Chapter 1
“Nací con la marca del eclipse.Me llamaron héroe, me vistieron de blanco, me prometieron un futuro glorioso.Pero cuando el reino vio mi don...... decidieron que no era suficiente.Y que un error como yo debía ser borrado.”
La mañana del viaje al castillo olía a pan caliente y promesas.Mi madre no durmió en toda la noche, bordó mi túnica blanca con hilos de plata.—Hoy verán que eres especial, Cronos —dijo con los ojos enrojecidos pero llenos de esperanza—. No todos nacen con la marca.
Me gustaba creerle.
Los soldados llegaron al amanecer, montados en bestias aladas. Uno de ellos me miró sin decir palabra, extendió su mano y me ayudó a subir al carruaje.La ciudad me observaba con asombro.Algunos me saludaban. Otros murmuraban.
Yo solo pensaba en las leyendas que hablaban de grandes héroes que tenían la misma marca que yo.
No sabía que en unas horas todo eso se rompería como una ilusión mal hecha.
Las inmensas puertas del castillo se abrieron ante mi presencia
El aire dentro era más frío. No por el clima, sino por las miradas. Los sirvientes y guardias del reino me veían con ojos rígidos y sin vida. Caminé por alfombras bordadas con el emblema del eclipse, el mismo que brillaba débilmente en mi cuello. Uno de los sabios me lo había explicado: la marca no se podía forzar, aparecía en muy pocos, siempre durante un eclipse, y siempre con un poder destinado a cambiar el mundo.
Entramos a la Cámara de Evaluación, un salón circular con paredes doradas, símbolos antiguos flotando en el aire, y una cúpula de cristal por la que entraba la luz del sol como si fuera un juicio divino.
Frente a mí estaban los Cinco Sabios del Reino, todos vestidos con túnicas largas y sombreros de copas altas adornados con plumas negras.
En el centro del círculo, sentado en un trono que brillaba como el oro, elRey Helios V, conocido como elSol Encarnado.
—¿Nombre? —preguntó uno de los sabios sin mirarme.
—Cronos de Senaura.
—¿Edad?
—Quince.
—¿Marca?
Bajé el cuello de mi túnica, dejando ver la figura del eclipse grabada en mi piel. Una media luna y un círculo oscuro en el centro, brillando apenas con un pulso débil.
Los sabios se miraron entre sí.
—Que inicie el Despertar —dijo el Rey,
Una luz azul descendió del techo, envolviéndome. El suelo se volvió invisible. Las runas flotantes giraron a mi alrededor.
Algo profundo en mi interior se quebró, como si una puerta sellada por siglos se abriera con un susurro antiguo.
Y entonces, lo vi. Una copia exacta de mí, parada frente a mí.
Era... yo. Igual, pero más sereno. Más seguro. Más fuerte.
Mi ilusión.
Nada más.
—¿Eso es todo? —dijo uno de los sabios.
—Solo... una ilusión —murmuró otro, casi decepcionado.
—Nivel ínfimo —dijo un tercero, tachando algo en una tablilla flotante.
—Hay reclutas en la guardia que hacen ilusiones mejores que esta —espetó un cuarto.
Después de esas palabras hubo un silencio largo que me comía el estómago.
El Rey no habló durante varios segundos. Luego se levantó lentamente y caminó hacia mí.
Lo vi acercarse, majestuoso, imponente. Todos se apartaban a su paso como si su presencia misma los empujara. Se detuvo frente a mí. Me miró de arriba a abajo.
Y luego escupió al suelo.
—Un error. Un chiste. Un insulto a los verdaderos héroes.
Me quedé helado. Mi cuerpo temblaba. No lo entendí al principio. Esa presión en el estómago, ese nudo en la garganta.Pero entonces lo supe.Humillación. Así se sentía.
El Rey me miró un segundo más, luego dio media vuelta.
—Que se borre su nombre de los registros.—¿Majestad...? —preguntó uno de los sabios, titubeando.—La marca es falsa —dijo, con voz firme—. Una ilusión, como su patético don.
“Una blasfemia disfrazada de destino.”
Y así, con una frase, lo decidió todo.
No hubo juicio solo una sentencia sin apelación.
Me llevaron directamente al calabozo, hay estaba yo en una celda fría sin comida ni agua solo sacerdotes discutiendo en voz baja.
—“No podemos dejar que se sepa que un elegido del eclipse es débil.”—“Dirán que los dioses se equivocaron.”—“No podemos dejar que esos rumores se propaguen.”—“Una falsificación demoníaca. Eso diremos.”
En cuestión de horas, mi existencia fue convertida en una mentira oficial.
Al medio día me sacaron de mi celda, arrastrándome con rapidez sin impórtales mis gritos de súplica.
No entendía a dónde me llevaban... hasta que vi laPlaza del Sol Caído. Había una multitud reunida, en silencio. Las campanas sonaban, no como celebración, sino como sentencia.
Mi madre estaba allí, de rodillas, encadenada al altar de piedra en medio de la plaza. Tenía el rostro golpeado, las manos atadas y los ojos vacío como si no tuviera alma
El Sumo Inquisidor del Reino, con su túnica escarlata y máscara dorada, alzó una tablilla y leyó con voz solemne:
—Lina de Senaura, madre del supuesto héroe, es acusada de:—Uno: haber recibido con conocimiento la marca falsa del eclipse en su hijo.—Dos: haber conspirado con demonios para destruir al reino desde adentro.—Tres: haber intentado mancillar la pureza de la profecía celestial.—Y cuatro:blasfemia contra la voluntad del Rey Sol.
La multitud no gritó. Nadie protestó.
—Por estos pecados —continuó el Inquisidor—, se decreta su ejecución pública.
Que su sangre borre la mentira.
Intenté gritar. Forcejee con los guardias. Pero estaba encadenado.
Ella me encontró con la mirada justo antes del final. No lloraba. No temblaba. Solo sonrió.
Una sonrisa rota... que pedía perdón.
La hoja cayó.
Y con ella, todo.
Después de la ejecución, no me regresaron a mi celda.Me llevaron directo al salón del trono.Mis pies arrastraban sangre. No sabía si era mía o de ella.
Los nobles murmuraban al verme pasar, como si yo fuera un fantasma...O peor aún: un error.
Las puertas doradas se abrieron ante mí. El Rey estaba allí, sentado en su trono, rodeado de fuego encantado y ecos de gloria falsa.Su mirada era hielo puro.
—Cronos de Senaura —dijo con voz grave—. Por los crímenes de tu sangre y la mentira de tu existencia...Quedas desterrado de las tierras del Reino.Tu nombre será borrado.Tu rostro, olvidado.Tus palabras, prohibidas.
Y tú castigo... será ser arrojado a los Dominios, donde quizás encuentres el final que aquí te fue negado.
Los guardias me tomaron por los brazos. Yo no respondí.
No tenía fuerza para gritar ni llorar.
Mi mundo había sido destruido.