Capítulo 1
—Ya no deberíamos seguir viéndonos.
No hay forma sutil de romperle el corazón a alguien, pero Anthony siempre tuvo el talento de hacerlo con una voz suave mientras dejaba caer las bombas más crueles.
Me quedé quieta, con las sábanas a medio cubrirme, observando cómo Anthony, ese mismo Anthony que una hora atrás me abrazaba como si yo fuera su refugio, ahora no era capaz de sostenerme la mirada.
—¿Ha sucedido algo? —pregunté, intentando que la voz no me temblara, mientras sentía cómo cada palabra me deshacía un poco más.
Sus ojos estaban fijos en el suelo, como si ahí estuviera escrita la respuesta, dibujada entre las líneas del parqué. Se frotó las palmas contra los muslos, ese gesto nervioso que siempre hacía antes de soltar algo que no quería decir.
—Rhoan… estoy conociendo a alguien.
Su voz fue un golpe seco, directo al pecho, y me dejó sin aire.
—Quiero darme la oportunidad con esa persona —continuó, y sentí cómo la habitación se encogía a mi alrededor, como si todo a mi alrededor se hubiera vuelto demasiado pequeño para mí.
Tragué saliva. Tenía mil cosas que decirle. Quería gritarle que no tenía derecho a romperme después de hacerme creer que todavía quedaba algo entre nosotros, quería preguntarle por qué siguió buscándome si en su cabeza ya rondaba la idea de “alguien más”. Pero nada de eso salió de mi boca.
—Yo… entiendo.
Mentira. No entendía nada. ¿Cómo entender que alguien te deje mientras aún huele a ti?
Me levanté lentamente, torpe, como si aprendiera a caminar de nuevo. Recogí mi ropa y me vestí en silencio, tratando de sostener la poca dignidad que me quedaba. Anthony también se puso de pie, pero no dio un paso hacia mí; se quedó al borde de la cama, mirándome de reojo, como si él fuera el que necesitaba consuelo.
—Podemos seguir siendo amigos, si tú quieres —dijo, vacilante.
Lo miré sin saber si reír o llorar. ¿Amigos? Claro que sí, amigos. No le respondí; no valía la pena. Salí de la habitación sin mirar atrás. No podía seguir ahí. No podía permitir que viera el desastre que acababa de dejar en mí, ni mis lágrimas.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas. No sollozaba todavía, pero los ojos me ardían y el pecho me dolía como si algo dentro se hubiera roto para siempre.
Presioné el botón del ascensor con fuerza, como si eso pudiera acelerar algo.
El ascensor, en cambio, se tomó su tiempo.
Ese tiempo suficiente para que los recuerdos me atacaran sin piedad.
Cuando las puertas por fin se abrieron, no miré si había alguien dentro. Me acurruqué en una esquina, apretando la mano contra mis labios para contener los sollozos que me quemaban la garganta.
Ahí, en esa caja de metal suspendida entre pisos, fue imposible no pensar en cómo terminé así.
Anthony y yo fuimos novios un año. Un año donde yo creí que todo era firme, seguro, nuestro. Hasta que, un día, de la nada, me dijo que no estaba en su mejor momento, que no quería arrastrarme a sus problemas y que era mejor terminar. Y lo acepté. No quise obligarlo a quedarse.
Pero nunca dejamos de vernos. Seguíamos buscándonos como si nada hubiera cambiado, como si “romper” fuera solo una palabra vacía. Seis meses así: sin títulos, sin promesas, sin nada… y yo conformándome con migajas, creyendo que amar a alguien era aceptar cualquier versión de ellos, aunque esa versión doliera.
Y ahora, después de todo, él sí estaba listo. Solo que no era conmigo.
El ascensor se detuvo en uno de los pisos y sentí movimiento a mi lado. No levanté la mirada. No podía. Justo antes de que la persona saliera, una mano se tendió hacia mí.
Un pañuelo.
No hubo palabras.
No hubo miradas.
Solo ese pequeño gesto silencioso, sencillo… humano.
Lo tomé sin dejar de llorar y apreté la tela entre mis dedos como si fuera lo único capaz de sostenerme en pie. Cuando las puertas se cerraron otra vez, estaba sola, pero de alguna manera, ese pañuelo me hizo sentir un poco menos invisible. No mejor, no menos rota… solo vista.
