1
—¡Eres un animal!
En un rincón oscuro de un pequeño pueblo, un hombre de cabello negro, sucio y con cicatrices en sus mejillas se encuentra agonizando en lo más oscuro de una cantina olvidada.
—¡Dímelo a la cara!
Es asqueroso. Sus ojos parecen estar llenos de sangre y una mancha oscura los abraza, sus labios se mantienen entreabiertos mientras balbucea cosas que nadie nunca entenderá y el olor que emana no es agradable, puesto a que solo se ha sumergido en alcohol desde hace unos días y no puede recordar la última vez que se limpió con agua. Él sabe que todos piensan que es repugnante de ver, está de acuerdo con eso; sin embargo, eso le provoca gracia, de él nace una risa fuera de lugar ante su situación tan lamentable.
Es patético.
—Que Dios se apiade de tu alma, hijo de Satanás.
Pero a nadie le importa, en realidad, y la soledad es la única que lo acompaña en esos momentos.
Podía pasar horas en esa situación, con el mismo aroma, con los mismos pensamientos y con los mismos deseos de dejar de existir. Está enojado, está avergonzado y está risueño, es extraño y siempre lo supo, pero no creyó que, a esas alturas, seguiría siendo así. Mas no hace mucho para cambiarlo, prefiere aborrecer su reflejo todo el tiempo que sea posible porque cree merecerlo.
Lo merece, merece seguir torturándose con la desesperación que asfixia su corazón para poder sentir algo más que tristeza.
Necesita, de verdad, necesita algo más que la melancolía en la que está a punto de ahogarse.
Era común para quienes viven por allí, podría haberse convertido en la atracción principal de la plaza, como un bufón. Para los demás, es un simple e infeliz joven más que pasa sus noches en vela, un hombre del cual solo se puede sentir lástima y pena ajena, cuya presencia es un estorbo y una mancha para el pueblo de Rocce, un lugar que ha intentado mantener su imagen como un pueblo pacífico y lleno de vida.
A veces, se lo podía encontrar en los límites del pueblo con un par de prendas de ropa a la mano, con un jubón sucio y desgastado al igual que su camisa de lino, una mirada perdida mientras avanza su camino de manera espontánea. Se desconoce su destino porque no tiene uno, incluso él deja que sus pies marquen el camino por el cual irá, como si dejara que su cuerpo navegue entre las corrientes del mar lejano a la tierra, para terminar en la orilla del mundo, con una pequeña esperanza a que su corazón deje de doler.
No entabla conversaciones con nadie a excepción de algunos ayudantes de los múltiples bares a los que asiste. Se piensa de él como alguien arisco y muy egocéntrico, quien se cree lo suficientemente mejor como para hablar con quienes no se encontraban en su nivel o una persona que no encuentra razones para relacionarse con los demás.
O bien, no tiene los ánimos, ni la fuerza para hacerlo. Porque el tiempo parece ser un completo desperdicio si tu cuerpo y alma se han roto en miles de pedazos que no puedes recoger.
Por fortuna, eso fue hace unos años.
Ahora, y con sus manos y ropa manchadas de pintura, ese mismo joven infeliz sale corriendo al centro del pueblo con el fin de comprar lo que necesita en ese momento. Aquel que veían ahora era muy diferente al que una vez conocieron y dejaron en el olvido en sus más recónditas memorias, con una candente pasión en el pecho y más orientado que nunca a seguir el camino que lo llevará a una vida plena.
—¡Notte, buenos días!
—¡Buenos días, señora Abati!
O algo así.
Porque las noches pueden parecer muy simples, ¿verdad?
El día pasa frente a sus ojos y el sol se toma un descanso mientras deja a los mundanos en manos de la luna, junto aquellos destellos blancos que tanto ama y ansía tocar.
El cielo, lleno de colores oscuros, grises y, en ocasiones, con destellos azules, le recuerdan a un inmenso lienzo en el cual habían salpicado miles de estrellas, tantas y suficientes para un regalo a quienes las observan en busca de consuelo, quienes esperan a que bajen en pequeños pedazos de cielo para curar y alejar la agonía de sus almas.
Eternidad donde muchos sostienen su estómago al llorar y guardan su dolor para no gritar por la soledad que les acompañaba porque, ¿quién no ha llorado en medio de la penumbra mientras grita en silencio? Personas que sienten cómo su mundo arde en llamas y se ahogan en silencio, tiempo en el que la mayoría se esconde bajo las sábanas como niños temerarios, mientras que otros dejan que la lluvia borre sus lágrimas sin ninguna esperanza a ver la luz del sol el día de mañana.
Vulnerables como él.
Con un corazón fragmentado y la mente en una fuerte tormenta de la cual es rehén. Quienes creen que la oscuridad es un animal sediento de sus lamentos a punto de cazarlos, hombres y mujeres que están convencidos de que las gélidas temperaturas están allí para volverlos locos al no sentir calidez del cuerpo a su lado porque el frío se ha calado en tus venas.
