¿Quién es el?

911
—911, ¿Cuál es su emergencia? —pregunté con un tono calmado y sereno, tal como me habían enseñado: transmitir confianza a la víctima era lo primero.
—¡Ayuda, por favor! Mi novia... se desangra, no... no responde —la voz del chico al otro lado del teléfono sonaba aterrada, al borde del llanto, temblorosa.
—Mantenga la calma, ¿puede decirme desde dónde llama y cómo ocurrió el accidente?
—Llamo desde las casas en la montaña, cerca del río... mi novia... la dejé sola un segundo y ahora... tiene cortes en las muñecas. ¡Por favor, mi amor, no me dejes! —sus sollozos transmitían un amor desesperado, un terror que me heló la sangre.
—La ayuda ya va en camino, pero necesito que me ayude para que su novia resista.
Tras darle una serie de indicaciones, logré que el chico intentara detener la hemorragia.
—Lo está haciendo muy bien. ¿Podría decirme sus nombres? —pregunté para llenar el reporte.
—Me llamo Henry... y mi novia es Amara.
A lo lejos comenzaron a escucharse las sirenas de la ambulancia.
—Perfecto, Henry. Deje el teléfono un segundo a un lado de su novia y salga de la casa para que la ambulancia pueda ubicarlo. La señal no me da su ubicación exacta.
—No... no puedo... no quiero dejarla —respondió llorando.
—Yo me quedaré con ella, Henry. Necesito que haga lo que le digo, de lo contrario los paramédicos no podrán encontrarlos. —Mantuve la firmeza en la voz sin dejar que el nerviosismo me dominara.
—Está bien... —escuché cómo obedecía. Mis nervios se calmaron solo cuando otra voz irrumpió en la bocina.
—Unidad 11. Todo en orden, operadora. Víctima camino al hospital.
Y la llamada se cortó.
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Interno
Las puertas de la ambulancia se abrieron y los paramédicos bajaron con una chica inconsciente sobre la camilla. Mis compañeros y yo los ayudamos a entrar al hospital.
—Mujer, 20 años, presunto intento de suicidio, cortes horizontales en ambas muñecas —informó uno de los paramédicos mientras corríamos por el pasillo.
—Espere aquí. Ella está en buenas manos —dijo una enfermera al chico de cabello azul y ojos grises, deteniéndolo en la sala de espera.
Entramos con la camilla a la sala destinada a emergencias de este tipo. Fue duro, pero logramos estabilizar a la chica. Tenía suturas en ambas muñecas, pero estaba viva. Y eso era lo que contaba.
Con cuidado la trasladamos a cuidados intensivos. Una vez acomodada, salí a hablar con el muchacho.
—¿Tú eres el novio de Amara? —pregunté.
Él levantó la mirada al instante, con los ojos rojos y llenos de lágrimas.
—Sí... sí, soy yo. Por favor, dígame que está bien. —Su desesperación me encogió el corazón.
—Está estable. Por ahora permanece sedada para que su corazón se estabilice. Tendrá cicatrices en las muñecas, pero nada más.
El chico se cubrió el rostro con ambas manos al escucharme.
—Soy el peor novio... no debí dejarla sola después de discutir... —murmuraba entre sollozos.
—Tranquilo, amigo. Haremos todo lo posible para que vuelvan juntos a casa. —Le di una palmada en la espalda—. Puedes pasar a verla un momento.
Se levantó de inmediato y me siguió hasta la habitación. Apenas entrar, tomó la mano de la chica con una ternura infinita.
—Hola, cariño... estoy aquí... —alcancé a escuchar antes de cerrar la puerta.
—¿Cuántos años llevarán juntos? —pregunté a Sam, que se subía a una camilla cercana.
—El chico llora peor que un niño castigado. Supongo que muchos —respondió con su tono sarcástico y desinteresado de siempre.
—No seas tan duro. Se nota que la ama y teme perderla.
Sam solo chasqueó la lengua y volvió a sus papeles.
Pasaron las horas. Ya casi eran las cinco de la mañana cuando volví a ver a la chica. El muchacho seguía allí, dormido en una silla con la cabeza apoyada en la camilla, la mano de Amara aún entre las suyas. Al parecer había llorado hasta quedarse dormido.
El tranquilizante estaba perdiendo efecto y en unas horas ella despertaría. Me acerqué a Henry y lo desperté suavemente para informarle de la situación: al día siguiente, después de observación y apoyo psicológico, podrían volver a casa. Su semblante se relajó al instante, incluso esbozó una sonrisa. Me dijo que llamaría a los padres de Amara, que volvería en un segundo y salió del hospital con el teléfono en mano, dejando a la chica sola.
Pero aquel “segundo” que prometió se convirtió en minutos, luego en horas... y entonces, Amara despertó.
Entré con cuidado a la habitación. Ella se veía desorientada, se incorporó en la cama y se llevó una mano a la cabeza.
—¿Dónde estoy...? —preguntó con una voz dulce.
—En el hospital. Tuviste un accidente, pero ya estás bien —le aseguré, observando cómo se frotaba los ojos. —Es normal que te sientas confundida y algo asustada, pero tranquila, tu novio volverá en un segundo. Salió a llamar a tus padres.
Sus ojos se abrieron como platos. Me miró con desconcierto absoluto.
—¿De qué hablas? —frunció el ceño.
—Tu novio... el chico de ojos grises... —mi voz se quebró con lo que escuché a continuación.
—Yo no tengo ningún novio.
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