Eterna, Cuando los Dioses descendieron

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Summary

🌌 Eterna: Cuando los dioses descendieron 🌌 En el corazón del antiguo Kemet (Egipto), Nut, una joven comerciante marcada por la curiosidad y el deseo de aprender lo prohibido, es arrastrada al centro de un misterio que desafía todo lo que conoce. Una cita con el faraón se convierte en un descenso hacia lo desconocido: templos envueltos en bruma azul, cuerpos atrapados en las paredes y una presencia que no pertenece a este mundo. Entre la devoción ciega y el terror, Nut descubrirá que los “dioses” que adoran los hombres quizá no son divinos, y que su destino podría cambiar la historia de la humanidad para siempre.

Genre
Scifi
Author
Fabián
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 Vida humana.

El sol nacía lento sobre el Nilo, pintando de oro las aguas tranquilas. Las palmeras se mecían con el viento fresco y, más allá, las casas de adobe empezaban a llenarse de voces y olores. Kemet despertaba.

—¡Apúrate, Nut! —gruñó Akeru, ajustándose el cinturón de cuero mientras cargaba un rollo de lino sobre el hombro—. Si seguimos a tu paso, el mercado cerrará antes de que lleguemos.

Nut salió corriendo del interior de la casa, con el cabello oscuro recogido a medias y una sonrisa traviesa que contradecía la prisa. Apenas tenía diecisiete años, pero caminaba con la seguridad de alguien mayor. Su túnica de lino blanco estaba remendada en los bordes, aunque ella la llevaba con orgullo.

—Padre, si corres tanto, nadie te comprará. Llegarás sudado y oliendo a burro —le lanzó, alcanzándolo con facilidad.

Akeru resopló, reprimiendo una sonrisa.

—Una lengua así te dejará soltera, muchacha.

—¡Entonces me quedaré contigo para siempre! —dijo Nut, fingiendo dramatismo—. Seré la vieja loca del barrio que espanta a los pretendientes.

Un comerciante que pasaba cerca se rió, y Nut le guiñó un ojo. Su padre negó con la cabeza, intentando mantener la compostura, aunque por dentro se derretía de orgullo.

Mientras avanzaban por los caminos polvorientos hacia el puerto fluvial, Nut se agachó un momento junto a una piedra tallada con jeroglíficos. Pasó los dedos por las marcas, murmurando las palabras en voz baja.

Akeru la observó. Pocas mujeres en Kemet sabían leer, y él había enseñado a su hija casi en secreto, orgulloso de su inteligencia.

—No deberías mostrar eso a cualquiera —le advirtió en un tono bajo—. Podría traerte problemas.

Nut se encogió de hombros.

—¿Problemas? Si los escribas pueden leer, ¿por qué yo no? ¿Acaso los dioses pusieron reglas diferentes para nosotras?

Akeru suspiró.

—Porque así es el mundo, hija.

Ella le lanzó una mirada desafiante, con el mismo brillo de su madre.

—Entonces el mundo está equivocado.

Caminaron un rato en silencio, hasta que el bullicio del puerto los envolvió: vendedores de pescado fresco gritaban precios, burros rebuznaban arrastrando carretas, y el aire olía a especias, sudor y río. Era un caos vibrante, y a Nut le fascinaba.

Se subió a una barca amarrada y, al hacerlo, tropezó torpemente, casi cayendo al agua. Alcanzó a sostenerse de una cuerda, arrancando carcajadas a los remeros cercanos.

—¡Ahí va la gran mercader de Kemet! —bromeó uno de ellos.

Nut se levantó rápido, sacudiéndose el polvo con dignidad fingida.

—Que se rían, padre. Hoy venderé más que todos ellos juntos —declaró, con una sonrisa arrogante.

Akeru rodó los ojos, pero en el fondo sabía que probablemente tenía razón.


La noche había caído sobre Kemet. En la casa de barro encalado, Nut ordenaba los rollos de lino con paciencia, mientras la lámpara de aceite lanzaba sombras temblorosas en las paredes. Apenas había terminado de ayudar a su padre, cuando una piedra golpeó suavemente contra la ventana.

Nut se asomó y allí estaba Khapri, con una sonrisa de pillo y un papiro escondido bajo el brazo. Ella negó con la cabeza, divertida, y lo dejó pasar.

—¿Qué traes ahora? —preguntó Nut, fingiendo severidad.

—Sabiduría, belleza… y un poco de fuego para tu alma —respondió él, desenvolviendo el papiro con exagerada solemnidad.