Lo único que recorre bajo tu piel es la soledad con la que morirás.
La noche es una sombra a tus espaldas que está dispuesta a devorarte por completo. Sin piedad, sin ningún testigo a cómo sucumbes en tu más caótico pensamiento.
Ni siquiera la luna. Ni siquiera las estrellas.
La ciudad de Florencia es característica por sus hermosos paisajes que muchas veces ha plasmado en pintura, alegres vibras entre sus habitantes y poco más, un lugar idóneo para convivir siendo bien recibido por sus personas mayores; aunque la tierra sea poco fértil para dar vida, la vida misma se encuentra en las personas que conoces.
Siempre se sintió como esa mancha negra que arruina un dibujo, la cual todos desean hacer desaparecer; sin saber que la misma, por sí sola, está buscando las formas de hacerlo en completo silencio y soledad al estar cansada de ser juzgada con palabras mudas.
Pero gracias al Dios en el que alguna vez creyó, la noche ya no es tan temeraria para él. Tal Fénix que renace del fuego, resurgió de entre las cenizas que su pasado dejó y convirtió lo que le recuerda su soledad en su firma.
Notte.
Un artista que está siendo conocido por todo el sector al ser un maestro del pincel y pintura como muchos afirman y aclaman. Algunos, de una manera no tan positiva. Sin embargo, está consciente que su nombre no permanece en la boca de los demás por sostener una insignificante brocha.
Se dice que el misterio que envuelve a ese pintor que renació no pertenece a esa región.
Su natural timidez sigue con él y un velo negro cubre una de sus mayores inseguridades a excepción de sus ojos, mismos que han sido elogiados en múltiples ocasiones. Después de mucho, pudo encontrar la llama que impulsa su vida y, a su vez, atrajo a un público que alaba sus manos sin conocer la historia por las cuales pasaron.
Teme que su pasión sea como un diente de león.
Por muy hermosa que sea, puede llegar a ser débil y con un futuro incierto, donde una suave brisa podría destruir todo a su paso. En la oscuridad y con espectadores que no harían más que voltear su mirada, con tal de no ver el momento de su perdición azul por la hipocresía en sus palabras.
Las personas son hipócritas. No espera más de ellas.
El personaje que la murria causó podría superarlo, tiene fe en que la fachada que creó no solo cambió su exterior, sino también su interior. Ansía haberse convertido en alguien más fuerte y audaz que no intentaría hacer algo dañino contra sí mismo de nuevo.
Pero aquel era Notte, no él.
Porque quien fue antes quedó en el atrás, murió para él y todos en el lugar, aquel ser miserable que todos conocieron dejó de existir, con fuertes rumores sobre su óbito temprano que tanto deseó; otros dicen que lo vieron marcharse por donde el sol despierta con las pocas pertenencias que tenía para nunca más volver.
Él murió y Notte nació.
Su paso disminuyó cuando entró en una tienda donde su estadía era esencial, no tardó mucho como lo hace con regularidad mientras habla con el señor Galli, un hombre dueño del lugar quien le ayuda en todo lo relacionado con materiales. También quien lo apoyó desde sus inicios por la incertidumbre que generó.
—Notte, buenos días.
Él sonríe al escuchar ese nombre, es quien debió haber sido siempre.
—Buenos días, señor Galli. Necesito algunos materiales para un trabajo.
—¿Ahora qué estás haciendo?
—Nada muy extravagante, quise pintar el alba, pero me di cuenta que algunas de mis pinturas están secas.
—Oh —murmuró el hombre, con los labios formando una línea preocupada—. ¿Estás bien? ¿Te sientes mal?
Asintió con pesar mientras arruga su nariz, la pregunta tiene sentido cuando ambos conocen que suele concentrarse en los amaneceres cuando duele su marchita alma, en donde más le cuesta abrazar los sueños y se queda despierto, mirando el horizonte que parece ser infinito desde su hogar.
—Solo un poco, nada fuera de lo común.
Común.
¿Qué tan familiar es la reminiscencia de la tristeza?
Después de todo, está acostumbrado a ello. La costumbre puede ser lo único que lo ha mantenido cuerdo tantos años.
Tras la corta plática, sus brazos cargan sus materiales hasta su hogar, un viejo establo en desuso ganadero que heredó de su maestro. Debe pasar casi todo el pueblo para ir a esconderse al lugar que lo vio en su momento más deplorable. A su paso, unas cuantas personas con las que se cruza le llaman por el nombre dulce que tanto ama, Notte.
Notte, Notte, Notte.
Él es Notte, ¿verdad?
Dante no debería existir en esta historia.
Ni siquiera te atrevas a preguntar por él, en el mercado, ni en las casas más pequeñas, ni en las casas más grandes te responderán. Su nombre es tan insignificante que no debe ser pronunciado de nuevo.
