Dos destinos colisionan
En algún rincón remoto de la galaxia, donde las estrellas son testigos de lo imposible, una nave huye a toda velocidad, atravesando el vacío como una chispa desesperada. Detrás de ella, otra nave la persigue implacablemente, disparando ráfagas de energía que iluminan el espacio oscuro con destellos letales.
En el interior de la nave fugitiva, Seraha’Kyn se aferra a los controles con determinación, maniobrando con precisión mientras las alarmas resuenan a su alrededor. El casco vibra con cada impacto cercano, pero ella no cede. Sabe que, si la alcanzan, no habrá segunda oportunidad.
—Vamos... vamos… —murmura entre dientes, los ojos fijos en la trayectoria, tratando de encontrar una ruta de escape hacia una galaxia próxima.
Cada segundo cuenta. Cada maniobra es una apuesta por la vida.
Mientras maniobraba con urgencia, Seraha’Kyn sintió una sacudida violenta que estremeció toda la nave. Una de las descargas de energía enemigas había impactado cerca de los propulsores. Las luces del panel comenzaron a parpadear en rojo y una alarma estridente llenó la cabina.
— Alerta: Propulsores comprometidos. Daño estructural al 70%. —anunció la voz de la inteligencia artificial con tono neutro, casi indiferente ante el caos.
Seraha’Kyn golpeó el panel de control con frustración. Estaba rodeada, sin posibilidad de enfrentar a las naves enemigas con el nivel actual de daño. Las coordenadas del sistema más cercano brillaban en su pantalla: una región poco explorada de una galaxia remota.
—¿Cuánto para cargar el salto? —preguntó con voz tensa.
—Núcleo inestable. Probabilidad de falla catastrófica en el salto: 63%. Recomendación: abortar la maniobra.
Seraha’Kyn cerró los ojos por un instante. Sus opciones eran limitadas. Podía esperar a ser destruida… o jugarse la vida en un intento desesperado.
—Prefiero explotar a quedarme aquí esperando mi final.
Sin dudar más, activó manualmente el salto. Sus dedos recorrieron la consola con rapidez, ignorando las advertencias constantes del sistema. La nave tembló al máximo mientras el núcleo comenzaba a brillar con fuerza inestable.
— Proceso de salto iniciado. Fase crítica en curso. Agárrese.
—Aguanta… por favor, aguanta —murmuró Seraha’Kyn, aferrándose al mando mientras la realidad a su alrededor comenzaba a distorsionarse.
Y entonces, en un destello de luz azul, la nave desapareció del sistema.
Las naves enemigas se detuvieron abruptamente al perder la señal de su objetivo. Un silencio incómodo se apoderó del puente principal. Se habían confiado demasiado, seguros de que la situación estaba bajo control.
—¿¡Qué demonios pasó!? —gritó la capitana, golpeando con fuerza la consola frente a ella.
Recorrió con la mirada a su tripulación, todos evitando el contacto visual. La ira contenida se le notaba en cada respiración.
—¡Les dije que no se confiaran! ¡Tenían una orden directa de mantener la nave en la mira!
Uno de los técnicos intentó hablar, pero fue interrumpido por una señal que apareció en el monitor principal: una transmisión entrante, sin remitente identificado.
—Señal prioritaria, canal encriptado —informó el oficial de comunicaciones.
La imagen en la pantalla mostró una silueta sombría, el rostro oculto entre sombras. La capitana palideció al reconocer la voz metálica y fría que emergió del audio.
—¿La tienen? —preguntó el sujeto, sin elevar la voz, pero con una autoridad que helaba la sangre.
—N-no… se nos escapó —respondió la capitana con un hilo de voz, tragando saliva.
Hubo un largo y denso silencio.
—Más vale que la encuentres… y cumplas con tu misión. O lo pagarás con tu vida —sentenció el sujeto antes de cortar abruptamente la comunicación.
El puente quedó sumido en el más absoluto silencio. La capitana apretó los puños con rabia y frustración.
—¡Busquen la trayectoria de su salto! ¡Quiero saber a dónde diablos fue!
—Capitana... nadie registró la ruta. Pensamos que no escaparía…
Un grito ahogado escapó de ella antes de lanzar un puñetazo contra el panel, agrietando su superficie.
—¡Inútiles! ¡Esto no habría pasado si no se hubieran confiado!
Respiró hondo, conteniéndose. Luego, se acercó al holograma estelar y comenzó a analizar las posibles rutas de escape, escaneando sistemas cercanos con protocolos de predicción de salto.
—No importa cuánto tarde. La encontraré. Y esta vez… no escapará.
Mientras tanto, en un sistema estelar muy lejano, en un pequeño rincón del universo en el planeta llamado Tierra, un adolescente llamado Zack lidiaba con problemas muy distintos.
Durante el receso en su instituto, Zack permanecía solo, mirando al suelo mientras pensaba en el inminente baile escolar. Aunque no era obligatorio asistir con pareja, la costumbre dictaba que casi todos fueran acompañados, ya fuera con sus novios o simplemente como amigos.
Con el corazón acelerado y las manos sudorosas, Zack reunió el valor para acercarse a Amy, la chica más popular del colegio. Sus amigos lo miraban desde lejos, conteniendo la risa ante lo que estaba por suceder.
—E-emm... hola, ¿te gustaría ir conmigo al baile? —preguntó Zack, titubeante, con la voz temblorosa.
Un breve silencio invadió el patio. Varios estudiantes que estaban cerca se giraron a mirar la escena, atentos como si esperaran un espectáculo.
