LLAQTA KANCHA'Y

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Todo el pueblo de Pampallacta estaba celebrando el baile de los Negritos de Hualyay, por otro lado Kanchi y Quyllur reciben una visita inesperada, apartir de eso Kanchi deberá elegir entre sus sueños o su pueblo

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Llapta Kanchay

La hora en donde la esfera blanca es cambiada por una amarilla en lo alto del fondo celeste y el Inti fulgurante comenzaba a lucirse por las grietas de las chosas, despertando en el proceso a todos. Por otra parte, Kanchi ya estaba despierta, soñando con hacer su vida en la capital.

– ¡¡Sipascha!! ¡¡Niña querida, ven acá!! — Escuchó a lo lejos.

— Pásame los platos ¡¡Apúrate, Kanchi!!

Tan pronto que, estiraba y sacudía el polvo acumulado en su poncho, se acercaba apurada al repostero. De repente algo la distrajo, sus ojos se desviaron a la ventana minúscula que daba vista clara del pueblo que habitaba en su corazón, Pampallacta. Los negritos de hualyay danzaban en el centro de la plaza y muy lejos de su chosa. Desde su ventana se les veía como puntitos de colores entre negro y marón. Representaban a los africanos y los esclavos bailando porque el nacimiento del wawa(bebé) Dios se acercaba. Lejanas de la celebración, en su chosa sonaba el huayno.

“…Lejos de ti

Voy a morir

Ay, cómo duele vivir sin ti...”

— ¡¡Kanchi!! ¡¡ Los platos!! – exclamo su abuelita.

Los negritos de Hualyay y su baile majestuoso la distraían y en cuanto, se acercó y agarro los platos. Desde lo lejos se escuchaban las risas y elogios hacia los danzantes. Kanchi se distrajo e inesperadamente dejo caer un plato al suelo y se rompió al impacto.

— ¡Tayta! (Dios) – exclamó la abuela. Mirando firmemente los platos.

Sus ojos negros cubiertos de piel caída y arrugada miraban con nostalgia.

– Ese plato… — empezó a decir, la abuelita.

— lo siento, Abuelita. — Respondió Kanchi preocupada.

Inmediatamente, reaccionó y sostuvo los demás platos con firmeza, colocándolos sutilmente en el suelo terroso de la chosa. De fondo acompañando la celebración estaban los yaques de los mak´tillos y los negritos coloridos.

– recuerdo aquellos días… – dijo, su abuelita mientras agarraba los restos rotos del suelo.

Uno de los restos la reflejo en su centro, con unos ojos profundos y mechones blancos. Al otro extremo Kanchi comenzaba a sentirse incomoda, sus manos se envolvían como si trataban de esconderse y sus trenzas lisas fueron atrapadas, y envueltas entre sus dedos, a instantes de responder, alguien toco la puerta “tock, tock, tock”.

– que bien — murmuro Kanchi.

Simultáneamente, la abuelita se asomó por una grieta de la puerta y el pecho de Kanchi se sostuvo, atrapada entre sorpresa y confusión. Se escondió detrás del marco de la puerta y miró por otra grieta al machu runa (viejo) de pelo gris con pinta apresurada.

— vieja, amiga Quyllur — dijo el machu runa—. ¡¡hay reunión urgente en el pueblo!!

– ¿Por qué Pay? – pregunto su abuelita intrigada.

— ¡¡Don Qaru!! – respondió enojado —. nos echará de ¡¡nuestra llaqta!! ¡¿puedes creerlo?!

— ¡¡ñakasqa(¡maldición!)!! ¡¡Don Qaru no puede hacer eso!! – exclamo fastidiada.

Mientras que las voces de los vecinos crecidos en odio se asomaban por debajo de la colina. Instintivamente Quyllur llevo a Kanchi, la cual, entre quejas y reclamos, acepto seguirlos al pueblo.

— ¡¡estas grande!! – se quejó—. tienes catorce debes aprender cómo es esta vida – le comento en el camino su abuelita.

— yo no quiero esta vida. — murmuro Kanchi.

No le agradaba del todo la idea de quedarse en Pampallacta, no quería ofender a nadie, pero tampoco quería envejecer ahí. Se distrajo viendo a Tayta con sus nubes transparentes y su brisa fresca, junto a las arboledas, con hojas verdes naturales, cada chawuala(cerro) hermosísimas y magnificas entre ellas. Que tenía en posesión Pampallacta, lo que le hacia una tierra soñada. Al instante de su garganta brotó un de esperanza canto:

“…kay t’ikayqa hatun llaqta waqayninwan ruwasqa… (este florecer, está hecho con las lágrimas de un gran pueblo…)

–¡ñakasqa!

