombra?
No sabía qué responder… 28 años viviendo en Italia y, bueno, no sabía cómo reaccionar ante aquel monumento hermoso frente a mí. Pero, por supuesto, sí sabía a dónde quedaba la calle. Mi mente gritaba: “¡Reacciona, pendeja!” Me sacudí y dije:
—Sí, está a dos cuadras de aquí.
—Ok, muchas gracias —dijo, y lo vi alejarse, aquel talón de Aquiles que había irrumpido en mi mañana.
Llegué a casa y comí de mi pequeña y triste despensa, sin dejar de pensar en él. Todo lo que venía a mi mente eran sus bellos ojos, que me transmitieron una seguridad que no podía describir.
Como siempre, mis tardes normales las pasaba escribiendo, mi gran pasión. Estaba trabajando en un proyecto de libro de romance, pero todo lo que escribía era… mierda sobre Fabio.
Al caer la tarde, mi amiga me llamó:
—¿Vamos a algún antro? —me preguntó—. Te vendría bien distraerte y conocer gente nueva.
Yo ya me había prometido que no volvería a enamorarme… pero al pronunciar esa palabra, no pude evitar que la imagen de aquel hombre que vi esa mañana se quedara grabada en mi mente.
Mientras caminaban, Aby me comentó sobre un nuevo bar en la ciudad. El recuerdo de aquel hombre volvió a mi mente: el momento en que lo vi desorientado, preguntando por una calle. Decidió ir al bar con Aby, pensando que tal vez el destino nos cruzara de nuevo. Al llegar, se me di cuenta de que estaba en la misma calle que aquel hombre misterioso me había preguntado.
El antro estaba oscuro, iluminado solo por algunas luces de postes que marcaban el contorno del lugar. Nos acercamos al guardia, quien nos pidió las credenciales, y luego entramos.
Recorrí el lugar con la mirada, buscando algún indicio de aquel hombre, pero no encontré nada. Aby me miraba con cara de “¿qué está pasando aquí?” y me preguntó:
—¿Estás buscando a alguien?
—No… ahorita vuelvo, voy al baño —le respondí, intentando sonar casual.
—Ok —dijo, y se quedó mirando hacia otro lado.
Ya llegando al baño, lo vi salir. No podía creerlo… aquel hombre me tenía a flor de piel. Me miró directamente a los ojos y, en ese momento, ni siquiera me percaté de que un mesero pasaba detrás de mí; casi lo golpeo. Pero él, con una astucia increíble, me acercó hacia él.
Sentí cómo mi corazón se aceleraba a mil por hora. Su pecho chocó con el mío y sus músculos se tensaron cuando me acerqué más. Su mano rodeó mi cintura y nuestras miradas se cruzaron de inmediato. Respiraba aceleradamente… era una sensación increíble, algo que nunca antes había sentido.
En eso veo llegar a mi amiga y me despego rápidamente de él. Aby me mira con cara de “¿qué está pasando aquí?” y él, muy tranquilo y sereno, dice:
—Hola, me llamo Marc. Mucho gusto, ¿y usted es…?
—Ah, perdón —intervino Aby—. Soy Aby, amiga de Bet.
—¿Y ustedes cómo se conocen? —preguntó mi amiga.
Ahí estaba yo, a un lado, toda atónita, sin saber qué decir. Ni modo que le dijera: “Es un hombre guapo, sensual, que conocí hoy en la mañana por azares del destino”.
Marc, con la calma que lo caracterizaba, respondió:
—Nos conocimos hoy en la compra de despensa.
—Ahhh… entiendo —dijo mi amiga, asintiendo.
No podía creer la facilidad con la que él hacía que una conversación tan normal sonara natural, casi encantadora.
De pronto, reaccioné y le dije:
—Disculpa, nos tenemos que ir.
Él, con amabilidad, respondió:
—Ok, no se preocupen. Espero volver a verlas. Adiós.
Llegando a casa después de ese encuentro tan espectacular, no podía creerlo… parecía que el destino estaba jugando a mi favor. No dejé de pensar en él durante toda la noche: cómo su cuerpo se había clavado en el mío, la sensación de sus dedos acariciándome la cintura, el olor de su perfume, esos ojos que me daban paz… y su respiración, que me encendía como una llama que creía extinguida. Con un solo gesto, hacía que todo mi cuerpo ardiera por dentro.
Al día siguiente, me propuse olvidar todo lo sucedido en un solo día. Me repetía mis frases pegadas en el refrigerador: “Primero yo”, “Caminaré mejor sola”, todas esas frases que, según yo, iba a cumplir. Pero sabía en el fondo que eso ya no iba a pasar. Marc ya estaba incrustado en mi mente y en mi corazón. No podía creer cómo un hombre podía hacerme sentir deseo solo con recordarlo.
Decidí, entonces, intentar olvidarlo y enfocarme en hacer mi vida más tranquila. Esa tarde, después de escribir mi libro romántico —que en realidad no tenía nada de romance—, decidí distraer un poco la mente para tener nuevas ideas y dejar de pensar en aquel hombre que me había hecho sentir algo inexplicable.
