Capítulo I: Una Vida Robada

¿Qué mierda hace él aquí? — pensé al apartar la vista de la ventana y encontrar a Matteo, mi hermano mayor, parado en la puerta del aula, buscándome con esa mirada que no veía desde hacía más de diez años.
Mi corazón se aceleró y no sabía si acercarme o salir corriendo. Solo podía pensar una y otra vez: ¿Por qué ahora? ¿Por qué a mí?
Gabriel, a mi lado, me miró confundido al notar cómo me tensaba en el asiento. Intenté sonreírle para que creyera que todo estaba bien, pero lo único que conseguí fue una mueca torpe que seguramente dijo lo contrario.
Matteo no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada con esos ojos verdes que siempre me parecieron imposibles de descifrar. Finalmente, se acercó a mi maestra y le susurró algo que no alcancé a oír.
Al instante, vi cómo los ojos de ella se abrían como platos. Se giró hacia la clase y, con voz baja y temblorosa, pronunció:
—¿Liam... Scarlatti?
Sentí un frío recorrerme desde la nuca hasta los pies, mi corazón empezó a golpearme el pecho, y el sudor bajó por mi espalda como si el aula se hubiera congelado.
La maestra, al ver que nadie respondía, volvió a mirar a mi hermano, preguntándole con la mirada si estaba seguro de que ese era el nombre. Matteo asintió con calma, sin apartar la vista de ella… sin siquiera girarse hacia mí.
—¿Liam Scarlatti? —repitió, como si aún dudara de estar diciendo el nombre correcto.
Y cómo culparla… todo el mundo en este país conocía a los Scarlatti: la familia más poderosa y rica de todas.
Pero nadie sabía a qué se dedicaban realmente. Solo se sabía su estatus y su poder… lo demás era un misterio que alimentaba rumores y fantasías.
Cuando vio que, otra vez, nadie respondía, volvió a girarse hacia Matteo.
Fue entonces cuando él me señaló sin titubear.
En ese instante, todos mis compañeros —incluidos mis amigos— se giraron hacia mí, incrédulos.
Esta vez lo miré directo a los ojos, con rabia. Había intentado enterrar ese nombre, junto con todo lo que significaba… y, sobre todo, jamás lo había pronunciado aquí. Pero ahora, todos lo escuchaban.
Para muchos, ese apellido era una bendición. Para mí… una condena de la que había logrado escapar. Una condena que ahora venía a arrastrarme de vuelta.
Y todo por su culpa. Por aparecer aquí. Por atreverse a pronunciarlo como si fuera un honor, mientras yo solo deseaba que la tierra me tragara y me escupiera en algún lugar remoto.
Sin otra opción aparente, empecé a recoger mis cosas en silencio y me levanté de la silla, con la mirada clavada en el suelo.
Mientras caminaba hacia la puerta, no miré a nadie. No me atreví. Al llegar a su lado, ni siquiera lo saludé; simplemente pasé junto a él, asegurándome de chocar nuestros hombros.
Pareció entender que no tenía ganas de hablar… o, al menos, no con él. Así que, en silencio, me indicó que siguiera por el pasillo.
No me detuve a pensar hacia dónde íbamos. Solo lo seguía. Fue minutos después, al chocar con su ancha espalda, que me di cuenta de dónde estábamos.
Fruncí el ceño.
Esa era… la clase de Samuel.
¿Qué demonios hacía Matteo llevándome allí?
A través del cristal de la puerta, lo vi sentado junto a la ventana, igual de distraído que yo había estado apenas unos minutos antes. No parecía tener idea de lo que estaba por pasar.
Matteo abrió la puerta sin decir una palabra, tal y como había hecho conmigo, y me indicó que entrara también.
Pensé en negarme, en decirle que prefería quedarme fuera esperando, pero ya todos tenían sus ojos puestos en nosotros… en mí.
Vi a Samuel girarse, confundido. Su amigo —cuyo nombre no lograba recordar en ese momento— le dijo algo que lo hizo reaccionar.
Al darse cuenta de mi presencia y de quién me estaba acompañado, vi cómo su expresión se tensaba de inmediato. Su ceño se frunció, como si intentara buscar una explicación lógica a algo que no la tenía.