El ascensor siguió bajando y, con cada piso, sentí que mis fuerzas se desmoronaban. Por fin dejé de contenerme y lloré como si de eso dependiera volver a respirar.
El ascensor se abrió en la planta baja, y el frío del vestíbulo me golpeó de lleno. Afuera, la ciudad seguía su curso, ajena a la catástrofe que acababa de atravesarme.
La recepcionista me miró de reojo. Tal vez vio mis ojos hinchados o tal vez le di igual. La gente siempre parece mirar hacia otro lado cuando no sabe qué hacer con el dolor ajeno.
Empujé la puerta de vidrio y una ráfaga de viento helado me despeinó. La calle estaba húmeda por la lluvia reciente; los charcos reflejaban luces de neón y faros de autos que pasaban sin detenerse. Todo seguía funcionando, como si el mundo no se hubiera dado cuenta de que yo acababa de romperme.
Quise caminar sin rumbo, pero mis pies me llevaron automáticamente hacia la parada del bus. Cada paso se sentía pesado, como si en lugar de piernas tuviera columnas de cemento. La bufanda que siempre me daba calor ahora no lograba hacerme sentir nada.
Me senté en el borde de la banca, abrazando mi bolso como si pudiera protegerme de algo. Cerré los ojos, intentando no pensar… y claro que pensé.
Pensé en cómo habíamos llegado hasta aquí, en todas las veces que me quedé cuando debí irme, en todas las señales que ignoré solo por tenerlo un poco más. Pensé en su voz llamándome “Rhoan” con esa mezcla de cariño y costumbre que ahora me sonaba hueca.
El viento nocturno me cortó las mejillas y me hizo abrir los ojos. La calle estaba casi vacía, apenas un par de autos que dejaban estelas de luz en el pavimento mojado. Sentí un escalofrío que no venía solo del frío, sino de la certeza de que no importaba cuánto me quedara ahí, nada iba a cambiar. Anthony no iba a salir corriendo detrás de mí. No iba a aparecer con disculpas ni con promesas.
Me levanté despacio, con el cuerpo entumecido. La banca fría me había dejado las piernas rígidas. Caminé hacia la esquina y levanté la mano para llamar un taxi. El primero pasó de largo, ignorándome. El segundo se detuvo con un chirrido suave.
Me subí sin mirar al conductor y murmuré mi dirección. El asiento estaba tibio y, por un momento, sentí que podía derretirme ahí mismo, desaparecer entre el ruido del motor y las luces que pasaban rápidas por la ventana.
Apoyé la frente en el vidrio empañado. Afuera, la ciudad estaba despierta, pero yo solo quería apagarme. Cada semáforo en rojo parecía una pausa para que mis pensamientos volvieran a atacarme: Anthony riendo, Anthony besándome la frente, Anthony diciéndome que no estaba listo… hasta hoy.
Apreté el pañuelo que todavía llevaba en la mano, arrugado y húmedo por mis lágrimas. Era absurdo, pero sentía que si lo soltaba, me caería en pedazos.
El taxi giró en la esquina de mi calle. Reconocí la fachada de mi edificio y sentí una punzada en el pecho; era mi lugar seguro, pero sabía que ahí dentro no había nada que pudiera salvarme.
Pagué sin mirar al conductor, murmurando un “gracias” que sonó casi inaudible. Bajé y el aire frío volvió a golpearme. Subí los escalones despacio, con los dedos buscando a tientas las llaves en el bolsillo del abrigo.
El vestíbulo estaba vacío. Solo el zumbido de las lámparas y el eco de mis pasos me acompañaban. Subí por las escaleras, porque en ese momento la idea de quedarme otra vez atrapada en un ascensor, aunque fuera por unos segundos, me parecía insoportable.
Cuando por fin llegué a mi piso y abrí la puerta de mi departamento, me recibió un silencio que pesaba más que cualquier ruido. Dejé las llaves en la mesa de la entrada y me quedé parada ahí, sin saber qué hacer. El olor familiar del lugar me golpeó con recuerdos de él: desayunos improvisados, risas flojas viendo series, su perfume mezclado con el mío en el sofá.