Pero de repente se tropezó. Confundida y enojada miró al suelo encontrando un gran montículo de tierra “el causante”. De repente más tierra cayó encima de Kanchi, y al siguiente instante, se había desmayado. Cuando abrió sus ojos, su abuelita estaba sentada al borde de la camilla y la habitación tenía grietas muy visibles. La pintura despintada formaba cuadros, y obras de arte en donde Kanchi se imaginó miles de escenarios en su estadía en la posta. Salieron la semana siguiente, pero en esa habitación hubo una reunión muy estremecedora para todos.

– no podemos salir de nuestras chosa, no tenemos a donde ir – comentaron los Tinkis (grupo de comuneros)

En el centro de la multitud, postrada en una cama estaba Kanchi, escuchando todo.

— pero ¿qué te paso, Sipascha? – pregunto una pasña (mujer)

– ¡¡casi muere!! – dijo asustada —. Le cubrió la tierra que cayó desde arriba del Chawuala… — respondió Quyllur.

— ¡¡ Don Qaru tiene la culpa, amaruk(zorro) ingrato! ¡¡Está haciendo todo lo posible para que nos larguemos de nuestra llaqta!! – dijeron varios Tinkis al mismo tiempo.

– no tenemos a donde ir. – dijo un chakra runa (campesino), mientras se quitaba el lok’os(sombrero) y lo estrujaba en su pecho.

Al mismo tiempo, su warmi le agarraba del brazo cariñosamente y con firmeza se apoyaba en su hombro. Don Qaru era el encargado de velar por la seguridad y conformidad en el pueblo, pero durante esos últimos meses habían cambiado. Los chuyos, chumbis y chuspas1 que todos llevaban con orgullo, habían desaparecido de él, y en su lugar llevaba un traje con joyas de oro que nadie del pueblo podría pagar. Se había hecho amigo de los principales mistis (principales) del pueblo y termino cambiando su trato hacia Kanchi y los demás.

— ¡¡Comuneros del pueblo!! – grito —. ¡¡Tienen un problema!!

— ¿es el deslizamiento y desprendimiento de Tierra en las Chawualas de nuestra llaqta? – pregunto una casña.

— Si ¡¡Deberán retirarse del lugar, tienen tres meses!! — respondió.

— pero Don Qaru ¿A dónde iremos? – preguntaron los tinkis.

— eso no me importa. ¡¡ja caraya!! ¡¡jajayllas!! — se alejó burlón y subió a su nuevo carro.

De camino a su chosa encontraron un aviso de desalojo, lo que Kanchi no llegaba a comprender a la totalidad es que una parte de ella, estaba cómoda con marcharse.

– me iré de aquí… — murmuro Kanchi tan leve que parecía el sonido de las hojas del Quewiña2, luego entro a su chosa.

Posteriormente y en las sombras del día, en lo alto del cielo oscuro, estaba la luna iluminándole su piel canela y apoderándose de sus pensamientos. Camino sigilosamente con su pelo ondulado negro rebotando entre sus hombros y recién destrenzado. De repente se escuchó un llanto cesado, venir de afuera de su cuarto, abrió la puerta y vio a su abuelita llorando sentada en una Tiyana cubriendo su rostro enrojecido con sus manos arrugadas y trabajadoras.

1 chuyos, chumbis y chuspas: gorros con orejeras, fajas o cinturones, respectivamente.

2 Quewiña: árbol originario de la zona, existen el Pampallacta.

En su garganta un sentimiento de cobardía creció. Al recordar ese día, en donde rompió en lágrimas por varias horas. Después de ver como se alejaban sus padres y la dejaban sola con su abuelita. Su abuelita la abrazo y prometió que nunca la abandonaría. Al ver las lágrimas de su abuelita, correr por sus mejillas. Reflejo en Kanchi una lágrima agría, porque el dolor que ella sentía le ardía, no de tristeza sino de rencor.

— ¿no me amaron?... – murmuro Kanchi, mientras volvía a ver a su abuelita.

Kanchi dolida, se limpió las lágrimas con fuerza, y corrió hacia Quyllur, mientras decía.