Me fui al museo para despejarme. Mientras recorría las salas, admirando las obras, una chica se acercó a mí y me dijo:
—Señorita, hay alguien que quiere hablar con usted.
—Disculpa, ¿quién quiere hablar conmigo? —pregunté.
—Ahorita lo sabrá —me respondió la chica.
En ese instante, lo primero que vino a mi mente fue Fabio. No… seguro quiere solucionar algo, pensé. Pero ya estaba un poco sanada de lo que él me había hecho.
Procedí a dejar el lugar, pero de pronto me percaté de que alguien venía caminando hacia mí, vestido con pantalón negro, camisa negra y una gabardina color camello que hacía juego con su ropa. Y era… Marc.
No podía creerlo. ¿Destino o coincidencia? Se acercó y me dijo:
—Hola, Bet. Otra vez nos volvemos a ver.
Yo no sabía qué decir. Mi reacción fue casi automática:
—¿Me vienes siguiendo?
Él sonrió con calma y contestó:
—No, solo sé que no puedo estar sin ti.
Mi corazón se aceleró y no sabía qué decir ni cómo reaccionar. ¿Decirle que yo sentía lo mismo o que solo era una obsesión pasajera? Se acercó ligeramente a mí y empezó a recitarme algo parecido a un poema; no era un poema, pero para mí fue algo que nunca olvidaré. La dulzura con la que lo decía me hacía temblar.
—Bet —dijo—, estoy aquí para decirte que desde el día en que te vi en esa calle, no he dejado de pensar en ti. En la noche, cuando nuestros cuerpos se acercaron, sentí una sensación que arde por dentro. No puedo dejar de pensar en tu cabello…
Procedió a acariciarme suavemente el cabello.
—No puedo dejar de pensar en tus ojos —me miró fijamente—, ni en esos labios rosa que me hacen perder la cabeza.
Sentí sus dedos rozar mis labios y, por dentro, estaba ardiendo. Cada palabra, cada caricia, hacía que perdiera el control. Fue en ese momento que comprendí algo: él me controlaba a mí, y yo era su ventrículo.
Sentí cómo mi cuerpo respondía a cada palabra, a cada roce de sus dedos, y no podía apartar la mirada de sus ojos. Era como si todo lo demás desapareciera: el museo, la gente, incluso mi propia respiración. Solo existíamos él y yo, y esa sensación era tan intensa que me costaba mantener el control.
Mi corazón latía desbocado, y por un momento pensé que iba a desmayarme. No sabía si esto era real o solo una fantasía. Pero al sentir su mano en mi cintura, apretándome suavemente, supe que era real… demasiado real.
—Marc… —logré decir apenas—, esto…
—Shh —me interrumpió suavemente, sonriendo—. No te voy a hacer nada.
Su mirada penetrante no me dejaba escapar, y sentí que por primera vez comprendía algo: esto no era solo atracción; era algo que nos conectaba profundamente, más allá de cualquier cosa.
En ese instante, supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre, y que Marc había llegado no solo para estar un rato… sino para quedarse. Aunque yo todavía no supiera hasta dónde nos llevaría esta conexión y atracción.
Cuando él me miró fijamente y terminó aquel magnífico “poema”, me dijo:
—Vamos, te llevo a cenar.
Él sabía muy bien lo que no podía vivir sin mí. Pero yo… ¿qué sabía yo de él? ¿Qué era lo que hacía que yo no pudiera dejar de pensar en él?
Salimos del museo y me llevó a cenar a un restaurante muy famoso en Italia: la Osteria Francescana. Cuando vi el lugar, no podía creerlo: ¿quién diablos es este hombre? No cualquiera llega aquí.
Entramos y todos lo saludaban:
—¡Hola, buenas tardes, señor Marc!
Nos sentamos y él pidió su comida; yo pedí un vaso de agua y le di un sorbo, todavía tratando de procesar todo lo que estaba viviendo.
—Entonces, Bet, ¿es coincidencia o destino? —me preguntó.
—¿Tú qué piensas? —le respondí.
Él sonrió, y yo le dije:
—Creo que es más coincidencia.
—Puede ser —contestó—.
Luego me miró fijamente y dijo:
—No sabes nada de mí, ¿verdad?
—¿Cómo dices? —pregunté, confundida.
—Yo se todo sobre ti.
Me quedé en shock. ¿Cómo puede alguien saber tanto sobre mí? le pregunté, temblando un poco.
—Porque te mandé a investigar —contestó con calma—. Si quiero que alguien entre en mi vida, necesito conocerla primero.
No podía creer lo que me estaba diciendo. En mi mente me repetía: respira, tranquila.
—Claro que no sabes nada sobre mí… —le comenté, tratando de sonar calmada—. A ver, platícame.
Él sonrió levemente y comenzó a hablar:
—Eres Bet Grisanti Solari, una mujer de 28 años nacida en Piamonte, estudiaste en la Universidad de Turín, fuiste la alumna más destacada, y eres escritora.
