Eres Mía (Castiel y tú)

Summary

En el instituto sweet Amoris, ella no pasa desapercibida: segura de sí misma, con un estilo alternativo y tatuajes que cuentan secretos ocultos. Su carácter desafiante llama la atención, pero también marca distancia con quienes no saben cómo enfrentarlo. Castiel, el chico rebelde y sarcástico, vive a su manera entre guitarras, problemas con profesores y la banda que lo define. No busca complacer a nadie... hasta que un encuentro inesperado en las escaleras traseras despierta un juego de miradas, sarcasmos y provocaciones que ninguno está dispuesto a perder. Entre acordes, secretos y noches llenas de tensión, descubrirán que a veces el amor no nace de la dulzura, sino del choque entre dos almas indomables.

Status
Complete
Chapters
42
Rating
n/a
Age Rating
18+

Primer Encuentro

El instituto Sweet Amoris no era diferente de otros: pasillos largos con carteles descoloridos, casilleros repletos de pegatinas y un murmullo constante de voces adolescentes que se repetía todos los días. Para la mayoría de los estudiantes, aquello era rutina, pero no para ella.

Llevaba apenas unas semanas en la escuela y, aunque aún no conocía a todos, ya había dejado una huella difícil de ignorar. No pasaba desapercibida: su ropa hablaba por ella. Aquella tarde vestía un pantalón de cuadros rojos y negros, botas gruesas, y un top blanco ajustado con un estampado provocador. Su cabello oscuro, liso y tan largo que sobrepasaba la cintura, caía como un río de tinta por su espalda. Entre mechones rebeldes asomaban tatuajes delicados en los brazos y hombros; pequeños símbolos que parecían secretos personales, guardados solo para quienes merecieran conocerlos.

A ella le gustaba sentirse observada, aunque no por vanidad, sino porque disfrutaba del impacto que causaba. Esa mezcla de curiosidad y desconfianza que despertaba en la gente le parecía entretenida. Ser “la nueva” en Sweet Amoris no era un problema: era una oportunidad para reinventar las reglas.

Ese viernes, después de clases, decidió quedarse un poco más. Los pasillos ya estaban casi vacíos; solo quedaban algunos ecos de risas lejanas y el crujido de puertas cerrándose. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, cuando un sonido distinto capturó su atención.

Era música.

Una guitarra eléctrica, tocada en un tono melódico, casi triste. No era el tipo de acorde que uno esperaría en un ensayo ruidoso: había en esas notas algo personal, íntimo, como si se tratara de un secreto convertido en sonido.

Curiosa, siguió el rastro. Pasó frente a las aulas vacías, giró hacia las escaleras traseras —esas que casi nadie usaba— y allí lo vio.

Castiel.

El famoso “chico problema” del que ya había escuchado rumores. Que si era arrogante, que si se metía en problemas con profesores, que si tocaba en una banda y se creía estrella de rock. Lo que veía en ese momento, sin embargo, no encajaba del todo con esa reputación.

Estaba sentado en el último peldaño, con la guitarra apoyada en las piernas y un amplificador pequeño a un lado. Su chaqueta de cuero estaba abierta, dejando ver una camiseta oscura debajo, y su cabello rojizo caía desordenado sobre su rostro concentrado. Tenía los ojos semicerrados, como perdido en la melodía, y por un instante ella lo observó en silencio, fascinada.

La escena parecía sacada de un videoclip: el rebelde solitario y su mundo privado, inalcanzable.

Pero ella nunca había sido de las que se quedaban mirando desde lejos.

—No sabía que el chico problema también componía serenatas —comentó, con una sonrisa ladeada, apoyándose contra la pared.

Castiel alzó la mirada lentamente. Sus ojos, de un tono grisáceo intenso, la recorrieron de arriba abajo con descaro. Una ceja se arqueó y la comisura de sus labios se curvó en una media sonrisa burlona.

—Y yo no sabía que las muñecas góticas salían de sus vitrinas a estas horas.

Ella soltó una carcajada, divertida.

—¿Muñeca gótica? Qué original. Déjame adivinar… ¿lo pensaste mucho o se te agotaron los insultos?

Él dejó la guitarra a un lado y se recostó contra la baranda metálica de la escalera, sin perderle la mirada.

—No, solo que me das la impresión de alguien que podría morder si se lo propone.

Ella arqueó una ceja, acercándose un par de pasos.

—¿Y tú me das la impresión de alguien que se hace el duro para ocultar que en el fondo escribe canciones de amor.

Castiel sonrió con ironía, mostrando un destello de diversión genuina.

—Eso jamás lo sabrás.

Ella inclinó la cabeza hacia un lado, como quien evalúa un reto.

—Oh, créeme, me voy a enterar.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Ninguno apartaba la mirada, como si en ese instante estuvieran midiendo fuerzas en un duelo invisible. El murmullo lejano de un coche pasando por la calle fue lo único que rompió la quietud.

Finalmente, él alzó la guitarra de nuevo, pero no tocó. Solo la sostuvo, mirándola con esa expresión indescifrable.

—Tienes agallas —dijo en un murmullo, casi como si hablara para sí mismo.

Ella sonrió con satisfacción, girando sobre sus talones para marcharse.

—Nos vemos pronto, rockstar.

Castiel la observó alejarse, su cabello negro moviéndose con cada paso seguro. Una sonrisa ladeada apareció en sus labios, más auténtica que las anteriores. No lo admitiría en voz alta, pero en ese instante supo que esa chica no era como las demás. Y que quizá, solo quizá, estaba a punto de meterse en un juego peligroso… uno que no estaba seguro de querer detener.