Chapter 1
Cuando Gabriela firmó el divorcio, la tinta no terminó de secarse antes de que la casa entera exhalara. El marco de la puerta dejó de quejarse al abrirse, el reloj del pasillo recobró el ritmo, y hasta las buganvilias del balcón parecieron estirarse hacia la luz. Gustavo se llevó sus trajes de tres piezas, el aroma a colonia amaderada y un puñado de silencios que habían crecido entre ellos como muros invisibles.
Los primeros días, Gabriela habitaba un territorio extraño: la cocina sabía a metal, el sofá parecía otro cuerpo, y la cama era una llanura excesiva. Se obligó a rutinas pequeñas: regar las plantas, escuchar un disco entero sin mirar el teléfono, escribir la lista del mercado con lápiz. En una de esas listas anotó: “llamar a Daniela — cambiar el filtro del purificador — comprar limones”.
Daniela era —había sido— su cuñada. También era la única persona capaz de convertir una conversación difícil en un atajo hacia la risa. Siete años atrás, cuando Gabriela conoció a la familia de Gustavo, encontró en Daniela un refugio: una mirada que la entendía sin necesidad de glosarios, un humor que desarmaba la rigidez de las sobremesas. Después, con el tiempo, se acostumbraron a hablar en la cocina durante las fiestas, cuchicheando entre ollas, mientras los demás discutían fútbol o política.
Aquella tarde, Gabriela la llamó para devolverle una taza que llevaba meses en su repisa. Era una excusa mínima, pero bastaba.
—¿Te parece si paso por la tarde? —preguntó Gaby.
—Ven a la hora que quieras. Tengo té de jazmín y ganas de chismes —dijo Daniela, con esa calidez que atravesaba el teléfono.
La casa de Daniela quedaba a tres cuadras, una pequeña terraza con plantas enredaderas y un gato que se creía dueño del barrio. Cuando Gabriela llegó, el gato la inspeccionó con la solemnidad de un juez, luego aceptó la caricia como si concediera un perdón.
—Llegaste —dijo Daniela abriendo la puerta, el cabello recogido en un moño improvisado y una camisa de lino que olía a jabón.
El abrazo fue más largo de lo que ameritaba una taza devuelta, pero menos de lo que Gaby necesitaba para desarmarse. Se sentaron con el té, y el silencio entre ellas no era hueco, sino elástico.
—¿Cómo estás? —preguntó Daniela, sin rodeos.
Gaby respiró. Dijo las frases necesarias: “estoy aliviada”, “fue lo mejor”, “estábamos estancados”. Evitó las que dolían: “me siento culpable”, “tengo miedo de lo que viene”, “no sé quién soy fuera de eso”.
—No me sorprende, pero sí me da tristeza —admitió Daniela—. Por ti, por todo lo que aguantaste, por lo que no se dijeron. Pero también siento… un poco de alivio. Como cuando quitas un anillo que te aprieta.
Gaby rió con un hilo de voz.
—¿Siempre dices imágenes tan perfectas?
—Solo cuando me tiembla algo adentro —contestó Daniela, y desvió la mirada hacia la terraza—. ¿Quieres cortar un par de buganvilias para tu balcón? Se te ve desangelado.
Salieron con tijeras de jardinero. Las flores mancharon de magenta sus dedos. En el borde de la terraza, la tarde se derramaba como una tinta naranja, y la ciudad parecía contener la respiración. Gabriela la observó recortar, reunir, atar un pequeño ramo con un hilo sisal. Las manos de Daniela eran meticulosas; cada gesto, un cuidado.
—Gracias —dijo Gaby, recibiendo el ramo.
—De nada. Para recordar que todavía florece algo.
A partir de ese día, los encuentros se hicieron costumbre: cafés de domingo, mercados de barrio, clases de cerámica a las que fueron por curiosidad y se quedaron por la torpeza compartida. Daniela hacía tazas que se inclinaban como si estuvieran a punto de decir un secreto; Gabriela moldeaba cuencos gruesos, imperfectos, que le parecían sinceros. Reían de sus manos llenas de barro, de los dedos embarrados dejando huellas en la frente de la otra a propósito, como si jugaran a pintarse valentías.
Una noche de lluvia, luego de la clase, se refugiaron en el portal de un edificio, mirando las gotas rebotar en el asfalto.
—¿Sabes qué extraño? —dijo Gaby, frotándose los brazos.
—¿Qué?
—Extraño sentir que algo está por empezar.
Daniela la miró de lado, con una tristeza leve y una travesura.
—Tal vez ya empezó y no te has enterado —dijo, y le tendió su abrigo.
El rumor de la lluvia les imponía una intimidad. Las luces de los autos se estiraban como hilos de vidrio. Gabriela pensó que había pasado demasiado tiempo sin escuchar su propio cuerpo; que llevaba años obedeciendo relojes ajenos. Y en ese instante, el latido que se aceleraba no tenía nada que ver con el frío.
Otro día, a la hora de la comida, Daniela la invitó a su taller —un cuarto pequeño en el que colgaban fotografías, papeles con poemas subrayados y un mapa del barrio lleno de chinchetas. Ella trabajaba como diseñadora editorial y hacía encuadernaciones a mano en su tiempo libre. Le mostró a Gaby cómo coser los cuadernillos, cómo encolar el lomo, cómo elegir una tela que abrigara la historia futura.
—Esto me gusta —dijo Gaby, concentrada en no torcer el hilo.
—Tienes buena mano —aprobó Daniela—. Y paciencia.
—La paciencia se me acaba con la gente, no con las cosas —bromeó Gaby.
—Conmigo no —murmuró Daniela, y esa frase quedó vibrando como si fuera una cuerda recién pulsada.
No hicieron nada con ella ese día. La dejaron flotar, pegarse a las paredes, aprender a pronunciarse.
La noticia del divorcio llegó, inevitable, a la familia de Gustavo. Al poco tiempo, su exsuegra llamó a Gaby para “tomar un café y hablar bien de todo”. Fue una reunión correcta, amable, como si firmaran un tratado de paz. Gustavo, por su parte, se mantuvo distante, lo justo para no herir, lo suficiente para no replantearse nada. Gaby agradeció no tener que pelear; sabía que una batalla más la dejaría hueca.
La complicación estaba en otro frente. Daniela era, ante los ojos del mundo, “la hermana de”. Eso convertía cualquier gesto entre ellas en un espejo delicado. Una tarde, en el mercado, se cruzaron con una prima. Fue un saludo cordial. Después, al girar la esquina, Daniela soltó el aire.
—¿Te preocupa? —preguntó Gaby.
—Me preocupa que te lastimen —dijo Daniela—. Y que me lastimen a mí. Pero más me preocupa la posibilidad de no vivir algo hermoso por miedo.
Se quedaron quietas, en mitad del flujo de gente y aromas. Gaby deslizó su mano hasta rozar la de Daniela. Un roce simple, mínimo, como quien prueba el agua antes de entrar al mar. Daniela entrelazó sus dedos sin dudar.
—Probemos —dijo Gaby.
La primera vez que se besaron fue en la terraza, al anochecer, con el gato durmiendo indiferente entre macetas. No fue un beso cinematográfico ni torpe; fue claro. Un trazo de tinta nítida sobre papel. Al alejarse, ambas sonrieron con esa mezcla de incredulidad y certeza que no se puede fingir.
—Te toca contárselo a tu gato —bromeó Gaby.
—Es muy celoso. Lo iremos llevando —respondió Daniela, y apoyó la frente en la de ella.