Carta de un mentiroso

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Summary

Cuento corto que narra la desgarradora despedida de Miguel, quien, a través de una carta, le confiesa a Ana que se marcha con su bebé, impulsado por las enigmáticas cicatrices que cubren su cuerpo. Cada mentira que Miguel ha pronunciado a lo largo de su vida se manifiesta como una cicatriz espontánea y visible en su piel. Esta peculiar característica lo arrastra a una búsqueda desesperada por entender y, finalmente, borrar estas marcas que son testigos silenciosos de su culpa, llevando la narrativa a explorar las profundas implicaciones físicas y morales de la falsedad y la redención.

Genre
Horror
Author
NimrodCF
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Carta de un mentiroso

La primera frase que Miguel escribió en la carta fue:

“Perdona que no te llame cariño, pero he decidido dejar las mentiras de lado y confesarte todo”.

Sabía en lo profundo de su corazón que Ana nunca lo perdonaría, pero deseaba que, por lo menos, fuera capaz de entenderlo. Cuando terminó de escribir su carta de despedida, tomó al bebé y se marchó.

Miró atrás antes de cerrar la puerta, un instante en que sintió verdadero arrepentimiento, pero después miró las cicatrices en sus manos para recordar el motivo por el que tenía que marcharse con el niño.

Las cicatrices lo habían acompañado desde sus años de secundaria, después de ver a su compañero de clases caer de aquel puente. Él y Pablo, su compañero, tenían apenas 13 años de edad. La policía le preguntó qué había pasado.

—Un hombre lo empujó —respondió Miguel—, un completo extraño, Pablo estaba mirando el río y el hombre llegó corriendo, lo levantó y lo arrojó sobre el puente. Pablo gritó mientras caía… yo me escondí entre esos arbustos.

Al llegar a casa, notó que tenía seis cicatrices en la palma de su mano. Eran como cortes de navaja cicatrizados desde hace varios días, aunque fue la primera vez que las vio.

Al principio, pensó que se trataban de cortes que se provocó a sí mismo semanas atrás, en sus días de mayor estrés y ansiedad, pero no estaba seguro. Hasta ese momento, era capaz de relacionar cada cicatriz en sus brazos, piernas y vientre con un momento específico, como si se hubieran grabado en su memoria, de la misma manera en que él había marcado su cuerpo con la navaja. Como si cada cicatriz tuviera un vínculo con cada evento.

Los primeros cortes eran muy pequeños y superficiales, pero iniciaron desde el primer día de clases.

Ninguno de sus compañeros de escuela mostró el menor atisbo de compasión. Lo que sus profesores llamaban pequeñas bromas, como esconder su mochila en los baños o poner apodos, provocaban en Miguel gritar y llorar con desesperación cuando llegaba a casa.

Usaba la cuchilla afilada de su sacapuntas. Se provocó pequeños cortes en las falanges de sus dedos por cada ocasión que Pablo le había arrancado un mechón de pelo de la cabeza. Una cicatriz de tres centímetros en la muñeca era el recuerdo de la vez que Pablo lo obligó a beber agua del excusado frente a sus amigos. Un tajo de seis centímetros junto al ombligo fue lo que lo ayudó a soportar los días que Pablo le arrojaba tierra en la cabeza.

En una ocasión, Pablo y su grupo de amigos acorralaron a Miguel cuando iba camino al baño hasta que defecó en sus pantalones y comenzaron a llamarlo Mierdero. Al llegar a casa, Miguel raspó una de sus uñas con la navaja, quitando láminas una tras otra hasta sangrar la cutícula.

Un día, Miguel acudió a la dirección a contar en lágrimas todo lo que Pablo y su grupo de amigos le habían hecho pasar. Después de eso, Miguel no tardó en notar que él era tan solo una víctima ocasional de las travesuras de Pablo, quien descargaba su verdadera maldad en otros compañeros.

Pablo fue suspendido una semana y Miguel pudo descansar de las travesuras. Incluso el grupo de amigos de Pablo lo dejó en paz hasta que regresó. Al salir de clases, Pablo lo esperaba junto al puente que Miguel debía atravesar para llegar a casa.

—¿Sabes lo que me hizo mi mamá por lo que dijiste?

Pablo empuñaba entre las manos una rama que arrancó de los arbustos.

—N-No lo sé —titubeó Miguel, sin dejar de mirar las manos de Pablo.

—Ven, te voy a mostrar.