Se aclaró la garganta y comenzó a recitar con voz engolada:

"Mi cuerpo se estremece cuando pienso en ti,

más dulce eres que la miel en mi boca.

Tus pechos son dos granadas maduras,

y tu ombligo un cuenco rebosante de cerveza espesa.

Quiero reposar en tu vientre

como el grano en el granero,

quiero sembrar mi semilla

y ver nacer mil cosechas en tu campo fértil..."

Nut abrió los ojos como platos, la mano en la boca, luchando entre el escándalo y la risa.

—¡Khapri! ¡Eso no es poesía, eso es…! —empezó a decir, pero él levantó un dedo y continuó, disfrutando del efecto:

"Ven a mí, amada, y bebamos juntos,

que tus muslos sean la puerta del cielo,

y tu aliento mi ofrenda de eternidad."

Nut no pudo contenerse más y estalló en carcajadas, golpeándose las rodillas.

—¡Eres un descarado! ¿De dónde sacaste eso?

—De la biblioteca de un escriba muy distraído —dijo Khapri, inflando el pecho—. ¿Ves? Hasta los sabios saben que el amor no se escribe con frialdad.

De repente, un ¡paf! seco resonó. El papiro salió volando de las manos de Khapri al mismo tiempo que se llevaba la mano a la cabeza, tambaleándose.

—¡Por todos los dioses! —gritó, sobándose el chichón.

Akeru estaba de pie detrás de él, bastón en mano, con el ceño fruncido.

—¿Así que “tus muslos son la puerta del cielo”? —rugió el padre, levantando otra vez el palo—. ¡Canalla insolente!

Khapri retrocedió como si hubiera visto a Amón en persona, tropezando con un banco.

—¡Era… era poesía sagrada, honorable Akeru! ¡Un himno al amor divino! ¡Lo juro! —balbuceó mientras buscaba la salida a toda prisa.

—¡Si no sales ya, haré que ese himno lo recites desde el más allá! —bramó Akeru, amagando otro bastonazo.

Khapri, sin esperar más, salió corriendo de la casa, todavía sobándose la cabeza.

Nut, muerta de risa, trató de contenerse mientras recogía el papiro del suelo. Se acercó a su padre y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Ay, papito… si lo matas, ¿quién más va a traerme poemas tan ridículos para hacerme reír?

Akeru resopló, pero una sonrisa involuntaria se le escapó mientras guardaba el bastón.


El amanecer en Kemet era fresco, y el Nilo brillaba como una serpiente de plata. Akeru preparaba el burro con los rollos de lino cuidadosamente enrollados y atados con cuerda. Nut, todavía riéndose en silencio por lo de la noche anterior, ayudaba a colocar los fardos.

—No quiero ver a ese muchacho rondando otra vez con sus versos indecentes —murmuró Akeru, aunque en su voz había más resignación que enojo.

—Tranquilo, papá. Si vuelve, lo espanto con tu bastón —bromeó Nut, mientras apretaba un nudo.

El viaje sería largo, varios días por caminos de tierra bordeados de palmeras y humedales. Egipto, aún verde y fértil, rebosaba de vida. Los campos de cebada se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y en los canales se veían niños jugando, mientras las mujeres lavaban ropa y los hombres conducían barcas cargadas de papiro.

Tras dos días de marcha, llegaron a un poblado aliado, en los límites de Kemet. Allí el ambiente era distinto: los hombres miraban a Nut con desdén por atreverse a opinar mientras negociaban el precio de los rollos.

—El lino es de buena calidad, tejido con paciencia —explicó ella, mostrando con las manos el grosor uniforme de la tela.

El mercader la interrumpió con un bufido, sin mirarla.

—Que hable tu padre. Las mujeres aquí no venden, solo sirven en la casa.

Nut sintió cómo la sangre le hervía.

—Si quieres calidad, escucharás mis palabras. De lo contrario, compra los trapos de tu vecino y viste a tu mujer con harapos —escupió con una firmeza que dejó helado al mercader.

El silencio fue inmediato. El hombre abrió la boca para replicar, pero Akeru intervino, con su calma habitual:

—El lino habla por sí solo. Si no quieres, habrá quien lo compre en el siguiente puerto.

Al final, el trato se cerró, pero Nut no dejó de mirar al mercader con rabia contenida.

