Capítulo 1 - El choque
No me gusta la noche. La ciudad cambia de cara cuando la gente cierra las cortinas: la luz se vuelve más amarilla, los pasos más largos, las voces más bajas. Pero esa noche salí igual, con la capucha subida y el celular en el bolsillo como si fuera un amuleto barato.
Mamá llevaba dos días con fiebre. El termómetro parecía un semáforo roto y el jarabe se había acabado. Bajé por el bulevar hasta la farmacia veinticuatro horas—la única que no cierra ni cuando llueve a plomo—y compré lo de siempre: paracetamol, pastillas para la garganta, caramelos de menta que a ella le calman la ansiedad. La dependienta grapó la boleta con mi nombre: Inés Ortega. “Cuídate, mi amor”, dijo sin mirar, rutina de madrugada.
Cuando salí, lloviznaba. De esas lluvias tacañas que no mojan pero empapan la ropa de un mal humor pegajoso. Me apuré por la calle lateral para evitar la plaza. Atajo. Maldita palabra.
El primer indicio fue el sonido: metal contra metal, no fuerte; como una puerta que alguien cierra con demasiadas ganas. Luego la voz: “Te dije que hoy no, joder”. Doblé la esquina y los vi.
Un sedán negro, vidrios polarizados, plantado debajo de un farol que parpadeaba. Dos hombres discutían junto a la puerta del copiloto. Uno con un abrigo claro y la camisa abierta, respirando como toro; el otro, más pequeño, tenía los nudillos enrojecidos. En el suelo, un charco oscuro. Ojalá hubiera sido agua.
Me quedé a la mitad del paso, como una idiota. El del abrigo me miró de golpe.
—¿Qué miras? —soltó, pero no como pregunta.
Podría haber fingido que hablaba por teléfono, que estaba perdida, cualquier cosa. Mi cuerpo eligió congelarse. Ni siquiera el papel de la bolsa crujió. El corazón, sí: un tambor desafinado.
—Sigue camin… —empezó el de los nudillos, y no terminó.
La puerta trasera del sedán se abrió y de allí salióél.
No hizo falta que dijera una palabra: el aire cambió de peso. Alto, una chaqueta negra que le quedaba demasiado bien, el cuello de la camisa abierto como si la noche necesitara respirar por él. No era guapo en el sentido seguro de revista; era de esos rostros que alguien dibuja con cuidado y, a mitad del trazo, decide torcer un ángulo para que duela.
Caminó hasta quedar entre ellos y yo. No apuró el paso. Ni una gota de lluvia se le pegaba, como si la ciudad lo respetara.
—Déjenla —dijo. Nada más.
El del abrigo tragó saliva, la mirada al piso. El de los nudillos hizo un gesto que parecía risa pero no lo era.
—Estaba mirando —murmuró, infantil.
—Dije: déjenla.
Fue tan simple que obedecieron. Lo absurdo me golpeó: ¿quién carajos era este tipo para apretar la noche con dos sílabas? Di un paso atrás; mis zapatillas chapotearon en un charco; el frío se coló por el tobillo.
Él me miró entonces. No de arriba abajo—eso lo hacen los idiotas—, sino directo, como si buscara el lugar exacto donde guardar mi miedo. Tuve la sensación ridícula de que podía leer mi nombre pegado en la bolsa.
—Vete a casa —dijo, más bajo—. No viste nada.
No pude hablar. Asentí, y el gesto me pareció un acto íntimo. Quise huir ya, cruzar a la otra acera, desaparecer.
Él se acercó un paso más. Uno solo. El farol parpadeó y me dejó ver el color de sus ojos: un gris extraño, de tormenta a medio hacer. No sonrió. No tenía que hacerlo.
—No uses esta calle de nuevo —añadió.
El olor a cuero y tabaco limpio. La voz como una mano templada en la nuca. Me odie por cómo me tembló el estómago.
—De acuerdo —alcancé.
Sus dedos tocaron la bolsa de la farmacia, apenas. Un toque diminuto, como si le estorbara en mi mano.
—Para tu madre —dijo, y lo dijo como si la conociera.
Me hervió la sangre. Di un paso atrás, ahora sí, despegando los pies del suelo, y mi cerebro por fin hizo su trabajo: giré, caminé rápido, luego corrí. No escuché risas. No escuché nada salvo mi respiración pegándoseme a la garganta.
Subí al departamento con las manos frías. La llave falló a la primera. Adentro olía a caldo y a ropa húmeda. Mamá dormía con la televisión prendida, un concurso de cocina que seguía sin ella. Le toqué la frente. Todavía ardía un poco, pero menos. Le dejé el jarabe en la mesita con un vaso de agua. Había una rosa roja en el jarrón de vidrio. La misma de siempre, seca ya, que ella se negaba a tirar.
