Capítulo 1: Algo en la Oscuridad
La casa era tranquila. Demasiado tranquila.
Una fachada común, de esas que se repiten en cualquier vecindario silencioso, como si estuvieran diseñadas para que nadie mire demasiado. Paredes color crema, un jardín sin pretensiones, persianas que se cerraban antes del anochecer. Para cualquiera, aquel lugar no era más que otro punto en el mapa suburbano. Pero en la oscuridad... alguien lo había elegido.
Cada noche, sin excepción, esa figura regresaba. Como si un hilo invisible lo llevara de casa en casa, de víctima en víctima, sin dejar más rastro que una cicatriz quirúrgica y un recuerdo distorsionado. Algunos decían que era un mito. Otros, que había empezado como una simple imagen en internet: una máscara negra sin ojos, una capucha azul, sangre negra goteando desde unos orificios vacíos. La habían visto en un foro de 4chan hace años. Una historia compartida como broma, como leyenda urbana. Hasta que comenzaron a desaparecer personas.
Dentro, la víctima dormía.
Era joven. Pálido, con el cabello revuelto y los músculos tensos bajo las mantas, como si su cuerpo presintiera lo que su mente no podía comprender. No soñaba. Al menos no esa noche. Hasta que, sin aviso, se despertó.
El silencio era denso, pegajoso. Como si el aire se hubiera congelado.
Abrió los ojos, parpadeando en la penumbra. Algo no estaba bien. Lo supo incluso antes de moverse. La habitación tenía esa vibración sutil que anuncia la presencia de otro cuerpo. No una sensación cualquiera, no una paranoia. Una certeza.
Giró la cabeza lentamente, y entonces lo vio.
En el umbral de la puerta, inmóvil, había algo. Una figura alta, delgada, como si el propio vacío hubiese tomado forma. No se oía nada: ni respiración, ni pasos, ni siquiera el crujido del piso. Solo esa presencia... imposible de ignorar.
La sombra dio un paso adelante.
El joven se incorporó bruscamente, con el corazón golpeándole las costillas. Quiso gritar, pero su voz se ahogó en su garganta. El miedo era tan real que dolía.
Ahora podía verlo con más claridad.
No era una persona. O si alguna vez lo fue... ya no lo era. Vestía una sudadera oscura, ajustada al cuerpo huesudo. Pero lo que lo hacía inhumano era su rostro. Una máscara negra, completamente lisa, cubría su cara. No tenía ojos. No tenía boca. No tenía expresión. Solo una superficie pulida, húmeda, de la que goteaba un líquido espeso y oscuro, como alquitrán.
Y detrás de esa máscara... nada.
Ni alma. Ni voz. Ni compasión.
La criatura se acercó. Deslizó los dedos por el marco de la puerta como un cirujano revisando su instrumental. En una de sus manos llevaba una pequeña caja de metal. La abrió con cuidado, revelando bisturís quirúrgicos alineados como instrumentos sagrados. Todo en él era meticuloso. Casi reverente. Como si se tratara de un ritual que debía cumplirse con precisión.
La víctima intentó moverse, pero no pudo. Algo más allá del miedo lo paralizaba. Tal vez era el olor: una mezcla entre óxido, formol y carne expuesta. O tal vez era la comprensión, lenta pero firme, de que no era el primero. Que aquello ya le había pasado a otros. Mitch, Edwin... nombres que se habían perdido en informes policiales inconclusos, en blogs de terror que hablaban de “ese que roba riñones y no deja rastro”.
La criatura actuó.
El bisturí descendió sin violencia. Como si se tratara de una caricia quirúrgica, rozó el costado del joven, abriendo apenas la piel. No hubo gritos. Solo un jadeo seco, una arcada de terror puro. No dolió de inmediato. Pero el miedo era tan profundo que su cuerpo se paralizó.
Jack trabajaba rápido. Preciso. Como si supiera exactamente dónde cortar, dónde no tocar. Insertó sus dedos con cuidado, separando tejidos con una delicadeza monstruosa. El órgano fue extraído en segundos. Lo sostuvo con ambas manos por un momento, contemplándolo como si se tratara de una gema invaluable. Luego, lo guardó en un frasco oscuro, lo cerró con fuerza, y volvió a colocarlo dentro de su caja metálica.
El chico se desmayó.
Despertó al amanecer.
La luz tibia del sol entraba por las cortinas, como si el horror de la noche anterior no hubiese existido. Pero lo había hecho. Lo sentía en su cuerpo, en su pecho agitado, en el sudor frío que aún lo empapaba.
Se llevó una mano al costado, temblando. Y allí estaba.
Un corte limpio. Preciso. Como si un cirujano se lo hubiera hecho.
Corrió al espejo del baño. Se levantó la camiseta. No era una herida común. Estaba suturada. Cerrada con una perfección que rozaba lo antinatural. Ningún ladrón, ningún asesino común, habría hecho algo así.
No lo había robado. No lo había matado.
Le había... extraído algo.
El riñón izquierdo.
Sintió náuseas. La cabeza le daba vueltas.
¿Qué clase de monstruo entra a una casa, te corta con precisión quirúrgica y se lleva tu órgano sin que mueras? ¿Por qué él? ¿Por qué seguir vivo?
Corrió al hospital. Los doctores lo examinaron, lo escanearon, lo radiografiaron.
Faltaba el riñón izquierdo. Pero no había señales de trauma mayor. No había infección. No había daños internos.
—Parece que alguien... te operó —le dijo uno de los médicos, sin poder ocultar la incredulidad en su voz.
Pero nadie podía explicar cómo. Ni por qué.
Nadie le creyó. Ni la policía. Ni su hermano. Ni sus amigos.
Solo había una marca, una herida... y un recuerdo vago de una figura sin rostro que lo miraba desde el abismo.
Esa noche, no pudo dormir.
Cada crujido de la madera, cada sombra en la pared, lo hacía saltar. Sabía que volvería. Porque algo, en el fondo de su alma, le decía que aquella criatura no había terminado.
No era una pesadilla.
Era real.
Y tenía hambre.