—¿Liam? —preguntó, más como una confirmación que como un saludo.
No supe qué responderle. Yo mismo no tenía respuestas.
Matteo ni se inmutó; simplemente le hizo una seña para que se levantara. Samuel lo miró con desconfianza y luego me miró a mí, esperando que yo le dijera algo… pero no pude.
El silencio se volvió incómodo, pesado, como si toda la clase contuviera la respiración.
Finalmente, Samuel se puso de pie. Su amigo lo miró con la misma confusión que Gabriel me había mostrado minutos antes, y yo… yo solo quería que todo aquello fuera un mal sueño.
Al ver que ya estábamos los dos afuera con nuestras cosas, Matteo volvió a guiarnos, esta vez hacia la salida.
Allí sacó las llaves de su coche y se dirigió al parking, donde pude visualizar un Mercedes-Benz Clase S, el tipo de vehículo que solo un idiota con dinero como Matteo podría llevar a un instituto.
Samuel y yo dudamos un poco sobre si subirnos o no; empezaba a intuir a dónde nos podría llevar, y la idea no me hacía ninguna gracia. La incertidumbre se posaba en el aire, pesada, casi palpable.
Al notar nuestra lucha interna, Matteo decidió intervenir con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Será mejor que subáis ya, no tenemos todo el día y el abuelo se enfadará conmigo —pronunció con calma, aunque parecía que su paciencia con nuestra falta de cooperación empezaba a agotarse.
Ante la mención de nuestro abuelo, entendí hacia dónde nos llevaba todo esto, y las ganas de echar a correr y huir se instalaron en mí.
Sabía que sería una tontería, que solo me pondría en peligro, pero no tenía la fuerza ni la energía para volver a ese lugar.
Samuel vio mis intenciones y, sabiendo que terminaría mal, me detuvo tomándome de la mano.
—Estate quieto, Li —susurró para que Matteo no nos oyera—. No hagas ninguna estupidez.
—Sabes muy bien a dónde nos quiere llevar, Sam —le dije enfadado—. ¿En serio esperas que me quede tranquilo cuando lo único que quiere es devolvernos a ese lugar?
—Créeme, yo tampoco quiero volver ahí, pero ahora lo mejor es hacer lo que dice —me calmó, acariciando mis manos—. No sabemos si viene acompañado... Además, mis padres no permitirán que estemos mucho tiempo allí, así que relájate.
Eso era cierto; sus padres, que también son mis tíos, han cuidado de nosotros desde niños. A ellos tampoco les gusta ese lugar y tenían planes de marcharse, solo ellos tres.
Pero todo cambió cuando me encontraron asustado y a punto de romper en llanto por haber ido a ver el entrenamiento de mi hermano y mi prima. Eso fue lo que los hizo hablar con mis padres para que me llevaran con ellos y así alejarme de esa casa y de ese apellido.
Sentí un nudo en la garganta al recordar ese día. Desde entonces, todo había cambiado, y ahora parecía que el pasado me alcanzaba de nuevo.
Matteo esperó pacientemente, pero yo seguía dudando. Samuel apretó mi mano con suavidad, dándome la fuerza que me faltaba.
—Vamos, Liam —susurró—. No estamos solos en esto.
Respiré hondo y, sin decir nada más, subí al coche esperando que el trayecto durara poco.
Para mi mala suerte, a mitad de camino nos topamos con un atasco que no parecía tener intención de moverse pronto.
Y para rematar, Sam llevaba puestos sus auriculares, así que hablar con él no era una opción.
Intenté concentrarme en algún juego de mi teléfono e ignorar por completo a mi hermano, pero mi mirada siempre terminaba, inconscientemente, desviándose hacia el asiento del conductor.
Matteo notó mi mirada varias veces, pero no dijo nada, como si estuviera esperando que fuera yo el primero en romper aquel silencio incómodo.
Después de unos minutos de tensión, y al ver que yo no tenía intención de hablar, finalmente él rompió el silencio, con una voz baja pero firme:
—Sé que no entiendes por qué estás aquí, Liam. Pero no es solo cuestión de apellidos ni del poder que conllevan. Esto es más grande que nosotros mismos.
