Epílogo: Las cosas sin sentido también nos reflejan
Hay un rumor antiguo en los objetos. Una memoria muda que guarda el eco de quienes los tocaron, los miraron, los olvidaron.
Una escalera que ya nadie sube. Una ventana que ya no da a ningún paisaje. Una silla vacía. Una taza fría. Una lámpara apagada. ¿No es acaso eso también una manera de existir?
Quizá no lo notamos, porque nos hemos acostumbrado a pensar que el sentido solo vive en lo grandioso, en lo extraordinario, en lo visible. Pero hay un mundo que también respira en lo inerte, en lo olvidado, en lo mínimo. Y ese mundo habla.
Los objetos no solo acompañan la vida: la contienen. Son el espejo donde se refleja el tiempo que no vemos pasar, el abrazo que ya no damos, el silencio que nadie nombra, la espera que ni siquiera sabíamos que estaba.
Cada objeto guarda una historia que no se escribió, una voz que no se oyó, una presencia que se fue y dejó su forma dibujada en el polvo.
Y a veces, sin darnos cuenta, nos parecemos a esas cosas. Somos la lámpara que ya no enciende, el perchero sin abrigo, la puerta que espera a nadie. Nos volvemos objetos de nuestra propia rutina, figuras repetidas en habitaciones que ya no nos reconocen.
Pero también —y esto es lo más hermoso— en esa aparente falta de sentido, en esa quietud absurda de las cosas, hay un espejo más fiel que cualquier otro.
Porque ahí, en lo que no dice nada, en lo que no tiene utilidad aparente, en lo que simplemente es, aparece la pregunta fundamental: ¿Y nosotros qué sentido tenemos?
Tal vez por eso hablamos con los objetos. No por locura o por juego, sino porque necesitamos que alguien nos devuelva la mirada sin pedirnos nada a cambio.
Una silla puede ser un refugio. Un armario, un secreto. Un lápiz, un deseo inconcluso. Una taza vacía, la memoria de un amor. Una escalera, un intento de seguir subiendo cuando ya no hay arriba. Un espejo, el único que nos muestra lo que no queremos ver.
Y así, poema a poema, descubrimos que no hay cosa sin alma, que no hay objeto sin historia, que lo que parece insignificante, también nos abraza, también nos recuerda, también nos piensa.
Por eso, este poemario no habla solo de cosas. Habla de nosotros cuando ya no sabemos cómo hablarnos. Habla del amor que se quedó en una bufanda colgada. Del miedo escondido en un cajón. De la soledad que se apoya en una mesa. Del tiempo que late en el reloj, aunque nadie lo escuche.
Porque, al final de todo, las cosas sin sentido también nos reflejan. Y quizás, solo quizás, nos recuerdan que vivir no es entenderlo todo, sino aprender a mirar lo que siempre estuvo ahí esperando que lo sintiéramos.