El suicidio de Eszter

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Summary

Eszter observa el mundo desde la ventana de su cuarto, inmóvil mientras la multitud camina ajena a su dolor. Cada línea en su piel, cada gesto contenido, es un grito silencioso que nadie escucha. Entre objetos olvidados, palabras escritas en cuadernos y el reflejo en los espejos, ella habita un espacio donde la vida y la ausencia se confunden. Esta noveleta, dividida en tres capítulos intensamente emocionales, no se cuenta con actos explícitos, sino con cada respiración, cada mirada perdida, cada instante que recuerda que el mundo sigue girando mientras ella se desvanece lentamente. Una obra donde la fragilidad humana y la soledad se sienten como un peso insoportable, y el lector se convierte en cómplice de lo que no se dice, de lo que permanece implícito capítulo a capítulo.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

Eszter apoyó la frente pálida contra el vidrio frío de la ventana. El cristal estaba empañado por la humedad de su respiración, y por un instante pensó que podría dibujar algo con el dedo índice, un dibujo cualquiera, o quizás una palabra, pero no lo hizo; dejó que sus manos siguieran descansando sobre sus delgadas piernas. Abajo, la multitud se movía, era un caos hermoso, ruidoso; sentía que todo aquello le apretaba el pecho. Personas que se rozaban sin mirarse, hombres y mujeres que jamás llegarían a conocerse, otros hablaban por teléfonos. Arrastraban bolsas de mercado como si arrastraran una parte de su ser. A Eszter le fascinaba y le repelía esa marea incesante de caras y nucas. Cada rostro le presentaba un enigma que no deseaba resolver. Los observaba con el mismo entusiasmo con el que miraba las hormigas del patio cuando era una niña: con una mezcla de curiosidad, asco y resignación.

Tenía las piernas cruzadas sobre la silla, tapadas con un pequeño vestido negro de dormir; se veían blancas bajo la luz artificial de la lámpara. Blancas como mármol, pensaba a veces, aunque el mármol no sangra ni sufre. Ella sí. En la piel, líneas finas, algunas recientes, otras cicatrizadas por el tiempo que todo lo cura… o quizás no todo. Había aprendido a esconderlas con pantalones de jean largos, con medias oscuras, con gestos que ya eran automáticos al sentarse. Cortarse no lo consideraba un gesto de rebeldía, pues hace mucho que no tenía que demostrarle nada a nadie, sino más bien como una necesidad intrínseca. Cuando el dolor por dentro se volvía insostenible, cuando todo se convertía en una masa atorada en la garganta que la asfixiaba, una línea sobre la piel la traía de vuelta. Una confirmación de que aún existía entre los vivos: sigo aquí. Al menos todavía duele.

El cuarto estaba en penumbras, rara vez encendía las luces. El reloj digital sobre la mesa de noche brillaba en números rojos sobre fondo negro: 18:42. En las paredes, fotografías arrancadas de revistas, garabatos en lienzo de su tiempo como pintora, hojas con frases propias y otras copiadas de libros que había leído tantas veces hasta hacerlas propias, como si el escritor se las hubiera dedicado a ella. Una de las frases decía: “El mundo se derrumba, y nadie puede sostenerlo, ¿quién me podrá sostener a mí? Una simple mortal.” Nadie entendería por qué pegaba esas cosas en la pared. No las colocaba para que alguien las comprendiera. Además, los amigos que alguna vez pasaban por allí, antes de que decidiera aislarse, ya no regresaron. Eran recordatorios, nada más que eso, ecos que le recordaban que estaba sola en su naufragio. Nadie puede salvar a otro. Cada quien tiene el derecho, y el deber absoluto, de hundirse en su propia decadencia… con dignidad.

Miró otra vez la calle. Una mujer entrada en años discutía con un hombre, quizás veinte años menor que ella, junto a un coche estacionado. Él agitaba los brazos en el aire, quizás quería llevar el ritmo de la discusión como quien lleva una orquesta; ella encendía un cigarrillo con la mirada extraviada. A nadie parecía importarle que la vida de alguien se estuviera desmoronando en plena vía pública. Todo seguía igual, el mundo seguía indiferente: los transeúntes caminaban, un perro ladraba a un gato sobre una banca en la calle, un bus se detenía. La indiferencia era tan perfecta que le resultaba placentera. Eszter pensó que si en ese mismo instante desapareciera, la ciudad seguiría moviéndose igual. La multitud no se detiene. El caos prevalecerá.