No respondí, pero mis ojos seguían clavados en él. La seriedad en su rostro me hacía pensar que esta vez no era un juego suyo ni una visita casual.
—Quiero que sepas que no estás solo en esto. —continuó—. Todo esto es para protegeros, aunque ahora no lo parezca.
Suspiré y, por primera vez en mucho tiempo, sentí un peso distinto, uno que mezclaba miedo, rabia… y quizá una pizca de esperanza.
Por suerte, el atasco decidió disiparse justo en ese momento, así que no tardamos mucho más en llegar. Matteo aparcó el coche rápidamente y nos indicó que debíamos bajar.
Frente a nosotros se alzaba una mansión con años de antigüedad y cargada de historia.
La mansión que nos vio nacer y dar nuestros primeros pasos, pero también la que guardaba malos recuerdos.
Mansión la cual habíamos escapamos hacía ya tantos años y a la que ahora nos sentíamos obligados a regresar.
La mansión de la familia Scarlatti.
Samuel, ya sin sus auriculares, y yo nos quedamos unos minutos contemplando esa fachada.
El inmenso jardín donde pasábamos horas jugando, aquel pequeño estanque que albergaba peces de colores, las altas vallas que lo rodeaban todo y que en alguna que otra ocasión tratamos de escalar.
Miráramos por donde miráramos, cada rincón guardaba algo de nuestro pasado: un recuerdo que nos hacía sonreír, otro que nos ponía tristes.
Al cruzar de nuevo sus imponentes puertas, un escalofrío recorrió mi espalda. El lujo del lugar no lograba ocultar una sensación extraña, casi inquietante.
Los pasillos amplios y fríos parecían susurrar secretos enterrados, y la luz se filtraba débil entre pesadas cortinas, dando sombra a rincones donde la oscuridad parecía acechar.
Había algo más allá del esplendor; un peso invisible que aplastaba el aire y hacía que cada paso se sintiera como invadir un territorio prohibido.
Sin saberlo, habíamos entrado en un mundo donde el brillo superficial escondía sombras profundas, y donde la verdad sobre los Scarlatti solo empezaba a entreverse.
En el salón principal, nuestras primas Isabella y Camila nos observaban en silencio, con miradas cargadas de reproche y desconfianza.
Nuestros tíos y padres estaban ahí también, sus rostros serios y marcados por años de preocupación. Mi otro hermano, Nicolas, permanecía firme, sin mediar palabra.
Pegados a las paredes se encontraban fácilmente unos cinco guardaespaldas de la familia, los cuales miraban todo expectantes.
Probablemente alguno que otro había cuidado de nosotros cuando aún vivíamos aquí.
Y, en un lugar destacado, el abuelo Alessandro nos esperaba con esa mirada fría y calculadora que había dictado el destino de nuestra familia durante décadas.
El ambiente estaba tan tenso que parecía que el silencio iba a romperse en cualquier momento con una palabra equivocada, un gesto fuera de lugar.
Nadie decía nada, pero todos sabíamos que ese reencuentro era mucho más que una simple reunión familiar. Era el inicio de algo que ninguno de nosotros quería, pero que estaba destinado a suceder.
Finalmente, y tras el silencio incomodo el abuelo decidió hablar:
—Por fin llegáis —Su voz salió grave y rasposa, se notaban los años vividos —. Llevamos esperándoos una hora Matteo ¿Cres que esas son formas de cumplir con una de mis ordenes?
—Lo lamento, nos encontramos con un atasco viniendo hacia aquí —pronunció el haciendo una reverencia. Su tono era suave y parecía asustado de lo que el abuelo pudiera hacerle por la espera.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, clavando la mirada en el abuelo—. ¿Para qué nos habéis traído? Creía que ya no teníamos nada que ver con esta familia.
Mi voz sonaba dura, molesta. No me importaba quién estuviera delante, solo quería respuestas. Ni siquiera había podido despedirme de mis amigos.
