El Comienzo
Se escuchaban los desgarradores gritos de una dama en su habitación, rodeada por sus sirvientas y médicos, mientras todo el reino esperaba con angustia. Su esposo, el rey, caminaba intranquilo por los pasillos, temeroso ante la inminente llegada de su primogénito.
Los gritos de su amada reina resonaban en los pasillos, y el rey, devastado por no poder estar a su lado, sentía la desesperación apoderarse de él. De pronto, un nuevo sonido rompió la tensión: el llanto de un bebé. Con el corazón acelerado, el monarca entró a la habitación y encontró a su esposa sosteniendo a su pequeña hija.
La reina, con el rostro pálido por el esfuerzo, le sonrió con ternura y, con voz agotada, le dijo:
—Amado mío... eres padre.
Con un suspiro de alivio y emoción, el rey se acercó para ver a su primogénita.
—Es una niña —dijo la reina con una sonrisa, sosteniéndola con delicadeza.
El rey contempló a la pequeña con admiración. Nunca había visto una belleza como la suya, tan pura, tan perfecta. Y, sin embargo, su expresión se tornó seria al recordar la antigua maldición de su linaje.
En la familia real existía un legado: sus descendientes siempre poseían una belleza inigualable, pero a cambio, debían cargar con una terrible maldición.
Si nacía un hijo varón, sufriría el "Abrazo de Zarozinia", una condena que lo llevaría a destruir a todas sus amantes de forma trágica. Si nacía una hija, su destino sería el "Amor o Desamor": debía casarse con un miembro de la realeza, pues si se enamoraba de alguien fuera de su linaje, sufriría un dolor inimaginable.
El rey le explicó todo esto a la reina, pero ella, aún devastada por la crudeza de ese destino, miró a su esposo y susurró:
—Cariño... ¿cómo llamaremos a nuestra hija?
El monarca observó el rostro sereno de su pequeña y, con voz firme, declaró:
—La llamaremos Mi-Suk, mi hija de belleza virtuosa.
La reina sonrió con ternura, entendiendo el significado detrás del nombre. Mi-Suk sería una joya preciosa, admirada por todos, pero jamás podría ser verdaderamente poseída ni amada con libertad. Era un destino cruel... pero también el inicio de una vida llena de promesas.
Los años pasaron rápidamente. Mi-Suk creció como una niña alegre, dulce y obediente. A sus cinco años, su belleza ya era innegable, pero lo que más destacaba en ella era su corazón noble. A diferencia de otros miembros de la realeza, amaba jugar con los pueblerinos en el lago del Amanecer. Sus padres nunca se opusieron, pues eran líderes justos y bondadosos.
Sin embargo, la felicidad de la princesa se vio empañada por la enfermedad de su madre.
La reina cayó gravemente enferma de tuberculosis, una enfermedad cruel y contagiosa. Los mejores médicos de distintos reinos intentaron encontrar una cura, pero todos sus esfuerzos fueron en vano.
Desde la puerta de la habitación, Mi-Suk observaba en silencio. Veía a su madre luchar por respirar, carraspear sin cesar y manchar las sábanas con sangre que parecía pétalos de rosas marchitas. La imagen era devastadora para una niña tan pequeña.
—¿Por qué a mi hermosa madre? —pensaba con el corazón roto—. ¿Por qué debe sufrir tanto?
Cada día, la salud de la reina empeoraba, y Mi-Suk se preguntaba constantemente por qué el destino no le había dado esa enfermedad a ella en lugar de a su madre. Pero era un deseo imposible.
Los años pasaron, y la enfermedad se convirtió en una sombra permanente en el castillo. Cuando Mi-Suk cumplió quince años, el reino organizó una gran gala en su honor. A pesar de la tristeza que la consumía, la joven tenía la esperanza de que su madre resistiera al menos hasta verla en su vestido de princesa.
En la noche de la gala, el castillo resplandecía con luces doradas y decoraciones florales. La música era alegre y envolvente, y todo tipo de reinos habían sido invitados a la celebración.
Mi-Suk descendió por las escaleras principales con un elegante vestido blanco de mangas largas y brillantes como diamantes. Su cabello negro caía en cascada, adornado con una delicada diadema de perlas. Su presencia era tan imponente que todos los presentes se inclinaron en señal de respeto.
El rey, con orgullo, tomó la mano de su hija y anunció:
—El príncipe que le entregue el regalo más sincero será el único privilegiado en bailar con ella.
Mi-Suk no estaba de acuerdo con esa decisión, pero la aceptó a regañadientes. No le importaban los regalos ni los príncipes. Solo quería que su madre estuviera bien.
Cinco jóvenes se formaron para entregarle sus obsequios. El primero, un príncipe de los mares llamado Eliaf, le ofreció un lujoso collar de perlas, pero sus ojos reflejaban más ambición que afecto.
—Gracias, pero no veo buena intención en este regalo —dijo la princesa con frialdad.
El príncipe se sintió ofendido.
—¿No ves lo mucho que me costó conseguir estas perlas en el océano?
Mi-Suk lo miró fijamente.
—Si tanto te costó, ¿por qué me lo das?
Eliaf, sin saber qué responder, retrocedió, y tres de los otros príncipes abandonaron la fila, temerosos de ser rechazados. Solo quedó un joven... y no era un príncipe, sino un plebeyo.
Con timidez, el joven se acercó y extendió una rosa de papel.
—Su majestad... sé que no es mucho, pero es lo único que tengo para usted.
Era una rosa simple, pintada de rojo, con detalles imperfectos pero hechos con esmero. Mi-Suk quedó sorprendida. No por el regalo en sí, sino por la sinceridad que emanaba de él.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó con curiosidad.
—Aligor —respondió él, nervioso ante su radiante belleza.
Sin dudarlo, Mi-Suk tomó su mano y decidió bailar con él. Los murmullos de los invitados no importaban. Para ella, aquel plebeyo tenía el regalo más valioso: un detalle nacido del corazón.
La música comenzó, y la princesa y el joven giraron con gracia bajo la luz de la luna. Sus miradas se encontraron, y por primera vez, Mi-Suk sintió una calidez desconocida.
Pero la magia del momento se rompió cuando un guardia irrumpió en el salón con una noticia devastadora:
—¡LA REINA ESTÁ MURIENDO!
El mundo de Mi-Suk se detuvo. Soltó la mano de Aligor y corrió desesperada por los pasillos. Pero antes de llegar a la habitación de su madre, una escena la dejó en shock.
Su padre... besando a otra mujer.
—¿Padre...?
El rey, sorprendido, se alejó de la dama.
—Mi-Suk, esto no es lo que piensas...
Pero la princesa, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, gritó:
—¡MI MADRE SE ESTÁ MURIENDO Y TÚ TE ACUESTAS CON OTRA MUJER!
Sin esperar respuesta, corrió hacia la habitación de su madre. La reina, con su último aliento, le entregó un collar con una perla y susurró:
—Cuida del reino, hija mía... y nunca dejes de ser la dulce princesa llena de vida...
Entonces, cerró los ojos para siempre.
Y en ese momento, algo en Mi-Suk cambió para siempre.