Sus dedos jugaban con el vestido de dormir, tirando de los diminutos hilos sueltos. Era un gesto que había repetido tantas veces que ya ni lo notaba. Recordó cuando su madre le gritaba que dejara de arruinar la ropa. Siempre le decía, aunque no de forma directa, que era algo idiota, que parecía un animal que se destroza su propio pelaje.

Ella nunca contestaba. Solo escuchaba mientras, en su cabeza, viajaba por algún libro leído recientemente. ¿Qué podía responder? Que ese gesto la calmaba un poco, que era mejor arrancar hilos de la ropa que arrancarse la piel. Que había noches en las que la tristeza era más fuerte, cuando más desorientada se sentía, y en las que solo un hilo deshilachado la mantenía ocupada, lejos del filo de la navaja que la llamaba desde la gaveta de su mesa de noche. Nadie entendería. Nunca.

El cuarto olía a humedad y polvo. En la mesa había una taza de café, ya frío, olvidado desde hacía horas. No podía recordar cuándo lo había preparado. A veces el tiempo se sentía más lento que de costumbre; otras, caía de forma vertiginosa, de modo que las noches se hacían días, y los días noches, sin darse cuenta. Mientras la gente hablaba de rutinas, de agendas, de futuro, Eszter apenas lograba sostener el presente como si fuera una cuerda que ella intentaba sostener de un lado, mientras cinco hombres fuertes tiraban del otro extremo.

Se levantó de la silla con la paciencia de quien siente que le quedan siglos de vida. Caminó descalza hasta el espejo del viejo armario. Se observó durante un largo rato. El rostro en el reflejo le devolvía una expresión neutra, casi ajena. Tenía el cabello oscuro, largo y desordenado, los ojos hundidos por el insomnio.

Aun así, conservaba los rasgos hermosos de su rostro. Siempre había sido una mujer hermosa. En los tiempos en que era más alegre y había encontrado refugio en la pintura, tenía muchos pretendientes. Ahora, esas memorias parecían de otra vida.

¿Soy yo?, pensó, y la pregunta se repitió una y otra vez dentro de su cabeza, como una gota que cae sin cesar: plop… plop… plop… torturándola. ¿Soy yo? ¿Soy yo? Sentía que la del reflejo era ella en otros tiempos, una Eszter más pequeña, atrapada detrás de sus ojos, gritando a todo pulmón sin que nadie pudiera escucharla. Esa era la verdadera Eszter. La de afuera, la que respondía “estoy bien” cuando alguien preguntaba cómo estaba, era solo un cascarón hueco educado.

Volvió a la ventana, ya no estaba empañada. Y la mujer que discutía tampoco estaba en la calle. El coche arrancaba, solo iba el hombre en él. Eszter pensó que así quedaban siempre las discusiones: alguien se va, y otro se queda; el que se queda siempre es el que sufre más. Y el mundo sigue su curso, implacable en su andar, sin detenerse a mirar lo que va quedando roto en el camino de no retorno. Ella misma era una calle mojada después de la tormenta. Una superficie fría, abandonada, donde los restos de algo que alguna vez importó, pero que nadie le importa más.

A lo lejos escuchó una risa que se elevaba por sobre el bullicio de los automóviles. Un grupo de jóvenes que caminaban juntos por la avenida, riendo demasiado fuerte, queriendo llamar la atención, quizás intentando que todo el barrio supiera que estaban vivos. La risa forzada del grupo le taladró la cabeza en seguida. No era envidia, no exactamente. Era que no podía comprender. ¿Cómo lo hacen?, se preguntó mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja. ¿Cómo pueden reír tan alto, tan seguros, cuando el mundo convulso se desmorona segundo a segundo?

Cerró los ojos con fuerza. El recuerdo de la navaja guardada en el cajón de la mesa de noche le atravesó la mente como un relámpago. No tenía ganas de buscarla, no todavía. Pero el simple hecho de saber que estaba allí guardada le daba una sensación de control, así fuera en algo tan tonto. Si quiero, puedo. Si quiero, paro todo esto tan fácil y rápido; nadie lo sabría hasta pasadas unas semanas. Era un pensamiento oscuro, pero también una especie de consuelo: saber que puedes acabar todo el sufrimiento y la confusión con un acto tan sencillo era gratificante.