Avancé hasta el living y me dejé caer en el sillón, todavía con el abrigo puesto. Mi celular vibró en el bolso, y una chispa de esperanza inútil me atravesó. Lo saqué temblando, pero solo era una notificación cualquiera.
Lo dejé caer sobre la mesa.
Me acurruqué en el sofá, todavía con el abrigo puesto. La tela áspera raspaba mi cara húmeda, pero ni siquiera tuve fuerzas para moverme. Dejé que las lágrimas empaparan el cojín sin pensar en nada más.
El silencio del departamento era tan pesado que sentía que podía aplastarme. Solo se escuchaba mi respiración entrecortada, un pequeño sollozo que se escapaba cada tanto sin pedir permiso.
Me limpié la cara con el pañuelo, ya arrugado, y lo dejé sobre mi pecho. Lo apreté fuerte, como si pudiera absorber un poco del vacío que tenía adentro.
El cansancio empezó a pesarme más que la tristeza. Entre el llanto y el frío que todavía sentía en los huesos, mi cuerpo me pedía rendirme. Me acurruqué un poco más, con las piernas dobladas sobre el sofá, abrazando un cojín como si pudiera protegerme de algo.
La lámpara del living lanzaba una luz amarillenta que hacía que todo se viera más triste, como si hasta mi casa se sintiera vacía sin él. Cerré los ojos. El nudo en la garganta seguía ahí, pero las lágrimas ya no salían. Solo quedaba esa sensación de hueco, de flotar en medio de nada.
No sé en qué momento el cansancio me ganó. Solo recuerdo el último pensamiento antes de dormirme:
“Ya no queda nada de nosotros”.
→──✦──←
Los golpes en la puerta resonaron con una insistencia que parecía desafiar el silencio que me envolvía desde hacía horas. Primero fueron tres golpes secos, después cinco, una pausa breve y luego una ráfaga más prolongada, como si alguien quisiera atravesar la madera a fuerza de insistencia. Me cubrí la cara con las manos, respirando despacio, tratando de no pensar en lo que sabía que estaba detrás de esa puerta.
La voz de Zuli se coló por la rendija:
—Rhoan, sé que estás ahí.
El eco de su llamada parecía rebotar por el pasillo silencioso del edificio, trayendo consigo una mezcla de alivio y presión. Y yo, que llevaba horas intentando desaparecer dentro de mi propio cuerpo, sentí que su presencia se acercaba más, aunque no hubiese entrado todavía.
Arrastré los pies hasta la puerta. Cada paso se sentía como si la gravedad hubiera aumentado solo para mí. El corazón me latía lento y pesado, como si no quisiera bombear más sangre.
Cuando abrí, la vi. Zuli estaba ahí, iluminada a medias por la luz fría del pasillo. El aire helado del edificio se coló detrás de ella junto con el aroma familiar de su perfume. Llevaba la chaqueta negra que siempre usaba para salir del trabajo —demasiado ligera para la estación, pero su favorita— y la bufanda tejida que le abrazaba el cuello.
Su rostro reflejaba el cansancio acumulado de horas largas, pero había en sus ojos una mezcla de preocupación y ternura que me detuvo en seco. Me miró fijamente, con la paciencia de quien sabe que detrás de esos ojos rojos e hinchados hay una tormenta que aún no termina de desatarse.
No bajo la mirada, pero sus manos temblorosas delataban la lucha interna. Bajó la vista hacia mis dedos, que apenas se aferraban al marco de la puerta, y luego de nuevo subieron para encontrarse con los míos. No pude sostener esa mirada por mucho tiempo; aparté la vista, sintiendo que cualquier palabra se atascaba en mi garganta.
—No tienes que decirme nada si no quieres —dijo despacio, con voz suave pero firme—, pero por favor… déjame entrar.
Me hice a un lado. El pasillo quedó atrás cuando ella cruzó el umbral y el aire cambió, como si su presencia desplazara un poco el peso que llevaba encima. El eco de sus pasos en el piso de madera se sumó al silencio que yo había mantenido encerrado todo el día.
Dejó el bolso en el sofá con cuidado, como si no quisiera romper la calma tensa que flotaba en el ambiente. Me observó unos segundos, evaluando lo que no decía.
—¿Comiste algo? —preguntó.
Negué levemente.