— Munasqa hatun mama, ama waqaychu, allichayta tarisaqku. (abuelita querida, no llores lograremos una solución)

Ambas se abrazaron, sentían que las dos juntas eran tan ligeras y fuertes como las quewiña raphikuna (hojas de Quewiña) y el aire dulce de Pampallacta se llevaría con él, sus tristezas. A los oídos una canción comenzó a acercarse:

“Manam wañunqachu, munasqanraykum hamuchkan, ama pipas sarunanpaq… (no va morir, viene porque quiere, para que nadie lo pisoteé…)

Como resultado en las semanas siguientes, Kanchi comenzaba a notar la ausencia de sus vecinos. El pueblo alegre, que daba vibras de felicidad y comodidad a quien fuera, se fue desvaneciendo a quedar poco a poco como una tumba al aire libre. Siempre de camino al colegio oía los gritos de las casñas, tinkis y mak´tillos que eran obligados a dejar su hogar, todos presionados por Don Qaru.

Desde entonces, todo se vino abajo para Kanchi, intentó distraerse por las páginas del internet de la computadora de su colegio y se dedicó a investigar la excusa de Don Qaru: El deslizamiento y desprendimiento de la Tierra. Comenzó a soñar con salvar a su pueblo. Llevar la luz de su pueblo, así como “Kanchi” lo llevaba de nombre.

Poder darle felicidad a su abuelita, al obtener una solución. Lograría que, Don Qaru. Ese perro ingrato no tendría justificación para echarlos, al final daría todo por su Llaqta. De repente un artículo llamo su atención, apretó el link y empezó a leer lentamente, porque no quería ilusionarse.

Lo termino de leer, sonrió y corrió en búsqueda del profesor Qatina, junto a él se dirigió a la directora Kaptusa y con una muy grande sonrisa, mientras se acercaban a la computadora, se volvió a escuchar la canción:

Kay t’ikayqa waqaymanta ruwasqa. Manam pipas wañuchinqachu.

Munasqayraykum hamun, amas pipas sarunanpaq… (este florecer está hecho con las lágrimas. Nadie lo matará. Viene porque quiere, para que nadie lo pisotee…)


— ¡¡ profesor, profesor!! – exclamo emocionada — Mire. — señalo el artículo en la pantalla, y comenzó a leerlo en voz alta. – “al sembrar árboles en los bordes, permiten que las raíces de los árboles impidan la caída y deslizamiento de tierra”

— ¡¡hagamos eso!! – dijo emocionada Kanchi.

— es una muy buena idea… — respondió Qatina.

— Muy buena. – chasqueo la lengua — Pero… y ¿Don Qaru? – agrego Kaptusa.

— Si hacemos esto él atok, (zorro) de Don Qaru, no podrá echarnos – confirmo segura de su idea — ¿entonces?

Un silencio incomodo, se presentó entre ellos, ninguno se atrevía decir algo. Pero de repente Kanchi salió corriendo del lugar. No estaba dispuesta de perder su oportunidad.

— ¡¡ Ama hina kaspa suyaway!! (¡¡espérenme, por favor!!) –

En el camino por sus ahorros, reunió a sus amigos, muchos mak’tillos, también varios wawas(niños) y los vecinos que quedaban. En total fueron más de cincuenta personas que le dieron su apoyo, respeto y se unieron a ella. Para salvar su Llaqta. Y su idea comenzó a tomar fuerza.

— ¡¡Yaquee!! – dijeron emocionados —. ¡yaque! – gritaron varios mak’tillos a los tinkikuna (grupo de comuneros).

Y la cantidad de personas aumento, la sonrisa y el brillo en los ojos de Kanchi, también lo hizo. A instantes de entrar a la sala acompañada y feliz, algo cambio. Tan solo fue un grito, una persona, una oración, unos minutos bastaron para que su mundo caiga.

— ¡¡¡ Kanchi!!!... – escuchó a la distancia.

Habían llamado su atención, era Pay. Sonrió y estuvo por sugerirle su idea, pero Pay no se inmutó, continuando.

– es tu abuelita.

Los ojitos color hawkay mita(otoño), se cristalizaron y como si fuera un yaku se rompieron en llanto. Lágrimas salidas desde su alma, llenaron todos los rincones, incluso los más profundos de los Andes y de Pampallacta.

Ahí estaba Kanchi agarrándole la mano con firmeza a su abuelita. Observando con detenimiento lo que fueron sus trenzas. Es más ahora tenía el pelo desatado con sus mechones grises encima de su bata de posta. Kanchi aún tenía los ojos llorosos e hinchados y la ropa desaliñada, Una de sus trencitas estaba suelta, porque en el camino se había tropezado tantas veces que sus trenzas se habían soltados y aflojado. No parecía que hace unos quince minutos se veía salvar a su pueblo. Al día siguiente, de camino al colegio, fue interceptada por el Profesor Quitina. Pero ella no tenía interés en salvar a nadie, solo quería salvar a su abuela. Algo que ella no podía.

