Temporada de sociedad
Marzo, 1882
La mansión Deveraux brillaba con una ostentación que rivalizaba con cualquier residencia de la aristocracia de Nueva Orleans. Los pilares blancos del pórtico reflejaban la luz del sol primaveral como si fueran mármol puro, y las ventanas adornadas con cortinas de encaje parecían vigilar el ajetreo del exterior. Desde mi habitación podía escuchar los gritos de mi hermano mayor, Jean, dando órdenes a los criados, exigiendo que los preparativos para la cena estuvieran impecables. Cada palabra suya resonaba con la autoridad que solo el heredero de una dinastía como la nuestra podía poseer. Mientras tanto, el correteo y las risas de Luc, el menor, desesperaban a las doncellas que intentaban en vano mantener la compostura al perseguirlo por los pasillos. El sonido de una bandeja cayendo al suelo me hizo cerrar los ojos, deseando un minuto de silencio en aquella caótica tarde de primavera.
Estaba sentada frente al espejo de mi tocador, mis manos descansando sobre el mármol frío mientras una criada ajustaba con esmero el corsé que delineaba mi figura. Los lazos crujían bajo la presión, y con cada tirón sentía cómo se reducía mi capacidad de respirar. Frente a mí, un vestido azul celeste con encajes blancos colgaba del biombo, una obra de arte que para cualquiera podría representar elegancia y prestigio, pero que para mí no era más que un disfraz. Una máscara que debía usar para cumplir con las expectativas de un mundo que no deseaba habitar.
—Hoy en el té de las Montreuil se discutirá la próxima gala en el club social —dijo la criada mientras tiraba del corsé. Su voz era tranquila, como si el tema le importara más a ella que a mí—. Su madre mencionó que estarán allí algunas de las familias más distinguidas.
No respondí de inmediato. Mi mirada estaba fija en mi reflejo, en esos ojos miel que me devolvían la mirada con un brillo que oscilaba entre el desdén y la resignación. Las perlas de mi collar, ya colocadas, parecían un yugo que encajaba perfectamente con la prisión de seda que pronto vestiría. Era mi primera temporada de sociedad, y mi padre había insistido en involucrarme de lleno. Sabía que la razón era encontrarme un esposo adecuado, pero la sola idea me hacía sentir como un objeto en exhibición, una pieza más en el intrincado juego de poder y alianzas que los Deveraux se esmeraban en controlar.
Había intentado convencer a mi padre de esperar un año más. Mi madre incluso apoyó mi petición, aunque sus motivos eran distintos a los míos. Ella creía que necesitaba “madurar” para atraer mejores pretendientes, pero yo deseaba algo más profundo. Quería un tiempo para ser libre, para dedicarme a las cosas que realmente amaba: la música que llenaba mis noches y los lienzos que acumulaban polvo en mi taller. Pero no sirvió de nada. Mi padre, con su inquebrantable autoridad, decretó que era el momento adecuado, y cualquier plan que yo hubiera tenido quedó arruinado.
Cada día, los recuerdos de mis sueños se desdibujaban un poco más, eclipsados por las expectativas de un apellido que no pedí llevar. La idea de pasar las horas rodeada de señoras hipócritas y jóvenes engreídos, discutiendo nimiedades mientras sus verdaderas intenciones se ocultaban tras sonrisas calculadas, me resultaba intolerable. Y sin embargo, aquí estaba, preparándome para encajar en el papel que todos esperaban de mí.
—Qué conveniente —respondí finalmente, cargando mis palabras de sarcasmo—. Nada como discutir frivolidades mientras nos recuerdan cuál es nuestro lugar en la sociedad.
La criada, acostumbrada a mi carácter, no respondió. Se limitó a ajustar el último lazo del corsé y dar un paso atrás para observar su obra. El silencio volvió a llenarse con el eco de los pasos apresurados en el pasillo y los gritos de Jean, que parecían volverse más impacientes con cada segundo. Solté un suspiro y me levanté de la silla, sintiendo cómo el corsé me obligaba a mantener la postura erguida, como si hasta mi propia respiración tuviera que ser impecable.
