Capítulo 1
Llegué tarde. Media hora después de lo acordado, el día se me había enredado y terminé apareciendo más tarde de lo previsto. Apenas bajé del micro y encaré hacia tu barrio, te escribí contándote lo que había pasado. No respondiste. Frente a tu casa, esa puerta enorme y callada, toqué. Toqué otra vez. Nada. Pensé que estarías en el patio, así que me senté en la orillita de la vereda a esperar. Pasó un buen rato, sin un ruido, sin un perro que ladrara, sin nadie que saliera. Sólo yo, sentado. Cuando ya estaba a punto de irme, te asomaste por la ventana: me gritaste que habías tenido problemas y que pasara. Me levanté, probé la puerta, pero no abría. Una y otra vez intenté, y vos desde arriba insistías en que sí, que estaba abierta. Pero nada. Te pedí que salieras, que me ayudaras. No respondiste más. La puerta quedó igual. Cansado, esa noche me fui. Al día siguiente volví, convencido de que esta vez iba a poder. Intenté otra vez, pero seguía cerrada. Probé trepar la reja, buscando un hueco por donde entrar. Tampoco. Me acerqué a las ventanas, pero todas estaban cubiertas de barrotes. Nada. Entonces te vi, otra vez en la ventana. Esta vez me gritaste que vos tampoco podías salir. Que la puerta, aunque juraras que estaba abierta, no te dejaba cruzarla. Intentabas girar el picaporte desde adentro, empujar, forzarla… pero era inútil. Quedamos los dos, de cada lado, buscando la forma de vencer a esa puerta. Yo golpeaba, vos empujabas; yo trepaba, vos intentabas abrir otra ventana. Todo fue en vano. Todo se aferraba al indeseado lugar que construyeron en tu infancia; se aferraba como si de él pendiera tu vida. Como si no importara más que tu desesperante residencia y yo estaba afuera, sin nada, esperándote.