Esa noche, mientras acampaban a las afueras del poblado, Nut observaba el cielo estrellado junto al río. Siempre le había gustado reconocer las constelaciones que los escribas enseñaban: la diosa vaca Hathor, el barqueo de Ra, las estrellas que formaban la senda de Osiris.

De pronto, una luz cruzó el firmamento, lenta, más brillante que cualquier estrella fugaz. No se desvaneció como las otras, sino que se quedó suspendida unos segundos, palpitando, y luego desapareció detrás de las colinas.

—¿Lo viste? —preguntó Nut, con un nudo en el estómago.

Akeru asintió, con gesto grave.

—Los dioses nos vigilan… o nos advierten.

Alrededor de la hoguera, otros viajeros murmuraban en voz baja. Algunos se arrodillaron, pensando que era un presagio divino. Otros guardaron silencio, como si nombrarlo pudiera atraer la desgracia.

Nut no dijo nada más, pero esa luz quedó grabada en su mente. No sabía por qué, pero sentía que no era un dios… sino algo mucho más extraño.

Al tercer día de viaje, cuando el sol ya bajaba hacia el horizonte y el aire olía a papiro húmedo, Akeru y Nut llegaron a un poblado cercano al delta. Allí vivía Menhai, un viejo tejedor y comerciante, compañero de juventud de Akeru.

Menhai los recibió con una sonrisa amplia, aunque su espalda ya se encorvaba por los años. Su esposa, Nefru, era igual de hospitalaria, y pronto la casa se llenó del olor a pan recién horneado y cerveza espesa.

—¡Akeru, viejo zorra del lino! —rió Menhai, abrazándolo con fuerza—. Pensé que los chacales ya te habrían llevado.

—Lo mismo decían de ti, pero aquí estás, todavía dando guerra —respondió Akeru, devolviendo la risa.

Nut los miraba con ternura. Le gustaba ver a su padre relajado, compartiendo historias con alguien que lo entendía.

La casa de Menhai olía a pan recién horneado y al humo dulce de la leña. Nut disfrutaba la calidez, aunque notaba que Nefru, la esposa del anciano, se movía inquieta de un lado a otro, como si su propia sombra la persiguiera.

—No me gusta lo que está pasando —dijo Nefru en voz baja, sirviendo cerveza en copas de barro—. Dos noches seguidas, esas luces cruzan el cielo. Y siempre dejan a los perros aullando.

Nut le sonrió con suavidad.

—Los perros ladran a cualquier sombra, Nefru. Quizá son solo estrellas fugaces. No debes temer tanto.

La mujer la miró a los ojos, buscando un ancla, y respiró más tranquila. Pero no del todo.

Cuando el cielo se oscureció del todo, Menhai salió con Akeru y Nut al umbral de la casa. El firmamento parecía una sábana infinita bordada de fuego. El viejo se acomodó el manto sobre los hombros y habló con voz grave:

—El mundo cambia, Akeru. Yo lo siento en mis huesos. Eso que vemos allá arriba… no son dioses.

Akeru se rio suavemente, tratando de quitarle peso a las palabras.

—¿Y qué más podrían ser, viejo testarudo? ¿Acaso crees que Apofis ahora tiene alas de fuego y baja a molestarnos?

Nut frunció el ceño.

—¿Apofis?

Menhai asintió.

—La gran serpiente del caos, niña. Si los dioses traen orden, estas luces no lo hacen. Vienen y se van, no traen mensajes ni bendiciones. Y cada vez que aparecen, el aire se enfría y los animales se agitan. Eso no es orden… eso es caos.

Nefru, que había salido tras ellos, se estremeció y juntó las manos.

—¿Y si son demonios del Duat? ¿Y si han venido a llevarse nuestras almas?

Nut le tomó la mano con ternura, apretándola.

—Nefru, si fueran demonios del Duat, ya no estaríamos aquí para hablarlo. Quizá… quizá solo son presagios que aún no entendemos.

El silencio se hizo pesado. De pronto, un viento fuerte agitó los papiros del techo, y un zumbido bajo recorrió el aire como un murmullo metálico. Los cuatro levantaron la vista: una luz blanca cruzó lentamente el firmamento, demasiado baja y demasiado recta para ser un dios.

Menhai escupió al suelo.

—Los dioses no se esconden, Akeru. Sea lo que sea… no es divino. Y si no es divino… entonces es peor.

Akeru quiso replicar, pero Nut no lo escuchaba. Se había quedado mirando el cielo, con los ojos abiertos como un niño que ve por primera vez el mar. Había algo en esas luces… algo que le susurraba que su vida no volvería a ser la misma.