—Liam, querido, cuánto tiempo —respondió el abuelo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Crees que esas son formas de hablarle a tu abuelo después de tanto tiempo?
—Quizá te hablaría mejor —le contesté, el tono desafiante— si al menos nos explicarais por qué demonios estamos aquí, después de sacarnos casi a la fuerza de clase.
Isabella tosió suavemente, intentando suavizar la tensión.
—Es hora de que entiendan que este es de nuevo su hogar. No pueden seguir huyendo del pasado ni de su sangre.
El silencio volvió a apoderarse del salón, pesado y denso, como una nube que amenaza con estallar en cualquier momento.
—Mañana comenzaremos con el entrenamiento —sentenció el abuelo—. Quiero a ambos listos para lo que se viene. No hay más discusiones.
Y con eso, el mensaje quedó claro: el regreso no era una opción, sino una imposición.
—Isabella, Matteo, llévenlos a sus habitaciones, tienen que descansar —ordenó el abuelo con voz firme—. Aseguraos de que no salgan de la mansión.
Sin esperar respuesta, desapareció por uno de los pasillos, tan desconocido para mí que ni siquiera recordaba a dónde llevaba.
Poco después, mi prima y mi hermano se acercaron y, tras una breve conversación en voz baja, decidieron que Isabella guiaría a Sam a su habitación, mientras que Matteo me llevaría a mí.
Nuestras habitaciones estaban en el tercer piso, justo enfrente la una de la otra. El camino por el pasillo se sentía más pesado de lo que esperaba, como si cada paso me recordara todo lo que había intentado olvidar.
Matteo abrió la puerta de lo que sería mi nueva habitación y esperó a que esta vez fuera yo el primero en entrar. Al hacerlo, me sorprendió ver que todas las pertenencias que tenía en casa de mis tíos estaban ahora aquí.
—¿Cuándo trajeron mis cosas? ¿Y cómo saben dónde vivíamos? —pregunté, realmente esperando que me dijera la verdad y no solo mentiras disfrazadas.
—Esta mañana, poco antes de ir por vosotros —parecía sincero, o al menos eso decían sus ojos—. En cuanto a lo otro… ¿De verdad pensabais que os podíais esconder de nosotros? —soltó una risita irónica—. El abuelo mandó a uno de los guardaespaldas a seguiros para saber dónde estabais, solo por si pasaba algo peligroso.
—¿Algo peligroso? ¿Eso significa que estamos en peligro? ¿Por eso nos trajeron a la fuerza?
—Será mejor que deshagas tus maletas y descanses, ya has escuchado al abuelo, mañana empezáis a entrenar —cambió de tema mientras se dirigía a la puerta.
—¡Oye, Matteo! No te vayas sin responderme. ¡Cobarde! —intenté seguirlo para exigir una respuesta, pero fue más rápido y me cerró la puerta en la cara.
Mierda —maldecí para mis adentros. Era obvio que nos ocultaban la verdadera razón por la que nos habían traído, pero también sabía que Sam y yo lo descubriríamos, aunque no nos lo contaran.
No tenía ni idea de lo que podían saber de nosotros, pero era evidente que nos subestimaban lo suficiente como para pensar que nos quedaríamos ahí de brazos cruzados.
Decidí no darle más vueltas por ahora y comencé a fijarme mejor en la habitación, ya que apenas había tenido tiempo de echar un vistazo rápido.
Era amplia, con paredes pintadas en un tono gris claro que parecía reflejar la luz tenue que entraba por la ventana. Había un escritorio ordenado, una cama grande con sábanas perfectamente dobladas y un armario empotrado que parecía demasiado elegante para mí.
Sobre una estantería, algunas pocas cosas personales destacaban: un par de libros, una foto enmarcada de cuando éramos niños, y allí, apoyado en un rincón, mi patinete de skate, con sus ruedas ya desgastadas y la tabla marcada por las caídas y trucos que le había hecho.
Ese patinete era más que un objeto, era como un pedazo de mi libertad en medio de ese lugar que me recordaba a una cárcel dorada.
Sin pensarlo, me acerqué y lo tomé entre las manos sintiendo un poco de paz en medio del caos que me rodeaba.