Nunca más.
Ni su nombre, mucho menos su apellido.
Y es curioso el destino porque, mientras él iba a esconderse a su hogar, alguien más está tratando de exponerse en el suyo.
En un comedor fino y lleno de silencio, un hombre ajeno trata de integrarse a su familia. Su rostro serio e impasible iluminado por unas cuantas velas es el protagonista de aquella cena.
Él en una cabecera y sus hermanas menores al lado derecho, mientras que la mujer a la que le debe la vida y más le mira con recriminación, amor y nostalgia. Una extraña combinación que solo puede lograr Fiorella de Marcini.
Ella, una mujer de más de cincuenta años con cabello café que ha logrado mantener sin un pelo blanco en su cabellera, de ojos oscuros de los cuales nunca sabrás qué esperar, de manos delicadas y uñas pulcras sin ninguna herida visible, con labios delgados que ameritan una celebración cuando los encuentra con una sonrisa y un par de cejas pobladas que, en su mayoría, suelen exponer su estado de ánimo con rapidez.
Madre y pesadilla de Vincenzo Marcini.
Ahora, con ambas cejas alzadas, nota que está intrigada.
—¿En qué piensas?
Fue lo que escuchó mientras apartaba de su plato una porción de pastel de calabaza.
No le gusta el pastel de calabaza.
—Cosas sin importancia.
Prefiere comer en silencio, si le permiten ser honesto.
—Debe ser importante para que tengas esa cara de desconcierto.
¿Su rostro? Su rostro denota el cansancio que ha obtenido por sus más de treinta horas viajando en carretilla solo para volver a casa.
—No, madre. Estoy cansado, es todo. Fue un viaje largo.
—Pensé que ibas a volver después de tu cumpleaños. Te perdiste la fiesta de tus hermanas, fue amena y algunos pretendientes siguen detrás de ellas, es una buena noticia.
Vincenzo trata de sonreír y obvia la última parte de lo que dijo su madre. Pretendientes y boda. Parece ser lo único que le importa, parece ser que es lo único de lo que quiere hablar.
Incluso si sus tres hijos se oponen a esa idea.
—Me disculpo —sus hermanas le dieron una sonrisa, característica que comparte la familia Marcini—. Traje sus regalos, adquirí un par de joyas en Roma de sus colores favoritos. Debe de estar en alguna de mis valijas, pero mañana las buscaremos, ¿está bien?
—No te preocupes, hermano. Esta noche procura descansar —Francesca Marcini, sonrió con ternura hacia el hombre y dudó un poco al acariciar su mano, solo un poco—. ¿Cuándo será tu próximo viaje?
—Oh, eso les quería comentar desde que llegué —dijo y captó la atención de su familia—. Les doy la grata noticia que, después de muchos años de esfuerzo, nuestro apellido se ha posicionado no solo en lo alto de la sociedad, sino también en la economía y el sector vitivinícola. Aún tengo varios proyectos en los que tengo que trabajar, como la marca de nuestro propio vino hecho con vides de Florencia y la unión con el mercado griego, pero no son mi prioridad en este momento. En lo que respecta a los múltiples viñedos que tenemos en Italia, les digo con seguridad que ya no hay nada más en lo que preocuparse, más que su producción siga como ha estado pasando.
—Entonces, hijo, no pierdas el tiempo en vanidades y procura que tu trabajo siempre sea tu prioridad.
La sonrisa de Vincenzo decayó un poco y sus hermanas aún se encontraban en silencio, como era costumbre cada vez que Fiorella Marcini abría su boca.
—Algo mucho más importante, no una vanidad —su madre le miró con el ceño fruncido al instante, así que se apresuró a hablar—. Los viñedos ahora no son mi preocupación porque, a partir de ahora, mi presencia habitual no será necesaria. Implementé un medio de comunicación mediante cartas y mensajeros entre mi persona y los capataces, ha estado a prueba desde hace un par de meses y ha funcionado. Así que, ya no tengo que viajar tan seguido. Puedo… Puedo quedarme aquí en casa más tiempo que antes.
—¡¿De verdad?!
—Rosa, baja la voz.
Vincenzo rio ante la inesperada reacción de su hermana menor, la última de la familia. Su rostro se iluminó al igual que sus ojos, ojos joviales que ha extrañado cada vez que sale de su hogar.
—Hijo mío, ¿estás seguro que los capataces harán un trabajo mejor que el tuyo?
—Claro, madre. Estoy muy seguro. Cada capataz recibió capacitación y fueron recomendados por otros socios hacendados, se proyecta que los viñedos alcanzarán una mayor producción este año y todo apunta a que será un buen tiempo para el apellido Marcini.
Si bien Vincenzo no esperó una ovación por la noticia, tiene un mal sabor en el paladar al ver el rostro de su madre tan serio y decepcionante como siempre.
¿Qué más esperaba?
Solo está haciendo su trabajo, después de todo.
