Chapter 1
para hacer esta historia me base en una historia de webtoon ”beneath the trees where nobody sees”de Patrick Horvath espero y les guste

Un músculo cervical ofrece una resistencia elástica, satisfactoria, antes de ceder bajo el filo de la cuchilla de carnicero. No era un sonido, era una sensación que le vibró hasta el codo. Yahiko trabajaba con la meticulosidad de un relojero, desmontando la máquina divina que algún día albergó un alma. La sangre, ya fría y espesa, se pegaba a sus guantes de goma con un tacto que le resultaba íntimo, familiar. No era asco lo que sentía. Era la tranquila certeza de un trabajo bien hecho.-Uno, dos, tres -murmuró, depositando el segmento en el drum de polietileno de doscientos litros.El ácido clorhídrico al 35% recibió la carga orgánica con un siseo voraz, una nube de vapor cáustico que se elevó como un espectro danzante. Yahiko no retrocedió. Observó, hipnotizado, cómo la carne se desintegraba, burbujeante, cómo el hueso comenzaba su lenta y agonizante desaparición. El aire olía a pimiento podrido y a metal caliente, un incienso profano que celebraba su liturgia particular. Esta era su verdadera tesis universitaria: la efímera naturaleza de la carne y la facilidad con la que un ser humano podía ser reducido a una mancha grasienta en el fondo de un barril.Arriba, el mundo giraba con su estúpida normalidad. Aquí, en el sótano iluminado por un único fluorescente que parpadeaba con tic nervioso, él era Dios, verdugo y sepulturero. Le llevó cuarenta y siete minutos terminar. Limpió cada herramienta con alcohol isopropílico hasta que el acero brilló bajo la luz mortecina, indiferente. Luego, vertió los restos licuados por el desagüe especial que conducía a la fosa séptica de la casa. Nada se desperdiciaba. Solo quedaba la esencia, el *rumor* de una existencia eliminada. Como borrar un error en una pizarra.
“Haceunosdias”
La luz del amanecer en Kuroyami City no iluminaba, apenas rascaba la superficie de la suciedad acumulada. Yahiko emergió de su casa en las afueras, una estructura discreta y algo descuidada que mimetizaba perfectamente con su personalidad: invisible. El contraste con el sótano era absoluto. Vestía unos jeans desgastados y una sudadera gris, el uniforme del anonimato. Su rostro, enmarcado por ese cabello claro atravesado por mechas oscuras como cicatrices, no expresaba nada. Sus ojos, del color del cielo nublado, observaban el mundo desde detrás de un cristal invisible, registrando todo sin que nada se le pegara.
En el tren abarrotado hacia la universidad, era una pieza de mobiliario más. Nadie le cedió el asiento, nadie le dirigió la palabra. Su mirada se posó en una joven que forcejeaba con un hombre que le escupía insultos. Yahiko analizó el ángulo ideal para insertar un picahielos en la base del cráneo del agresor. Tres centímetros de inclinación, evita el hueso occipital. Luego, desvió la vista. No era el momento. No erasuproblema.La Universidad de Kuroyami era una fábrica de futuros mediocres. Un edificio de cristal y acero que pretendía brillar pero solo reflejaba la grisura del cielo. Yahiko se movía por sus pasillos como un fantasma. Sus compañeros eran una manada de cretinos auto-importantes, hijos de banqueros y políticos, que vivían de apellidos prestados y de una arrogancia que Yahiko catalogaba mentalmente, no con envidia, sino con el desprecio frío de un entomólogo que estudia insectos particularmente irritantes.-¿Viste el parcial de Nakahara? Un robo. Ese tipo vive para jodernos -dijo uno con una chaqueta de marca que costaba más que el alquiler mensual de Yahiko.-Total. Oye, ¿tú eres de esta clase? -preguntó otro, viéndolo por primera vez en el semestre.Yahiko asintió levemente, una sonrisa fantasma que no llegó a sus ojos.-Sí. Yahiko.El nombre les resbaló. Ya lo habían olvidado. Se giraron y siguieron hablando de sus fiestas, sus coches, sus conquistas sexuales vacías. Él no era una persona; era un espacio vacío con forma humana. Y eso le venía de perlas.
Tomó apuntes con letra pulcra y precisa, anotando cada tontería que decía el profesor como si fuera dogma. Mientras, en un rincón de su mente, perfeccionaba la fórmula para neutralizar el olor a descomposición con lejía y perfume de pino.
La rutina era un ritual sagrado. Después de clases, siempre el mismo supermercado. Siempre los mismos productos: arroz, verduras, proteína para la semana, el pienso de alta gama para Hachiro. El pasillo de los lácteos era una jungla. Una mujer gritaba a su hijo, abofeteándole por coger una chocolatina. El niño lloraba con un sonido estridente que perforó los tímpanos de Yahiko. *Un golpe seco en la tráquea lo silenciaría*, pensó, mientras elegía un yogur natural.
