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A simple vista, Park Jimin parecía el omega perfecto. Su madre lo adoraba, siempre presumía de lo dulce, tierno y obediente que era. Sus gestos delicados, su risa angelical y sus ojos brillantes hacían que cualquiera creyera que su mundo era inofensivo, seguro, incluso aburrido. Pero lo que nadie sabía—nadie más que sus más cercanos amigos—era que detrás de esa fachada angelical se escondía un demonio.
En la privacidad de su habitación, Jimin se transformaba. Su cuerpo frágil y su rostro angelical se convertían en instrumentos de placer y deseo. Cada movimiento, cada gemido, cada mirada era calculada, provocativa, insaciable. Y no estaba solo. Jeon, el novio de su madre y alfa más temido y deseado de toda Corea, era cómplice y cómplice perfecto de sus fantasías.
La sociedad veía a Jeon como el alfa intocable, un mafioso que movía imperios y cuyo nombre susurraban con respeto y miedo. La madre de Jimin solo estaba con él por su dinero y poder; Jimin, en cambio, había conquistado algo que ella jamás podría tocar: el corazón ardiente y posesivo de Jeon. Y Jimin no era el segundo, ni una distracción; siempre era el primero, siempre el elegido.
Nacido omega, con senos delicados y aparato reproductor femenino, Jimin había aprendido a usar su vulnerabilidad aparente como arma. Nadie sospechaba que ese pequeño ángel podía dominar, seducir y jugar con fuego de la manera más intensa y peligrosa. Solo en su habitación, solo con Jeon, podía liberar al demonio que llevaba dentro… y lo hacía sin remordimientos.
El mundo veía a Jimin como un ángel. Pero en la privacidad de su casa… era la estrella de su propio espectáculo prohibido.