El reloj marcaba las 19:05 con sus números rojos. Le gustaba aquel color. Afuera seguía la multitud incansable. Dentro, Eszter respiraba despacio, retenía a veces la respiración, contando mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro. Es imposible contener la respiración hasta morir, pensó. Alguna vez lo leyó en algún artículo de una revista: el cuerpo humano siempre buscará su supervivencia. Si dejas de respirar, en poco tiempo los niveles de dióxido de carbono en la sangre aumentarán; estos activarán un reflejo que te produce una necesidad irresistible de respirar. Afortunadamente, no es la única manera de morir.

Afuera, el ruido de los autos había cesado; tampoco se escuchaba ya ninguna risa estrepitosa. El silencio en la habitación se volvió pesado, y fue entonces cuando el verdadero bullicio apareció: el que resonaba dentro de su cabeza. A este sentimiento de caos en su mente no le tenía miedo. Era más bien esa sensación de estar acompañada por las Eszter de varias épocas, como si cada una de ellas tratara de traer su pensamiento al mismo tiempo de las demás. Se levantó, caminó hasta el escritorio con paso aletargado y abrió el cajón con lentitud. Allí estaba, entre papeles viejos y bolígrafos de los cuales la mayoría ya no tenía tinta: la navaja plateada. No era nueva ni brillante. Estaba gastada, con manchas de óxido, pero siempre se aseguró de que su filo estuviera como el día que la compró. No era un objeto romántico, sino una herramienta vulgar, como una cuchara o unas tijeras. Pero para ella era algo más que un simple objeto.

La sostuvo entre los dedos, sin prisa, sintiendo la textura metálica. Le gustaba el sentimiento de sostenerla, de sentir su peso. La luz tenue que entraba por la ventana arrancaba pequeños reflejos apagados en el metal, ahogados. No la usó. No estaba tan hundida como para necesitarla, aún. Solo siguió sosteniéndola un rato más, como quien acaricia algo familiar. Luego la dejó de nuevo en el cajón, cerrándolo con una suavidad exagerada. No hoy, pensó. Aunque esa promesa no significaba nada para ella; si hay alguien que sabía romper promesas era Eszter, sobre todo las que se hacía ella misma. Los días eran intercambiables, iban y venían, como billete gastado; nada se queda nunca en el mismo sitio, todo cambia.

Se inclinó sobre el escritorio. Había un libro abierto en la página catorce, y sobre ella habían varios apuntes, cenizas de cigarrillos y manchas de café. Intentó retomar la lectura, pero al final solo lo dejó de nuevo sobre el escritorio, abierto en la misma página. Fue al bolsillo de su abrigo, sacó una caja de cerillos y un cigarrillo, lo puso entre sus labios. Lo encendió y dio varias caladas sin botar el humo; esto la relajaba un poco.

Sin sacarse el cigarrillo de los labios, buscó un cuaderno y un lápiz. Empezó a escribir frases sueltas, uno de los pocos pasatiempos que aún le resultaban soportables. A veces lo hacía sin sentido, solo por el acto de dejar que las palabras se desangraran sobre el papel. Cuando su mente aterrizaba y leía lo escrito, arrancaba la hoja para guardarla con el resto, o la quemaba en la papelera. Al terminar, cerraba el cuaderno con un golpe seco. No soportaba mirarlo demasiado tiempo; en ella todo se consumía demasiado rápido.

Caminó hacia la cama y se dejó caer de espaldas. El techo estaba cubierto de pequeñas grietas que se asemejaban a un mapa de algún mundo perdido. Siempre se quedaba mirando una en particular, que bajaba en diagonal hasta perderse en la esquina derecha. A veces imaginaba que esa grieta se alargaba lentamente mientras ella dormía, hasta que se hiciera tan grande que podría partir el techo en dos. La casa se derrumbaría sobre ella, y nadie se daría cuenta hasta mucho después. Tal vez sería lo mejor, pensaba. Una tragedia casual, sin culpas, sin explicaciones. Una desaparición limpia y elegante.

El teléfono vibró sobre la mesa. No lo había escuchado sonar, siempre estaba distraída, pero ahí estaba la notificación. No quería saber de nadie; los mensajes de texto le parecían sosos. Lo tomó sin entusiasmo, el brillo de la pantalla la cegó por unos segundos. Un mensaje: “¿Cómo estás?” era una amiga de la escuela, la última que todavía le escribía, aunque apenas y le respondía últimamente. Lo miró un largo rato, estuvo tentada a arrojarlo por la ventana, pero no se decidió. “Bien”, escribió, y envió. La palabra la dejó con un sabor amargo en la boca. Mentir era un acto automático, le salía por instinto. Nadie quería escuchar otra respuesta. Si dijera “mal”, la conversación se volvería incómoda, un mensaje llevaría a una llamada, una llamada a una visita; era algo intolerable. Nadie quiere incomodidad. Así que “bien” servía como salvoconducto, como un pase para no ser vista.