—Quiero compartir más tiempo con mi familia, es todo —intentó excusarse, sentía el sudor naciendo en sus palmas por tal mirada de escrutinio—. Quiero… Quiero…
Quiero descansar.
Pero eso no es algo que diría Vincenzo Marcini.
¿Quién es Vincenzo Marcini?
Vincenzo Marcini es el primogénito del difunto Aurelio Marcini, quien se convirtió en la cabecera de aquel hogar tras el fallecimiento de su padre a manos de un fuego abrasador y asesino. Un hombre que se caracterizó por ser amable estando en vida, a quien veían como un esposo fiel y, sobre todo sus hijos, como un padre amoroso y con quien podrás acudir cuando todos tus miedos se venían encima de ti.
El día de su muerte, todos asumieron cuán desastroso iba a ser su destino.
El fuego, los gritos y la desesperación fueron los protagonistas de un 21 de diciembre hace casi veinte años. Un día que no parecía ser testigo de una tragedia tal como la muerte de un padre, un esposo y un jefe. Su recuerdo ha vivido en la memoria de todos, dándoles su pesar a la mujer con tres hijos desamparados.
Sin embargo, él ni siquiera pudo guardar luto por su pérdida.
La ausencia de una figura paterna y de autoridad, obligó a un infante de doce años recién cumplidos a acelerar su adolescencia y adultez. Si bien quería seguir los pasos de su padre y desde que tiene memoria, Aurelio encaminó su educación hacia la parte administrativa del primer viñedo que tenían en ese entonces, nunca se imaginó tomar su lugar tan rápido.
El choque de realidad se vio frente a su nariz cuando estuvo sentado horas en la mesa de trabajo de su padre, en cómo notó de a poco que nadie se refería a él como «niño Vincenzo» o «joven Marcini», sino como «Señor Marcini». Se evidenció en las amistades perdidas que dejó de lado por responsabilidades que tuvo que asumir y en cómo tuvo que aprender a moverse en el mundo despiadado de los negocios, en los que a nadie le importó competir contra un niño huérfano.
Solo veían un rival y él aprendió a hacer lo mismo.
Rápido, perspicaz y con la cabeza en alto. De ser posible, con ojos en la espalda a la espera de cualquier amenaza o traición que puede recibir si se desconcentra un segundo.
Fue un simple niño que entraba al mundo de la adolescencia con un camino excesivamente corto donde no disfrutó aquella etapa, que a sus ojos el mundo era demasiado grande y él tan pequeño, muchas veces se preguntó si está viviendo de la manera correcta o si era justo para él.
¿A quién le importa? No hubo tiempo para llorar, solo para trabajar.
Pero aquellos pensamientos se desvanecen con la brisa nocturna como una fiebre de marzo, cuando ve que su familia se encuentra mejor gracias a su arduo esfuerzo. Puede asegurar que está haciendo algo bien cuando las noches en vela de incertidumbre y desolación, son cambiadas por la añoranza de su familia siendo sostenida sólo por él.
—Yo también quiero que estés más tiempo aquí, mi amor.
Y cuando quiere llorar de alegría por esas reconfortantes palabras, tan escasas de oír, su madre vuelve a separar sus labios para recordarle el por qué suele huir de casa, no solo por trabajo.
—Ya que vas a pasar más tiempo aquí, podemos seguir en la búsqueda de tu esposa. Oh, la familia Vani aún te tiene en su lista de pretendientes, a pesar de que te hayas pronunciado como tal hace un par de años. ¡Qué suerte tenemos!
Ni siquiera se atreve a pensar si es justo.
Ni siquiera quiere pensar si es egoísta por ello.
—No era lo que tenía planeado hacer.
Él quería un descanso.
Se lo merecía.
De verdad, ¿se lo merecía?
—También debes dar tu aprobación para los pretendientes de tus hermanas. Francesca no tiene tantos, pero Rosa tiene una larga lista que espera por tu respuesta.
Ve a sus hermanas, distantes al tema y eso es lo que caracteriza a los tres hijos de la familia Marcini. Ninguno era conocido por la desesperación de contraer matrimonio. Y puede que eso haya sido su culpa, aunque no se siente tan culpable de ello.
El hogar lleno de dicha que es ahora fue forjado encima del dolor de Vincenzo Marcini, de un hombre que se alejó de todos y de sus propios intereses con el único fin de sonreírle a las personas que más ama, mientras su espalda sangra con rastro de las alas que él mismo arrancó por el bienestar de los demás.
Porque cree que no fue y aún no es tiempo de ver por el suyo.
No tuvo tiempo para hacer muchas cosas que el día de hoy quisiera intentar, su atención nunca se centró en encontrar a una acompañante que esté con él hasta el día de su muerte ni mucho menos, sus amigos se redujeron a uno que escasamente ve a medida que pasan los años y noches fantasiosas donde se divertía hasta el amanecer que nunca existieron, se suman a una lista que no tiene nombre, pero que está presente como un deseo hilarante de un hombre que no vivió.
