Capítulo 1
Nunca hubo un primer día. La rutina se extendía hacia el pasado y el futuro, sin inicio ni final definido. Desperté con la misma sensación de hastío que la noche anterior, como si los sueños no hubieran sido más que una pausa incómoda en la vigilia. La luz entraba por la ventana con la indiferencia habitual.
Preparé café sin pensar, siguiendo un ritual mecánico. Afuera, la calle estaba vacía. En la facultad de filosofía y letras, las discusiones sobre metafísica y moral se repetían con la misma cadencia monótona. Podía predecir cada palabra de mis profesores; todo ya había sido dicho antes, con diferentes nombres, pero siempre la misma estructura. Nietzsche hablaba del eterno retorno; yo comprendía que nada cambiaba, que la historia no era más que una reiteración infinita de miserias.
Los positivistas me resultaban nauseabundos. Su fe en el progreso y en la razón humana era un engaño. Nada avanza. Todo se mueve en círculos, con los mismos errores, los mismos crímenes repetidos bajo nombres distintos. El existencialismo me parecía un juego infantil: la libertad es una condena si todas las opciones llevan al mismo final. La esperanza, un veneno lento.
Después de clase caminé sin rumbo. Las calles estaban llenas de personas que creían en algún propósito; yo no tenía ninguno. Durante años salté de proyecto en proyecto, convencido de que podía construir algo, solo para abandonarlo cuando el entusiasmo se desvanecía. La filosofía, la literatura, incluso mis relaciones, todo quedaba a medias.
Al llegar a mi apartamento encontré la carta. La leí con desapego: me hablaba de otra persona, de un deseo que no pudo contener. No me dolió. Solo confirmé lo inevitable: todo lo que creímos importante no era más que una ilusión.
Escribí en mi cuaderno: “El amor es la mayor falacia de nuestra existencia. No es más que un acuerdo tácito de soportar la presencia del otro”. No sentía ira ni tristeza, solo cansancio. Como si la carta hubiera sido la última prueba de que todo era prescindible.
Caminé hacia el parque. Allí, entre árboles secos y bancos rotos, algo brilló entre las hojas: una llave. Su forma retorcida y oscura parecía absorber la quietud del lugar. La tomé sin comprender por qué.
Al sostenerla, un vacío se abrió en mi pecho, un hueco limpio y redondeado. El dolor apareció, punzante y profundo. Sin pensarlo, acerqué la llave al hueco. Una sacudida me atravesó; el mundo desapareció por un instante. Vi vidas que no eran mías, pensamientos y miedos de desconocidos que se mezclaban con los míos. Sus dolores, sus vacíos, eran reflejos del mío. La llave vibraba en mi mano, mutando, conectando cada historia con la mía.
Cada persona que encontraba me revelaba su esencia, su angustia, su esperanza desgarrada. Comprendí que no estábamos separados: todos atrapados en la misma espiral, buscando sentido donde no había ninguno. El dolor en mi pecho ya no era solo mío; era un eco de todas esas vidas entrelazadas.
Y entonces entendí. La llave no solo mostraba; exigía. Exigía que se completara el ciclo. Que el vacío en mí se llenara de manera definitiva. Sin tiempo para pensar, sin resistencia, dejé que la llave cayera en ese hueco.
El mundo desapareció. No hubo luz, ni sonido, ni movimiento. Solo la sensación de integridad absoluta, un silencio que lo abarcaba todo. Mi último pensamiento fue una pregunta que no necesitaba respuesta: ¿Era esto lo que siempre había esperado?
Luego, nada.