Se giró en la cama y abrazó la almohada. Sintió las lágrimas acumularse detrás de los párpados, pero no cayeron. Hacía mucho que no lloraba de verdad, por más que lo deseara. El llanto se le había secado tiempo atrás, o tal vez se había cansado de dar explicaciones al aire. Llorar sola era como hablar con las paredes: inútil, o quizás era un lujo que ya no podía darse.

El reloj marcaba 21:17. La noche se deslizó sobre la ciudad. El bullicio de la calle se fue apagando aún más, aunque nunca del todo. Siempre había algún motor encendido, un grito lejano, un perro persiguiendo a un desventurado gato. Eszter volvió a la ventana. El vidrio reflejaba su rostro, superpuesto a la oscuridad del exterior. Se sintió deprimida una vez más.

En la acera de enfrente, apareció un hombre tambaleándose; los movimientos eran exagerados, parecía que iba a caerse, pero al final se incorporaba y continuaba el balanceo, probablemente ebrio. Gritaba palabras obscenas y escupía cada dos pasos. Nadie volteaba a mirarlo. Una vez más, a nadie parecía importarle nada. Pasó con el bamboleo frente al edificio de Eszter, desapareció en la siguiente esquina, y el silencio se apoderó de nuevo. Esa escena le pareció divertida: al fin había visto a alguien sensato insultar solo por el hecho de que podía hacerlo. Haré lo mismo algún día, pensó, si es que sigo aquí.

Se alejó de la ventana y buscó un libro en el estante. Lo abrió al azar. Una frase subrayada le golpeó los ojos: “La gente es lo peor que le puede pasar a una persona”. Sonrió apenas; necesitó un gran esfuerzo, le salió bien. Sintió que esa persona había entendido algo de lo que ella cargaba. Pero la sensación no duró mucho. Cerró el libro y lo arrojó debajo de la cama.

En la mesa, el cuaderno seguía esperándola para entregarle sus páginas, dejar que hiciera con él lo que ella quisiera; era una diosa en su ocaso, nadie más podía escribir palabras más honestas. Lo abrió de nuevo, esta vez con firmeza. Escribió: “No estoy hecha para este mundo” y en su mente la completó: ni este mundo está hecho para mí. Esta última parte no la anotó. La frase quedó flotando en la página, incompleta, como si esperara un final que nunca llegaría. Eszter la miró hasta que las letras se desfiguraron en manchas; se sintió cansada. Después arrancó la hoja con brusquedad. La arrugó entre las manos, con el encendedor le quemó uno de los extremos y la tiró a la papelera hasta que se consumió toda. No soportaba verse escrita de manera tan exacta.

El reloj continuaba su marcha, indiferente. 22:04. Los números rojos se veían más vivos en la oscuridad. El cansancio continuó apoderándose de su cuerpo, pero no de su mente. Intentó cerrar los ojos, pero fue en vano; su mente siempre le impedía conciliar el sueño fácilmente. Venían a ella pensamientos atropellados, recuerdos que rumiaba una y otra vez, voces de seres queridos que aún no olvidaba. Se levantó de nuevo. Fue al baño, encendió la luz amarilla, se miró en el espejo. Estaba ojerosa; estas hacían contraste con su piel pálida. Se tocó el rostro, como si quisiera asegurarse de que aún estaba ahí. Miró en la repisa, vio su frasco blanco de pastillas, lo tomó, giró la tapa del frasco y el clic sonó en el silencio del baño. El olor a medicamento le resultaba familiar, casi reconfortante. Dejó que las dos pastillas verdes rodaran en la palma de su mano, las observó por un rato. “Dosis comprimidas de olvido”, murmuró. Las tragó sin agua, sintiendo cómo raspaban su garganta.

Regresó al cuarto. La ventana estaba abierta de par en par. El aire frío entraba moviendo las hojas sueltas del cuaderno. Eszter se sentó otra vez en la silla y dejó que el viento helado le erizara la piel; le gustaba esa sensación. Se recostó en la silla, las pastillas poco a poco iban haciendo efecto, ella siguió esperando extinguirse.