Sentí una extraña paz en el pecho. En ese momento entendí algo: Fabio no tenía cabida en mi historia. Podría decir que ese bastardo nunca existió en mi vida.
Pero eso era lo de menos. Lo que realmente no entendía era cómo había investigado todo eso. ¿Fue por Facebook, Instagram? ¿Cómo diablos sabía tanto sobre mí?
Me obligué a pensar rápido. Tiene que espantarlo, no puede notar que estás asustada. Así que le respondí:
—Yo también sé cosas sobre ti… y también te mandé a investigar.
Él sonrió con toda la tranquilidad del mundo y me respondió:
—Yo sé que tú no sabes nada de mí.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, sorprendida—. Yo me aseguro de que toda mi información esté guardada solo para mí. Me ocupo de que no haya datos sobre mí.
Marc me miró, con esa calma que me hacía temblar por dentro, y dijo:
—Tú no sabes nada de mí. Solo sabes que me llamo Marc. Pero no sabes a qué me dedico.
—Pues… hoy es un buen momento para saber quién eres —le respondí, tratando de mantenerme firme.
Él me miró fijamente y contestó:
—Solo quiero saber si estás dispuesta a aceptar todo sobre mí… sin prejuicios, sin juzgar.
Por mi mente estaba pasando un mundo de cosas. Es un asesino serial que se enamora de su presa… un narcisista que solo quiere la necesidad de su aprobación… No sabía qué responder.
—No sé… —dije finalmente—. Necesito saber quién eres, y conforme vaya conociéndote, tendré que decidir si puedo aceptarte tal como eres y a lo que te dedicas.
Vi que su mirada estaba clavada en mí, intensa, penetrante, como si me dijera que debía aceptar sin excusas y nada más. Pero mi mente decía otra cosa.
Él sonrió ligeramente y procedió a decirme:
—Ok, te voy a dar un tiempo determinado… solo te doy seis meses.
—¿Seis meses? —pregunté, sorprendida—. No puedes ponerme condiciones…
—Sí puedo —contestó con esa calma que me erizaba la piel—.
—Ok, acepto los seis meses —le dije finalmente—, pero primero dime a qué te dedicas.
Él me miró con esa calma que me ponía los pelos de punta y respondió:
—Si te lo digo, vas a querer escapar.
—No —contesté con firmeza—. Soy una mujer de palabra y cumplo lo que digo.
Marc sonrió y dijo:
—Te voy a decir quién es mi padre primero, y entonces sabrás quién soy yo y a qué me dedico. Si intentas escapar de mí, no podrás lograrlo… porque sé dónde buscarte y te voy a encontrar.
Cuando escuché eso, me quedé en shock. ¿A qué se dedica? ¿Es policía? ¿Está en la FIA? Pensaba, tratando de entenderlo.
—Ok, acepto… dime el nombre de tu padre —dije, intentando mantener la calma.
—Ok —contestó él—. El nombre de mi padre es Luciano Salvatores.
Al escuchar el nombre, sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Diablos… ya no hay salida. Ya no hay retorno atrás. No puedo salir de aquí.
En ese momento entendí la magnitud de lo que enfrentaba. No era un asesino ni un narcisista común… era mucho más que eso. Luciano Salvatores era el dueño de medio imperio de la mafia en Italia.
Cerré los ojos un momento, intentando calmar el torbellino de emociones que Marc había despertado en mí, pero era imposible: miedo, deseo, curiosidad… todo se mezclaba en mi pecho, y cada latido me recordaba que estaba atrapada en algo mucho más grande de lo que podía comprender.
Cuando los abrí, lo vi sonreír con esa tranquilidad que podía desarmarme y reconstruirme al mismo tiempo. Su mirada guardaba secretos que no estaba segura de querer descubrir, pero que no podía resistir.
Sabía que los próximos seis meses serían un desafío… y que cada instante con él me acercaría más a un mundo lleno de poder, secretos y peligros que jamás había imaginado.
Marc me tomó suavemente la mano, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Algo dentro de mí susurró que nada volvería a ser igual, que lo que comenzaba esa noche era apenas el principio… y que detrás de su sonrisa tranquila, se escondía un misterio que podía cambiar mi vida para siempre.
Volteo a verlo, y me dice:
—Tranquila… sé que estás asustada, pero no todo lo que parece es malo.
Agarra mi mano con más fuerza, transmitiéndome seguridad. Pero justo en ese momento llega el mesero y se inclina hacia él:
—Señor Marc… sí que pasó, hay código rojo.
Veo cómo el rostro de Marc cambia al instante. Mi corazón se acelera y siento un nudo en el estómago.
—Tenemos que irnos… por la puerta de atrás —dice, con urgencia en la voz.
Empieza a murmurar, casi para sí mismo: “¿Cómo diablos se enteró que estoy aquí? No puede ser…”
—¿Qué pasa? ¿Qué está sucediendo? —pregunto, con la respiración agitada.
Entonces escucho que dice una palabra que me hiela la sangre:
—Viene… mi padre.