La mañana siguiente, Akeru y Nut emprendieron camino hacia el mercado. El aire aún era fresco, y el Nilo corría sereno a su lado, reflejando la luz temprana. Akeru cargaba un fardo de telas al hombro, y Nut lo seguía con paso ligero, distraída como siempre, mirando cuanto insecto o pájaro se le cruzaba.

De repente, un escarabajo de un verde brillante se posó en la arena frente a ella. Nut abrió los ojos como si hubiera visto un tesoro.

—¡Padre, un kheper! —exclamó, usando la palabra que los egipcios daban a esos insectos sagrados—. ¡Trae suerte!

Antes de que Akeru pudiera decirle nada, Nut se lanzó a atraparlo. El escarabajo rodó por la arena y ella lo persiguió hasta un pequeño charco de barro que bordeaba el camino. En su entusiasmo no calculó bien: metió el pie, resbaló y terminó de rodillas, empapada en lodo hasta los codos.

Akeru soltó una carcajada tan fuerte que casi dejó caer el fardo.

—¡Por Anubis, hija! Ese escarabajo debe estar riéndose de ti también.

Nut frunció el ceño, llena de barro.

—¡No te burles! —le gritó, pero sus labios temblaban queriendo reírse.

Para limpiarse un poco, se metió en el agua del río, salpicando con torpeza. Varios niños que jugaban en la orilla se detuvieron a mirarla, y pronto empezaron a señalarla y murmurar entre risitas.

—Miren a la hija del comerciante… parece un pez embarrado —dijo uno, burlándose.

—¡O una rana gorda! —agregó otro, riendo.

Nut salió del agua con la túnica pegada al cuerpo y los cabellos goteando. Se cruzó de brazos y los fulminó con la mirada.

—¿Qué dijeron, mocosos?

Los niños siguieron riéndose, hasta que Nut, sin pensarlo dos veces, tomó un puñado de arena mojada y se lo lanzó directo a la cara al más cercano. El niño chilló sorprendido, y los demás retrocedieron.

—¿Quién es la rana ahora? —les gritó Nut, desafiante, con el barro aún chorreando por sus piernas.

Los niños salieron corriendo entre risas nerviosas, y Nut, victoriosa, volvió junto a su padre. Akeru se la quedó mirando, negando con la cabeza.

—Nunca cambiarás, hija. Te metes en más líos que los gatos de Bastet.

Nut sonrió orgullosa, aunque por dentro sentía un calor extraño en el pecho, mezcla de vergüenza y triunfo. El escarabajo ya había desaparecido, pero el momento quedó grabado en ella como un pequeño recordatorio: no siempre lo sagrado aparece en forma solemne; a veces llega envuelto en barro y risas.

Nut caminaba al lado de su padre, exprimiendo con las manos el borde húmedo de su túnica. El barro ya se había secado en sus rodillas, dejando manchas oscuras que la hacían ver todavía más desordenada. Akeru suspiraba, aunque en el fondo no dejaba de sonreír.

El sol empezaba a calentar, y de pronto, el aire cambió. Un olor espeso, penetrante, viajó hasta ellos con la brisa: incienso mezclado con resina de pino y mirra. Nut levantó la cabeza de golpe. Lo reconoció al instante.

Ese aroma… era imposible olvidarlo.

Su respiración se detuvo por un segundo, y el mundo alrededor se volvió más silencioso. La risa de los niños en la distancia, el murmullo del Nilo, todo desapareció. Solo quedó aquel perfume denso, cargado de solemnidad.

Nut cerró los ojos. Y, como si una mano invisible la jalara hacia atrás en el tiempo, regresó al día en que había perdido a su madre.

El templo estaba lleno de cantos profundos y ecos de tambores. Los sacerdotes avanzaban en fila, con sus cabezas rapadas brillando bajo el sol, sosteniendo vasijas que ardían con humo blanco. El olor era el mismo, idéntico, a ese que ahora invadía sus sentidos.

Ella, una niña de apenas doce años, miraba sin comprender del todo por qué la mujer que cada noche la arrullaba ahora estaba allí, fría y cubierta de vendas. La multitud murmuraba plegarias, invocando a Anubis y a Osiris, pidiendo un tránsito seguro hacia el Más Allá.

