Capítulo 50
EL NACIMIENTO DE UNA CALÉNDULA.
Estábamos muertos de sed,
tanto que nos ahogamos al beber.
Bebimos del pico, como salvajes.
Corrimos del destino como fieras,
y cuando creímos perderla por fín,
por la espalda, cobarde, nos apuñaló sonriente.
A.
El olor de las caléndulas me despertó de forma abrupta, el silencio reinaba el lugar. Me levanté de la cama, la emoción se hizo en mí. Con mis pies desnudos toqué el suelo de madera flotante, el frío penetró mi piel, como solía hacerlo.
La gelidez escaló mi cuerpo, haciéndome sentir calmada y en paz. Sonreí ante la sensación, ante la belleza de la rutina.
Abandoné el cuarto con tranquilidad, mientras el eco de mis pasos musicalizaba la habitación.
La cama individual me saludaba, deshecha, gritándome para que la arreglase. Me acerqué a ella con amabilidad, tendiendo la única manta blanquecina, no era necesario más; la temperatura era siempre la misma.
El olor floral adornaba el pequeño lugar, proveniente del ramo de vivas caléndulas que descansaban en el bello florero de cristal. Las flores que me había obsequiado me hicieron sonreír ante el recuerdo.
Avancé hasta el cabezal de la cama, acomodé las almohadas. Me reparé en las cortinas cerradas, no me gustaba mantenerlas abiertas durante la noche, porque me gustaba dormir con una sola manta; y de otra forma, debería agregar una más.
Las abrí, dejando entrar la luz tóxica del senisol. Respiré el aire falso, cerrando los ojos con placer.
Volviendo a la realidad, me dispuse a salir de una vez del cuarto.
Cerré la puerta con paz, sin emitir sonido, para que este no reinara la casa. Bajé la escalera con suavidad, disfrutando cada paso, armonioso el rechinar de cada eslabón.
Por cada paso que daba, más parecía acercarme a la única vida en toda la casa. Me abrazó el aroma a café recién hecho, danzaban en el aire las notas de pan tostado.
Sentada en el sillón rojo de nuestra sala, sus pies cruzados, concentrada en la televisión frente a ella.
Ahí estaba, mi madre.
Las arrugas en su rostro, semejantes a los rayos, terminaban de otorgarle identidad a su tormenta. Sus ojos aguados, como cada vez que nos despedíamos. Me apené de ella, de su tristeza, de su soledad.
Me acurruqué a su lado, obsequiándole mi calor. Le di un beso en la mejilla, para después murmurar un pequeño <>.
—Buenos días, Aly. —Su voz seca y arcaica—. ¿Desayunamos juntas?—
Siempre lo hacíamos.
—Claro, ma. ¿Falta algo en la mesa? —Pregunté por cortesía, a pesar de saber la respuesta.
—No, ya preparé todo. —Se puso de pie, nos dirigimos juntas al comedor. La televisión aún encendida, las noticias funcionaban como sonido de fondo.
Su tormenta se alivió un poco, su sonrisa se volvió más cálida y honesta. Entre sus manos, una pequeña taza amarilla. Era mi favorita, me la había regalado un otoño, cuando cumplí los nueve.
En ella, café con leche. Era mi preferido desde que mamá me regaló la cerámica amarilla. Ella no variaba la receta, el sabor era siempre fiel. Recuerdo probarlo por primera vez, qué buen día ese.
Una carcajada le raspó la garganta, acariciando mis oídos, al verme sorber con ímpetu el contenido de mi taza. Posé mi mano en su asa, acariciándola con cariño. Me imaginé la taza rota en el suelo y me retorcí ante la tragedia; volví a sonreír al verla entre mis dedos.
—Ya se acabaron las vacaciones —habló mamá, sentándose en la silla frente a mí, en la gran mesa de seis asientos. Aunque siempre usábamos los mismos, ella se sentaba en la primera silla, del lado de la cocina; yo en la opuesta, y papá se sentaba a su lado, cuando compartíamos la cena, claro.