Ese patinete había sido mi escape, mi refugio cuando las cosas se ponían difíciles. Y ahí estaba, esperándome, como si fuera la única conexión real con el mundo fuera de aquella mansión.
Mientras sostenía mi patinete entre las manos, el sonido vibrante de mi teléfono interrumpió el silencio de la habitación. En la pantalla, el nombre de Gabriel brillaba con insistencia.
—¿Todo bien, Liam? ¿Quieres salir con nosotros? Las chicas y yo vamos a patinar un rato. —decía el mensaje.
Un impulso inesperado me atravesó el pecho: necesitaba salir de ahí, sentir el aire libre, aunque fuera por un rato, olvidar la mansión y a toda esa familia que me asfixiaba. Respondí sin dudar:
—Sí, Claro, Ahora nos vemos.
Sin perder tiempo, empecé a preparar mi mochila, metiendo lo imprescindible. Justo cuando abría la puerta para bajar, una figura bloqueó el pasillo.
Era Nicolás.
Sus ojos eran fríos, firmes, pero no sin un dejo de preocupación.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó con voz grave, bloqueando el paso.
—A dar una vuelta. Necesito aire —respondí, tratando de sonar firme.
—No vas a ningún lado sin permiso —dijo, cruzándose delante de mí—. No entiendes el peligro que corres.
Sentí que los ojos me ardían. —¿Qué peligro? —insistí, con una mezcla de frustración y miedo—. ¿Por qué no me dices qué es? Tengo derecho a saberlo.
Nicolás bajó la mirada y apretó los labios con fuerza. —No puedo decírtelo. El abuelo no lo permite.
—¿Así que prefieren mantenernos en la oscuridad? —exclamé, la rabia quemándome por dentro—. ¿Creen que soy un niño incapaz de manejar la verdad? Solo quiero salir, respirar, sentir que todavía puedo decidir.
—No es eso —respondió él, con un suspiro—. Solo quieren protegeros. Por ahora, tenéis que confiar en nosotros.
—¿Y qué hay de mi libertad? —la tensión creció en el aire, la discusión se hacía más pesada—. No pienso quedarme aquí encerrado mientras el mundo sigue afuera.
Nicolás me miró con dureza, pero al ver que no iba a ceder, suspiró.
—Está bien —dijo finalmente—. Saldrás, pero irás acompañado. Un guardaespaldas te escoltará.
No me gustó la idea, pero la necesidad de escapar pudo más que el orgullo. Asentí y Nicolás llamó a uno de los hombres que vigilaban la mansión.
—Al menos haz que sea discreto —ordené.
En menos de cinco minutos, un tipo alto y serio apareció frente a mí. No dijo nada, solo me indicó con la cabeza que lo siguiera.
Salí al pasillo, aliviado, por un lado, pero consciente de que nada sería tan sencillo como creía.
Aun estando fuera de esas cuatro paredes, se me hacía difícil respirar; la opresión no desaparecía.
Solo esperaba llegar rápido y ver a mis amigos para, al menos, poder respirar con calma, sin sentir que alguien me vigilaba constantemente.
El skatepark estaba escondido entre los árboles, como un pequeño refugio en medio del ruido de la ciudad. Las rampas y barandas, desgastadas por el tiempo, parecían contar historias de mil caídas y aciertos.
El aire fresco se colaba entre las hojas, y por primera vez en horas sentí cómo el peso en el pecho empezaba a aliviarse.
Aquí, lejos de la mansión, el mundo parecía más sencillo, y el sonido de las ruedas deslizando sobre el concreto creaba una burbuja de tranquilidad donde podía ser solo yo mismo.
Al pisar el concreto, sentía cómo se desvanecían las preocupaciones, como si el aire mismo estuviera cargado de una calma profunda. El sonido del viento rozando las hojas, todo creaba una burbuja donde el tiempo se detenía.
Allí, solo con mi tabla, el mundo parecía más sencillo, y la presión de mi vida diaria se diluía. A lo lejos los vi, y una sonrisa se dibujó en mi cara sin poder evitarlo, marcando mis hoyuelos.