Nut recordaba con claridad las palabras de uno de los sacerdotes, recitando versos del Libro de los Muertos:

—“Oh, corazón mío… no te levantes contra mí como testigo, no te opongas al tribunal de los dioses…”

El murmullo de las voces se mezclaba con los sollozos de las mujeres, con el golpeteo rítmico de las palmas en el pecho en señal de duelo. Ella apretaba la mano de su padre, que no lloraba, pero cuyo rostro estaba endurecido, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros.

Nut, pequeña y confundida, había sentido entonces algo extraño: miedo, sí, pero también furia. Furia porque los dioses exigían tanto y daban tan poco.

El humo se hizo más espeso en su recuerdo, envolviendo la sala, cubriéndolo todo…

De pronto, Nut abrió los ojos. Estaba otra vez en el camino, con el Nilo al lado, y el fardo de telas sobre el hombro de Akeru. El humo de incienso provenía de un cortejo fúnebre que avanzaba a lo lejos, con las mujeres vestidas de lino oscuro llorando en coro.

Nut bajó la mirada, respiró hondo y se secó la cara con el antebrazo, como si el río aún chorreara sobre ella.

Akeru la miró de reojo. No dijo nada, pero entendió.

Nut, en silencio, volvió a caminar.

Nut caminaba al lado de su padre, exprimiendo con las manos el borde húmedo de su túnica. El barro ya se había secado en sus rodillas, dejando manchas oscuras que la hacían ver todavía más desordenada. Akeru suspiraba, aunque en el fondo no dejaba de sonreír.

El sol empezaba a calentar, y de pronto, el aire cambió. Un olor espeso, penetrante, viajó hasta ellos con la brisa: incienso mezclado con resina de pino y mirra. Nut levantó la cabeza de golpe. Lo reconoció al instante.

Ese aroma… era imposible olvidarlo.

Su respiración se detuvo por un segundo, y el mundo alrededor se volvió más silencioso. La risa de los niños en la distancia, el murmullo del Nilo, todo desapareció. Solo quedó aquel perfume denso, cargado de solemnidad.

Nut cerró los ojos. Y, como si una mano invisible la jalara hacia atrás en el tiempo, regresó al día en que había perdido a su madre.

El templo estaba lleno de cantos profundos y ecos de tambores. Los sacerdotes avanzaban en fila, con sus cabezas rapadas brillando bajo el sol, sosteniendo vasijas que ardían con humo blanco. El olor era el mismo, idéntico, a ese que ahora invadía sus sentidos.

Ella, una niña de apenas doce años, miraba sin comprender del todo por qué la mujer que cada noche la arrullaba ahora estaba allí, fría y cubierta de vendas. La multitud murmuraba plegarias, invocando a Anubis y a Osiris, pidiendo un tránsito seguro hacia el Más Allá.

Nut recordaba con claridad las palabras de uno de los sacerdotes, recitando versos del Libro de los Muertos:

—“Oh, corazón mío… no te levantes contra mí como testigo, no te opongas al tribunal de los dioses…”

El murmullo de las voces se mezclaba con los sollozos de las mujeres, con el golpeteo rítmico de las palmas en el pecho en señal de duelo. Ella apretaba la mano de su padre, que no lloraba, pero cuyo rostro estaba endurecido, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros.

Nut, pequeña y confundida, había sentido entonces algo extraño: miedo, sí, pero también furia. Furia porque los dioses exigían tanto y daban tan poco.

El humo se hizo más espeso en su recuerdo, envolviendo la sala, cubriéndolo todo…

De pronto, Nut abrió los ojos. Estaba otra vez en el camino, con el Nilo al lado, y el fardo de telas sobre el hombro de Akeru. El humo de incienso provenía de un cortejo fúnebre que avanzaba a lo lejos, con las mujeres vestidas de lino oscuro llorando en coro.

Nut bajó la mirada, respiró hondo y se secó la cara con el antebrazo, como si el río aún chorreara sobre ella.

Akeru la miró de reojo. No dijo nada, pero entendió.

Nut, en silencio, volvió a caminar.

El muelle de Menfis hervía de vida. Decenas de embarcaciones de papiro y madera iban y venían sobre el Nilo como si fueran insectos sobre una charca brillante. El olor a pescado fresco, sudor y aceite de linaza impregnaba el aire. Los comerciantes gritaban sus precios, los porteadores cargaban sacos de grano y el murmullo de la multitud se mezclaba con el graznido de las garzas que revoloteaban en busca de desperdicios.