Kanchi miraba los árboles a su alrededor, ahora los veía oscuros, sin nada de encantadoras, hojas negras y verdes oscuros, parecían en ese momento para ella desagradables, Quitina le pregunto.

– ¿tu abuelita como se encuentra? – no obtuvo respuesta.

— Sipascha. – agrego buscando una señal — Vamos a sembrar los árboles el día de mañana ¿acompañas? – No pudo evitar un brillo en sus ojos, pero los escondió entre su furia.

— atok de Don Qaru. – respondió enojada.

Seriamente y al borde de las lágrimas se alejó de Qatina. Paso la tarde en la posta, mirando la ventana desde el kancha, porque tampoco se atrevía a entrar, tenía miedo. Llegó la noche y la esfera blanca ahora partida a la mitad, comenzó empujarle hacia el interior de la posta y ya sentada al lado de su abuela, agarrándole su mano arrugada, sintió una presión sobre sus dedos.

— ¿abuelita? ¿abuelita Quyllur? — Pregunto emocionada.


— Hijita, Ama llakikuychu, ruwaylla. Ama atipananta saqeychu… (no te preocupes, hazlo. No dejes que Gane) – respondió.

Los ojos de Quyllur se abrieron un poco más, Kanchi se acercó lentamente y sonrió. Una sonrisa de esperanza se formó en los labios de Quyllur. Al día siguiente, Kanchi se despidió de su abuela, y se dirigió a al colegio, pero en el camino se encontró con Don Qaru.

— Don Qaru.

— ¿qué quieres… Kanchi? — Respondió desinteresado.

Kanchi iba vestida con su chongo rojo, y con sus trenzas bien amarradas, sabiendo perfectamente que iría a trabajar con tierra. Al contrario, don Qaru andaba con su traje negro y un collar de oro colgando de su cuello, Kanchi saco un chuyo de su bolsillo y se lo extendió.

— ¿quiere acompañarnos? – inicio Kanchi.

— ¿Porque lo haría? – pregunto —. ¿qué me ofreces? – dijo codiciosamente Don Qaru.

— Nada, señor. Es su pueblo Pampallacta, la luz y la hermosa naturaleza es lo que este pueblo puede darle.

— No me convence. – le interrumpió —. Hasta luego Kanchi.

— Lo siento… por usted, por si le interesa estaremos en la colina.

Salió corriendo, llegando a la colina muy rápido. Don Qaru se quedó pensativo mirando el chuyo que sostenía en sus manos, que le calentaba sus dedos helados, mientras que algo parecido pasaba en su corazón. Estaban varios mak´tillos cuando vio a lo lejos a él profesor Qatina por su cara caía el sudor y una sonrisa se formó en sus labios cuando la vio acercarse. Su pantalón arrugado en dirección hacia sus rodillas, su camisa enrollada en sus brazos y su sombrero bien puesto en su cabeza con una pala en su mano izquierda.

— ¿con que, si viniste, Kanchi?

— sí, discúlpeme. ¿En qué puedo ayudar?

Su vista se movió a la dirección de los árboles, una brisa caliente movió sus sentimientos y los árboles bailaron junto al viento, el Inti desde arriba ilumino, y Kanchi sonrió mirando a su pueblo. Pay se acercó y le entrego una pala y Kanchi comenzó a excavar, las warmi y pasñas ayudaban a excavar. Mientras los vientos, formaron una melodía que fue creciendo poco a poco, a lo lejos Don Qaru, se acercaba con tractores y muchos retoños de árboles, con el chuyo bien sujetado entre sus cabellos negros. Todos comenzaron a cantar juntos, moviendo sus palas de abajo arriba y sembrando los retoños,

Kanchi Sonrió y la melodía de la última canción, empezó:


Ripusaq, ichapas kutimusaq, llakikuyniykunata apaspa, tukuy kallpaywan purinay

Imanasqataq sunquykipi yuyariwanki…

¡¡Llaqtaqa kawsanqapunim!!”

(Me iré quizás regresaré, cargando mis penas y debo camina con todas mis fuerzas

Para que me recuerdes en tu corazón…

¡¡el pueblo vivirá!!)

Canción: L E N I N