¿Rechazo o halago del oscuro?
La lluvia golpeaba los tejados de teja gastada con un ritmo constante, como un latido sombrío que recorría la pequeña casa de Ranzel Bercéva. El olor a madera húmeda y cera vieja impregnaba cada rincón, mientras la luz de la tarde se filtraba por las ventanas con cristales sucios, pintando sombras alargadas sobre los muebles humildes y desvencijados. María, apenas una niña de nueve años, caminaba con paso cauteloso entre la sala y la cocina, observando cada objeto como si adivinara secretos ocultos en el polvo. Su cabello rojo oscuro, recogido torpemente por un lazo gastado, parecía arder bajo la luz mortecina.
Un maullido quebró el silencio. El gato negro, sombra felina de ojos verdes que parecía adivinar la mente de la niña, se deslizó entre sus piernas, reclamando atención. María sonrió, extendiendo la mano para acariciarlo, pero el animal, en un gesto inesperado, le arañó la muñeca. La sangre tibia se mezcló con el polvo de la madera, y la niña apenas chilló antes de retroceder. No era dolor, sino advertencia. Desde aquel día, cada arañazo del gato negro sería un recordatorio: la vida no concedía dulces sin antes probar la resistencia de su espíritu.
Ranzel, desde la cocina, la observaba en silencio, sus ojos verdes intensos reflejando orgullo y desaprobación a partes iguales. “María, no seas imprudente,” murmuró sin levantar la voz. La niña bajó la mirada, conteniendo la rabia y la curiosidad que siempre la llevaban a desobedecer. Cada gesto de su madre estaba cargado de juicio, y cada palabra, de expectativa. La pureza y la perfección eran requisitos, y la locura que hervía bajo la piel de Ranzel parecía un viento helado dispuesto a moldear a su hija.
María se frotó la muñeca y, por un instante, dejó que una sonrisa ligera se dibujara en sus labios pálidos. Esa misma sonrisa que un día repetiría frente a la corte, rodeada de vestidos negros, corona y misterio. Por ahora, sin embargo, solo estaba la casa húmeda, el gato negro y la promesa de que algún día, de alguna manera, ella sería la reina en esta vida.
Un trueno estalló en el cielo, y el gato se erizó. María, con la mirada fija en la tormenta que se avecinaba, susurró para sí misma: “Yo soy la reina en esta vida.” La frase se perdió entre el rugido de la lluvia, pero en su interior se encendió como una llama. Una llama que la guiaría mucho más allá de aquella humilde casa y de los ojos críticos de Ranzel.