Cuento corto
Desperté sintiéndome paralizado, como si el cuerpo de un muerto descansase sobre mí.
Sentía el paulatino latir de mi corazón al tiempo que mi respiración se apagaba. Los músculos de mis piernas tensándose, como si una corriente eléctrica se ejecutara sobre ellas. Mis brazos elevados, estirando los dedos, como si mi alma quisiese alcanzar las nubes, con solo tocar el techo y los ojos cerrados, contemplando el vacío dentro de unos párpados negros que me miraban.
Aquello no duró más que un par de segundos, pero al recuperar el control de mi cuerpo, me estremecí como si hubiera permanecido inmóvil durante largos días en invierno, como un hombre que emerge de las profundidades del mar y da bocanadas de aire con desesperación. Me agité sobre mi cama hasta que caí por el borde, me golpeé la frente contra la loza fría y maldije el nombre de un dios pagano.
Al incorporarme, me sentí desorientado, la habitación estaba sumida en la oscuridad y el aire se sentía denso, pesado e incómodo. Avancé con una mano sobre el muro hasta rodear la habitación y dar con la puerta. Tenía una capa de sudor alrededor de mi cuello y entre las piernas.
Me disponía a escapar de la habitación cuando miré una sombra en el borde inferior de la puerta. La perilla estaba fría y cubierta por una escarcha blanquecina.
Acerqué el oído a la superficie de madera y escuché una respiración agitada e impaciente, innatural y casi mecánica. Hubo un sonido similar al que hace un perro al olfatear el aire, seguido de un ruido gutural.
Permanecí en silencio, mirando a la sombra que se tambaleaba.
Escuché el crujir de aquel cuerpo extraño recargado en la madera de la puerta y cubrí mi boca, temeroso de que mi aliento delatara mi presencia.
Luego de un largo silencio, la silueta se marchó acompañada por el trinar de unas campanas.
Me tiré al suelo para ver el otro lado de la puerta: los muebles y cuadros seguían en su lugar, como los recordaba, en una instancia poco iluminada por la luz que entra por la ventana del comedor, mientras mi cuarto permanecía en completa oscuridad.
Accioné el interruptor de mi habitación y la luz vaciló, iluminando los rincones por un instante, hasta que el foco se apagó con un chasquido. Fue inútil accionarlo de nuevo y tampoco sirvió tratar de prender el ordenador, no había electricidad.
Me quedé sentado junto a la puerta, atento al movimiento de la criatura o cosa que aguardaba afuera. Cada cierto tiempo la escuchaba regresando a la habitación y como olfateaba el marco de madera, gruñía y se alejaba con la misma tranquilidad con la que se había acercado. Su respiración era frenética, agitada y constante, pero sus movimientos lentos y pasivos, se escuchaba el latir de su corazón como cuando una persona nerviosa golpea con impaciencia una superficie de latón, y la ansiedad que me provocaba aquel ruido me hacía transpirar un sudor frío y despertaba un tic en mi labio.
Al pasar las horas, sentí hambre.
Convencido de que no existía forma de salir sin que aquella criatura me alcanzara, rebusqué en mi habitación; entre los bolsillos de mi vieja mochila había olvidado un par de galletas, que comí maldiciendo entre mordidas, como si permaneciera encerrado por un castigo injusto.
Intenté recordar algo que diese sentido a esta situación, pero mi mente estaba en blanco y mi cuerpo débil.
Convencido de que me encontraba en una realidad onírica, de ahí la sensación adormecida de mi cuerpo, las extremidades acalambradas, y una sensación de vértigo, regresé a la cama y, cobijado por una sábana blanca, traté de dormir.
Me despertó un estruendo.
No puedo adivinar si la lluvia que caía comenzó desde que dormité. El aire de la habitación se había tornado húmedo, pesado y asfixiante. Fui hasta la puerta con ligereza y acerqué el oído; de nuevo se escuchó aquella respiración rabiosa y sentí un nudo en el cuello.
Regresé a la cama a tiempo para percatarme de la gotera que caía en una esquina del colchón. Busqué entre los enseres del cuarto hasta dar con un traste y lo dejé debajo de la gotera para acumular el agua. Pronto nacieron otras goteras desde más rincones del techo, junto a la puerta y en la esquina, contraría al respaldo de la cama. El sonido metálico de las gotas de agua al golpear los botes de aluminio que utilicé para juntar el líquido me provocaba náusea. El tintineo constante me erizaba la piel y una sensación fría recorrió mi espalda.
Me dolía el vientre como si mi estómago se estirara para después contraerse sobre sí mismo y luego subir hasta mi garganta.
El dolor me desvanecía.
