"Maestro de la Subasta”

Summary

Un misterioso palacio dorado aparece de la nada en el Archipiélago Shabaody, protegido por un escudo indestructible que ni piratas ni Dragones Celestiales logran atravesar. Durante años, su existencia se vuelve una simple curiosidad… hasta que un día, rayos de luz dorada se elevan desde su interior y miles de invitaciones caen sobre los mares del mundo. Piratas, Yonkou, Shichibukai, la Marina e incluso el Ejército Revolucionario reciben el mismo llamado: una “Casa de Subastas de los Cielos”, dirigida por un enigmático anfitrión conocido como el Maestro de la Subasta. Ahora, desde Marineford hasta Wano, desde Whole Cake hasta los dominios del inframundo, el mundo entero se ve arrastrado a un evento que promete tesoros, secretos y poder más allá de lo imaginable. Pero, en un mar donde la ambición gobierna, nadie sabe si la subasta será una oportunidad única… o la chispa que encienda la mayor tormenta de la era pirata.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Capítulo 1

—Mundo de One Piece, Archipiélago Shabaody—

Este archipiélago era conocido como un lugar donde mil y una cosas pasaban todos los días; sin embargo, que hubiera aparecido un magnífico palacio de la noche a la mañana era algo que incluso aquellos que llevaban más tiempo en el archipiélago no habían visto en sus vidas… y habían visto todo tipo de cosas.

Aun así, pronto se acostumbraron a ver el resplandeciente y magnífico palacio, aunque más bien era por el hecho de que su decoración dorada y brillante hacía que, en realidad, la gente no pudiera apartar la mirada y simplemente terminara por acostumbrarse a ello.

Por supuesto, el simple hecho de que el palacio rezumara riqueza en cada maldito ladrillo hizo que algunos piratas intentaran —y fallaran miserablemente— en robarlo. Además de que, por supuesto, cada Dragón Celestial que viniera al archipiélago a “turistear”… o mejor dicho, a disfrutar de causar el máximo dolor y sufrimiento a todo lo que se cruzara en su camino… simplemente no pudo evitar querer tomar el palacio como propio.

Sin embargo, al igual que con los piratas, todos los intentos de acercarse habían sido brutalmente repelidos por un poderoso escudo dorado que surgió después del primer intento de robo. Si dicho intento fue a manos de un pirata o de un Dragón Celestial, eso era algo que en realidad nadie sabía hasta el día de hoy.

Y cabe decir que los mejores luchadores al mando de los Dragones Celestiales realmente se habían esforzado por romper la barrera, sin el más mínimo éxito.

Lo que inevitablemente terminó por convertirse en un evento tan cotidiano que, eventualmente, se volvió una rutina para los residentes del archipiélago. Después de todo, si algo distinguía a los novatos piratas que llegaban por primera vez al archipiélago… o a los Dragones Celestiales, era que no importaba cuán imposible se mostrara algo, siempre intentarían conseguirlo. Por eso mismo, el palacio eventualmente terminó volviéndose noticia vieja.

Sin embargo, como bien dice el dicho: “nada dura para siempre”. Y el día de hoy, rayos de luz se dispararon hacia el cielo directamente desde el palacio y finalmente se dispersaron en todas las direcciones posibles… y algunas cuantas que no tenían sentido.

—Eso definitivamente es nuevo —comentó un vendedor ambulante que estaba cerca del palacio y no pudo evitar quedar embelesado al ver los brillantes rayos de luz que se elevaron al cielo.

Lo que hizo que absolutamente todos tuvieran una idea de lo que estaba por pasar, o mejor dicho, del dinero que podrían ganar ahora que podían vender la noticia de que el misterioso palacio dorado acababa de mostrar, por primera vez desde que apareció, lo que definitivamente sería una novedad por la cual muchos Dragones Celestiales pagarían mucho… o, por lo menos, los dejarían en paz por algún tiempo. Pero, oye, algo era mejor que ser apresado y esclavizado por esos bastardos nobles.

