BANGTAN GIRL

Summary

Una joven venezolana con raíces coreanas, Choi Sora, se abre paso en la vida lidiando con un pasado traumático. Su destino la lleva a Corea del Sur, donde, contra todo pronóstico, se convierte en una miembro de BTS, un grupo de K-Pop que ya estaba labrando su propio camino. Su llegada genera divisiones, tanto dentro del grupo como en el fandom, obligándola a forjar su propio espacio mientras navega entre nuevas amistades, viejas heridas y una hermandad incipiente que se fortalece ante la adversidad.

Genre
Drama
Author
Emily
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

POV Sora

Desde las cálidas calles de Busan, donde el sol se reflejaba en el mar y el aire salado me susurraba historias, hasta el bullicioso corazón de Seúl, el cambio fue más que geográfico; fue un salto hacia lo desconocido. Tenía doce años cuando mi tío, con su uniforme impecable de guardaespaldas de Big Hit, nos anunció la mudanza. Mi tía, con su sonrisa tranquila, me aseguró que todo estaría bien, pero la verdad era que mi pequeño mundo se había reconfigurado tantas veces que ya no estaba segura de qué significaba "bien".

Seúl era una bestia de cristal y neón, un contraste abrumador con la simplicidad de nuestra vida en Busan. Los edificios se alzaban como gigantes, y el flujo constante de gente me mareaba. La escuela era diferente, el idioma me parecía más rápido, y la comida, aunque familiar, no sabía igual sin el aroma del mar cerca. Me aferraba a los libros y a las películas de Marvel como un salvavidas, encontrando consuelo en mundos donde los héroes siempre vencían. Mi tío trabajaba horas interminables, y mi tía se esforzaba por crear un hogar, pero la ausencia de mi hermano, Sungjae, era un eco constante en cada rincón de la casa. Él se había ido a Estados Unidos después de lo que pasó, y aunque entendía su necesidad de escapar, su partida había dejado un vacío que nadie podía llenar.

Los pasillos de Big Hit se convirtieron en mi segundo hogar. Mi tío me llevaba a menudo, y yo me sentaba en una sala de espera, dibujando o leyendo, mientras él hacía su trabajo. Observaba a los aprendices, chicos y chicas con sueños grabados en sus rostros, bailando hasta el agotamiento, sus voces llenando el aire. Había algo magnético en su dedicación, una energía que me atraía. Sin darme cuenta, empecé a imitar sus movimientos, a tararear sus canciones. Era un escape, una forma de canalizar la inquietud que sentía. Un día, mientras esperaba, una de las profesoras de canto me escuchó tararear. Su mirada se detuvo en mí, y de repente, me invitó a unirme a una clase.

El resto, como dicen, es historia. No fue un camino fácil. Las horas de práctica eran extenuantes, la presión constante, y la competencia feroz. Pero había algo en la música, en la danza, que me hacía sentir viva, que me permitía expresar lo que las palabras no podían. En 2013, llegó la noticia: había firmado un contrato. Sería parte de un nuevo grupo, un grupo de chicos que se llamaría BTS. La idea de ser la única chica en un grupo de chicos era abrumadora, pero también emocionante. Sabía que sería un desafío, pero estaba lista para enfrentarlo.

La primera vez que me reuní con todos los miembros de BTS después de firmar, el aire estaba cargado de una mezcla de curiosidad y cautela. Me sentía como una intrusa, una pieza de rompecabezas que no encajaba del todo. Estaban sentados en la sala de ensayo, algunos estirando, otros absortos en sus teléfonos. Namjoon, con su aura tranquila y reflexiva, me saludó con una inclinación de cabeza. Jin, con su sonrisa cálida y sus bromas instantáneas, me ofreció un dulce. Jimin, con quien ya había compartido algunos momentos en la agencia y descubierto que éramos vecinos, me regaló una de esas sonrisas que te hacen sentir que eres bienvenido. Con él sentí una conexión instantánea, una especie de alivio al saber que no estaría completamente sola en este nuevo camino.

Los otros, sin embargo, eran más difíciles de descifrar. Yoongi me miró con una expresión indescifrable, casi de desaprobación. Jungkook, el maknae, evitó mi mirada por completo, sumergido en su teléfono. Hoseok y Taehyung, aunque educados, parecían inciertos, como si estuvieran evaluando la situación. Se podía sentir la tensión, una corriente subterránea de incomodidad.

Nuestra primera interpretación juntos como un grupo "completo" fue en la sala de práctica, una versión cruda y sin pulir de una de las canciones que habíamos estado practicando por separado. Yo estaba nerviosa, mis palmas sudaban, mi voz temblaba ligeramente al principio. Pero una vez que la música comenzó a fluir por mis venas, todo lo demás se desvaneció. Me movía con ellos, nuestras voces se entrelazaban en el estribillo. Sentí la energía, la química que, a pesar de las reservas individuales, nacía cuando estábamos juntos.

Al terminar, el silencio se apoderó de la sala. Todos nos miramos, buscando alguna señal. Jin fue el primero en romperlo, aplaudiendo suavemente. "No estuvo mal, Sora", dijo con una sonrisa. Namjoon asintió. Jimin se acercó y me dio un pequeño empujón en el hombro. "Lo hiciste bien", susurró. Yoongi seguía con la misma expresión, pero sus ojos, por un instante, parecieron menos severos. Jungkook seguía absorto en su teléfono, pero juraría que escuché un suspiro casi inaudible de su parte.

Hoseok y Taehyung intercambiaron miradas, como si se estuvieran comunicando sin palabras.

Esa noche, cuando regresé a casa, sentí una extraña mezcla de emociones. La ansiedad seguía ahí, la conciencia de que no todos me aceptaban, pero también había una chispa de esperanza. Había pisado un nuevo terreno, uno lleno de desafíos, pero también de promesas. Había una hermandad formándose, frágil al principio, pero que prometía crecer. Y aunque no lo supiera entonces, uno de ellos, con el tiempo, miraría más allá de la compañera de grupo, vería algo más, algo que cambiaría el curso de mi vida de una manera que nunca imaginé.

POV Sungjae

La noche en que la inocencia de Sora se quebró, también lo hizo una parte del alma de Sungjae. No importaba cuántas veces reprodujera en su mente los gritos, la desesperación, la impotencia. No importaba que solo tuviera quince años. Él era el hermano mayor, el protector, y había fallado. Su mejor amigo, en quien depositaba su confianza, había traicionado la suya y la de su familia de la forma más vil. La culpa lo carcomió, una bestia implacable que no le permitía respirar en la misma atmósfera que su hermana.

Poco después de que Sora se mudara a Busan con sus tíos paternos, buscando un refugio que él no pudo proveer, Sungjae tomó una decisión radical. Cruzó el océano, huyendo a Estados Unidos, dejando atrás no solo a su familia, sino también el fantasma de su fracaso. Los kilómetros lo separaban físicamente de aquel dolor, pero la sombra del pasado era un equipaje que cargaría consigo siempre. En la distancia, seguía los pasos de Sora, consciente de su talento, de su fuerza, de cómo había florecido a pesar de todo. Sabía que se había convertido en una estrella, en una miembro de BTS, un grupo que resonaba en cada rincón del mundo. La escuchaba cantar, la veía bailar, y una mezcla agridulce de orgullo y arrepentimiento lo invadía. Había una barrera invisible entre ellos, tejida con su ausencia y el silencio de sus miedos. Se preguntaba si algún día, el eco de su huida dejaría de resonar y podría, por fin, enfrentarse a su hermana. Se preguntaba si algún día, ella lo perdonaría por no haber podido protegerla.