Desperté sediento y apuré el agua de uno de los cuencos que se había llenado durante la noche, ¿o fuese el día, quizá? La sensación del líquido en mis labios y hasta mi garganta tuvo un efecto embriagante y adormecedor. Quise beber más y más hasta agotar el agua.
La tormenta pasó, pero dejé los cuencos en su lugar esperando que la lluvia se reanudará.
Busqué por la habitación un objeto afilado o contundente que pudiese usar como arma, seguro de que el vigía de mi habitación continuaba sus furtivas rondas y no sería fácil escapar sin alertarlo.
No encontré nada que pudiera servir para dar un golpe contundente y cuando la frustración comenzaba a dominarme, regresé a la cama.
Desperté tendido en el suelo junto a un librero, con el cuerpo torcido y abrazado a un diccionario antiguo. Me pregunté si aquel tomo, bastante gordo y pesado, me serviría de proyectil en caso de arrojarlo, o simplemente había pasado la noche leyendo definiciones de botánica.
Inmerso en mis pensamientos, tanteando la fuerza necesaria para arrojar el diccionario, escuché una voz femenina del otro lado de la puerta. Era un sonido discreto y apacible. Primero me invadió una calma que relajó los músculos de mi espalda, pero después nació un temor sensato y una gélida desconfianza que tensó mis brazos. La voz preguntó por mí, pronunció mi nombre y lanzó querellas por mi supuesta ausencia en clases de química aquella misma tarde y la tarde anterior.
No logré identificar a quién pertenecía la voz, pero me hablaba con toda familiaridad. Me recordaba la voz de una compañera con la que había charlado durante horas sobre botánica y viejas creencias alquímicas. Recordé otras primaveras, paseando entre extraños rosales de espinas púrpuras y pétalos rojizos, de olores intensos y sensaciones cálidas en la piel, ella tomaba una rosa entre los dedos, con cuidado de que los pétalos no se desprendieran, y la alzaba a la altura de su rostro para inhalar su fragancia. Contenía el aire un segundo, dejando que sus pulmones se llenaran de aquel perfume que estimulaba su mente, luego suspiraba con suavidad y sonreía. Mordía un pétalo y luego otro, hasta dejar desnudo el corazón de la flor, un capullo dorado y brillante. Pronunciaba mi nombre mientras tomaba otra rosa y me la entregaba invitándome a probarla. La suya era una voz tranquila y suave que se deslizaba por sus labios como la miel y llegaba hasta mí con toda su dulce esencia.
Me sobresalté con una terrible tentativa de abrir la puerta. Estaba a pocos centímetros del picaporte cuando algo golpeó la madera, recargando todo su peso metálico, mientras seguía hablando con la misma voz femenina y tranquilizadora, evocando falsas memorias, incitándome a dejarla entrar en mi habitación.
El picaporte giró con un ruido seco, pero la puerta permaneció cerrada.
La voz me llamó por mi nombre y ante mi silencio, se tornó agresiva, grave y rasposa. Metálica y gutural.
Me incorporé tratando de hablar con calma, fingiendo reconocer la voz, como si nunca la hubiese escuchado, manifestar aquella abrupta transformación. Me disculpé diciendo que me creía enfermo y que, de abrir, la expondría a algún contagio. Tosí con fuerza, asegurándome de hacer sonar mi garganta y tiré el diccionario al suelo. Había algo en mi voz que no pude reconocer, un deje de extrañeza, como si hablara por encima de otra persona.
La voz de la mujer respondió con serena dulzura, retornando a esa tonalidad femenina. Luego de informarme que volvería mañana, se alejó. Escuché unos pasos como de tacón ir hasta la puerta que daba al patio, abrir y cerrar; sin embargo, la silueta que había permanecido oscureciendo el borde inferior de la puerta desde el principio de la conversación, siguió ahí.
Luego de que la voz se desvaneciera, pude escuchar la respiración frenética y artificial, un crujir de dientes y un instrumento afilado rozando la superficie de madera. Un bisturí o una cuchilla. Me sentí mareado y débil, mis piernas flaquearon y reprimí una arcada que me dejó un sabor agrio en la garganta.
El suelo parecía fango y mis pies temblaban. Un sudor frío se deslizó por mi espalda, mis dientes castañetearon y sentí un ardor profundo en el costado. Levanté mi pijama y vi con horror unos puntos negros y un hilo muy fino que entraba y salía de mi piel. Toqué con la yema de los dedos, el inicio de la costura y el dolor me dominó.
Intenté dormir, pero fue inútil.