Sin embargo, pese a todos los pensamientos optimistas y codiciosos de la mayoría de los habitantes del archipiélago, había un par de personas que pensaban de una forma un tanto diferente.

Una persona que actualmente se encontraba en el Área 13 del archipiélago, siendo este un hombre de edad avanzada con cabello largo y plateado —clara señal de su avanzada edad— y con ropa desaliñada, simplemente miraba la carta dorada en sus manos, o mejor dicho, la invitación dorada que llegó del mismo cielo a sus manos.

—Casa de Subastas de los Cielos… —no pudo evitar murmurar mientras leía por tercera vez la invitación—. Parece ser que el mar volverá a animarse.

Después de decir eso, simplemente terminó lo poco que quedaba de la botella de vino que llevaba en la mano, y solo entonces el Rey Oscuro entró al bar de su esposa, Shakky, quien ya se encontraba detrás del mostrador.

—Veo que tú también recibiste una invitación —dijo, haciendo que Rayleigh se diera cuenta de que la mujer tenía exactamente la misma invitación que él en sus manos.

—No estoy seguro de quién es el dueño de ese palacio, pero si algo tengo en claro es que, sea quien sea… es muy poderoso.

Shakky ciertamente sabía de lo que hablaba; después de todo, no era un secreto que este lugar, más que un bar de mala muerte, era en realidad un centro de intercambio de información. Y como tal, había hecho una exhaustiva investigación para saber quién era el dueño del palacio que había despertado la codicia de piratas y nobles: un hombre que simplemente había enviado una invitación a cada rincón importante del mundo como un alarde de su poder. Si eso no era señal de que él era un pez grande, entonces ella se comería su sombrero… si usara uno, claro está.

Rayleigh solo pudo asentir con la cabeza ante eso… ciertamente, la forma en la que envió el mensaje dejaba en claro, como mínimo, que el dueño tenía dinero y recursos a la par de los propios Dragones Celestiales. Y el escudo que había repelido incluso a los más fuertes del CP era otra indicación de que sus recursos iban incluso más allá de eso, aunque se preguntaba si podría detener a un almirante… o incluso a Roger, si aún estuviera vivo.

—Al mismo tiempo, en el Nuevo Mundo—

En el palacio real de Dressrosa, Donquixote Doflamingo, uno de los Siete Señores de la Guerra del Mar, también había recibido su propia invitación a la Casa de Subastas. Y, siendo costumbre en él, simplemente no pudo evitar reírse durante un buen rato mientras leía detenidamente el papel dorado entre sus dedos.

Para ser completamente honesto consigo mismo, hasta hace un momento había estado completamente aburrido, sin hacer absolutamente nada. O al menos había sido así hasta que notó cómo una luz dorada se dirigía directamente hacia él, por lo que naturalmente había pensado que alguien lo estaba atacando.

Solo para terminar descubriendo que dicha luz dorada no era otra cosa más que la forma más extraña —y en cierta forma ofensiva— de enviar correo, aunque algo le decía que el imbécil de Morgans daría una fortuna por un método similar.

—Ne, ne, Doffy, por lo que hemos descubierto, esas cosas vinieron desde ese extraño palacio en Shabaody —le informó su subordinado más fiel, Trebol, quien como siempre había entrado apresuradamente en el mismo instante en que consiguió la información que el Señor de la Guerra necesitaba.

—¿Del palacio, eh…? —murmuró el Demonio Celestial antes de volver a leer la invitación dorada en su mano, mientras que su rostro adquiría lentamente una expresión cada vez más enloquecida.

En otro lugar del Nuevo Mundo, en algún punto del vasto mar, lo único que pudo escucharse fue la risa cordial y genuina proveniente de un inmenso barco pirata con forma de ballena.

—¡Gurarararara!… Esto suena interesante. ¡Andando, pequeños, al Archipiélago Shabaody! —declaró el que alguna vez fue reconocido como el hombre más fuerte del mundo a sus “hijos”, quienes inmediatamente comenzaron a trazar el curso a dicho archipiélago.