—Ni lo digas, no quiero empezar las clases todavía —dije, mientras ella tendía frente a mí un pequeño plato cuadrado. En él, dos tostadas con mermelada de durazno; siempre la misma. ¿Alguna vez habré probado otra?— Gracias.
—No digas eso, Alora. —Ella solía ponerse de malhumor cuando hablábamos sobre este tema—. Es importante que mantengas un porcentaje alto. ¡Por favor! ¿Entiendes lo que significa no hacerlo? Hija, por favor... —El pronóstico marcó chubascos otra vez.
—¿Podrías no hacer un melodrama? Fue solo un decir, de cualquier forma, no importa —interpelé con rapidez, odiaba tener que brindar consuelo.
—Perdón, tienes razón.
—¿Papá vuelve a cenar hoy?
—No. —Y no supe si le dolía o si lo disfrutaba. Nunca entendí si ellos dos se amaban o solo pretendían hacerlo. Nunca le di mucha importancia tampoco. Mamá y papá eran una pareja designada. Tampoco le pregunté jamás a ella quién había sido su primer amor, y a él lo veía muy poco como para hacerlo.
Pero en cierto punto, yo entendía lo difícil que debía ser para ella, estar sola todo el día; en esta casa tan grande, incluso para los tres de nosotros. Trabajaba desde casa, corregía los informes oficiales de El Sistema.
Mordisqueé el último trozo de mi tostada con ansias, luego observé el reloj detrás de la figura esbelta. Ella bebía de una taza blanca, pero no café. Ella odiaba los tragos amargos, así que siempre optaba por té con miel.
—Queridos habitantes de Ovhal, ¡feliz comienzo! —Sonó la voz mecánica de la televisión. Aunque parecía ser una noticia célebre, el tono era sumamente estéril y aburrido—. ¡Les deseamos un buen inicio de clases a nuestros futuros sabios! Recuerden asistir con puntualidad, la charla comenzará a las ocho y veinte.
—Debo cambiarme ya. Se hace tarde.
—Sí, yo debería revisar el trabajo.
Me dirigí hacia mi habitación nuevamente. Al atravesar el portal, cerré con cuidado la puerta.
Abrí el ropero y saqué de adentro mi camisa blanca y mi falda azul marino.
Empecé a vestirme con tranquilidad. La suave tela de la fina camisa color hueso acarició mi piel, que casi al instante se erizó por culpa del roce.
La falda, por otro lado, era gruesa y áspera, pero su tonalidad era simplemente preciosa.
Me observé en el espejo. La ropa que llevo usando los últimos once años, que se entallaba suavemente en mi cuerpo. La elección de colores es estratégica; le daban un estilo elegante y limpio.
Mi cabello lacio cae relajado por mis hombros, mi peinado usual. No era fan de los recogidos o las trenzas, prefería llevarlo suelto. Lo llevaba suelto desde que tenía memoria. El uniforme era una de mis cosas favoritas del instituto.
Si bien las ansias me habían abandonado hacía ya tiempo, deseaba volver a ver a Elion, volver a visitar nuestro lugar especial. Ya era tradición que todos nos escapáramos ahí.
Nuestro pequeño lugar en el mundo, invisible para todos, fundamental para nosotros.
Antes de dejar el cuarto para siempre, tomé una de las caléndulas del florero y la escondí en mi mochila, que se posaba tranquila sobre una pequeña silla en mi habitación. Me la colgué al hombro y cerré por última vez la robusta puerta.
Al pasar nuevamente por la cocina monocromática, observé a mi madre, sentada, mirando con atención a la ventana. Intenté entender qué miraba con tanto anhelo, pero me rendí al ver la misma luz sintética de todos los días. Me acerqué a ella, interrumpiendo su paz, abrazándola y despidiéndome con un beso en su casi inexistente mejilla. En respuesta, recibí una rasposa risa sarcástica.
—Te amo con todo mi corazón, hija.
Y sinceramente dudé, y me dolió más mi desconfianza que la posible mentira.