Me acerqué al biombo y deslicé los dedos por la tela del vestido, deteniéndome en los delicados encajes que bordeaban el corpiño. Por un momento, imaginé cómo sería mi vida si pudiera escoger mis propios caminos, lejos de la opulencia y las reglas de esta casa. Pero los sueños eran un lujo que no podía permitirme, no mientras el peso de mi apellido siguiera cargando sobre mis hombros.
La criada caminó hacia el biombo para que me pusiera el vestido con su ayuda. El peso del tejido me recordó el peso de las expectativas que cargaba sobre mis hombros.
—Está lista, señorita.
Ser una Deveraux no era solo tener un apellido prestigioso; era una responsabilidad, un deber de mantener una imagen impecable y perpetuar la reputación de la familia.
—¿Señorita? —La voz de la criada interrumpió mis pensamientos—. ¿Está bien?
Asentí lentamente, aunque por dentro sentía que estaba siendo arrastrada hacia una vida que no deseaba.
—Estoy bien. Vamos a terminar con esto —respondí, alisando el vestido con las manos antes de ponerme los guantes de encaje.
Al bajar las escaleras principales, mis padres ya me esperaban. Mi madre me miró de arriba abajo, evaluándome con una precisión que me resultaba casi dolorosa.
—Perfecta —dijo finalmente, con una sonrisa aprobatoria—. Estoy segura de que hoy dejarás una impresión duradera en las Montreuil.
Me limité a asentir, tragándome el comentario sarcástico que pugnaba por salir de mis labios. Sabía que cualquier objeción sería inútil. Mi madre, aunque más comprensiva que mi padre, también compartía su visión sobre lo que debía ser mi futuro.
Durante el trayecto en carruaje, miré por la ventana, observando cómo las calles de Nueva Orleans se llenaban de vida bajo el calor sofocante del día. Sin embargo, todo me parecía vacío, carente de significado. Era esta la vida que estaba destinada a vivir, una existencia hecha de apariencias y deberes, sin espacio para ser realmente yo misma.
Cuando llegamos a la mansión Montreuil, sus columnas blancas y jardines perfectos me recibieron con la misma opulencia que conocía tan bien. Al entrar al salón, las conversaciones se apagaron brevemente, y sentí las miradas de todos sobre mí. “La señorita Deveraux ha llegado”, parecía susurrar cada rincón de la sala. Caminé con la espalda recta y el mentón en alto, proyectando la gracia que me habían inculcado desde niña, pero en mi interior deseaba estar en cualquier otro lugar.
A lo largo de la tarde, me encontré atrapada en la misma rutina vacía: pretendientes que se acercaban con sonrisas ensayadas, halagando mis talentos en música o pintura. Ninguno de ellos veía más allá de mi apellido, ninguno se interesaba por quien realmente era. Uno tras otro, repetían las mismas palabras, intentaban los mismos gestos, y yo respondía con la cortesía que me habían enseñado, aunque cada vez con menos entusiasmo.
El primero en acercarse fue el señor Beauchamp, un joven de cabello perfectamente peinado y un aire de suficiencia que delataba su intención. Se inclinó levemente, tomando mi mano entre las suyas y rozándola con un beso tan breve como teatral.
—Señorita Deveraux —dijo, su voz impregnada de falsa calidez—, he escuchado maravillas sobre su talento al piano. ¿Es cierto que puede interpretar Clair de Lune con los ojos cerrados?
Sonreí con suavidad, aunque en mi mente rodaba los ojos. Era un cumplido tan gastado como su chaqueta de terciopelo.
—Monsieur Beauchamp, tocar el piano con los ojos cerrados no es una hazaña tan impresionante como parece. Es más cuestión de práctica que de talento.
Su sonrisa vaciló por un instante, y antes de que pudiera retomar su compostura, continué:
—Aunque debo admitir que el piano no es mi mayor pasión. Prefiero el violín, aunque no creo que mi interpretación le interese demasiado.