Me encerré en el baño y me miré la cara: a veces siento que no me parezco a mí. Tenía el pelo pegado, los ojos agrandados y ese gesto de “¿y ahora qué?”. Abrí el grifo para no escuchar mi cabeza. Me reí sola. Nerviosa. Patética.
Cuando salí, el celular vibró.
Número desconocido:¿Llegaste?
Me quedé de piedra. Nadie sabía que había salido salvo la dependienta que me dice “mi amor”. Miré al pasillo, por reflejo. Absurdo: no estaba espiándome desde el perchero.
Escribí:¿Quién eres?
Pasaron unos segundos. La pantalla, muda. Me senté en el borde de la cama. Mamá se movió del otro lado del departamento, hizo un sonido pequeño. No volví a escribir.
Vibró otra vez.
No vuelvas a pasar por esa calle.
Toqué tres puntos, escribí algo, lo borré. Sentí rabia. También curiosidad. Sobre todo curiosidad, qué desastre.
¿Cómo tienes mi número?—mandé.
Esta vez tardó más. Caminé hasta la ventana que da a la avenida. Abajo, los taxis parecían insectos, de esos que sobreviven a todo.
Cuida a tu madre, Inés.
Se me heló la espalda. Miré la bolsa de la farmacia en la mesa del comedor: mi nombre grapado en la boleta. Ah. Listo. Nada de magia. Aun así, había una línea que no me gustaba nada que alguien cruzara sin pedir permiso.
No me escribas—tecleé—.No hay nada que hablar.
La respuesta llegó de inmediato, como si hubiese estado esperando mis dos segundos de valentía.
Entonces no mires. Y duerme.
Pude bloquear el número. No lo hice. Me acosté con la ropa puesta, el celular en silencio bajo la almohada como si fuera a morder. El cuerpo seguía en modo alerta, como si me hubieran corrido una cuerda por debajo de la piel.
Me dormí tarde y mal.
Desperté con el sonido de la tetera y la voz de mamá carraspeando una canción vieja en la cocina. El día amaneció claro, de esos que hacen parecer mentira la noche anterior. Hice café, tostadas. Ella sonrió cuando vio los caramelos de menta en la mesa.
—Mi niña responsable —dijo, la voz ronquita.
—No soy tan responsable —respondí, porque hace años que nuestra coreografía es esa.
—No salgas esta noche —añadió, como si pudiera adivinar que lo iba a hacer—. No me gusta cuando te toca cerrar en la librería.
—No cierro —mentí—. Hoy entro temprano.
Lavé la taza con demasiada fuerza. Mi cabeza volvió al sedán negro, al charco en el piso, a esa obediencia vacía de los dos tipos cuando él habló. Busqué “hombre ojos grises chaqueta negra ciudad + mafia” en el motor de búsqueda. Delirio. Cerré la pestaña. Me reí sola otra vez.
Al mediodía, camino a la universidad, pasé por la calle larga, la de las cafeterías con mesas en la vereda. Hay una, “Santo y Seña”, donde a veces me cuelo a leer antes de clase. La puerta estaba abierta, olor a pan. El barista me conoce: me dijo “lo de siempre” y asentí sin escuchar. Pagué, recogí el vaso y cuando salí, lo vi.
No era posible. Pero estaba ahí.
Apoyado contra un poste, hablando por teléfono, un pie cruzado sobre el otro. Chaqueta clara ahora, no la negra de anoche. Parecía otra persona y, sin embargo, no. Todo en él seguía estando quieto. Nos miramos un segundo cortísimo. Me reconoció. Relámpago. El café ya no sabía a nada.
Mi orgullo tomó una decisión que mi prudencia iba a odiar diez minutos después. Caminé hacia él. No rápido, no lento. Lo suficiente para que entendiera que no iba a cruzar de vereda.
Colgó. No sonrió. Bien.
—¿Sigues a todas las chicas a las que les das órdenes? —pregunté, y odié lo temblorosa que salió mi voz.
—A todas no —dijo—. A la mayoría, tampoco.
—Qué honor.
—No te estoy siguiendo —añadió, como si de verdad importara—. Trabajo cerca.
—Ah. ¿En qué trabajas?
Silencio. La gente pasaba con sus bolsitas de medialunas, chiquillos con mochilas, una señora con un perro que parecía aerosol. Yo esperé una respuesta como si me debiera algo.
—No te conviene saberlo, Inés.