Nut caminaba junto a Akeru con el cabello aún húmedo por el río, su túnica de lino blanqueada por el sol y manchada en los bordes por el barro del accidente con el escarabajo. Aunque se había esforzado en lavarla, aún quedaban huellas que su padre no dejaba de mirar de reojo.

—Si me hubieras hecho caso, no estarías hecha un desastre —murmuró Akeru mientras apartaba a empujones a un niño que corría.

—¡Pero era un escarabajo sagrado! ¿No dicen los sacerdotes que trae buena fortuna? —replicó ella con descaro.

—La fortuna se gana trabajando, no revolcándose en el lodo.

Nut rodó los ojos, pero no dijo nada más. Ya había aprendido que discutir con su padre en público terminaba siempre en sermón.

Fue entonces cuando distinguió a Khapri, de pie junto a una barcaza recién atracada. Su piel oscura brillaba por el sudor, y llevaba la túnica remangada hasta las rodillas mientras ayudaba a descargar cestas. Al verla, su expresión se iluminó como si el bullicio del muelle hubiera desaparecido.

—¡Nut! —gritó, dejando caer una cesta de higos que casi aplasta a un perro. El animal ladró indignado y Khapri se agachó torpemente para recoger los frutos mientras ella soltaba una carcajada.

Nut caminó hacia él con aire juguetón, inclinando la cabeza y fingiendo solemnidad.

—Oh, gran Khapri, domador de higos y aterrador de perros. ¿Es este el héroe del que tanto hablan en el mercado?

Él se incorporó, rojo como un tomate, y fingió ofenderse.

—Yo te salvaría de cualquier peligro… aunque fuera de un perro rabioso o de tu padre con el bastón.

Akeru, que los miraba de lejos, chasqueó la lengua con fastidio, como si quisiera deshacerse de aquel muchacho de una patada.

Nut se inclinó un poco hacia Khapri, lo suficiente para que solo él la escuchara.

—Ten cuidado con lo que prometes… capaz que un día necesite que de verdad me salves.

Él tragó saliva, incapaz de responder con algo ingenioso. Nut sonrió satisfecha, disfrutando de su victoria en aquel duelo de palabras.

Pero el ambiente ligero se rompió de golpe cuando, desde el extremo del muelle, apareció una pequeña procesión. Un emisario del faraón avanzaba entre la multitud, vestido con lino blanco impecable y adornado con un collar ancho de cuentas doradas. Tras él, dos guardias armados apartaban a los curiosos con brusquedad.

El murmullo del mercado se apagó como si alguien hubiera cubierto el lugar con un manto de silencio. Todos inclinaban la cabeza o se arrodillaban cuando el séquito pasaba.

El emisario se detuvo frente a Akeru, su voz resonó clara y autoritaria:

—Por orden de nuestro señor, el faraón, tu hija debe presentarse en palacio esta misma tarde.

El corazón de Nut dio un vuelco. El brillo pícaro en sus ojos se desvaneció. Miró a su padre, que permanecía rígido, sin saber si responder con orgullo o con miedo. Khapri, en cambio, dio un paso adelante instintivamente, como si quisiera interponerse.

El emisario lo notó y, con una mueca de desprecio, lo empujó con la mirada.

—No es asunto tuyo, campesino.

Khapri apretó los puños, pero Nut alcanzó a rozarle la mano discretamente para que no se metiera en problemas. Ella misma no entendía qué pasaba. ¿Por qué el faraón querría verla a ella?

El emisario continuó, sin emoción alguna en su rostro:

—Prepárala. Que vista sus mejores telas y se presente limpia. El faraón la espera.

Dicho esto, se giró con brusquedad y el séquito se alejó, dejando tras de sí un silencio pesado que se confundía con el murmullo creciente del río.

—Padre… ¿al ocaso? ¿Por qué? —susurró, intentando no mostrar nerviosismo.

Akeru la tomó del brazo con suavidad, como si al tocarla pudiera protegerla.

—El faraón no pide, hija, ordena. Y sus órdenes son voluntad de los dioses. —Le temblaba la voz—. Debes ir preparada. Llevaremos el lino más fino, los perfumes de loto…

Nut abrió los ojos con incredulidad.

—¿Me quieres adornar como si fuera a entrar en un harén?

Akeru la miró, serio y lleno de angustia.

—Si el faraón te quiere entre sus concubinas… —hizo una pausa, como si las palabras le costaran atravesar la garganta— …será tu destino. Y no hay destino que se pueda torcer.

Khapri, que había escuchado a cierta distancia, se adelantó con furia contenida.