Afuera, en la calle, la ciudad mostraba su verdadero rostro. El aire, siempre húmedo, olía a fritura barata, gasolina y el dulzón y penetrante olor a metanfetamina que emanaba de un callejón. Dos hombres se agarraban a puñetazos por una deuda de droga, la sangre manchaba la acera con un rojo vulgar. La gente pasaba de largo, encorvada, mirando sus teléfonos. La indiferencia era el verdadero cemento que mantenía en pie Kuroyami.Yahiko caminaba, absorbiento el caos. No sentía miedo, sino una especie de desprecio abrumador. Eran alimañas, todas. Merecían ser exterminadas. Pero él no era un heroe. Era un... jardinero. Podaba solo las malas hierbas que se cruzaban ensucamino o que, como hoy, merecían su atención particular.Fue al doblar una esquina, cerca de la estación de tren abandonada, cuando lo oyó. Dos mujeres mayores, con caras de preocupación auténtica, cuchicheaban:-...es lo que digo, una desgracia. El Padre Nakamura, ¿te lo puedes creer?-Dicen que la niña no habla desde entonces. Y que la policía, ni se ha molestado. Él dona demasiado a la comisaría como para que lo toquen.-Dios nos asista. ¿Y ahora quién va a confiar en la iglesia?*Padre Nakamura*. El nombre quedó flotando en el aire contaminado, y Yahiko lo atrapó al vuelo. Un nuevo rumor. Un nuevo dato para procesar. Un objetivo. Una misión.
El camino a su casa era un viaje hacia el silencio. Las luces de la ciudad se apagaban a sus espaldas, y solo el crujir de la gravilla bajo sus zapatos rompía la quietud. Al abrir la puerta, una montaña de pelaje blanco y marrón se abalanzó sobre él con un gruñido de pura felicidad.
-Hachiro. Baja -dijo suavemente, acariciando las orejas gigantescas del San Bernardo.El animal le lamía las manos, olisqueándolo intensamente. Siempre lo hacía cuando volvía del “trabajo”. Hachiro conocía el olor del ácido y de la muerte, y siempre le recibía con la misma lealtad inquebrantable. Era el único ser vivo cuyo juicio no le importaba, porque no existía. Solo existía amor, simple y puro.La rutina de la tarde era inmutable. Una ducha caliente que arrastraba el hedor de la ciudad. Cocinar una cena sencilla pero nutritiva (salmón al vapor con brócoli). Sentarse en el sofá, con Hachiro roncando a sus pies. Y entonces, con la pantalla de su laptop iluminando su rostro sereno, comenzaba la verdadera investigación.“Padre Nakamura Iglesia de Kuroyami” “Denuncia por abuso” “Policía archiva caso”. Las piezas encajaban con una facilidad deprimente. Era cierto. El sistema había fallado. La justicia humana, una vez más, era una broma de mal gusto. Yahiko no sintió ira. Sintió el tranquilo zumbido de la purpose, el propósito. La certeza de que su intervención era necesaria. Era el anticuerpo de una ciudad enferma.Pasaron tres días. Tres días de clases, de supermercado, de paseos con Hachiro. Tres días en los que Yahiko observó los horarios del Padre Nakamura, sus costumbres, su ruta desde la iglesia hasta su residencia, un apartamento lujoso en una zona que un hombre de Dios no debería poder pagar.
La noche elegida olía a lluvia inminente. Yahiko esperó en la oscuridad de un callejón, convertido en una estatua de paciencia. No llevaba nada llamativo. Ropa oscura, zapatos silenciosos, y la tranquilidad de un depredador alfa. El Padre Nakamura apareció, tambaleándose ligeramente, con olor a vino caro. Canturreaba algo.
Fue rápido. Un brazo alrededor del cuello, un paño impregnado de cloroformo (una herramienta rudimentaria pero efectiva para quietud, no para matar). La lucha fue breve, patética. El pánico en los ojos del hombre fue la primera chispa de emoción real que Yahiko había visto en él. Lo arrastró hasta su furgoneta, un vehículo genérico y sin marca, otro fantasma más en la carretera hacia las afueras.El sótano recibió al nuevo invitado. Esta vez no hubo preámbulos. No era necesario investigar más. Las confesiones, arrancadas entre gemidos y súplicas, solo confirmaron lo que Yahiko ya sabía. La tortura no fue por placer, fue por... exactitud. Por asegurarse de que no había error. Por hacerle experimentar una fracción del terror que él había infligido. Cuando la información fue extraída hasta la última gota, Yahiko aplicó la sentencia. Un corte limpio. Certero. Eficiente.Y entonces, volvió al principio. A la cuchilla de carnicero, al drum de polietileno, al siseo del ácido, a la nube de vapor cáustico que limpiaba el mundo de una mancha más. Esta vez, el proceso le pareció aún más poético. Más justo.Cavó un hoyo en el rincón destinado a eso en el sótano, donde la tierra era blanda. Depositó los restos óseos que el ácido no pudo desintegrar del todo. Mezcló cemento con la precisión de un albañil y pavimentó sobre el secreto fresco. La losa quedó lisa, impecable.
Arriba, se lavó las manos con un jabón de aroma a limón. Hachiro se acercó, restregando su hocico húmedo contra su pierna. Yahiko le acarició la cabeza.-Todo está bien, chico. Solo era basura -murmuró.Hizo sus tareas de la universidad: un ensayo sobre ética empresarial. La ironía le hizo esbozar una sonrisa casi imperceptible. Se cepilló los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. Las sábanas estaban frescas.Antes de dormir, sus últimos pensamientos no fueron sobre el hombre al que había matado, ni sobre la niña a la que había vengado. Fueron sobre si debía comprar pienso de salmón o de cordero para Hachiro la próxima semana.En menos de un minuto, Yahiko estaba profundamente dormido, en un sueño tranquilo y sin pesadillas, mientras bajo sus pies, el cemento fresco empezaba a secarse.
actualizacion cada viernes.