—Whole Cake—

—¿Una invitación a una subasta? —la sonrisa ya normalmente aterradora en el rostro de Big Mom simplemente se hizo bastante más notoria mientras dirigía su vista hacia su hijo más fuerte—. Katakuri, ve y echa un vistazo. Si tienen comida deliciosa, ¡tráemela para mí!

A decir verdad, Charlotte Linlin realmente no estaba interesada en lo más mínimo en la subasta en sí, ni mucho menos en cómo demonios habían enviado la invitación directamente a su isla en Whole Cake sin que sus hijos pudieran detenerla. Sin embargo, el simple hecho de que alguien tuviera la osadía de enviar algo desde el Archipiélago Shabaody hasta su hogar fue más que suficiente para despertar su curiosidad y enviar a su hijo más fuerte a ver qué era lo que estaba pasando. Después de todo, solo un completo idiota ignoraría lo que fácilmente podría ser un evento de una sola vez en la vida.

En las lejanas tierras de Wano las cosas no podían ser más diferentes, aunque se intentara. Para empezar, el capitán de los Piratas Bestia simplemente estaba tan borracho que se quedó completamente dormido. Y, como segundo, él en realidad no había recibido una invitación.

Sin embargo, todos habían visto los rayos dorados surcar los cielos. Y aunque ciertamente todos y cada uno de ellos sentían una inmensa cantidad de curiosidad por averiguar qué demonios acababa de ocurrir, lo cierto era que nadie era lo suficientemente estúpido —o suicida— como para intentar despertar a Kaido.

Después de todo, el hombre era simplemente impredecible cuando estaba borracho, pudiendo pasar de borrachín feliz a monstruo sediento de sangre en cuestión de segundos… y definitivamente nadie se estaba jugando el cuello solo para saciar su curiosidad.

—Marineford—

En el Cuartel General de la Marina, que normalmente era bastante tenso de por sí, las cosas estaban incluso más tensas de lo habitual. En una de las salas de conferencias, se encontraba el mariscal de la flota, Sengoku, contemplando las tres cartas de invitación que habían llegado por medio de esos extraños rayos de luz dorada a diversos lugares del cuartel.

No habían conseguido averiguar gran cosa, pero lo poco que sabían era que se originó directamente desde ese extraño edificio. Lo que, por supuesto, hizo que Sengoku no pudiera evitar sentir que algo definitivamente iba a ocurrir. Y no sabía por qué, pero algo en su interior le decía que dicho algo sería incluso peor que el discurso final de Roger al mundo.

Tsuru, quien estaba sentada a un lado de su viejo amigo, en realidad tenía un presentimiento similar, pero un motivo muy diferente. Para la llamada mujer más fuerte de toda la Marina, la cosa era simple: ella había estado ahí cuando el misterioso edificio apareció en el archipiélago, había visto cómo los Dragones Celestiales se encaprichaban con él y había presenciado cómo incluso el mismo Kizaru fracasaba en romper el escudo dorado. Y si realmente el escudo caería para permitir la entrada, no tenía dudas de que esos idiotas codiciosos, sin duda alguna, harían algo completamente estúpido.

Lo cual, tristemente, era su modus operandi.

Por supuesto, Sengoku sabía esto, y de hecho había prohibido a cualquier almirante intentar seguir atacando el maldito escudo. Pero ese era un tema aparte. El asunto era que, ahora mismo, el mariscal no podía evitar imaginar los problemas que tendría ahora que el palacio misterioso finalmente abriría sus puertas.

Y, por supuesto, el hecho de que no solo hubieran invitado a marines sino también a otros era una maldita pesadilla con la que no estaba seguro de querer lidiar. Pues, según lo que sus informantes en las tripulaciones de los Yonkou le habían dicho, el único de los cuatro que no había recibido una invitación era Kaido de las Bestias.

Aun así, había tenido que convocar esta reunión con los vicealmirantes más fuertes, así como los tres almirantes, para elegir a los pocos marines que serían enviados a vigilar el evento.