—¿Destino? ¿Llaman destino a entregarla como un objeto? —Su voz era baja, casi un gruñido, pero en sus ojos había fuego—. Si los dioses son justos, no permitirán que…

—¡Basta! —interrumpió Akeru de golpe, aunque en lugar de un grito fue un susurro desesperado, mirando alrededor con miedo—. No blasfemes, Khapri. Si alguien escuchara… podrías acabar colgado de las murallas por menos que eso.

Nut cruzó los brazos y trató de sonreír con ironía, aunque el corazón le golpeaba el pecho.

—Si los dioses fueran tan justos, Khapri no tendría que cuidarse de hablar… y yo no tendría que ir a pintarme la cara para un hombre que nunca me ha visto.

Akeru la miró con dolor, como si esa rebeldía fuera un cuchillo que podía caer sobre ellos en cualquier momento.

—Hija mía, guarda tu lengua. Por favor. —Le acarició la mejilla—. No todos los pensamientos deben ser dichos en voz alta.

Nut bajó la vista, en silencio. Dentro de ella, sin embargo, ardía una mezcla de miedo y rabia que ni ella misma alcanzaba a comprender.

Horas después, con los ojos delineados en negro, los labios teñidos con ocre y la tela ajustada a su figura, Nut parecía otra persona. Más alta aún, más luminosa. Y, aunque se odiaba por pensarlo, hasta ella misma se sorprendió de su reflejo en el agua antes de subir al carro que la llevaría al palacio.

El camino hasta la residencia real estaba repleto de curiosos. Gente humilde se apartaba, murmurando al verla pasar. Entre la multitud, sin que ella lo supiera, Khapri estaba allí. Había corrido desde el muelle al escuchar que la joven sería llevada ante el faraón. Mezclado entre pescadores y artesanos, observaba con el corazón en la garganta cómo Nut avanzaba, transformada en algo que parecía intocable.

Cuando llegaron al gran patio del palacio, con columnas altísimas pintadas de rojo y azul, Nut bajó del carro. El sol arrancaba destellos de oro de sus brazaletes, y los guardias abrieron paso hasta la entrada principal. El murmullo de la gente se apagó.

Khapri, desde la sombra de un pilar, alcanzó a verla detenerse. Nut levantó el rostro con dignidad, aunque dentro de ella hervía el miedo. Y fue en ese instante que las puertas se abrieron y apareció él: el faraón, joven aún, con el porte de un dios, rodeado de servidores.

Khapri sintió un escalofrío. Sabía que esa mirada —la del hombre más poderoso de Kemet— estaba a punto de posarse sobre Nut.

Al cruzar la gran entrada, los guardias los separaron con un gesto seco.

—El faraón desea ver a tu hija. Tú esperarás aquí —dijo uno de ellos, con voz dura, sin mirar a Akeru a los ojos.

Akeru intentó protestar, pero antes de que pudiera articular palabra, la sombra del propio faraón se acercó. Era un hombre alto para su tiempo, pero aún así la mirada de Nut, apenas un centímetro más alta que Kemet —su compañero de juegos y recuerdos—, lo alcanzaba casi a la par. Aun así, la presencia del faraón era asfixiante. Sus ojos, de un negro profundo, parecían no pestañear.

—Camina conmigo —ordenó él, sin emoción.

Nut tragó saliva. El tono no fue ni de invitación ni de deseo; fue un mandato que no admitía respuesta. Se giró un instante hacia su padre, pero los guardias ya lo habían rodeado, y Akeru, impotente, solo pudo inclinar levemente la cabeza, intentando transmitirle calma aunque por dentro hervía de rabia y miedo.

El faraón levantó una mano. Su séquito, que lo acompañaba con abanicos, estandartes y vasijas, se detuvo de inmediato.

—Déjennos solos.

El silencio fue inmediato, tan denso que Nut pudo escuchar su propia respiración entrecortada.

Subieron una escalinata tallada en piedra caliza. Los muros, cargados de jeroglíficos pintados con pigmentos aún vivos, parecían moverse con la luz que se filtraba en ángulos imposibles. Nut comenzó a sentir un cambio en el aire: un frío punzante le recorrió los brazos, erizando su piel. Afuera, el calor era abrasador, pero allí, a cada paso hacia arriba, la temperatura descendía como si ascendieran a una montaña en mitad del desierto.

Entonces lo vio, una bruma azulada que descendía lentamente por las paredes, como si el propio aire sudara luz. El faraón no parecía notarlo, caminaba con la misma serenidad de siempre, pero sus pasos resonaban más pesados, como si cada peldaño cargara un secreto.

