Capítulo 1
Los pasos eran irregulares, llevaban duda, como si al contacto con el suelo puñales fueran a surgir de las baldosas.
Así continuaron, y a cada paso siguió un sonido amortiguado que se extendió a lo largo del pasillo. Según se reveló, aparecieron más de aquellos signos del descuido y la edad.
Allá, hongos en la pared sugiriendo la forma de mártires muertos y cables cayendo del cielo raso como tripas de un estómago abierto en canal; acá, puertas que han pasado tanto dormidas en los goznes que el tiempo las ha soldado al marco.
En la madera hinchada había ventanas con el vidrio oscurecido por una sustancia negruzca que hacía difícil distinguir lo que había al otro lado. Haciendo una jaula con las manos y apoyándose contra el cristal, era posible hacerse una idea.
Eran salones de clase. El conocimiento había recogido las maletas y dejado huérfanas las pizarras, que yacían en el suelo vestidas de polvo. Así también los pupitres, en los que se sentaban solo recuerdos.
La oscuridad escondía cualquier otra pista del pasado, porque la única luz provenía del pasillo. Incluso esa luz menguaba. Los electrones también estaban de mudanza.
Con todo, era suficiente para dirigir al profesor y sus irregulares pasos hasta una puerta que mantenía su trabajo. Era a las veces distinta: estaba hecha de frío acero.
El profesor se quedó de píe un momento.
Descubrió que le temblaban las manos. Los dientes chocaban unos con los otros. Además tenía la garganta cerrada, parecía que le habían metido un puño en el esofago.
Eso no le iba a gustar a quien lo esperaba al otro lado.
El profesor cerró los ojos y se metió en sus pensamientos. Más que eso, se adentró en las funciones mismas del cerebro. Era la diferencia entre operar una máquina desde la consola y meter la mano en los engranajes.
Una vez dentro de sí mismo, haciéndole compañía al alma si existe una y está a ese nivel, el profesor buscó.
0,038 segundos fue lo que le tomó al profesor encontrar las señales eléctricas responsables por el temblor de los músculos de la mano y la mandíbula. Manipuló las señales. Apagarlas no funcionaba, porque el cerebro las volvería a crear con el mismo propósito.
Uno debe manipularlas, reprogramarlas. Así engañó el cerebro y los movimientos involuntarios se detuvieron.
0,060 segundos, usó el profesor en esclavizar otros tantos músculos para que pusieran una sonrisa en su cara.
He ahí el profesor, carente de toda duda y sonriente ante la puerta de acero estéril. Lo que pensaba en ese momento no importaba. Para abrirla puso un código en la pantalla.
Hola profesor, a la modernidad.
Lo recibió una habitación estéril y una pantalla plana en la pared opuesta. En la pantalla se reflejó su sonrisa.
Debía hablar.
―Buenos días.― Dijo mirando al frente.
La pantalla adquirió vida con un chirrido eléctrico. El negro cambió.
Pasó a ser gris. Del gris vino la voz de una mujer.
―Buenos días, profesor. ¿Ha amanecido bien?”
Sonriendo, el profesor recitó.
―Me encuentro bien.
Podría haber usado perfectamente. Se decantó por una solución más sútil. La clase de respuesta que no pone a las personas en guardia. ¿La mujer era una persona? Con toda probabilidad no. Era un pedazo de algoritmo enganchado con venas de cobre a una base de datos.
Aún así, en algún lado debía haber un pedazo de código que la habría puesto en guardia si la respuesta era perfectamente.
―¿Ha encontrado dificultad en su trabajo? ―preguntó el alma artificial.
Si fuera a aliviar la respuesta diciendo que ha encontrado dificultades que luego ha solucionado, entonces el pedazo de algoritmo preguntaría cuales fueron. Entonces el profesor debería mentir al respecto, porque la verdad era que había solucionado más bien poco.
No había solucionado nada, de hecho.
Si fuera a tener un cuaderno en donde anotará sus logros, bien podría no tenerlo para empezar.
―Todavía estoy aprendiendo, así que continúo haciendo movimientos pequeños. Todos han sido satisfactorios, si bien el avance es lento.
Ella pensó por 0,30 segundos.
No, imposible. Un humano debe de haber intervenido al otro lado.
A continuación la voz de la mujer fue reemplazada por la voz rota de un anciano, impregnada de flemas y tos. Parecía que la vida se le escapaba por la pantalla.
―Te queda poco tiempo, profesor.
El profesor mantuvo la boca cerrada. No iba a ser engañado para responder allá donde no había pregunta.
La sonrisa la mantuvo, porque aunque hablaba con un humano, lo acompañaba un ejército de informáticos de terracota.
―Muéstrame avances. ¿Lo entiendes?―Lo entiendo, señor. Mostraré avances.
El viejo se murió o se retiró de la llamada por su cuenta y la mujer de cables retomó el protagonismo.
―Buenos días, profesor. ¿Ha amanecido bien?
***
A sus espaldas la habitación se cerró, llevándose los demonios hasta el día siguiente, y el profesor avanzó por el pasillo-cementerio.
Subió escaleras, pasó delante de lockers vacíos, recorrió la cafetería que le daba de comer a recuerdos y fantasmas, y se paró delante de una luz cálida que se volcaba a través de la ventana en la puerta.
Puso la mano en el pestillo y acercó el cuerpo.
La calidez que venía del otro lado le acarició la piel y lo invitó a entrar.
Primero, el profesor cerró los ojos y regresó al territorio de la sinapsis.
Allí borró la programación que había instalado anteriormente. Por un lado, el temblor. Como ya no tenía que plantarse ante Cerbero, no regresó. Después, la sonrisa, que reemplazó por una expresión de seriedad no programada.
En el campo de batalla en el que se adentraba, podía pelear sin forzar código.
Al menos, al principio. Quedaba mucho del día, y no quedaba sino continuar hasta el final.
El último profesor en la Tierra abrió la puerta del último salón en la Tierra.