Y está bien, quiere creer. Esto no quiere decir que anhela desperdiciar su vida como los jóvenes en la plaza lo hacen, mientras beben vino, bailan, se divierten y… no tienen una familia con la que cargar.
Aún hay muchas incógnitas que rondan por su cabeza con respecto a su familia, pero no se atreve a decirlas en voz alta y tampoco cree que lo hará pronto.
—El tiempo corre, hijo —eso ya lo sabía—. Las personas no somos como el vino que se conserva y se atesora con el pasar de los años. Estás envejeciendo.
Oh, envejecer.
Ese es también uno de sus miedos. Aunque, un hombre como él, ¿a qué no le tiene miedo?
—Lo sé, madre. Quiero envejecer mientras descanso, ¿no cree que ya trabajé demasiado?
—Morirás solo.
—Mi cuerpo estará bajo tierra al lado de tu padre, tus hermanas unirán su vida con un buen hombre, tendrán hijos y un legado. Mientras que tú quedarás en el olvido como el hombre de la familia que se rehusó a estar con una mujer, que pasó sus mejores años sin dar siquiera el atisbo de querer formar una familia.
—Porque estaba trabajando. No quiero casarme porque nunca tuve la oportunidad de pensarlo.
—¿Qué harás, entonces? ¿Envejecer en soledad?
No. No quería eso.
—Descansaré hasta que me sienta preparado.
—¿Y eso cuándo será? ¿Antes o después de que te tachen como el hombre que no quiso a ninguna mujer a su lado? O, ¿antes o después de que toda tu familia se vea arrastrada por las cientas de etiquetas que te colocarán si no te casas?
Vincenzo quiso morir allí mismo.
Un pensamiento frecuente que atraviesa su mente y el cual no ha escuchado con tanta atención por estar ocupado.
Qué patético, ni siquiera sabe que quiere morir porque tiene cosas más importantes en las que pensar.
—Madre. Hoy no, por favor. Vincenzo acaba de llegar de un viaje.
—Y volverá a irse pronto, siempre lo hace.
Y con eso, dejó con delicadeza los cubiertos al lado de su plato, al igual que la servilleta en tonos rojizos oscuros que tenía sobre sus piernas. Con su rostro sin expresión, se disculpó en voz baja y salió del comedor. Siempre con la mirada en lo alto, incluso si aquellos ojos cansados lloraron hasta dormir en la oscuridad de su habitación.
Había olvidado prender una vela.
No te avergüences de preguntar por Vincenzo Marcini, todos te dirán un sinfín de cosas sobre él. Algunas serán verdad, otras mentiras. Honestamente, nunca sabrás quién es él.
Porque ni él mismo lo sabe.
(...)
Habían pasado un par de días desde su llegada.
La tensión con su madre desapareció con el rocío de la mañana, era común en ellos discutir y no entregar, ni recibir ningún tipo de disculpa. La costumbre puede llegar a ser la salvación de muchos desahuciados como él, aunque intenta no enseñarle lo mismo a sus hermanas. Cuando él se equivoca, al menos con Francesca y Rosa, es el primero en pedir perdón. De igual manera, con la frente en alto.
Con otras personas le cuesta todavía.
—Hoy iremos a misa —dijo su madre cuando se reunieron en el desayuno, de nuevo, aparentan ser una familia feliz—. Ven con nosotras, hijo.
—Está bien.
La misa no empieza desde muy temprano, así que les dio tiempo a todos para prepararse un poco.
Por su parte, Vincenzo se dio un tiempo extra para relajarse en su tina de madera, rodeado de flores en el agua y un par de esencias frutales que le acompañaron en esos escasos minutos en los que quería olvidarse hasta de sí mismo. Lavó su cabello y talló su cuerpo, le gustaba la sensación de limpieza entera, por lo que los viajes a largas distancias no eran sus favoritos, no lograba bañarse en días.
Una vez salió y ya vestido con un jubón, pantalón y botas cómodas, se dispuso a observar el pasillo del segundo piso de su casa, puesto a que ese piso está destinado a las habitaciones principales y de huéspedes. En el primer piso, en cambio, se encuentran las áreas comunes y de visitas.
Pudo notar algunas cosas diferentes y dedujo que eso fue gracias a su hermana menor, Rosa Marcini, pues desde pequeña siempre dio el atisbo de no ser fanática de lo estático que pueden llegar a ser un par de muebles. Si bien son objetos que no pueden moverse, ella decía que no le gustaba verlos en la misma posición, así que los movía, aunque sea un poco.
No le extrañó cuando vio un florero que antes no estaba en una columna o un nuevo cuadro en las paredes tapizadas, lo que sí le pareció raro fue ver una gran pintura fuera de la habitación de su hermana.
Específicamente, el retrato de una mujer.