—Rhoan… —su voz se quebró apenas, pero no en súplica, sino en cuidado—. Aunque no quieras hablar, aunque no quieras salir, al menos come algo y date una ducha.
Me miró con una mezcla de firmeza y cuidado que me hizo temblar. Dio un paso hacia adelante y, sin que pudiera reaccionar, acomodó un mechón de cabello rebelde detrás de mi oreja.
—No voy a presionarte —dijo, con un suspiro—. Solo… no te dejes caer del todo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras mientras yo luchaba contra la marea de emociones que me impedían responder. Por primera vez, no quise ni siquiera mentir. Solo asentí y caminé hacia el baño, cerrando la puerta tras de mí. El eco de Zuli moviéndose por el departamento me acompañó desde el otro lado, como una cuerda invisible que me mantenía a salvo de perderme del todo. Apoyé la frente contra el frío espejo, intentando contener el torbellino dentro de mí, y en ese silencio comprendí que, aunque no dijera nada, mi silencio también estaba hablando por mí.
Abrí la ducha y dejé que el agua tibia cayera sobre mi piel. El frío seguía atrapado en algún rincón de mi cuerpo, resistiéndose a irse. Pero escucharla en la cocina, moviendo tazas o encendiendo la hornilla, me dio un alivio silencioso que no esperaba.
Cerré los ojos y dejé que las gotas golpearan mi rostro, mezclándose con las lágrimas que aún no cesaban del todo.
Pensé en lo absurdo que era sentirme tan vacía estando rodeada de tantas cosas. En el baño, los azulejos blancos reflejaban la luz amarillenta del foco, y cada sonido parecía amplificado: el goteo del grifo, el suspiro leve del vapor, mis propias respiraciones entrecortadas.
Recordé cuando Zuli y yo éramos niñas, cuando jugábamos en su cuarto a escondernos del mundo, cuando la tristeza parecía algo que podíamos dejar fuera de la puerta con solo cerrar los ojos. Pensé en cómo ella siempre sabía cómo sacarme de mi caparazón, y en lo mucho que me había costado esta vez siquiera responder sus llamadas.
Cuando terminé, el frío que sentí al salir del agua me recordó que el día no sería más fácil después de eso. Me envolví en una toalla vieja, impregnada de olor a detergente y lavanda.
Crucé el pasillo hasta mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Saqué el pijama del cajón y me lo puse sin pensar demasiado, buscando solo el consuelo de la tela suave contra la piel.
Me detuve frente al espejo por un instante, observando mis ojos cansados y la piel pálida que reflejaba. No quise mirar más; no estaba lista para enfrentar lo que veía. Respiré profundo, guardé silencio y abrí la puerta para salir.
La luz del living estaba encendida. Allí estaba ella, sentada en el sofá con las piernas dobladas, los brazos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en un punto indefinido, como si el mundo a su alrededor se hubiera detenido.
Al notar mi presencia, levantó la mirada y me regaló una sonrisa pequeña, cansada, pero cálida.
—Ven, siéntate —dijo, dándole un par de palmadas al espacio a su lado.
Obedecí en silencio, arrastrando los pies como si pesaran toneladas. El calor de la taza que me pasó se filtró hasta mis dedos. Té de manzanilla. Siempre era manzanilla con ella. Bebí un sorbo y el sabor familiar me llenó la boca de una calma tibia que contrastaba con el nudo en mi pecho.
—No tienes que contarme nada hoy —dijo Zuli, con voz baja, como quien confiesa un secreto—. Solo prométeme que mañana vas a abrir la ventana. Que vas a dejar entrar un poco de aire.
No respondí enseguida. Me limité a apoyar la taza en mis rodillas, observando el vapor que subía lento hacia el techo. Ese humo frágil parecía un reflejo de mí: inestable, a punto de desvanecerse con cualquier soplo.
Al final, asentí. No por convicción, sino porque era lo único que podía darle.
Zuli se acomodó contra el respaldo y, sin pedir permiso, dejó caer su cabeza en mi hombro. Su perfume me envolvió y, por primera vez en todo el día, no me sentí sola. No mejor, no entera… pero acompañada.
Esa noche no hubo palabras grandes ni promesas imposibles. Solo silencio, té tibio y la certeza de que, aunque todo se hubiera roto, no todo estaba perdido.