—¡Oh, claro que sí! —exclamó, recuperando su aire galante—. Quizás, algún día, pueda ofrecerme una demostración. Sería un honor.
—Quizás —respondí con un tono que dejaba claro que ese día nunca llegaría.
El siguiente fue el señor Leclerc, un noble criollo joven pero de aspecto cansado, con ojeras que sugerían más noches de juego que de sueño. Se presentó con un saludo rígido y un intento torpe de parecer encantador.
—Señorita Deveraux, ¿podría compartir el secreto detrás de su inigualable belleza? Estoy seguro de que incluso las flores más exóticas palidecen a su lado.
—Oh, señor Leclerc —respondí, ocultando mi incomodidad tras una sonrisa diplomática—, si conociera el secreto, lo compartiría con gusto. Pero me temo que es solo el efecto de una buena iluminación y algo de maquillaje.
El color subió a sus mejillas, pero su sonrisa persistió. Intentó cambiar el tema con un torpe comentario sobre la belleza de la decoración de la sala, y cuando mi madre me llamó desde el otro lado del salón, aproveché la oportunidad para retirarme.
Un tercer pretendiente, el señor Duval, un patriarca que era conocido por los rumores sobre el descontrol de sus esclavos sobre sus propias plantaciones, se acercó mientras yo observaba discretamente el reloj sobre la repisa. Era alto y apuesto, con un porte que sugería seguridad, pero que pronto se reveló como arrogancia disfrazada.
—Señorita Deveraux, no puedo evitar notar que ha rechazado amablemente a todos los caballeros que se le han acercado hoy. Me pregunto, ¿es acaso que ninguno de ellos es digno de su atención?
—No creo que sea cuestión de dignidad, señor Duval —respondí con calma—. Más bien, temo que nuestras conversaciones suelen girar en torno a las mismas cosas: cumplidos vacíos y temas triviales.
—Entonces, dígame, ¿qué le interesaría discutir? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí, como si estuviera a punto de revelar un gran secreto.
Le sostuve la mirada, manteniendo mi tono suave pero firme.
—Un tema que no implique mi apariencia, mi apellido o mis talentos artísticos sería un buen comienzo.
Su sonrisa desapareció gradualmente, reemplazada por una expresión de desconcierto. Antes de que pudiera formular una respuesta, el señor Beauchamp volvió a acercarse con una copa de vino en la mano, y aproveché la interrupción para excusarme.
Al final de la tarde, me sentía agotada, más por la constante actuación que por las conversaciones en sí. Ninguno de ellos parecía realmente interesado en conocerme; todos veían a la señorita Deveraux, no a Odette. Mientras salía del salón principal para tomar un momento de respiro en el balcón, me encontré pensando en cómo todos esos pretendientes encajaban perfectamente en el molde que la sociedad les había preparado. Y en cómo yo nunca encajaría en el mío.
Mi madre se acercó, y al ver mi expresión, su rostro se endureció.
—Odette —dijo, su tono firme pero contenido—. ¿Qué te pasa hoy? No has mostrado el mínimo interés por ninguno de los jóvenes que te han presentado. ¿Crees que no se nota tu falta de entusiasmo?
La miré, deseando que pudiera entender lo que sentía, pero sabía que no era posible. Para ella, mi papel en este mundo era claro y debía aceptarlo sin cuestionar.
—Lo siento, madre —respondí, aunque no era verdad. No lo sentía en absoluto.
De regreso a casa, el silencio en el carruaje era casi sofocante. Miré mi reflejo en la ventana, y por un momento, me vi atrapada en una vida que no era mía.
Al llegar, mi madre me lanzó una última advertencia antes de que nuestros caminos se separaran en la silenciosa residencia donde mis hermanos descansaban plácidamente en sus aposentos.
—Recuerda, Odette, que eres una Deveraux. Si no puedes cumplir con tus responsabilidades, ¿qué valor tendrá tu nombre?
Sin responder, subí a mi habitación. Esa noche, mientras me quitaba el vestido y sentía el alivio de liberarme del corsé, supe que esta vida no era algo que pudiera aceptar fácilmente.