No era apasionado del arte, pero sabía apreciar una buena obra cuando la tenía enfrente y eso lo era. Una gran pintura. No solo en tamaño, sino en detalle, pues cuando se acercó a verificar que estaba pintada en óleo, se sorprendió cuando vio cómo el cabello oscuro y brillante de la protagonista parecía estar hecho pelo a pelo, con pinceladas finas y delicadas como su rostro; sus labios resecos que hizo que volviera a lamer a los suyos por una sed desconocida y el pequeño, y casi invisible, encaje que tenía el vestido rojo que portaba.
Sin embargo, en definitiva, lo que más le llamó la atención, fueron sus ojos.
Eran raros.
Grandes y brillantes. Abrazados por un par de arrugas que son producto del levantamiento de tus mejillas al reír, pero llenos de lágrimas que no fue capaz de soltar.
Bella.
No había otra palabra para describirla.
La pintura y la mujer son bellas en toda la extensión de la palabra.
—¿Por qué está aquí esto? —preguntó en voz alta cuando vio a un par de sirvientas pasar a su lado—. ¿No debería estar colgado?
—Señor Marcini, buenos días.
—Buenos días, ¿por qué esta pintura está a la mitad del pasillo?
—Oh, la pintura acaba de llegar. La señorita Rosa la pidió hace algunos días, me parece —contestó una joven—. Dijo que la quería en su habitación, así que la dejaron aquí porque ahora está arreglándose para la misa. Disculpe, señor Marcini. Cuando podamos, la quitaremos de inmediato.
—Tranquila… Gracias. Sigan con sus labores.
El grupo de tres asintió y se retiraron a paso apresurado, dejándolo con la pintura y una incógnita dentro de su cabeza.
¿Quién es esa bella mujer?
Con curiosidad, tocó un par de veces la puerta de Rosa y casi de inmediato, otra sirvienta apareció en frente a él.
¿Desde cuándo hay tanta servidumbre en su casa?
—Señor Marcini, buenos días.
—Buenos días, ¿mi hermana ya está lista?
—¡Ya casi! —exclamó la castaña desde el interior de la habitación—. ¡Pasa, hermano! Ya estoy casi lista.
Y con un permiso en sus labios, entró al lugar. De nuevo, sin sentirse extrañado cuando vio todo diferente a la última vez que estuvo ahí. A su hermana le fascina el constante cambio y, a veces, se pregunta qué más pudiese hacer si tan solo le dieran la libertad de cambiar todo aquello que quiera.
—Oh, estás muy linda —fue lo primero que dijo al verla con un vestido largo y de tela fina de color lila—. ¿Qué te falta?
—Las joyas y el velo para la misa, señor Marcini. —Respondió alguien más por ella.
Dios, se estaba cansando.
—Retírense, por favor. Necesito hablar con mi hermana en privado.
Y todas las sirvientas, todas sin rechistar, callaron e hicieron lo ordenado. Incluso Rosa le miró a la espera de otra orden.
—¿Pasó algo?
—No, solo me estaba abrumando un poco. ¿Siempre hemos tenido tanta servidumbre? Estos días me ha parecido que hay más personas en la casa que lo usual…
—Sí, mamá contrató a algunas más a principio de año.
—¿Por qué? —Rosa se encogió de hombros, nunca refutó alguna decisión de su madre—. Bien, hablaré con ella después. ¿Por qué compraste un cuadro de una desconocida para tenerlo aquí?
—¡¿Ya llegó?!
—Supongo, hay una pintura afuera y… —sin dejarlo terminar, la joven intentó salir de su habitación, pero él se interpuso en el camino —. Espera, estamos hablando. ¿Quién es el autor? Solo es una pintura, ¿por qué tanta emoción?
—Oh, es de Notte.
—¿Quién es Notte?
—Es un pintor del pueblo, ¡vive por aquí! —contó, con una sonrisa extasiada—. Es de Rocce, aunque es un misterio siempre dónde estará. Hermano, está siendo conocido desde los últimos dos años, hace un muy buen trabajo, ¿viste la pintura?
—Sí, es bella…
—¡Sí, es bella!
—¿Tanto te gusta ese pintor?
—No solo hace retratos de esa mujer, sino también paisajes. Hay algunos de su autoría colgados en los pasillos, si prestas atención, encontrarás su firma. Últimamente está siendo nombrado por esos retratos. Es muy linda, ¿verdad? Me pregunto quién será.
—Debe ser una mujer cualquiera.
—Quién sabe, en el pueblo ya hay rumores sobre ella.
—¿De verdad? —preguntó, incrédulo. Ama su tierra, pero Rocce es el nido de rumores para cualquiera—. ¿Solo por una mujer?
—Oh, hermano, es que no has estado aquí. Notte…
Y desde ese momento, le intrigó.
¿Quién es Notte?