Amy lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada sarcástica. Sus amigas la siguieron de inmediato, burlándose sin disimulo.
—¿Obvio que no! ¿Crees que iría con el bicho raro? ¡Por favor, ubícate! Por eso ninguna chica quiere salir contigo —dijo Amy, sin filtros, humillándolo frente a todos.
Zack tragó saliva, sintiendo cómo se le encogía el pecho. Su rostro se tornó rojo, no de ira, sino de vergüenza.
—Ah... o-okey... perdón por preguntar —murmuró, cabizbajo, intentando disimular el dolor.
Las risas se intensificaron a su alrededor. Ese momento se volvió el tema de burla del día, y durante el resto de la jornada, Zack fue objeto de bromas crueles y comentarios hirientes por parte de sus compañeros.
Al finalizar las clases, Zack se retiró del plantel con la mirada baja, derrotado y humillado. Pero su día aún no había terminado.
Max, acompañado de sus inseparables amigos, lo interceptó a mitad de camino.
—¿Así que querías quitarme a mi novia, eh? —dijo Max, furioso, mientras sus compañeros sujetaban a Zack por los brazos.
—Todo tiene una explicación… vamos, no hace falta llegar a los golpes —intentó calmarlo Zack, aunque su voz temblaba.
Pero Max no escuchó razones. Sin vacilar, comenzó a golpearlo una y otra vez hasta que, cansado o satisfecho, se detuvo.
—Para que aprendas a no meterte con mi Amy —espetó antes de marcharse con sus amigos, dejando a Zack tirado en el suelo.
Adolorido, con la nariz sangrando y el cuerpo lleno de moretones, Zack logró incorporarse lentamente.
—Cobarde... ni siquiera puedes solo —murmuró entre dientes, con impotencia.
Se alejó del lugar, intentando recuperar algo de dignidad. Pasó por una pequeña tienda donde compró algunas vendas y algo de comida. Mientras caminaba, seguía dándole vueltas a lo sucedido.
—Aunque no me hubieran sujetado… igual habría perdido —admitió en silencio, resignado.
Con las compras en mano, Zack decidió alejarse de todo y de todos. Caminó hasta un campo abierto, un lugar que solía frecuentar en su infancia cuando quería estar solo. Una vez en el corazón del campo, alzó la vista al cielo estrellado.
—¡¿Por qué, vida?! ¡¿Por qué me haces esto?! —gritó, lleno de rabia contenida—. ¡¿Qué te he hecho yo?!
—¿Cuál es mi propósito?! ¡Dímelo!
Justo entonces, como si el universo hubiese decidido responderle, una gigantesca nave atravesó la atmósfera con un estruendo. Pasó tan cerca de Zack que sintió el calor del roce del aire a presión. La nave impactó a poca distancia, levantando una nube de tierra y humo.
Zack, boquiabierto, se quedó inmóvil por unos segundos.
—Okey... no te vuelvo a desafiar, vida —dijo, intentando bromear, aún tembloroso por lo que acababa de presenciar.
Zack salió poco a poco de su estado de shock, respirando con dificultad. Se giró lentamente y observó la estela que la nave había dejado al estrellarse. Tragó saliva y comenzó a seguir el rastro, con pasos lentos, el corazón latiéndole en los oídos.
—Como si mi vida no tuviera ya suficientes problemas… ahora una nave alienígena —pensó mientras avanzaba, todavía nervioso.
Cuando llegó a lo que parecía ser la cabina principal, no logró ver nada con claridad desde el exterior. Sin pensarlo demasiado, recogió una rama del suelo: era lo único que tenía para defenderse.
—Estoy muerto… —murmuró, consciente de lo ridículo que era enfrentarse a una nave espacial armado con una rama.
Se acercó tembloroso y tocó el vidrio opaco de la cabina. Para su sorpresa, este se abrió con un leve zumbido. Zack retrocedió, preparándose para enfrentar lo que fuera que saliera de allí... pero nada sucedió.
Al asomarse con cautela, se quedó boquiabierto. En el interior, había una chica inconsciente. Su piel era pálida, su cabello largo y azul, y vestía un traje ceñido de apariencia claramente tecnológica. No cabía duda: no era humana.
—¿En serio?... ¿De verdad eres un ser de otro planeta? —susurró Zack, aún sin poder creerlo.
La observó más detenidamente y negó con la cabeza.
—Wow... esperaba tentáculos, ojos enormes, algo más... amenazante. Pero tú... no pareces una amenaza.
Dudó. Miró a su alrededor. Una parte de él quería marcharse. No quería meterse en más problemas. ¿Y si esa chica despertaba y lo mataba? Por muy inofensiva que pareciera, la nave en la que había llegado dejaba claro que no era de este mundo.
Entonces, ella se movió. Sus párpados se abrieron con dificultad, revelando unos ojos de un violeta claro y profundo. Apenas logró articular una palabra antes de desmayarse de nuevo:
—Ayúdame…
Zack se quedó inmóvil. Su mente se llenó de pensamientos contradictorios. Si la ayudaba, ¿y si ella lo mataba o, peor aún, ponía en peligro al planeta? Pero si la dejaba ahí, alguien más podría encontrarla... y tal vez no tendría piedad. Sabía lo que pasaba en las películas: experimentos, torturas, laboratorios.
Miró una vez más a la chica. Su voz había sido débil. Vulnerable.
Zack suspiró con resignación. Iba a correr el riesgo.