El hambre reafirmó su poderío al paso de las horas, o los días. A fin de apaciguarle, tuve una idea: tomé uno de los libros que hacía varios años no volvía a leer y rasgué una decena de páginas, luego de destrozarlas las introduje en uno de los cuencos que se habían vuelto a llenar de agua, desbaratando el papel conforme perdía dureza, hasta crear una pasta blancuzca y suave del tamaño de mi puño.
Tomé un bocado con dos dedos y comí despacio, sintiendo el frescor del agua entre mis labios, pero frunciendo el ceño por el sabor amargo del papel y la tinta. Tardé un rato en acabar la mitad del preparado, tiempo en el que la criatura siguió patrullando, olisqueando y rasgando la superficie de la puerta. Con el hambre saciada, volví a la cama y traté de dormir, rogando por escapar.
No podría asegurar si continuaba en el mismo día, cosa improbable, ni mucho menos cuántas horas habían pasado desde que comí por última vez. Los intervalos de tiempo que pasaba entre la vigilia, el insomnio y el sueño profundo hacían parecer que tenía varios días atrapado en mi habitación.
A lo mejor fueron horas.
A lo mejor fuera un sueño ocurrido en un par de segundos antes de despertar.
Ya era inútil acercarse a la puerta a comprobar las rondas de la criatura, puesto que ella misma se aseguraba de acentuar su presencia. A cada nueva visita a la puerta soltaba un gruñido, rasgaba la madera hasta astillar las esquinas o trataba de seducirme con una voz de mujer.
Una garra recubierta de pelaje crespo y endurecido como espinas, apareció por debajo de la puerta, cada vez más astillada. Su olor a carne pútrida penetró por la fisura junto a un vaho grisáceo y espeso. Una mano delgada y blanquecina aparecía de repente iluminada por una luz extraña y artificial, como de un foco que desde fuera trata de iluminar el interior de la habitación. Acompañada de la voz de mujer, y deslizando unas rebanadas de pan por el borde inferior, me tentó para que abriera la puerta.
Bebí otro cuenco de agua luego de deshebrar un tratado de botánica medieval. El resultado fue una pasta gris, dura y húmeda del tamaño de una roca que tardé varias horas en comer.
Recé para que volvieran las lluvias, mientras la mano de una mujer desconocida, con largas uñas bien cuidadas y piel clara, deslizaba un plato de porcelana vacío.
Su voz, casi sollozando, suplica que salga, que desea verme, abrazarme y besarme. Me pide que me acerque, que le responda, que le dé una explicación de mi encierro.
No me conoce.
Lo único que sabe de mí es cómo pronunciar mi nombre.
Para estar seguro, le he preguntado mi edad, mi grado de estudios y la clase en la que nos conocimos. Ella asegura que durante el último año me estuvo ayudando con mi investigación, pero se niega a responder cuando pregunto cuáles fueron mis últimos descubrimientos.
No lo sabe y noto que desvía el tema.
Dice que abandoné la investigación luego de un accidente, yo digo que no, que dentro de ese cuarto tengo todos mis apuntes, y que la investigación aún no ha terminado. Cuando la voz se apaga y vuelve a escucharse la respiración mecánica y constante, no hay preguntas ni respuestas, solo gruñidos y el chocar de unos dientes macizos y alargados.
Por el borde de la puerta me parece ver una silueta canina, como un lobo. Uno grande y robusto, cual toro, pero apesta a fango, hojas aplastadas y hierba podrida.
El hambre. Las páginas secas y muertas de los libros no son suficientes para apaciguar el hambre que siento ahora y el papel rígido es casi imposible de masticar; pasado un tiempo ya no tengo saliva para deslizar los pedazos de papel por mi garganta.
Imposibilitado de saber la hora del día, empecé a contar las veces que la bestia volvía a la puerta. Parecía sentir la debilidad de mi cuerpo y mi voluntad. El tiempo empezó a contraerse y alargarse como un acordeón, más corto, más extenso e inútil.
Desperté aterrado, creyendo que la criatura había logrado atravesar la puerta y que masticaba mi antebrazo, pero no era más que una proyección. Poseído por el hambre, mordí mi propio cuerpo y succionaba la sangre de la muñeca que emanaba como un suave flujo de agua dulce y cálida, espesa como la salvia.
Mi piel se ha tornado pálida como ceniza, mis dedos negros y mis uñas largas. De las heridas en mis muñecas ya no salé nada más que un líquido espeso y lechoso como el rocío.
Tengo hambre.
Ya no son ruidos guturales los que escucho del otro lado de la puerta, ni el olor de las plantas o la voz dulce de una mujer. Es el aroma a carne de la criatura lo que me llama y el hambre lo que me subyuga.
Estoy listo para abrir la puerta.