Notte, un hombre que nadie sabe de dónde salió, pero que se ha ganado el corazón de cualquier persona que lo conoce, quien se esconde bajo un velo negro que cubre toda su cabeza, a excepción de sus ojos, quien no habla de sus pinturas porque le gusta que las personas se reflejen en ellas y les den su propio significado. Quien afirma ser solo un hombre que tuvo la dicha de reflejar la percepción de su realidad mediante el óleo.
Y la mujer, quién es ella.
El pintor y la musa, batallan en quién es el más intrigante ante el público.
—Admitiré que es bueno.
—Es el mejor…
Vincenzo cree que van a la par.
—Termina de alistarte, nos iremos pronto.
Entonces, ahí estaba. Dentro del carruaje de la familia, yendo a un ritmo constante hacia la iglesia, lugar al que no le importaría no ir.
—El Padre Conte abrió de nuevo la caja de limosnas. ¿Donarás, hijo?
—¿Para qué esta vez?
—Una familia pobre, personas de apellido insignificante.
Él suspiró y asintió.
—Bien, dejaré algunas monedas en la caja y después mandaré con alguien un sobre directo a su despacho.
—Me parece bien —dice su madre y arregla una arruga inexistente en su jubón, pero después frunce su ceño cuando ve lo que tiene en su cabeza—. ¿No te pudiste colocar otro sombrero? Este se ve desgastado.
—Tranquila, solo es un sombrero —responde, ni siquiera recuerda qué sombrero se colocó, puesto a que solo agarró al que tenía más cerca—. Quiero estar cómodo.
—Lo quemaré cuando volvamos a casa. Mi hijo no puede vestir ese tipo de ropa, ¿qué pensarán los demás?
—Te queda bien el rojo, hermano.
—Sí, resalta tu cabello y piel —el hombre alza la mirada hacia sus hermanas, que lo ven con una sonrisa que ante sus ojos es hermosa—. Después de misa, ¿podemos ir al centro de Florencia?
—Claro. ¿Para qué, Rosita?
—Por Notte, quiero ver qué otras pinturas expondrá.
—Acabas de comprar una…
—Quiero mostrarte su talento. Oh, ¿te imaginas que algún día nos pueda retratar? Qué sueño.
—Solo es un pintor, hija.
—Es talentoso, pero nunca nos retratará —Francesca murmuró—. Dicen que no acepta ese tipo de trabajos, sólo pinta lo que le gusta.
—¿Tú también sabes sobre él? —su hermana asintió—. Bueno… Tener retratos de nosotros no suena mala idea, los últimos que nos hicieron fueron hace diez años, quizá.
—¡Y podemos tener un retrato familiar!
—Hija, tu tono, por favor.
—Y podemos tener un retrato familiar —repitió Rosa, en voz baja—. Aprovechemos que estás aquí. La última pintura que hay de nosotros juntos fue cuando recién nací y Aurelio estaba ahí…
—Me gusta la idea. Tenemos pinturas de las tres juntas, pero no contigo, hermano.
—Bien, trataré de contactarme con él.
Y cuando el carruaje se detuvo, Rosa pudo soltar un sonido similar a un chillido que intentó callar con todas sus fuerzas, al ver a través de la ventana.
—¡Es él!
La familia Marcini vio por la pequeña ventanilla que disponía, pero solo pudo ver a un par de familias llegando a la iglesia.
El día estaba despejado, lo notaron cuando salieron del carruaje.
Y Vincenzo pudo verlo.
Con su velo cubriendo hasta sus hombros, se preguntó si no tenía calor, aunque el sol no estaba siendo tan abrasador esa mañana.
Notte había decidido vagar por el pueblo ese día, en busca de inspiración y, a veces, un cambio de ambiente es necesario para que las ideas fluyan.
Saluda con un movimiento de cabeza a quienes lo hacen desde lejos y llegó hasta el frente de la iglesia donde se detuvo un momento a observar y a quienes se encuentran allí, atrajo la atención de niños que les intriga su velo, mismo que cubría casi toda su cabeza.
De color negro y con un poco de suicidad, la tela era amarrada en su nuca con mediana fuerza, como si se cubriera un gran tesoro. Caía con gracia en sus hombros, su estado de ánimo dependía en la manera que lo llevara puesto cada día, a veces dejaba suelto su larga cabellera negra, aunque era incómodo ya que el agarre no tenía tanta solidez y existía una posibilidad de que se deshiciera. Otras veces, solo cubría su nariz y boca, dejando su cabello suelto y expuesto.
Lo miraron con curiosidad y les sacó una sonrisa cuando agitó su mano en dirección a ellos para perderlos de vista, una vez sus madres los entraron al lugar cuando las campanas empezaron a sonar, dando aviso a que la misa comenzaría en breve.
Fue una coincidencia acabar frente a esa estructura, pues no tenía la valentía, ni ánimos para entrar.