Al llegar a lo alto, atravesaron un arco imponente. La sala que se abrió ante ellos no tenía techo, solo un cielo encendido por el sol. Pero las paredes eran altas, y en ellas se distribuían pequeñas aberturas, como celdas incrustadas en la piedra.

Nut se detuvo en seco.

Dentro de esas aberturas había cuerpos. Mujeres, en su mayoría jóvenes, con la piel reluciente de aceites pero con el rostro inexpresivo, como si durmieran con los ojos entrecerrados. Algunos labios estaban agrietados, otros respiraban apenas. En dos de los huecos más altos, descansaban hombres mayores, barbudos, con los pómulos hundidos y las manos colgando inertes, cuando ve a alguien conocido ¡Menhes! Estaba también entre las personas en las paredes, Nut se asustó más, no entendía nada que lo que iba a pasar.

La bruma azul parecía surgir de ellos, como si su aliento se escapara en ese color.

Nut sintió que la boca se le secaba, que sus piernas flaqueaban. Lo romántico, lo temido, lo esperado… todo lo que su padre había insinuado sobre el interés del faraón se disolvió en un instante. Aquí no había cortejo. Aquí había algo oscuro, algo que susurraba peligro en cada rincón.

El faraón la observó con esa misma frialdad, como si evaluara no su belleza, sino su resistencia.

—Tu destino no te pertenece —dijo al fin, y la frase cayó como una losa en su pecho.

Abajo, Akeru forcejeaba con los guardias.

—¡Déjenme verla! ¡Déjenme hablar con ella! —gritaba, sin importar que su voz se quebrara.

Uno de los soldados respondió seco:

—Por disposición del faraón, tu hija permanecerá aquí hasta nueva orden.

Akeru cayó de rodillas, derrotado, mientras los guardias se mantenían firmes.

Lo que ninguno de ellos notó fue que, en las sombras de un corredor cercano, Khapri escuchaba cada palabra. Había entrado sin ser visto, llevado por una mezcla de curiosidad y una extraña inquietud que lo consumía desde la mañana.

Cuando oyó que Nut quedaría en el palacio, sin despedirse de su padre, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era solo injusto: era antinatural. Nut nunca aceptaría aquello. Y él tampoco lo permitiría.

Con el corazón golpeándole las costillas, decidió moverse. Sabía que era una locura, que entrar al palacio del faraón era un crimen imperdonable. Pero también sabía que algo estaba muy mal, más allá de un simple capricho real.

El aire se volvió pesado a su alrededor, como si incluso las sombras le advirtieran que estaba a punto de cruzar un umbral del que no habría retorno.

El faraón se detuvo frente a ella. No dijo nada durante un tiempo que le pareció eterno. Sus ojos brillaban como brasas húmedas, y cuando por fin habló, su voz se quebró en un eco imposible, como si viniera de un abismo detrás de la sala.

—Dime, Nut… —su tono era grave, lento— ¿qué entregarías para que tu dios te escuchara?

Ella sintió que se le secaba la garganta.

—¿Darías tu voz? —continuó él, dando un paso más cerca—. ¿Tus manos? ¿Tu vida?

El corazón de Nut golpeaba como un tambor enjaulado. La temperatura de la sala descendió de golpe. Ella jadeó al ver su propio aliento convertido en humo blanco. Nunca había sentido un frío tan intenso; cada vello de su piel se erizó como una lanza.

Se inclinó de rodillas, rozando el suelo con la frente.

—Por favor… —murmuró, la voz quebrada—. Déjame ir…

El faraón extendió su mano. De sus dedos comenzó a brotar una bruma espesa, oscura, que reptó por el suelo como un animal. Nut intentó moverse, pero sus músculos se endurecieron; apenas podía girar los ojos.

La bruma la envolvió, penetrando entre las fibras de su vestido, pegándose a su piel como escarcha ardiente.

Un muro cercano se abrió con un crujido seco, revelando grietas que parecían bocas hambrientas. Una fuerza invisible la arrastró hacia allí. Nut luchó en vano. Sus uñas rasgaron la piedra, pero fue absorbida. Quedó incrustada en la pared, inmóvil, junto a otras figuras humanas que parecían talladas… aunque sus ojos aún brillaban con un resto de conciencia.

Nut pensó, aterrada:

“¿He muerto? ¿Y mi alma no ha podido salir?”