Ahí estaban Clara y Lara, mis mejores amigas desde que tenía nueve años. Clara, pelirroja, tenía unos ojos verdes tan intensos que parecían capaces de derretirte con una sola mirada.
Llevaba el pelo suelto, algo poco habitual en ella, y vestía unos pantalones anchos junto a una camiseta un par de tallas más grande, con ese estilo despreocupado que la hacía única.
Lara, en cambio, llevaba el pelo rubio recogido en dos trenzas que dejaban al descubierto sus grandes ojos azules. Su ropa era más práctica: un peto verde combinado con un top blanco que le daba un aire fresco y juvenil.
Por último, estaba Gabriel, imposible de perder de vista gracias a su gran altura. Su pelo negro, despeinado por el viento, le daba un toque atractivo y casual. Iba con una sudadera roja sencilla y unos vaqueros, preparado para la acción.
Todos tenían sus protecciones puestas y los patines descansaban a sus pies, listos para comenzar.
Al verme, también sonrieron, y cuando llegué a su lado, Lara fue la primera en acercarse y darme un abrazo. Clara y Gabriel no tardaron mucho en unirse, y en ese pequeño gesto lograron arrancarme toda la tensión que llevaba encima.
No perdimos más tiempo y nos dirigimos directo a las rampas que el parque nos ofrecía, ese lugar que desde hace años se había convertido en nuestra guarida y mi refugio personal.
Sin poder evitarlo, de vez en cuando mis ojos se desviaban hacia donde sabía que el guardaespaldas me custodiaba.
Con la discreción que había pedido a mi hermano, él estaba sentado en un banco alejado, fingiendo leer un libro, pero con una vista completa del lugar.
Gabriel me pilló una vez mirando hacia el guardaespaldas y soltó una sonrisa cómplice.
—¿Te sigue la sombra, Liam? —bromeó bajito para no llamar la atención.
Al oír eso, me puse nervioso de inmediato. No quería que ninguno de ellos descubriera quién era realmente mi familia, más allá de lo que ya sabían o suponían por mi apellido recién descubierto.
Y, sobre todo, no quería que se vieran afectados por todo ese mundo oscuro que yo apenas empezaba a entender.
—No, no es nada —respondí rápido, intentando que mi voz sonara casual, aunque por dentro estaba todo revuelto.
Lara frunció el ceño, percibiendo que algo no encajaba, pero no insistió. Clara, con esa mirada siempre llena de intuición, me dio un apretón en el brazo, como diciendo “estoy aquí para ti”.
Gabriel volvió a sonreír, pero esta vez más serio.
—Si necesitas hablar, sabes que estamos para escucharte, Liam. No tienes que cargar con todo solo.
Sentí un nudo en la garganta. Quería contarles, explicarles lo atrapado que me sentía, pero las palabras se negaban a salir.
—Gracias, chicos —murmuré—. De verdad, gracias.
Me coloqué el casco y me lancé a las rampas, intentando dejar atrás no solo la mirada del guardaespaldas, sino también el peso del apellido Scarlatti que me estaba robando la libertad.
Justo cuando me lancé a las rampas, intentando dejar atrás todo, algo me hizo girar la cabeza de golpe.
Allí, entre la penumbra de una esquina, había algo, o, mejor dicho, alguien.
No lo conocía, ni parecía alguien de los que suelen andar por aquí. Su mirada estaba fija en mí, fría y calculadora, como si esperara algo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No entendía quién era ni qué quería, pero esa presencia no parecía casual. Sentí que me observaba con una intensidad que me dejó paralizado un segundo.
Vi que sacaba un teléfono y tecleaba rápido, sin apartar la vista de mí. Por su gesto, parecía que estaba avisando a alguien sobre mí.
En ese instante, algo en mi interior me dijo que no era un simple desconocido, que ese hombre representaba una amenaza que todavía no podía comprender.
Tragué saliva y aceleré el paso, sin mirar atrás, con el corazón latiendo tan fuerte que creí que me iba a delatar.
No sabía quién era ese tipo ni qué quería, pero algo me dijo que mi vida ya no iba a ser igual.