Mi nombre en su boca tuvo textura. Fruncí el ceño.
—No uses mi nombre. No somos nada.
—Puedes llamarme como quieras —dijo—. A mí me da igual.
—Perfecto: entonces no vuelvas a escribirme.
—No pensaba hacerlo —mintió, o eso quiero creer.
Iba a irme. Juro que iba a irme. Pero él inclinó la cabeza apenas, un gesto pequeño, y mi cuerpo decidió quedarse.
—Lo de anoche —dije—. ¿Fue…? —Busqué una palabra que no sonara a telenovela barata—. ¿Un accidente?
—No.
—¿Entonces?
—No preguntes por lo que no quieres responder.
Lo odié. Odié su frase de manual, su tono de “no complica las cosas”, y, sobre todo, odié la calentura absurda que me subió a la cara como si las neuronas estuvieran hechas de gasolina.
—Gracias por, ya sabes, no dejar que me partieran la cara —dije al fin.
—No fue por ti.
—Ah, qué amable.
—Fue por mí —aclaró—. Los problemas se comportan cuando los miro.
Quise reírme, pero no me salió. Él dio un paso hacia mí; no invadió espacio, no hizo nada que yo pudiera señalar como incorrecto. Aun así, el aire se achicó.
—No estás a salvo, Inés —dijo sin dramatismo—. No por mí. Por ellos. Evita esa calle. Evítalos.
—¿A quiénes?
—A los que creen que el mundo es un maletín —respondió, y la frase me golpeó sin sentido.
—No entiendo.
—Mejor.
Se apartó. No se fue. El semáforo cambió y la gente cruzó a nuestro alrededor como si no estuviéramos allí, dos idiotas hablándose con un océano en medio. Yo respiré hondo, junté mi orgullo que había quedado desparramado en el piso como monedas, y caminé. No miré atrás. Obvio que miré a los tres pasos. Él seguía allí. El teléfono volvió a su oreja. No había terminado nada.
En la universidad, mi amiga Clara me preguntó por qué traía la cara de “acabo de ver un fantasma”. Le dije que dormí poco. Me creyó porque siempre duermo poco. En clase no aprendí nada. Mi cuaderno tiene un nombre escrito en una orilla, una y otra vez, con esa compulsión idiota que uno cree haber dejado en secundaria. No voy a admitirlo en voz alta, pero sí: escribíél. Ni siquiera un nombre. Ridículo.
Cuando salí, el cielo estaba de ese azul que solo aparece después de la lluvia. Caminé por otra ruta, más larga, más iluminada. Pasé por la plaza, por los columpios vacíos, por el vendedor de globos que siempre habla solo. Ya casi llegaba al edificio cuando vi la puerta.
Había algo colgado del picaporte. Una cinta negra.
Me acerqué despacio. No era una cinta. Era un listón atado a un objeto pequeño, envuelto en papel. Miré alrededor por puro teatro: nadie me observaba, o no de forma evidente. Lo tomé y entré al hall, con la sensación idiota de que el ascensor iba a cerrarse solo.
En el pasillo, lo abrí. Dentro, un cuchillito de cocina de esos que vienen en juegos baratos, y una nota en tinta azul, letra limpia:
Para que te defiendas, si vuelves a mirar.—D
No había flor. No había perfume. Solo esa herramienta mínima, y la firma que era, a la vez, un permiso y una amenaza.
El celular vibró en mi bolsillo.
Número desconocido:No abras a nadie esta noche.
Levanté la vista. Al fondo del pasillo, la puerta de emergencia estaba entreabierta, dejando entrar una franja de luz del estacionamiento. Juraría que había una sombra ahí. O quizá yo la quise ver.
El mensaje no traía ubicación, ni despedida, ni nada. Solo esa orden suave que, para mi vergüenza, me hizo caso.
Cerré con doble vuelta. Apoyé la espalda contra la puerta un segundo, escuchando mi propia respiración. Mamá tosió en su cuarto. El cuchillito pesaba mucho más de lo que debería.
Voy a devolverle esto, pensé. Voy a decirle que no soy una niña de su colección de problemas.
Eso pensé.
Luego apagué las luces de la sala, dejé la nota en el cajón de los manteles y me quedé mirando mi reflejo en la ventana hasta que la calle se hizo espejo. No sé cuánto tiempo pasó.
Cuando el timbre sonó—una sola vez, seco—, el cuerpo se me heló.
No eran ni las nueve. Nadie llama a esta hora sin avisar.
Mi celular vibró al mismo tiempo.
No abras,decía.
Y lo peor de todo fue que, por un segundo, quise obedecer.