Chapter 1: A DONDE EL MAR SE DIRIJE
Entre una sala roja llena de misterios, dos figuras conversaban.
La primera estaba sentada en un trono, con corona y un traje elegante, similar al de un rey. Su sonrisa amplia transmitía confianza. La segunda, en cambio, era solo humo negro con ojos, boca y cabellos que se movían como bruma.
—Me alegra verte llegar, mi querido amigo —dijo el extraño “rey”.
El otro respondió con voz grave:
—Para empezar, no somos amigos. Solo me llamas cuando quieres algo. Y ya te traje lo que pediste.
Sacó de entre la sombra una piel de lobo y se la entregó.
—Te lo agradezco… pero tengo un último favor que pedirte —dijo el rey.
—¿Y ahora qué quieres? —bufó el ser oscuro.
—Busca el único barco que esté naufragando en el mar y tráelos aquí. Tengo una cuenta pendiente con uno de sus tripulantes.
—¿De acuerdo… pero cómo lo haré sin un cuerpo?
—Precisamente por eso —contestó el rey con una sonrisa—. Te devolveré tu cuerpo y tu vida para que cumplas la misión. Al terminar, dejaré tu existencia en paz… aliado.
—En ese caso —dijo el ser, casi con alivio—, haré lo que pueda para traerlos a ti.
—Esa es la actitud. Solo recuerda: los ganadores se llevan todo… y los perdedores caen al vacío.
El aliado salió de la habitación, decidido a cumplir su misión y obtener la libertad que tanto anhelaba. Ignoraba lo que estaba por venir.
—Dos días después—
El mar estaba en calma, el sol brillaba con fuerza y el clima parecía perfecto: ni una sola nube oscurecía el cielo azul.
Entre las olas navegaba un yate en travesía: La Paloma Blanca. A bordo iban tres tripulantes: Ember, Matthew y Charles.
—Aún no hay tierra a la vista, ¿cierto? —preguntó Charles, agotado.
—No, aún no —respondió Ember con cansancio y desesperación—. Así que, por favor, no seas impaciente.
—¡Llevamos dos días en el mar! ¿Qué psicópata hace eso? —protestó Charles.
Matthew rió y le contestó:
—Nosotros somos esos psicópatas. Recuerda que lo hacemos por una buena causa. Aunque sí, parece que nos estamos asando vivos.
—¡¿Verdad que sí?! —exclamó Charles—. En poco tiempo voy a ser un Charles asado. ¡Y les juro que mi alma les va a jalar las patas si muero aquí! ¡Necesitamos tierra!
—Por una vez, ¿pueden callarse al menos un minuto? —pidió Ember, frotándose la frente—. No puedo ni escuchar mis propios pensamientos. Aunque admito que tienen razón: debemos encontrar tierra firme antes del anochecer.
Charles la miró con burla.
—Por primera vez no te guías por tus instintos. Pareces una hermana mayor tú… Espera, ¿por qué exactamente antes de la noche?
—¿Tan inocente eres, niño de dieciocho? —se burló Matthew.
—Para tu información, tengo dieciocho y medio —respondió Charles, indignado—. Por algo estoy en Squad Summer. Y sí, soy tan inocente que, al menos, yo no ando haciendo el “albur del trece” a medio mundo.
—¡Por favor, chicos! ¿Pueden dejar de pelear? —suplicó Ember.
Charles cambió el tema de golpe:
—Oye Ember, lo de tierra firme antes de la noche… ¿te refieres a las criaturas marinas?
—Sí. Esa es la razón. Y el sol ya está bajando… aún no veo tierra por ningún lado.
Charles suspiró dramáticamente.
—Ahora que lo pienso, es raro que estemos buscando el peligro en un yate… cuando podríamos usarlo como lo harían los millonarios.
—¿Y qué tiene que ver eso con lo que buscamos? —preguntó Matthew, arqueando una ceja.
—Nada, nada… solo se me ocurrió.
El silencio se apoderó de la cubierta, hasta que Ember gritó emocionada:
—¡Tierra a la vista! ¡Detengan el yate, chicos!
—¡Por fin! Y en récord: llegamos una hora antes del anochecer —celebró Charles.
—Ahora que lo dices, es verdad —añadió Matthew.
—¿Qué es verdad? ¿Lo de la hora? —preguntó Charles.
—No. Que más que navegantes, parecemos piratas en un yate.
—Te lo dije, la verdad es la verdad —rió Charles.
—Bien, Squad Summer —intervino Ember—. Vamos a instalar nuestras cosas en la isla y luego veremos qué hacemos hasta el amanecer.
Se “hospedaron” en la pequeña isla que habían encontrado para pasar la noche. Al fin y al cabo, ¿qué podría salir mal?
Encendieron una fogata para no morir de frío. El día había sido como estar bajo el sol del desierto, y la noche se sentía como la mismísima Antártida.
—Bueno, chicos, supongo que ya es hora de dormir —dijo Charles, adormilado.
—Sí, ya es hora —susurró Ember, somnolienta—. Mañana tenemos que seguir navegando.
Entraron en sus casas de campaña y dieron por terminado el día, buscando energías para la travesía que los esperaba.
La noche era tranquila. El único sonido era el vaivén de las olas contra la orilla…
Nada fuera de lugar.