Pablo se lanzó contra Miguel y lo sujetó de la oreja, obligándolo a ponerse de rodillas en la tierra, con las palmas de las manos abiertas hacia arriba. Atizó con fuerza sobre la palma izquierda de Miguel. Tres golpes.

—Uno… por soplón. Dos… por apestoso. Tres… por llorón.

Miguel gritaba cuando Pablo lo soltó y le permitió levantarse. Su mano temblaba y sobre la palma tenía grandes tajos rojos y morados de donde emanaba sangre.

—Nos vemos mañana —dijo Pablo y se marchó.

Después de llegar a casa, Miguel solo pudo controlar el temblor de su mano tras realizar varios cortes sobre su muslo, a cuatro dedos de la rodilla.

Débil. Soplón. Apestoso. Llorón.

Si algo era verdad de esas cosas, era la última. Lloró hasta dormir.

Su madre lo apresuraba todas las mañanas para que saliera temprano. Ni un “buenos días”, ni un desayuno, ni un beso de despedida.

—Mamá… quiero decirte algo…

—Después, Miguel. Ya vete.

—Pero Mamá…

—No quiero saberlo, Miguel. Ya vete.

Durante el recreo, Pablo provocó que otro niño vomitara en una bolsa y después guardó esa bolsa en la mochila de Miguel, quien encontró la bolsa y la tiró a la basura, pero para ese momento ya se había derramado algo del vómito en sus cuadernos. Llegó a casa apestando con un hedor ácido. Su madre lo regañó. Miguel guardó silencio y, después de encerrarse en su habitación, tomó la navaja y se cortó en el antebrazo, formando algo como una “Y”.

Pablo intercaló la semana con castigos físicos contra Miguel y travesuras que escalaron en proporción. Para los castigos físicos lo esperaba en el puente con una vara, mientras que las travesuras las realizaba en el recreo. Esta repetición hizo que Miguel se acostumbrara poco a poco a la monotonía de los hechos. Tres golpes en la espalda. Comer escarabajos. Cinco azotes en los muslos. Bajar sus pantalones en gimnasia. Tres rodillazos en el vientre.

—Nos vemos el lunes —sentenciaba Pablo, mientras Miguel sollozaba en el puente.

Los cortes también formaron parte de la monotonía. Una tajo en forma de media luna. Arrancar un trozo de uña. Morder su labio hasta sangrar y escupir un pedazo en el lavadero. Tres cortes en la yema del pulgar. Cuatro grapas en su muñeca.

“Sé que no quieres saberlo todo”, escribió Miguel en la carta, “solo importa que sepas que un día me harté de todo, enfurecí y al ver a Pablo sobre el puente al salir de clases, tiré mi mochila al suelo y corrí contra él.

Quería matarlo.

Pensaba que podría hacerle daño, pero para él yo era como una rata. Forcejeó conmigo, nos acercamos demasiado a la orilla y lo empujé”.

Y así, al llegar a casa, notó que tenía seis cicatrices en la palma de su mano, y relacionó cada una con las mentiras que dijo al policía.

“Lo empujé.

Mi madre me preguntó de nuevo, al igual que la policía, y les di la misma respuesta. Un hombre extraño lo empujo. Yo me escondí. Al día siguiente noté que tenía nuevas cicatrices en la palma de mi mano”.

Después de algunas semanas identificó un patrón: cada que mentía, a quien fuera, surgía una nueva cicatriz. Al inicio solo fue en las palmas de sus manos, pero poco a poco y dependiendo de la mentira, nuevas cicatrices se formaron en otras partes de su cuerpo encima de las cicatrices que se provocó: su cuello, los brazos, el vientre y las piernas.

No sentía dolor, a diferencia de cuando se cortaba. Las cicatrices nacían de la nada, casi espontáneas, después de mentir. Con el tiempo notó que sus conocidos también tenían esas cicatrices. En la palma de las manos de su mamá, reconoció algunas de esas marcas, también de sus compañeros. Un maestro, que era objeto de varios rumores en la escuela, tenía un par de cicatrices en la mejilla y dos tajos como rasguños de gato.

Mentía a conciencia, después se encerraba en su habitación y con un espejo de mano, desnudo y de pie, frente a un espejo más grande, examinaba cada centímetro de su piel hasta encontrar la nueva cicatriz. Dibujó una cartografía de su cuerpo en una hoja de papel, señalando cada cicatriz y describiendo la mentira que la originó.