La madrugada la sorprendió despierta. Quizás dos pastillas ya no eran suficientes. No era la primera vez que pasaba la noche en vela, observando cómo el reloj iba cambiando un número tras otro. 02:37. Afuera, la calle estaba casi vacía. Un vagabundo recogía basura y llenaba la saca que llevaba sobre sus hombros. Un taxi se detenía en la esquina, descargando a un pasajero somnoliento que caminaba tambaleante hacia la puerta. El silencio de la ciudad nocturna tenía una atmósfera hipnotizante, menos ruidosa pero más inquietante. Era como si el mundo entero hubiera bajado la guardia, y lo que se veía era lo verdadero: la soledad desnuda de los edificios y los animales nocturnos. Se vio tentada a bajar, caminar dos calles, quizás mientras terminaba su cigarrillo; luego descartó la idea dándose un pequeño golpe en la barbilla.

Eszter permanecía en la silla, abrazando sus rodillas contra el pecho. Parecía una adolescente de 15; su esbelta figura y su palidez le daban un aire infantil, tenía 35 años. El cansancio de su cuerpo era más evidente; ya no sentía frío, aunque el aire que entraba por la ventana era helado. La sensación de adormecimiento en los pies y en los brazos le gustaba. El cansancio corporal era un umbral que se podía ignorar si se permanecía inmóvil el tiempo suficiente.

Pensó en la gente que dormía a esa hora. En las casas con luces apagadas, donde alguien soñaba sin saberlo, donde alguien respiraba en la tranquilidad de un hogar. Pensó en las camas compartidas, en los cuerpos que se abrazaban en mitad de la noche, en las familias. Luego dejó de divagar y volvió a sí misma: un cuarto, una silla, una mesa, una refrigeradora, una cocina, una ventana abierta. Al menos era suya, su lugar, donde nadie podía juzgarla, dónde podía divagar sin ser interrumpida.

El zumbido de un insecto rompió el silencio. Es increíble la cantidad de cosas que alteran la paz de una persona: insectos, autos, gritos, risas, gente. La polilla se golpeaba contra el cristal de la lámpara, atraída por una luz que terminaría por matarla. “¿Será que no sabe que se está suicidando?”, pensó. Eszter la observó durante largo rato. No movió un dedo para intentar salvarla. “¿Por qué habría de hacerlo? ¿Qué le da el derecho?” Cada quien vive y muere como mejor le parezca. Se quedó quieta, con la cara apoyada en ambas manos, viendo cómo la polilla se golpeaba una y otra vez hasta caer al suelo, fenecida. Suspiró. La recogió de la mesa y la colocó en el marco de la ventana.

A media mañana se colocó el abrigo y, con un gesto pausado, ajustó su boina parisina. Aquellos detalles le conferían un aire bohemio; su belleza, que la conservaba intacta, descendió con ella a la calle. Había dormido apenas un par de horas, pero se obligó a salir. El aire de la ciudad estaba saturado de humo y ruido: escapes de autos, bocinas, gritos, conversaciones. Todo esto se mezclaba con el olor a pan y café recién hechos que se filtraba por las puertas corredizas del viejo local donde, años atrás, ella solía hablar de pintura y literatura con su círculo de amigos. Estuvo tentada a entrar para intentar desayunar, pero desistió de la idea; optó por encender un cigarrillo.

Las personas pasaban a su lado con prisa, cada una con un destino claro. Ella no tenía ninguno. Se detuvo frente a una tienda, miró por el vidrio donde maniquíes sin rostro exhibían ropa de temporada. Luego miró su reflejo, confundida; quizás ella también era uno de esos maniquíes. El reflejo la deprimió: su cabello desordenado bajo la boina, las ojeras marcadas, la palidez que no disimulaba, sin pizca de maquillaje. Soy un maniquí viviente, pensó. La idea se le quedó grabada.

Una pareja pasó a su lado riendo; iban tomados de la mano en actitud amorosa. Él le tomó el rostro a ella y la besó en plena calle, con esa urgencia de quienes odian esperar. Eszter desvió la mirada y botó el humo. Una fuerte tos la atacó hasta casi dejarla sin aliento, regresó por dónde había venido.

