Promesas rotas
Cuando naces no tienes noción del infierno al que llegaste, y es divertido porque las personas parecen adorar a los bebés incluso cuando solo duermen y comen. Pero cuando ya no queda más entusiasmo, ¿Qué hay con eso? ¿Te conviertes en un niño abandonado de la noche a la mañana?
Todos te llaman bendición por no tener ni un pecado encima, pero... ¿Qué queda cuando son ellos mismos quienes te enseñan el pecado y de pronto ya no eres agradable? ¿Eres maldición? Es como si fueras solo basura en el mundo, no te adoran pero se abstienen de despreciarte solo porque se siente feo.
Y entonces, como te hacen creer que no sirves para nada, comienzas a servir de las maneras que todos esperan. Y cumples, pero... ¿También cumples con las expectativas de los demás?
Ese tipo de preguntas eran las que se hacía Eris todas las noches desde su cumpleaños número diez. Duraban cinco minutos, pero siempre estaban. Se quedaba viendo el techo cuando era hora de dormir y recordaba el apodo que Edgar Sinov, su padre le había guardado: joya de invierno. Y entendía que estaba hecha para mostrarse, para que la gente la viera y pensara tan solo en lo brillante que era, lo costosa que podía llegar a ser; no era nada más que una fachada.
A los dos minutos el silencio de la noche se sentía más profundo. Cuando cerraba los ojos e intentaba dormir, pero como siempre, sonaban las notas de aquél piano en su cabeza. Y sonaban tan fuerte.
Y su corazón se hacía pequeñito, apretaba la mandíbula cada vez que recordaba a Calliope, mamá. Todo se sentía pesado cuando veía en memorias borrosas el recuerdo de su sonrisa, de sus ojos verdes y su cabello rubio, y se volvía más pesado cuando entendía que ni siquiera el saco de piel más esponjoso en su armario le daría el calor que sentía cuando mamá estaba cerca.
Se removió en la gran cama, buscando calidez.
En el tercer minuto no hacía más que pensar en la noche que se marchó. El día que la rompió. Podía recordar cómo la mano de Orion se apretó alrededor de la suya cuando papá pronunció las palabras. "Mamá se fue". Sin más.
Pasó un año hasta el cumpleaños número diez, el primero de muchos sin la presencia de la mujer a la que más amaba, la única que la había hecho sentir comprendida a sus cortos nueve años. Fue aquel en el que su único regalo fue una libreta, una bastante vieja envuelta en papel de regalo de ositos y un lazo que hacía un moño. Le pareció basura, pero cuando Edgar le ordenó que lo guardara muy bien, obedeció.
En el cuarto minuto volvió a sus catorce, cuando Edgar se dignó a contarle lo sucedido. Ella estaba sentada en su oficina frente a su escritorio, admiraba los detalles que su padre guardaba, no había ni un poco de polvo en su escritorio y habían montones de carpetas acomodadas en sus estantes. "... murió porque cometió un error, Eris." Remarcó Edgar. Morir al cometer un error...
No murió, la asesinaron. Lo sabía porque leyó la libreta, con gotas de cera, tinta arruinada y bordes doblados, leyó hasta comprender cada palabra, desde los once hasta los trece; y entendió que Calliope había sido silenciada. Pero... ¿A beneficio de quién?
Un escalofrío le recorría el cuerpo cada vez que volvía a hacerse esa pregunta.
Al último minuto intentaba deshacerse del pasado, de todas las palabras hirientes y de las preguntas sin responder que una y mil veces le hizo a Edgar. Por un minuto no había un pasado, pero... había un deseo. Eris vivía privilegiada y lo sabía, tenía un clóset a reventar, una cama grande y cómoda, un dormitorio que igualaba el tamaño de las aulas del internado St. Luthien pero... el deseo de ser comprendida no entraba ni siquiera en todos los terrenos del internado. Era más grande. Volver a sentir que no hay que fingir para ser aceptada era algo que no podía cubrir ni con todo el dinero del mundo. La vida después de Calliope no fue nada más que Edgar obligándola a ser perfecta, a no mostrar signo de humanidad, a respirar bajito y caminar fuerte.
Pero entonces una vez más, eso a papá no le bastaba, porque por más reconocimientos de disciplina, por más libros que supiera citar en un sinfín de idiomas y dijera las mentiras mas venenosas sin siquiera pestañear, siempre estaba el susurro en aquella voz gélida:
Te amo si funcionas.
Ese que desencadenaba el temblor en sus manos, o los pestañeos frecuentes, o las náuseas. El que desencadenaba la necesidad de ser perfecta.
¿Ser perfecta significa ser amada?
Lo último que escuchó fue el graznido de un cuervo antes de cerrar los ojos. Aquél sonido le hacía cosas, la molestaba. Tal cual lo haría una niñita de nueve años, ella se hizo bolita bajo las sábanas, tirando de estas hasta cubrirse completa, como si eso pudiera jugarle a su favor; como si eso pudiera cambiar el destino.