Al principio, pensaba que era algo mágico e imprevisible, pero con el pasar de los años descubrí nueva evidencia. Se trata de química cerebral. Mentir requiere un esfuerzo cognitivo mayor que decir la verdad, una reacción química que busca una salida. El cuerpo humano es como un contenedor cerrado y esta reacción solo busca una manera de escapar… no puedo saber qué pasaría si la mentira no encontrara una forma de manifestarse”.

En la carta relató los años que pasó obsesionado con esta idea, temeroso de que las cicatrices en su cuerpo pudieran revelar cada una de sus mentiras, que de alguna manera el lugar de la cicatriz, la forma y el tamaño, estuviera develando la verdad. No tardó en encontrar a otras personas que también sospechaban cuál era el origen de sus propias cicatrices.

En conjunto, investigaron y experimentaron con sus cuerpos y la gravedad de cada mentira, intentando descubrir los patrones y establecer el lenguaje de cada una. Alimentaban una fantasía, creyendo que con la información suficiente, podrían leer en las cicatrices de otras personas cuáles fueron sus crímenes.

Esta última idea mutó hasta convertirse en paranoia y nació la desconfianza en el grupo. A cada uno le preocupó que su compañero, que no comentaban entre sí el origen de sus cicatrices, fuera capaz de deducir el significado de las marcas. El recelo y secretismo los superaron. Empezaron a hacer nuevos cortes encima de sus cicatrices para cambiar sus formas; untaban pequeñas dosis de ácido corrosivo para la piel con cotonetes y, en los casos más extremos, asistían a centros de escarificación para arrancar epidermis esperando que las marcas desaparecieran.

Mi mayor miedo era que adivinaran que empujé a Pablo del puente. Podía ver en sus miradas que ellos experimentaban un temor similar y, con el tiempo, también tuvimos pavor de lo que podríamos descubrir de los demás. Las mentiras mutuas estaban ahí, a la vista de todos, solo esperando que alguien fuera capaz de traducir el lenguaje escrito en nuestros cuerpos. Entonces, nuestra misión cambió”.

El grupo concentró sus nuevos esfuerzos en descubrir una manera de borrar las cicatrices. Averiguar si el proceso químico que generaba las marcas era susceptible a otros procesos, y si la nueva reacción era capaz de cambiar la forma de la cicatriz original para hacerla incognoscible. Sin embargo, con el paso de los días sin lograr avances, el grupo se distanció.

Entonces, apareció Ana.

Tu sola presencia me ayudó a olvidar las cicatrices. Parecía no molestarte ni interesarte saber su origen. Me sentí seguro a tu lado y logré imaginar una vida feliz contigo, pero todo cambió con tu embarazo”.

Una noche, sonó el teléfono.

—Lo hemos descubierto —Miguel reconoció la voz de uno de sus antiguos colegas de investigación.

—¿Qué?

—Sabemos cómo borrar las cicatrices, un proceso químico reversible, pero…

Miguel esperó impaciente. Miró las cicatrices en la palma de su mano y en su brazo. Toda la cartografía de mentiras grabada en su cuerpo.

—¿Qué se necesita? —preguntó.

—Un cuerpo neutro, que nunca haya mentido en su vida. Sabemos que Ana está embarazada… es justo lo que requerimos.

Miguel guardó silencio y sintió el impulso de colgar la llamada, pero la voz continuó.

—Lo hemos intentado con otro bebés. No obstante, las pruebas no han sido favorables. Creemos que debe haber un componente genético, que hay personas más propensas que otras a desarrollar estas cicatrices. Necesitamos el hijo de uno de nosotros… y eres el único.

No supe cómo negarme. Sabía que me habían estado vigilando, porque yo habría hecho lo mismo de no ser por ti”.

—Hemos votado y el grupo piensa que debemos hacerlo… con o sin tu apoyo.

Les dije que yo me encargaría. Pidieron reunirse conmigo y se aseguraron de que no nacía una nueva cicatriz en mi cuerpo después de hacer la promesa. Pasaron los meses y después del parto, me contactaron para asegurar que cumpliría con mi palabra. En cierta forma, sabían que no podría evitarlo.

Sé que nos buscarás, porque yo lo haría, pero no podrás encontrarnos. Solo puedo prometerte que regresaré con nuestro hijo cuando nuestra investigación haya terminado y volveremos a estar juntos. Te lo prometo, sin marcas y sin mentiras”.