—Por supuesto que debemos ir —y, por supuesto, Akainu, el más bélico de los tres almirantes, no pudo evitar ser el primero en elevar la voz. Después de todo, en opinión del perro de ataque de la Marina, no importaba cuál fuera el propósito de ese misterioso edificio, la Marina no tenía por qué ignorarlo. Y, por supuesto, también salivaba ante la idea de limpiar el mar de un poco de la basura pirata que lo inundaba.

Y es que, en la visión de Sakazuki, si un grupo de grandes piratas se reunía en el Archipiélago Shabaody, lo más lógico era simplemente enviar a tantos marines como pudieran para arrestar a los que fuera posible. Aunque claro, no era un idiota… al menos no todo el tiempo, y sabía que, con todos los grandes nombres que habían sido invitados, era imposible que la Marina los atrapara a todos al mismo tiempo solo con un grupo pequeño.

Sin embargo, eso no impedía la posibilidad de atrapar a algunos cuantos, lo que en su opinión un tanto sesgada era mejor que no atrapar a ninguno.

—Eso sería bastante peligroso… los Dragones Celestiales no desaprovecharán la oportunidad de intentar aprovecharse de la situación, y no me cabe duda de que, si intentáramos algo, al menos uno o dos terminarían heridos… o tal vez algo peor —comentó Sengoku después de haber meditado un par de minutos sobre la propuesta de Sakazuki.

Sin embargo, no lo llamaban el Gran Estratega por nada, y eventualmente creyó encontrar el mejor plan de acción, o al menos uno que sería lo más neutral posible con todos los involucrados.

—Al mismo tiempo, base secreta del Ejército Revolucionario—

Por supuesto que el Ejército Revolucionario también había recibido una carta de invitación al evento… en realidad habían sido más de una, pero eso no venía al caso ahora mismo, pues Dragon, el líder del Ejército Revolucionario, tenía un gran dilema entre manos. Y es que, por un lado, ir podría significar obtener algunos cuantos recursos valiosos.

Pero, por otro, el Archipiélago Shabaody estaba demasiado cerca de Marineford para su gusto, y ni hablar de Mariejois. Si su identidad era descubierta… simplemente sería un completo y absoluto desastre por donde se mirara. Pero, una vez más, la posibilidad de que esa misteriosa casa de subastas tuviera cosas realmente buenas era una maldita tentación que simplemente no podía ignorar. En su plan para liberar al mundo de la tiranía del Gobierno Mundial, cualquier ayuda que recibieran era imprescindible.

Además, la invitación dejó más que en claro que su hogar era un territorio neutral. Es decir, no importaba si eras pirata, marine o civil: mientras estuvieras bajo su techo nada ni nadie podría empezar una pelea. Claro, dejó en claro que lo que pasara fuera de sus muros sería otro asunto sobre el cual no tendría control.

—Líder, creo que en esta situación lo mejor sería enviarme a mí —como no podía ser de otra forma, justo ahora Sabo no pudo evitar tomar la iniciativa y ponerse de pie.

Después de todo, esta era una oportunidad que simplemente no podían perderse. Y en todo el Ejército Revolucionario no cabía duda alguna de que, si alguien además de Dragon tenía el poder suficiente para salir de ahí si las cosas salían terriblemente mal, ese era el mismo Sabo, la mano derecha de Dragon.

Así que, después de pensarlo por un buen tiempo, Dragon aceptó dejarlo ir, siempre y cuando pasara lo más desapercibido posible.

—En la Casa de Subastas—

Por supuesto que el dueño del edificio sabía exactamente lo que había provocado. Era un hijo del linaje más caótico de todos los linajes del universo conocido, y seguramente del universo por conocer. Y, por supuesto, el hecho de que sus acciones fueran causantes de muchas de las discusiones más acaloradas en todo el mar fue casi un regalo caído del cielo para el joven de cabellos dorados que ahora mismo observaba cómo sus sirvientes daban los toques finales al salón de subastas, todo el tiempo con un único pensamiento en la mente:

“¿Cuánto caos podré causar?”

Fin del capítulo.