Se refugió en la cafetería que había dejado atrás hace un instante. El aroma del café la golpeó nuevamente al entrar, mezclado con la música de jazz suave que sonaba de fondo. Pidió un té negro sin azúcar. Se sentó junto a la ventana y apoyó la cabeza en la mano. Observaba a las personas sentadas en las otras mesas: un grupo de estudiantes con laptops, una mujer que hablaba por teléfono mientras hacía gestos con las manos, un anciano que leía el periódico mientras masticaba de forma grotesca un trozo de croissant. Todos parecían tener un papel asignado. Ella no tenía ninguno.

El té llegó y dio un sorbo largo sin dejarlo enfriar. El calor descendió por su garganta, luego lo apartó. Sacó el cuaderno de su bolso, buscó si le quedaba alguna página en blanco. Tomó la pluma, la dejó suspendida sobre el papel, inmóvil. No encontró nada interesante que escribir. Todo lo que quería decir parecía demasiado obvio o demasiado inútil. Terminó por dibujar círculos, uno tras otro, hasta llenar la página, hasta que fue interrumpida.

Una niña inquieta en la mesa contigua estaba haciendo un berrinche. Eszter la miró fijamente. Tendría unos siete años, con el cabello recogido en dos trenzas y un vestido azul de bolitas. La niña dejó de llorar y la observó de vuelta con curiosidad, como si viera algo extraño en ella. Se sostuvieron la mirada. La niña sonrió. Eszter le apartó la vista, pero ese gesto simple, esa sonrisa limpia, le pareció casi una burla. Le apretó el pecho, como si la niña, sin saberlo, le mostrara todo lo que había perdido.

Pagó y salió sin terminar el té. Afuera, el sol estaba alto, ya no hacía frío, pero no quiso quitarse el abrigo. Caminó de regreso a su edificio, subió las escaleras como si midiera cada paso. Entró a su cuarto y cerró la puerta con llave.

Se dejó caer en la cama, suspiró. El cansancio era insoportable, pero sabía que si cerraba los ojos solo la esperaban sueños confusos, fragmentos de recuerdos, voces que había comenzado a odiar. Miró el techo otra vez, la misma grieta que seguía avanzando hacia cualquier lugar.

El reloj marcaba las 16:12. Solo había pasado la mitad del día, y a Eszter le parecía insoportable la idea de tener que aguantar la otra mitad.

Se levantó y fue a la ventana, apoyando otra vez la frente contra el cristal. En la calle, la gente desfilaba sin fin; rostros que, si los miraba lo suficiente, se desfiguraban. Sintió náuseas e intentó retener el vómito, pero fue en vano. Arrojó los sorbos de té negro que acababa de tomar sobre la papelera. El ardor en el pecho la golpeó de inmediato. Contuvo la respiración: uno, dos, tres, cuatro… y continuó hasta que no pudo más.

La noche llegó sin que se diera cuenta; no encendió la luz del cuarto. Se quedó tendida en la cama, escuchando cómo la ciudad cambiaba de ritmo a medida que los números rojos del reloj continuaban su interminable andar. Los sonidos eran distintos a esa hora: el tráfico disminuía, más murmullos que se filtraban por la ventana, risas lejanas que terminaban por ahogarse lentamente, un portazo en algún piso superior. El silencio entre esos ruidos era lo que más le pesaba. Odiaba tener tiempo para escuchar su ruido interior, que era más molesto que el de afuera.

El vómito en la papelera comenzó a emitir un olor nauseabundo.

Se levantó con esfuerzo y caminó hacia la ventana. La abrió de par en par y se aseguró de que nadie estuviera abajo. La papelera cayó al piso con un golpe seco, un sonido que le recordó a un disparo de revólver. Su cuarto estaba en el quinto piso.

El viento frío le azotó el rostro. Se sintió tan cansada que creyó que podía desmayarse en cualquier instante. Su mente divagó, cruel y obsesiva: si debía o no terminar como aquella papelera. Por un momento, casi vio cómo saltaba desde el último piso.

Entonces, el celular sonó. El sonido la arrancó de su abismo. Parpadeó, confundida. Estaba viva. Lo había soñado. Era un mensaje de su madre: “¿Princesa, llegas mañana para almorzar? Hace tiempo que no nos vemos.” Eszter lo leyó, pero no respondió. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. El sonido de una notificación más lo haría insoportable.

El reloj marcaba 23:58. Eszter cerró los ojos, derrotada por el cansancio. Respiró hondo. Contó otra vez, en silencio: uno, dos, tres, cuatro. La cuenta no tuvo fin.