Giró sobre sus talones hasta dirigirse a la parte trasera del lugar y tomó asiento en el suelo. Empezó a trazar líneas un poco apresuradas en las hojas de lienzo que traía consigo en un bolso de tela y una silueta femenina, con pequeñas lágrimas que caían de su rostro, se puede distinguir entre línea y mancha.
Eso era lo que más le fascinaba de pintar.
Esconder historias con más de una interpretación, con un significado que cualquiera le podría dar por su propia experiencia y visión. Es un arte totalmente relativo y sin ninguna verdadera respuesta correcta. Así como la belleza, la percepción del bien y el mal, entre otras muchas cosas de las cuales era un admirador secreto.
No eran abstractas. Es más, la mujer frente a él suele ser un personaje recurrente en sus obras, con cabellos castaños y ojos brillosos por sus lágrimas constantes, pidiendo al cielo perdón por tantas cosas y por nada a la vez en una larga carta, con una luna que no es más brillante que ella y una vela cerca suyo que le ilumina su rostro con delicadeza.
Sólo él conoce lo que hace. Pero, ¿qué podrían pensar los demás? ¿Si quiera estarían buscando la razón de su llanto? Porque también, el hecho de que a muchos pasan por alto el dolor que transmite ante sus finas facciones, es algo que sucede a menudo.
Llega a indignarse cuando no logran apreciar lo que expresa, por aquellos que no les importa el esfuerzo que hace en capturar un sufrimiento que parece propio.
Su pequeña manía de plasmar lo que no puede decir por su boca, en lienzo, pero sería feliz con una sola persona que pueda entender lo que quiere gritar.
No es sorpresa para nadie que ella fue lo que le dio el impulso para ser reconocida, sus rasgos, ojos grandes y cabello ondulado atrajo la atención tanto de hombres como de mujeres. Inició una guerra silenciosa donde el pueblo discutía quién era ésta, cuál es su paradero y qué relación tiene con el pintor, algunos optan por negarse a creer que es real y pocos no le daban importancia al asunto.
Habladurías iban y venían, sin darle mucha importancia porque esto le favorecía a que más personas se interesen por su arte, que era lo que más quería en vida. Ni siquiera intenta calmar las aguas de aquellos que viven al pendiente de los demás para divertirse un poco, una sonrisa triste siempre se posa en su rostro cada que alguien le preguntaba:
—¿Quién es ella?
Sus ojos se abren de par en par por la gruesa voz que escuchó a su lado y su corazón latió con rapidez, hizo un movimiento brusco por la repentina aparición de un hombre y logró arruinar lo que tenía en la tela. No era mucho, pero sí había logrado avanzar en lo que pudo ser una nueva pintura.
El desconocido le vio de forma curiosa, no sólo a lo que podía apreciar de su rostro, sino también lo que sostenía entre sus manos. Le daba la espalda a un grupo de personas que salían de la iglesia y, por las campanadas que retumba en sus oídos, dedujo el término de la misa.
Suele perderse en sus pensamientos a menudo.
—¿Disculpe?
Se tomó su tiempo para guardar sus pertenencias para levantarse y estar a la altura de aquel desconocido.
—Tus ojos son grandes.
En cambio, fue lo primero que le dijo cuando estuvieron frente a frente.
—Oh —se le escapó de sus labios y carraspeó por el inesperado cumplido—. Gracias.
—Vincenzo —dijo el hombre y extendió su mano izquierda, pero la cambió por su diestra de inmediato—. Un gusto.
—Claro, eh… Notte. El gusto es mío.
Se le hizo familiar su nombre; sin embargo, afirma que nunca ha visto a aquel hombre que ni siquiera le dio una sonrisa, con sus cejas pobladas en línea recta y ojos profundos sin vida, un par de mechones cafés, pues su rostro no muestra ninguna expresión junto a unos ojos entrecerrados.
Recibió la mano con un poco de lentitud.
—Notte, me comentaron que eres un pintor emergente por aquí.
—Sí, podría decirse que sí.
—Y he visto tus pinturas, déjame decirte que haces un buen trabajo. Mi familia tiene varias de tu autoría en casa.
—Le agradezco, pero… ¿Podría decirme quién es usted?
Preguntó porque, aunque su vestimenta recatada y de buena calidad que se ve a simple vista le indica a aquel grupo de personas de la sociedad, aún desconoce de qué familia proviene.
—Oh, bueno. Soy Vincenzo Marcini, de la familia Marcini.
Dios. Mío.
—Ah, sí. Señor Marcini. Claro.
—Ese mismo.
Vincenzo rio, casi de manera involuntaria
—Disculpe la pregunta, pero… ¿Por qué me está hablando? ¿Necesita algo?
—Sí, en realidad, te necesito a ti.
Dios. Dios. Dios.
—Quisiera proponerte un trato.
Reitero que no debes avergonzarte por preguntar qué está pasando aquí, no esperes mucho de un hombre que intenta ocultar su identidad y otro que no sabe cómo descubrir la suya.